Uno más uno

Es un simple ejercicio de aritmética, ni siquiera una investigación profunda; sólo contar uno más uno, más uno, más uno, hasta perder la perspectiva.

Cualquier periódico sensacionalista sirve para ejercitar la sumatoria básica diaria. En tres días promedio de una semana como cualquier otra, la lectura de la nota roja nos echa a la cara una realidad de violencia y anarquía, reflejada también en las conversaciones diarias, en los correos electrónicos con advertencias sobre asaltos en calles y centros comerciales, en el relato angustiado de más de alguien muy cercano que lo vivió en carne propia.
En sólo 3 días, se produjeron cerca de 50 sucesos de extrema violencia. En el primero, hubo cuatro heridos por el estallido de una bomba casera dentro de un bus del transporte colectivo; un asaltante muerto; una adolescente asesinada mientras dormía; un hombre muerto a balazos dentro de su vivienda; otro muerto –esta vez un joven atacado a balazos- y dos heridos en el mismo incidente, y dos mujeres atacadas a tiros con el resultado de una muerta y la otra herida de gravedad.
Eso no es todo. A machetazos asesinaron a una anciana octogenaria en alguna aldea del interior, mientras dos hombres eran abatidos a tiros en otros incidentes que ya ni siquiera destacaron en la agenda noticiosa.
El día anterior a ése, hubo 11 hombres asesinados en distintos sitios, por diferentes causas, la mayoría por proyectil de arma de fuego. A eso debemos añadir otros tantos heridos de bala; una mujer golpeada hasta morir y luego degollada; una pasajera de autobús muerta de un balazo en medio de un asalto; otra muerta más, pero esta vez atacada por su esposo en el interior de su vivienda y una mujer víctima de violación cuyo cuerpo mostraba señales de estrangulamiento.
Llevamos hasta ahora sólo 2 días, falta el tercero, cuyo saldo fue un joven asesinado a tiros; un hombre muerto por heridas con arma blanca; un hombre asesinado por sus presuntos secuestradores; una mujer herida de bala en otro asalto a un autobús; un hombre y un niño heridos en un ataque armado perpetrado por dos adolescentes, durante cuya captura se encontró un arsenal de armas y proyectiles de grueso calibre; una mujer y un maestro asesinados a tiros en diferentes episodios; otro hombre muerto frente a su casa y otros más silenciados para siempre a golpes y a punta de balazos, como ya es costumbre.
La idea de este ejercicio es llamar la atención sobre la urgencia de restaurar la integridad del sistema judicial, cuyas debilidades ponen en grave peligro a la Nación. Advertir sobre la necesidad de invertir recursos en el equipamiento y capacitación de la policía, combatir la corrupción entre fiscales, jueces y magistrados y forzar una toma de conciencia sobre esta terrible amenaza contra la seguridad de todos.

El santo del cerro

Guatemala necesita infraestructura para el desarrollo de la cultura. Por eso cualquier iniciativa pública o privada en esa dirección, es buena noticia.

Parte del problema de la carencia de espacios para el desarrollo de la cultura, es el desprecio de los círculos políticos por cualquier cosa que huela a arte o a intercambio de ideas en esa dirección. Parecen no reparar en el hecho de su importancia fundamental en la construcción de la identidad nacional, en la consolidación de los planes educativos, en los procesos de rehabilitación de las sociedades y como complemento del sistema democrático. Les resulta imposible entender que el arte y la cultura, como vehículos de desarrollo humano, no tienen sustituto.
Ante la falta de atención de los gobiernos democráticos por promover las actividades culturales y proporcionar centros de enseñanza de buen nivel a quienes desean seguir el estudio de las disciplinas artísticas, han surgido iniciativas visionarias desde el sector privado, con la intención de paliar un poco estas carencias.
Uno de los proyectos más notables es Santo Domingo del Cerro, en la ruta de ingreso a La Antigua Guatemala. Santo Domingo del Cerro es un conjunto de edificaciones diseñadas bajo un concepto estrictamente ecológico –factor íntimamente vinculado al mundo del arte y la cultura- para dar albergue a las obras de notables artistas nacionales, pero también con la intención de servir de sede para talleres experimentales de escultura, pintura y otras manifestaciones de las artes visuales.
En este paraje privilegiado desde el cual se observa la cuadrícula perfecta de calles antigüeñas con los imponentes volcanes de fondo, se reúnen periódicamente artistas como Luis Díaz, Efraín Recinos y Amerigo Giracca para intercambiar ideas, trabajar enormes murales realizados en mosaico, instalar esculturas y hablar sobre arte. Pero también para enseñar a otros los misterios de su oficio.
Uno de los grandes méritos de este complejo situado en las alturas, es su calidad. No se trata de otra ruina como la Escuela Nacional de Danza, el Conservatorio Nacional de Música o la Escuela de Artes Plásticas, cuya decadencia física denota a gritos la negligencia de las autoridades y su ignorancia respecto a esos temas. Santo Domingo del Cerro tiene todo lo que el arte y los artistas merecen: infraestructura de lujo y un entorno que invitan a la creación.
Esta clase de esfuerzos aportan mucho más a la consolidación de la democracia y la paz que el fallido discurso político. No se trata de construir más centros culturales de alto nivel, sino de poner atención a los abandonados y ruinosos que ya existen y representan una vergüenza para el Estado. En lugar de despilfarrar dinero en una selección de fútbol fracasada, mejor sería dar la oportunidad a niños y niñas que aspiran a ser bailarines, músicos o escultores. Y, sin duda, más gratificante.

Educación y trabajo infantil

Las cifras oficiales no lo dicen todo. En Guatemala, la educación es todavía un lujo reservado a los hijos de unos pocos.

Las imágenes de niñas y niños sentados en blocks de cemento, sobre tablas de madera o simplemente en el suelo, rodeados de agua estancada, basura y ripio, denuncian a las claras lo que ha sucedido con el sistema educativo en Guatemala. Se ha convertido en una pura palanca de presión política.
Que no vengan los legisladores a presumir de solidarios ante la miseria en la cual transcurre la infancia de millones de guatemaltecos. Ese cuento no se lo creen ni ellos mismos, porque a la población le consta cómo, festivamente y sin el menor pudor, se reparten las plazas para sus allegados –o intentan hacerlo-, organizan el circo de las interpelaciones al ministro o ministra de turno, para luego transar acuerdos con el Ejecutivo; negocian su voluntaria miopía para los despilfarros en las dependencias del Estado y callan ante el descalabro de la infraestructura educativa, que ha llegado al extremo de convertirse en una vergüenza nacional.
No hay que extrañarse, entonces, de que muchos padres de familia prefieran usar a sus hijas e hijos como mano de obra adicional en sus labores agrícolas, comerciales o de servicios, cuando no los obligan a mendigar por las calles. Quizás lo hagan para protegerlos de las terribles condiciones en las cuales transcurren sus jornadas educativas, hundidos en el lodo o bajo unos techos que nada cubren.
Cuando el Gobierno presume de educación gratuita dan, entonces, ganas de llorar de la impotencia. ¿De veras pretenden cobrar por tan mísero servicio obligatorio? Las niñas y niños de este país tienen derecho a más que eso. Mucho más.
En honor a la justicia y a lo mucho que la clase política les ha quitado en cuanto a fondos, a oportunidades de desarrollo, a construcción de una sociedad equitativa y democrática, este segmento mayoritario de la población debería contar con el mejor servicio de educación posible, alimentación balanceada, vestuario apropiado y centros de salud adecuados a sus necesidades.
Una vez más, es importante recordar que Guatemala no es un país pobre. Es un país rico lleno de pobres, lo cual es muy distinto. De otro modo, después del descarado latrocinio de todos los gobiernos que han usufructuado del poder y de todas las compañías que han expoliado sus recursos naturales sin dar nada a cambio, ya hubiera sucumbido en la más total bancarrota.
En una sociedad con una infancia y juventud educadas y con acceso al deporte, a la recreación, a la cultura y al arte -verdaderas herramientas de crecimiento personal- esta Guatemala en crisis ya tendria mejores armas para combatir la delincuencia juvenil, las maras y probablemente también el narcotráfico. Porque a estas lacras les hubiéramos arrebatado a su mejor aliada: la miseria.