Los genios perdidos

Para ver brotar talentos como el de Yahaira Tubac es necesario cambiarlo todo.

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La elección del presidente del organismo legislativo es un ejemplo ilustrativo de cómo en Guatemala no se premian el talento, la experiencia, la capacidad y la ética sino el poder del dinero. Claro como el agua. Al otro extremo está esa población obligada a buscar sus propias respuestas para salir del abandono y la miseria a la cual la condena un sistema depredador e injusto. Por allí, en la lejanía institucional de la Guatemala profunda –como gustaba decir alguien que ya olvidé- apareció esta niña prodigio, la pianista de 7 años Yahaira Tubac quien interpreta con una precisión asombrosa obras de Mozart y Beethoven. Yahaira fue gestada y criada con amor y educada con una sensibilidad excepcional a pesar de haber llegado a una familia de escasos recursos, alejada de los centros en donde se cuecen los privilegios. Es la prueba viva de cuán fácilmente perdemos la ruta del desarrollo cuando prevalecen, en las altas esferas, la negligencia y la ignorancia. Pero también retrata cómo un mínimo acceso a las artes universales puede transformar la vida y el destino de un ser humano, a cualquier edad.

Esas altas esferas, no por altas calificadas ni capaces, deciden el destino de la niñez de este país marcado por las carencias. Desde los despachos oficiales se recortan y reparten los dineros pertenecientes a la población. Se decide, por ejemplo, cuáles asignaturas formarán parte del pensum escolar y a cuáles condenarán a la pobreza. Estas políticas educativas, sin embargo, han sido la marca de identidad desde hace mucho y se reflejan no solo en la infraestructura miserable de las escuelas a nivel nacional, también en el desprecio por la cultura y el arte expresado de todas las maneras posibles por las clases política y económica.

Las razones sobran: las nuevas generaciones ya vienen con un código de barras en el ombligo destinadas, no a sobresalir en el mundo gracias a sus distintos talentos, sino a servir a las clases dominantes como mano de obra barata, muy barata, no vaya a ser que el país pierda competitividad. Y las niñas, niños y adolescentes pasan por un rasero castrador de genios, emparejador hacia abajo para evitar la terrible amenaza de los liderazgos comunitarios. Eso, considerado una especie de política pública pergeñada en alguna oficina ministerial, y no necesariamente con una visión de futuro, sino con una instrucción de más arriba para no perder la perspectiva de la línea trazada por los centros de poder económico.

¿Cuántas Yahairas podría tener Guatemala si desde mucho antes de nacer ya tuvieran un lugar protegido y enriquecedor en el cual crecer y desarrollarse? ¿Es que acaso somos tan escépticos que dudamos hasta de la posibilidad de ver surgir decenas de niños prodigio llenos de potencial? Triste cosa es una sociedad que no crea en sí misma hasta el punto de aceptar los tijeretazos oficiales a la educación de sus descendientes, quizá creyendo en las buenas intenciones de sus gobernantes. Más triste aún es resignarse a la respuesta obligatoria -“no hay presupuesto”- a sabiendas de su falsedad.

A la niñez se le ha negado todo y las consecuencias son devastadoras: reducción de la talla y el peso, desnutrición crónica, pérdida de capacidades intelectuales, muerte temprana y alta vulnerabilidad a enfermedades prevenibles. Por encima de ese castigo, la violencia física, sexual y psicológica a la cual los enfrenta un sistema inclemente con la población más pobre, condenándola a luchar desde cualquier trinchera para sobrevivir.

Como Yahaira, también la cantante kaqchiquel Sara Curruchich demuestra cuán posible es vencer las barreras para proyectarse al mundo como un ejemplo de talento y cultura, a pesar de los pesares.

Los obstáculos al surgimiento de talentos excepcionales tiene origen en políticas discriminatorias y racistas.

AUDIO: 

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La amenaza de un pueblo educado

Para evitar una fiscalización del quehacer público, se torpedea la nave del conocimiento.

La estrategia no puede ser más transparente: restar a la educación y abonar al ejército. Es decir, preparar las condiciones para la perfecta dictadura. En medio queda el juicio ciudadano, el cual a los grupos en el poder les sirve como tapiz para limpiarse la suela de los zapatos. En realidad, la calidad educativa en Guatemala ha experimentado los embates del más feroz sistema político-económico del que se tenga registro. Los estudios de organismos internacionales y nacionales no pueden evitar poner en evidencia las deficiencias de este pilar fundamental para la calidad de vida y así aparecen los vergonzantes indicadores sobre baja escolaridad, abandono escolar, analfabetismo y pobres resultados en las pruebas del sector académico.

Como si la escasez de material didáctico moderno, así como los obstáculos para la preparación profesional de maestros y catedráticos no fuera suficiente, también está la infraestructura ruinosa de escuelas e institutos públicos, carentes de lo más elemental para realizar una jornada digna y productiva. Algunos carecen de pupitres, otros de servicios sanitarios y las niñas, niños y adolescentes que acuden a ellos son obligados a soportar los rigores del clima y las malas condiciones de sus establecimientos educativos.

Sumado a todo ello está la actitud adversa de muchos padres de familia a la educación de las niñas, a quienes por costumbre relegan a las labores domésticas o del campo, condenándolas de ese modo a un futuro de privaciones, maltrato, sumisión y escasez de oportunidades. Es decir, un contexto en el cual no tienen modo alguno de escapar a toda una vida de servidumbre. El sistema, si es que así puede llamarse a la carencia de principios, reduce las perspectivas de desarrollo de las nuevas generaciones, pero también las del país en su conjunto.

El sector educativo, empezando por su ministerio y pasando por sus sindicatos, ha sido un protagonista principal en todos los planes de gobierno. Sin embargo, su protagonismo se ha orientado hacia objetivos ajenos a brindar a la población estudiantil un sistema blindado contra las manipulaciones políticas y del sector económico. La educación sigue acatando instrucciones de entidades religiosas y de empresarios cuya idea de educación consiste en generar cuanta mano de obra barata sea posible, sin reparar en el daño que eso ocasiona a un sector tan importante como la niñez y la juventud, pero también al país en general.

Por el contrario, el pequeño segmento de altos ingresos goza de todos los privilegios por ser heredero de la cúpula económica gobernante y, aunque cuenta con acceso abierto a una educación de primer nivel, esta rara vez se refleja en una modernización del quehacer público y mucho menos en una humanización de sus políticas. Más bien queda plasmado en una mayor concentración de la riqueza y la consiguiente profundización del abismo que lo separa del resto de la población.

El desarrollo de un país es imposible sin un pueblo educado y consciente de la importancia de su participación en la vida pública. Para hacer esto posible, todo el esfuerzo del Estado se debe enfocar a proporcionar las condiciones ideales para dar acceso a las aulas a toda la población infantil sin excepción alguna; crear institutos técnicos y vocacionales para restar fuerza al poder del crimen organizado; romper el estereotipo sexista y trabajar a nivel de las familias para evitar la discriminación contra las niñas y, por último, elevar la calidad del profesorado ofreciendo capacitación y mejores salarios en el marco de una institucionalidad sólida y transparente.

La educación es la piedra fundacional de una sociedad desarrollada, equitativa y justa.

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El libro que nunca publiqué

ERecinos

Hace muchos años le comenté a Efraín Recinos mi intención de editar un compendio de las columnas sobre arte y cultura que había publicado en El Gráfico y Prensa Libre. Entusiasmado, de inmediato me pidió que se las compartiera para escribir el prólogo y dibujar la portada.

Pasó algún tiempo hasta que lo tuve más o menos armado para entregárselo, lo cual significó una celebración con frijoles negros parados, arroz blanco, ensalada y una botella del mejor vino del mercado. Efraín estaba feliz, quería que a partir de este libro editara  los artículos sobre política, derechos humanos, niñez, seguridad… separados en una pequeña colección temática.

Y llegó el día cuando finalmente me entregó las hojas que ilustran esta nota. Con una dedicación exquisita leyó y analizó cada uno de mis escritos destacando de su puño y letra las frases que consideró más importantes, subrayando con bolígrafos de colores los distintos párrafos para hacerme más fácil la lectura y sugiriendo -con esa humildad maravillosa que lo caracterizó siempre-  cortar aquí y allá para no hacer tan extenso su prólogo.

Nunca publiqué el libro pero atesoré estas hojas que hoy revelo. Es un primer paso para realizar el plan inconcluso y quizá continuar con esa pequeña colección que con tanto entusiasmo me propuso Efraín aquella tarde.

En cuanto a la portada, me la enseñó un día pero quería hacerle pequeños cambios. Ya para entonces su pulso había perdido firmeza y le costaba trabajar. Nunca más la vi, quizá se perdió en ese caos colorido e intrigante de su estudio.

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Otro libro, otra ventana

Un libro puede abrirte el universo y darte una plataforma para elevar el vuelo.

Cada vez que abro un nuevo libro siento esa emoción tan particular que precede a lo desconocido. Conozco la sensación desde niña, cuando tomaba un volumen de la colección Zigzag y me iba a refugiar bajo el hueco de la escalera para leer sin que nadie me estorbara. Ahí desfilaban los grandes maestros de las letras y aunque yo no entendía las complejas divagaciones de esos increíbles escritores rusos, alemanes, latinoamericanos o de lugares remotos que ya no recuerdo, caía bajo el influjo inevitable de ese desfile de seres imaginarios en escenarios fantásticos.

Libros, muchos libros han enmarcado mis espacios desde entonces. Están en todos lados como un acompañante indispensable siempre dispuesto a abrir sus páginas para retomar su vida y compartirla conmigo. Por eso comprendo los esfuerzos de los editores guatemaltecos por afianzar desde hace ya 17 años uno de las pocos escenarios de convergencia para quienes escriben, producen, leen y creen en la literatura como fuente de saber, de crecimiento y desarrollo para las sociedades. La Feria Internacional del Libro en Guatemala es un sitio de encuentro fundamental y merece todo el apoyo de la ciudadanía porque solo una sociedad informada, educada y abierta al saber, es capaz de transcender y evolucionar.

Filgua ha dedicado sus programas de actividades a toda clase de público. Sin embargo, ha cargado su acento en la niñez guatemalteca, uno de los sectores más abandonados no solo en cuanto al goce de sus derechos, al acceso a la educación y a una niñez protegida, sino también a la diversión sana y constructiva. Cada año, esta Feria brinda amplios espacios para intercambio con escritores de distintos países del mundo y una agenda diversa gracias a la cual es posible tener acceso a un mundo literario rico en novedades y pródigo en ofertas.

En su presentación, los organizadores afirman que “desde su origen, Filgua ha sido un espacio en el que se combinan la exhibición y venta de libros con un extenso y amplio programa de actividades culturales dedicadas al esparcimiento, la educación, la capacitación continua de profesionales del mundo del libro y la promoción de la lectura.” Y así ha sido. Por los salones de la feria desfilan la curiosidad, el interés y el saber en proporciones iguales. Y al final, cuando cierra sus puertas y se despide hasta el año próximo, queda el eco de muchas voces y la satisfacción de la labor cumplida.

Guatemala necesita desesperadamente afianzar estas actividades cuyo objetivo es echar raíces culturales en una sociedad carente de espacios propicios para ello.

Filgua es una oportunidad para crecer y divertirse en familia. El jueves 13 de julio abrirá sus puertas y durante 10 días la población tendrá este refugio de amistad y convivencia para todas las edades. Esta Feria es organizada por la Gremial de Editores y la Asociación Gremial de Editores de Guatemala, más un aporte financiero del Estado por medio del ministerio de Cultura y Deportes. El trabajo y esfuerzo de estas organizaciones ha mostrado cada año mejores resultados y un creciente interés de la población por aprovechar su oferta cultural. Esto se ha traducido en mayores demandas de espacios para exhibición y venta de libros con ofertas cada vez más tentadoras para el público. Entre las novedades para esta edición 2017 de Filgua, habrá eventos de homenaje a Miguel Ángel Asturias, por el cincuentenario de su Premio Nóbel y otras muchas actividades cuyo centro esencial es la promoción de la lectura y del intercambio productivo de experiencias entre los principales protagonistas de la ocasión: los autores y sus lectores. Filgua te espera.

Si tomas un libro y comienzas a leer, una ventana se abre para poner a volar tu imaginación.

@carvasar

Al compartir este artículo, agradeceré citar la fuente.

 

La Línea

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Miradas íntimas de Juan Manuel Díaz Puerta

Por Carolina Vásquez Araya para el catálogo de la exhibición en Galería El Túnel.

17097968_1455229371165975_1910248181057249595_oDifícil describir la obra de Díaz Puerta desde el limitado espectro de la mirada personal. Hay que nutrirse de referencias para abarcar en toda su dimensión los alcances de su pensamiento y la profundidad de sus intenciones. Hombre de pocas palabras, el artista se expresa por medio de un lenguaje visual de un refinamiento obsesivo en el detalle y en la búsqueda incansable de soluciones técnicas para expresar complejas escenas que fluyen entre los sueños y la realidad.

El carácter realista de la obra que presenta en esta exhibición Juan Manuel Díaz Puerta, es un abierto desafío a las tendencias pictóricas desarrolladas durante el siglo XX y los inicios del actual, con su libertad absoluta en forma, color y textura. Representa también un reto a un mercado del arte determinado por rutas estrictas, marcadas muchas veces por la moda. Sin embargo, tampoco responde a los cánones del arte naturalista del siglo diecinueve ni a un mero ejercicio de precisión técnica. La de Díaz Puerta es una íntima mirada al objeto de sus deseos, una disección meticulosa de sus formas, sus estructuras ocultas, su movimiento, su textura y su color. Nada deja al azar y su trazo va definiendo, por medio de una observación profunda, la esencia misma de sus modelos humanos, animales o paisajísticos.

Esta muestra representa un giro interesante de su temática hacia la búsqueda de soluciones novedosas en el manejo de la paleta cromática y un estudio minucioso de la dinámica propia de las formas.

 

Acrobacia estética, una propuesta audaz

Un recorrido por el conjunto de su obra -desde sus inicios en los años ’80- nos presenta a un artista cuya primera aproximación al arte parece haber estado marcada por una fascinación absoluta por la forma en su más estricto sentido. Aunque sus dibujos presentan una gran precisión en el uso de los materiales con los cuales plasma escenas de un realismo casi fotográfico, siempre está implícita cierta intencionalidad que trasciende al objeto y define un estilo personal. Este estilo, cuya permanencia a lo largo de su carrera se consolida en un acento único y reconocible, ratifica un virtuosismo técnico surgido del trabajo y la disciplina casi monásticos, pero también de una auténtica vocación y el placer de la realización última.

En las diversas etapas de su carrera artística, Juan Manuel Díaz Puerta va de un universo a otro con la facilidad de un acróbata. Si nos adentramos en la pureza de líneas en sus dibujos arquitectónicos en blanco y negro para dejarnos caer frente a la enorme fuerza cromática de sus paisajes del altiplano andino o, para mayor contraste aún, ante las manadas de elefantes sumergidas en la atmósfera onírica de un ambiente salvaje, se nos plantea el desafío adicional de interpretar hacia dónde van sus intenciones, en dónde reside ese poder de ubicuidad conceptual que lo domina.

El poder expresivo, capaz de trascender el marco limitado de las telas, es la impronta personal de este artista incansable. No importa cuál sea su tema, logra provocar en el observador una reacción de asombro y curiosidad, sensaciones capaces de iniciar un proceso dinámico de interacción entre el artista y su público. Ninguna obra de este pintor pasa inadvertida, ninguna deja indiferente a quien la observa y eso no es cuestión de gustos, sino de sensibilidad estética. Díaz Puerta tiene el poder de obligarnos a abrir accesos a su mensaje y entablar un diálogo enriquecedor y desafiante.

La energía en la materia

Juan Manuel Díaz Puerta es un maestro en el arte de convertir un paisaje en un conjunto de elementos con vida propia. Tal es el alcance de su maestría en el uso del color y la forma, que una primera aproximación a su obra es insuficiente para aprehender sus múltiples significados y, mucho menos, captar los recursos mediante los cuales ha creado imágenes de una fuerza indiscutible. Existe en sus temas todo un universo digno de explorar. En las formas y texturas subyace mucho más que el mero impacto visual de un paisaje ideal, ahí encontramos un lenguaje sutil que nos remite a la intimidad misma de su lenguaje plástico.

Las transparencias, el movimiento de las aguas, la vitalidad de los bosques y la fuerza de la roca han sido interpretados por el artista de un modo singular. Sus trazos no dejan lugar a vacilaciones. Son claros, rudos o sutiles, pero siempre de contornos definidos y perfectamente identificados. Si nos acercamos para apreciar el detalle, nos encontramos con un conjunto de formas abstractas unidas en perfecta secuencia. Si nos alejamos, esas formas se van concatenando en un movimiento perpetuo y entonces vemos la marea, los reflejos y las turbulencias con precisión absoluta.
Una barca que descansa sobre una mancha de arena, como descansando de una misteriosa travesía, contiene una poderosa sensación de soledad. La presencia -o ausencia- humana está maravillosamente sugerida en este paisaje de exquisita armonía estética. Una paleta reducida a tonos grises le otorga, finalmente, la atmósfera onírica y el acento poético a esta obra magnífica. Este es, como sus demás obras, el resultado de una trayectoria de intenso trabajo y entrega absoluta a una misión de la cual somos ajenos, pero los beneficiarios finales.
El recorrido por esta muestra cuya esencia ha sido, al final de cuentas, una travesía por la visión intimista del artista, deja abiertas muchas expectativas y nos permite esperar más de la paleta experta de Juan Manuel Díaz Puerta. Su sensibilidad y maestría en el desarrollo de su obra pictórica permiten predecir nuevos desafíos en la incansable búsqueda de otros universos.

Guatemala, 22 de febrero de 2017.

 

 

 

 

Rarezas

No tengo idea de cómo llegó a mis manos, pero creo que este cuaderno bellamente escrito perteneció a una de mis tías, quien lo heredó seguramente de su padre o de su abuelo.
De hecho, es muy antiguo y sus páginas muestran la indudable huella del tiempo. Yo solo heredé esa caligrafía tradicional inglesa como rasgo familiar por la línea materna. Hermosa.
Algo deformada por el uso de los odiosos bolígrafos, pero siempre es posible contrarrestar esa deficiencia utilizando la pluma fuente, como un gesto de rebelión cultural contra el avance de los tiempos.

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Los kids de Nancy McGirr

Publicado el 06/08/2011

Hace 20 años, una reportera gráfica creyó en la remota posibilidad del cambio.
Visitar el basurero municipal de la capital guatemalteca no es ningún plan turístico. Allí se acumulan los gases tóxicos de la basura en descomposición sobre el desolador paisaje de los guajeros disputándose sus hallazgos con los buitres. En medio de ese entorno nacen y viven muchas niñas y niños que no conocen otra forma de existencia.

Allí fue donde Nancy McGirr, reportera gráfica de Reuters, a quien le tocó cubrir la guerra en Centro América, encontró la fuente de inspiración para Fotokids, uno de los proyectos más enriquecedores que se han creado para la población infantil en situación de riesgo. Iniciado con un grupo de seis infantes entre 5 y 12 años de edad a quienes ella les entregó cámaras fotográficas para que registraran sus propios entornos familiares, el proyecto se convirtió con los años en una de las iniciativas más exitosas de la región para rescatar a la población infantil y ofrecerle una oportunidad de desarrollo a través de un medio tan original como inesperado.

El talento y la determinación, como demostró la iniciativa de McGirr, no dependen del nivel socio económico ni del bagaje cultural. Son cualidades innatas y sólo es cuestión de crear las condiciones favorables para que florezcan en donde menos se sospecha. Cuando Nancy McGirr vio las fotografías tomadas por los niños pioneros de este proyecto innovador, comprendió que ahí estaba el factor del cambio y concentró todos sus esfuerzos en convertirlo en un proyecto de largo plazo.

Hoy Fotokids no solo llegó a su vigésimo aniversario, sino además viene con resultados concretos y medibles. Cientos de niñas y niños beneficiados con el trabajo de documentación del mundo que les rodea y dueños de un lugar propio, digno y bien ganado en este mundo, ha sido uno de los logros fundamentales a lo largo de dos décadas. Este año, seis comunidades se han beneficiado con esta iniciativa que mantiene a la niñez alejada de las pandillas y enfocada en su desarrollo y el de sus familias, a partir de una idea brillante de bajo costo y enormes proyecciones.

Para celebrar este aniversario emblemático, Fotokids exhibe sus fotos y cuenta su historia. Pero esa historia está trenzada con la vida misma de sus jóvenes protagonistas, en quienes recae todo el peso de la obra. Escenas cotidianas de una fuerza expresiva excepcional, un tratamiento gráfico y estético carente de concesiones, testimonio de la pobreza que los rodea, y una mirada íntima a los personajes, se convierte, en esta muestra, en una importante denuncia social que no debemos ignorar.

Fotokids es un ejemplo de lo que se puede lograr si hay voluntad para hacerlo. Guatemala, no debemos olvidarlo, tiene cerca de 6 millones de niñas y niños menores de 14 años, de los cuales por lo menos 4 millones viven en pobreza extrema, esperando una oportunidad.

De versos y de luces

Publicado el 25/07/2011

Entre la injusticia, la impunidad y la corrupción, un rayo de luz.
Entró erguida y segura con su melena negra, la sonrisa en los labios y la mirada alerta. Es una tarde en la Feria del Libro para presentar Fragile come l’Amore, traducción al italiano del más reciente poemario de Luz Méndez De la Vega, una de las literatas más asombrosas del firmamento cultural hispanohablante.

El poemario está dedicado a Pablo Neruda y me habían pedido –quizás también por ser chilena- hablar sobre el lado feminista de Luz. Tras pensar en la tarea y revisar su extensa hoja de vida, decidí comenzar con un trozo de su monólogo Aquel vestido de terciopelo y encaje cuyo contenido es hoy tan actual como cuando ella lo vivió:

“Y así, empezó a asfixiarme la corona de la virtud y del pecado. Sobre todo cuando las tías influyeron en mamá, para que me enviara a un colegio de monjas. Fue esa la prisión más dura que una niña puede soportar. Porque yo de apenas nueve años, estaba enteramente en sus manos.(…) en sus castigos de encierro a oscuras en un cuarto, con miedo a ratas y arañas.(…) a sólo pan y agua y sin que mis compañeras tuvieran permiso de hablarme.”

¿Sería entonces cuando Luz se volvió feminisa, libertaria y defensora de los derechos humanos o simplemente traía el gen? Difícil saberlo, sobre todo desde la perspectiva actual de su obra poética, una de las joyas brillantes de la literatura guatemalteca.

Luz ha escrito mucho y lo ha hecho bien. Ha trazado una ruta coherente, dibujando la línea de su pensamiento de manera magistral, y lo ha hecho con palabras. Algunas veces en versos y otras en una prosa sugerente y bien estructurada, pero también en artículos de opinión y en sus cátedras, desde los cuales ha mantenido la posición definida de su espíritu rebelde y combativo. A lo largo de su carrera, han sido su convicción feminista y su sensibilidad humana las piedras angulares de su actitud frente a la vida.

Independiente a secas. Ni mucho ni poco, simplemente con la independencia como un valor absoluto, Luz Méndez De la Vega ha demostrado su enorme valor al enfrentar con esa espada en mano y amparada tras el escudo de su intelecto, un mundo lleno de recelos y plagado de prejuicios sexistas, en una época y un país poco proclives a reconocer los derechos de la mujer.

Ser feminista en Guatemala a mediados del siglo pasado no estaba de moda. De hecho, debió verse como una violación a las normas sociales y, peor aún, morales de la época. Lo que hoy consideramos derechos, en esos tiempos eran trasgresiones y Luz desafió de frente a una sociedad pacata y represiva.

Tal como afirmé el año pasado en un acto similar, no debemos voltear la página sin subrayar la trascendencia de la vida, la obra, la relevancia del legado y la profundidad de la huella de Luz en este mundo de tantas contradicciones.

Un violento despertar

Publicado el 11/07/2011

El asesinato de Facundo Cabral fue el suceso de violencia que colmó el vaso. 
Guatemala está pasando por un momento crucial de su vida democrática. Experimenta el ataque sistemático de grupos criminales con alto poder de fuego, sofisticados sistemas de información y poseedores de todo el dinero necesario para comprar voluntades y conciencias en cualquier instancia y en cualquier momento. A esto se añade un evento electoral plagado de crímenes, acusaciones y dudas sobre la integridad de quienes pelean el privilegio de llevar las riendas del país durante los próximos cuatro años.

El inconcebible asesinato de Cabral nos puso en los titulares del mundo entero desde tempranas horas de la mañana del sábado con un hecho de sangre más, esta vez en contra de un cantautor amable y carismático, pacífico como el que más, amante de la paz, de la vida y del amor.

Es muy triste que el crimen contra el artista argentino constituya uno más de los innumerables hechos de sangre que a diario se cometen en las calles y carreteras de Guatemala contra personas inocentes. Para ser víctimas, basta con el simple acto de subirse a un bus del transporte colectivo, transitar en su vehículo particular o poseer un teléfono celular. O, simplemente, estar en el lugar equivocado.

En la última semana, la ciudadanía se ha visto enfrentada a una cadena de acontecimientos que, a pesar de su obligado acostumbramiento a la violencia, la han dejado perpleja. Entre ellos, la captura del candidato a alcalde por San José Pinula, quien ha sido acusado del asesinato de dos de sus contendientes en la carrera por la vara edilicia y quien probablemente es responsable de otros atentados contra candidatos de ese municipio.

Luego, el ataque a balazos del guardaespaldas de la hija de Otto Pérez Molina contra un policía municipal de Tránsito desarmado, dejándolo gravemente herido y al borde de la muerte, así como una serie de secuestros y asesinatos que jalonan a diario las páginas de los periódicos y los noticiarios en radio y televisión.

No es preciso apuntar que esta es una de las campañas electorales más sangrientas de los últimos 20 años, tanto en el ámbito político como en la vida común de la ciudadanía. La mediocridad de la administración de Álvaro Colom se revela en toda su dimensión en este momento crucial para el país, con un escenario de caos y anarquía como hacía años no se había visto. Ante este panorama, no resulta extraño que algunos candidatos cuya bandera de lucha es la inseguridad, aprovechen la ocasión para demostrar a los electores la necesidad de un gobierno de mano dura. Lo que Guatemala necesita es otra cosa: volver a su cauce democrático. Para ello, el involucramiento de la sociedad es fundamental y el momento no es ahora. El “momento” ha sido siempre. 

Arte para todos

El arte es un espacio común, un vehículo de comunicación sin fronteras ni prejuicios.

Una ciudad es el espacio vital de muchas personas. Es en donde transcurre lo más trascendente de la existencia del individuo urbano, es el marco que rodea sus momentos, es la base que sustenta sus sueños, ambiciones, esfuerzos y donde finalmente toma forma su vida. Quizás por ello la ciudad debe –y, de hecho, lo hace- reflejar la esencia de sus habitantes, como un espejo mágico sobre cuya luna aparece todo aquello que nos condiciona y nos hace ser como somos.

Guatemala es, en muchos sentidos, el reflejo de esa decadencia. Sus grandes monumentos sufren de una desnutrición similar a la de los niños del campo. Se caen a pedazos hasta que aparece algún ciudadano capaz de mover la conciencia de quienes aún aprecian la belleza, y lo rescatan del olvido. Sus calles históricas asemejan una dentadura llena de agujeros, cuyos espacios vacíos fueron un día bellas construcciones, convertidas hoy en patios de estacionamiento.

¿Parques? No hay. Es una ciudad sin plazas arboladas, sin pulmones verdes para filtrar el aire enrarecido por la falta de regulaciones vehiculares y por el abuso de la actividad industrial sin normas de protección ambiental. En medio de esta tristeza gris y maloliente en la cual se ha transformado la “tacita de plata” existen, sin embargo, algunas señales promisorias que permiten soñar con la recuperación de tantas décadas de abandono.

Una de ellas es la presencia creciente de arte en las calles. Obras arquitectónicas de enome valor estético, pero también obra escultórica cuya repentina instalación provoca un rotundo cambio en el entorno citadino, actuando como un elemento de ruptura en un paisaje urbano deteriorado y caótico.

En otras épocas, gracias a guatemaltecos visionarios y con un claro concepto de la trascendencia del arte urbano, las obras de importantes artistas plásticos se integraron a grandes edificios públicos –como en el Centro Cívico y la Biblioteca Nacional- enriqueciendo así no sólo la infraestructura institucional sino además el acervo cultural de la población, cuyo contacto con estas manifestaciones estéticas constituyeron tema de análisis, orgullo y una mejor comprensión del arte.

La total ausencia de apoyo al arte y la cultura por parte de los gobiernos, aún cuando constituye un freno al desarrollo de este sector, afortunadamente no ha asesinado del todo el deseo y la necesidad vital de vivir en contacto con la belleza. Sin embargo, urge un cambio de actitud, es imperativo un proceso inverso para tomar conciencia de que, sin arte, un pueblo muere espiritualmente y se convierte en lo que casi es: una sociedad violenta, agresiva, temerosa y enfocada en el hoy porque no sabe si habrá un mañana.

24.01.2011

El Día de los Museos

(Publicado el 18/05/2009 en Prensa Libre)

En 145 países se celebra el Día Internacional de los Museos, una oportunidad para destacar su valor e importancia.

Hablemos de museos. De esos vetustos edificios cuya existencia constituye en algunos países una especie de mal necesario -especialmente en aquellos donde el concepto de desarrollo cultural es ajeno a los intereses burocráticos- pero que a nivel mundial son referente de la evolución de los pueblos.
En Guatemala, quienes hemos observado la lucha por establecer mínimos estándares de calidad y acompañado de cerca el trabajo de personas conscientes que han realizado grandes esfuerzos por lograr la consolidación de una infraestructura capaz de alimentar y sostener el quehacer artístico y cultural, nos damos cuenta del abandono y la indiferencia que rodea a esta parte esencial de la historia nacional, cuyas bodegas guardan tesoros invaluables de su patrimonio.
La relevancia de la actividad museística abarca no solamente un afán de conservación de los tesoros nacionales y universales, sino también –y sobre todo- el estudio, el análisis y la interpretación de los procesos evolutivos de las civilizaciones y el aporte a una mejor relación humana con su entorno y con su pasado. Los museos no son los mausoleos del arte y la historia, como algunos pretenden clasificarlos, sino centros de encuentro con la diversidad de las culturas en el mundo al cual pertenecemos.
El apoyo al engrandecimiento de esta parte esencial de la identidad nacional no constituye en modo alguno un despilfarro innecesario de recursos del Estado. Es una inversión a futuro para la construcción de una comunidad humana identificada con su historia, consciente de su papel en el establecimiento de una sociedad democrática y capaz de romper barreras en un proceso de crecimiento intelectual propio de los pueblos libres y soberanos.
No es casualidad que en los países más desarrollados los museos sean objeto de algo cercano a la veneración. No sólo poseen un compendio de su gloria artística e histórica, sino también constituyen centros de encuentro, atractivos turísticos fundamentales para el desarrollo económico y son lugares de referencia cuya función educativa es vital en esas sociedades.
Quienes hayan tenido la fortuna de visitar los grandes museos del mundo, han podido observar el efecto poderoso que ejercen sobre la comunidad que los rodea y sobre los millones de turistas que hacen largas colas para ingresar a sus instalaciones. El trabajo minucioso y especializado de sus curadores no se limita, como muchos parecen creer, a quitar el polvo de las esculturas. Es una labor incansable de investigación y un aporte fundamental al acervo cultural del mundo al cual pertenecemos. Hoy visitemos uno de ellos.