La Línea

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Miradas íntimas de Juan Manuel Díaz Puerta

Por Carolina Vásquez Araya para el catálogo de la exhibición en Galería El Túnel.

17097968_1455229371165975_1910248181057249595_oDifícil describir la obra de Díaz Puerta desde el limitado espectro de la mirada personal. Hay que nutrirse de referencias para abarcar en toda su dimensión los alcances de su pensamiento y la profundidad de sus intenciones. Hombre de pocas palabras, el artista se expresa por medio de un lenguaje visual de un refinamiento obsesivo en el detalle y en la búsqueda incansable de soluciones técnicas para expresar complejas escenas que fluyen entre los sueños y la realidad.

El carácter realista de la obra que presenta en esta exhibición Juan Manuel Díaz Puerta, es un abierto desafío a las tendencias pictóricas desarrolladas durante el siglo XX y los inicios del actual, con su libertad absoluta en forma, color y textura. Representa también un reto a un mercado del arte determinado por rutas estrictas, marcadas muchas veces por la moda. Sin embargo, tampoco responde a los cánones del arte naturalista del siglo diecinueve ni a un mero ejercicio de precisión técnica. La de Díaz Puerta es una íntima mirada al objeto de sus deseos, una disección meticulosa de sus formas, sus estructuras ocultas, su movimiento, su textura y su color. Nada deja al azar y su trazo va definiendo, por medio de una observación profunda, la esencia misma de sus modelos humanos, animales o paisajísticos.

Esta muestra representa un giro interesante de su temática hacia la búsqueda de soluciones novedosas en el manejo de la paleta cromática y un estudio minucioso de la dinámica propia de las formas.

 

Acrobacia estética, una propuesta audaz

Un recorrido por el conjunto de su obra -desde sus inicios en los años ’80- nos presenta a un artista cuya primera aproximación al arte parece haber estado marcada por una fascinación absoluta por la forma en su más estricto sentido. Aunque sus dibujos presentan una gran precisión en el uso de los materiales con los cuales plasma escenas de un realismo casi fotográfico, siempre está implícita cierta intencionalidad que trasciende al objeto y define un estilo personal. Este estilo, cuya permanencia a lo largo de su carrera se consolida en un acento único y reconocible, ratifica un virtuosismo técnico surgido del trabajo y la disciplina casi monásticos, pero también de una auténtica vocación y el placer de la realización última.

En las diversas etapas de su carrera artística, Juan Manuel Díaz Puerta va de un universo a otro con la facilidad de un acróbata. Si nos adentramos en la pureza de líneas en sus dibujos arquitectónicos en blanco y negro para dejarnos caer frente a la enorme fuerza cromática de sus paisajes del altiplano andino o, para mayor contraste aún, ante las manadas de elefantes sumergidas en la atmósfera onírica de un ambiente salvaje, se nos plantea el desafío adicional de interpretar hacia dónde van sus intenciones, en dónde reside ese poder de ubicuidad conceptual que lo domina.

El poder expresivo, capaz de trascender el marco limitado de las telas, es la impronta personal de este artista incansable. No importa cuál sea su tema, logra provocar en el observador una reacción de asombro y curiosidad, sensaciones capaces de iniciar un proceso dinámico de interacción entre el artista y su público. Ninguna obra de este pintor pasa inadvertida, ninguna deja indiferente a quien la observa y eso no es cuestión de gustos, sino de sensibilidad estética. Díaz Puerta tiene el poder de obligarnos a abrir accesos a su mensaje y entablar un diálogo enriquecedor y desafiante.

La energía en la materia

Juan Manuel Díaz Puerta es un maestro en el arte de convertir un paisaje en un conjunto de elementos con vida propia. Tal es el alcance de su maestría en el uso del color y la forma, que una primera aproximación a su obra es insuficiente para aprehender sus múltiples significados y, mucho menos, captar los recursos mediante los cuales ha creado imágenes de una fuerza indiscutible. Existe en sus temas todo un universo digno de explorar. En las formas y texturas subyace mucho más que el mero impacto visual de un paisaje ideal, ahí encontramos un lenguaje sutil que nos remite a la intimidad misma de su lenguaje plástico.

Las transparencias, el movimiento de las aguas, la vitalidad de los bosques y la fuerza de la roca han sido interpretados por el artista de un modo singular. Sus trazos no dejan lugar a vacilaciones. Son claros, rudos o sutiles, pero siempre de contornos definidos y perfectamente identificados. Si nos acercamos para apreciar el detalle, nos encontramos con un conjunto de formas abstractas unidas en perfecta secuencia. Si nos alejamos, esas formas se van concatenando en un movimiento perpetuo y entonces vemos la marea, los reflejos y las turbulencias con precisión absoluta.
Una barca que descansa sobre una mancha de arena, como descansando de una misteriosa travesía, contiene una poderosa sensación de soledad. La presencia -o ausencia- humana está maravillosamente sugerida en este paisaje de exquisita armonía estética. Una paleta reducida a tonos grises le otorga, finalmente, la atmósfera onírica y el acento poético a esta obra magnífica. Este es, como sus demás obras, el resultado de una trayectoria de intenso trabajo y entrega absoluta a una misión de la cual somos ajenos, pero los beneficiarios finales.
El recorrido por esta muestra cuya esencia ha sido, al final de cuentas, una travesía por la visión intimista del artista, deja abiertas muchas expectativas y nos permite esperar más de la paleta experta de Juan Manuel Díaz Puerta. Su sensibilidad y maestría en el desarrollo de su obra pictórica permiten predecir nuevos desafíos en la incansable búsqueda de otros universos.

Guatemala, 22 de febrero de 2017.

 

 

 

 

Rarezas

No tengo idea de cómo llegó a mis manos, pero creo que este cuaderno bellamente escrito perteneció a una de mis tías, quien lo heredó seguramente de su padre o de su abuelo.
De hecho, es muy antiguo y sus páginas muestran la indudable huella del tiempo. Yo solo heredé esa caligrafía tradicional inglesa como rasgo familiar por la línea materna. Hermosa.
Algo deformada por el uso de los odiosos bolígrafos, pero siempre es posible contrarrestar esa deficiencia utilizando la pluma fuente, como un gesto de rebelión cultural contra el avance de los tiempos.

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Los kids de Nancy McGirr

Publicado el 06/08/2011

Hace 20 años, una reportera gráfica creyó en la remota posibilidad del cambio.
Visitar el basurero municipal de la capital guatemalteca no es ningún plan turístico. Allí se acumulan los gases tóxicos de la basura en descomposición sobre el desolador paisaje de los guajeros disputándose sus hallazgos con los buitres. En medio de ese entorno nacen y viven muchas niñas y niños que no conocen otra forma de existencia.

Allí fue donde Nancy McGirr, reportera gráfica de Reuters, a quien le tocó cubrir la guerra en Centro América, encontró la fuente de inspiración para Fotokids, uno de los proyectos más enriquecedores que se han creado para la población infantil en situación de riesgo. Iniciado con un grupo de seis infantes entre 5 y 12 años de edad a quienes ella les entregó cámaras fotográficas para que registraran sus propios entornos familiares, el proyecto se convirtió con los años en una de las iniciativas más exitosas de la región para rescatar a la población infantil y ofrecerle una oportunidad de desarrollo a través de un medio tan original como inesperado.

El talento y la determinación, como demostró la iniciativa de McGirr, no dependen del nivel socio económico ni del bagaje cultural. Son cualidades innatas y sólo es cuestión de crear las condiciones favorables para que florezcan en donde menos se sospecha. Cuando Nancy McGirr vio las fotografías tomadas por los niños pioneros de este proyecto innovador, comprendió que ahí estaba el factor del cambio y concentró todos sus esfuerzos en convertirlo en un proyecto de largo plazo.

Hoy Fotokids no solo llegó a su vigésimo aniversario, sino además viene con resultados concretos y medibles. Cientos de niñas y niños beneficiados con el trabajo de documentación del mundo que les rodea y dueños de un lugar propio, digno y bien ganado en este mundo, ha sido uno de los logros fundamentales a lo largo de dos décadas. Este año, seis comunidades se han beneficiado con esta iniciativa que mantiene a la niñez alejada de las pandillas y enfocada en su desarrollo y el de sus familias, a partir de una idea brillante de bajo costo y enormes proyecciones.

Para celebrar este aniversario emblemático, Fotokids exhibe sus fotos y cuenta su historia. Pero esa historia está trenzada con la vida misma de sus jóvenes protagonistas, en quienes recae todo el peso de la obra. Escenas cotidianas de una fuerza expresiva excepcional, un tratamiento gráfico y estético carente de concesiones, testimonio de la pobreza que los rodea, y una mirada íntima a los personajes, se convierte, en esta muestra, en una importante denuncia social que no debemos ignorar.

Fotokids es un ejemplo de lo que se puede lograr si hay voluntad para hacerlo. Guatemala, no debemos olvidarlo, tiene cerca de 6 millones de niñas y niños menores de 14 años, de los cuales por lo menos 4 millones viven en pobreza extrema, esperando una oportunidad.

De versos y de luces

Publicado el 25/07/2011

Entre la injusticia, la impunidad y la corrupción, un rayo de luz.
Entró erguida y segura con su melena negra, la sonrisa en los labios y la mirada alerta. Es una tarde en la Feria del Libro para presentar Fragile come l’Amore, traducción al italiano del más reciente poemario de Luz Méndez De la Vega, una de las literatas más asombrosas del firmamento cultural hispanohablante.

El poemario está dedicado a Pablo Neruda y me habían pedido –quizás también por ser chilena- hablar sobre el lado feminista de Luz. Tras pensar en la tarea y revisar su extensa hoja de vida, decidí comenzar con un trozo de su monólogo Aquel vestido de terciopelo y encaje cuyo contenido es hoy tan actual como cuando ella lo vivió:

“Y así, empezó a asfixiarme la corona de la virtud y del pecado. Sobre todo cuando las tías influyeron en mamá, para que me enviara a un colegio de monjas. Fue esa la prisión más dura que una niña puede soportar. Porque yo de apenas nueve años, estaba enteramente en sus manos.(…) en sus castigos de encierro a oscuras en un cuarto, con miedo a ratas y arañas.(…) a sólo pan y agua y sin que mis compañeras tuvieran permiso de hablarme.”

¿Sería entonces cuando Luz se volvió feminisa, libertaria y defensora de los derechos humanos o simplemente traía el gen? Difícil saberlo, sobre todo desde la perspectiva actual de su obra poética, una de las joyas brillantes de la literatura guatemalteca.

Luz ha escrito mucho y lo ha hecho bien. Ha trazado una ruta coherente, dibujando la línea de su pensamiento de manera magistral, y lo ha hecho con palabras. Algunas veces en versos y otras en una prosa sugerente y bien estructurada, pero también en artículos de opinión y en sus cátedras, desde los cuales ha mantenido la posición definida de su espíritu rebelde y combativo. A lo largo de su carrera, han sido su convicción feminista y su sensibilidad humana las piedras angulares de su actitud frente a la vida.

Independiente a secas. Ni mucho ni poco, simplemente con la independencia como un valor absoluto, Luz Méndez De la Vega ha demostrado su enorme valor al enfrentar con esa espada en mano y amparada tras el escudo de su intelecto, un mundo lleno de recelos y plagado de prejuicios sexistas, en una época y un país poco proclives a reconocer los derechos de la mujer.

Ser feminista en Guatemala a mediados del siglo pasado no estaba de moda. De hecho, debió verse como una violación a las normas sociales y, peor aún, morales de la época. Lo que hoy consideramos derechos, en esos tiempos eran trasgresiones y Luz desafió de frente a una sociedad pacata y represiva.

Tal como afirmé el año pasado en un acto similar, no debemos voltear la página sin subrayar la trascendencia de la vida, la obra, la relevancia del legado y la profundidad de la huella de Luz en este mundo de tantas contradicciones.

Un violento despertar

Publicado el 11/07/2011

El asesinato de Facundo Cabral fue el suceso de violencia que colmó el vaso. 
Guatemala está pasando por un momento crucial de su vida democrática. Experimenta el ataque sistemático de grupos criminales con alto poder de fuego, sofisticados sistemas de información y poseedores de todo el dinero necesario para comprar voluntades y conciencias en cualquier instancia y en cualquier momento. A esto se añade un evento electoral plagado de crímenes, acusaciones y dudas sobre la integridad de quienes pelean el privilegio de llevar las riendas del país durante los próximos cuatro años.

El inconcebible asesinato de Cabral nos puso en los titulares del mundo entero desde tempranas horas de la mañana del sábado con un hecho de sangre más, esta vez en contra de un cantautor amable y carismático, pacífico como el que más, amante de la paz, de la vida y del amor.

Es muy triste que el crimen contra el artista argentino constituya uno más de los innumerables hechos de sangre que a diario se cometen en las calles y carreteras de Guatemala contra personas inocentes. Para ser víctimas, basta con el simple acto de subirse a un bus del transporte colectivo, transitar en su vehículo particular o poseer un teléfono celular. O, simplemente, estar en el lugar equivocado.

En la última semana, la ciudadanía se ha visto enfrentada a una cadena de acontecimientos que, a pesar de su obligado acostumbramiento a la violencia, la han dejado perpleja. Entre ellos, la captura del candidato a alcalde por San José Pinula, quien ha sido acusado del asesinato de dos de sus contendientes en la carrera por la vara edilicia y quien probablemente es responsable de otros atentados contra candidatos de ese municipio.

Luego, el ataque a balazos del guardaespaldas de la hija de Otto Pérez Molina contra un policía municipal de Tránsito desarmado, dejándolo gravemente herido y al borde de la muerte, así como una serie de secuestros y asesinatos que jalonan a diario las páginas de los periódicos y los noticiarios en radio y televisión.

No es preciso apuntar que esta es una de las campañas electorales más sangrientas de los últimos 20 años, tanto en el ámbito político como en la vida común de la ciudadanía. La mediocridad de la administración de Álvaro Colom se revela en toda su dimensión en este momento crucial para el país, con un escenario de caos y anarquía como hacía años no se había visto. Ante este panorama, no resulta extraño que algunos candidatos cuya bandera de lucha es la inseguridad, aprovechen la ocasión para demostrar a los electores la necesidad de un gobierno de mano dura. Lo que Guatemala necesita es otra cosa: volver a su cauce democrático. Para ello, el involucramiento de la sociedad es fundamental y el momento no es ahora. El “momento” ha sido siempre. 

Arte para todos

El arte es un espacio común, un vehículo de comunicación sin fronteras ni prejuicios.

Una ciudad es el espacio vital de muchas personas. Es en donde transcurre lo más trascendente de la existencia del individuo urbano, es el marco que rodea sus momentos, es la base que sustenta sus sueños, ambiciones, esfuerzos y donde finalmente toma forma su vida. Quizás por ello la ciudad debe –y, de hecho, lo hace- reflejar la esencia de sus habitantes, como un espejo mágico sobre cuya luna aparece todo aquello que nos condiciona y nos hace ser como somos.

Guatemala es, en muchos sentidos, el reflejo de esa decadencia. Sus grandes monumentos sufren de una desnutrición similar a la de los niños del campo. Se caen a pedazos hasta que aparece algún ciudadano capaz de mover la conciencia de quienes aún aprecian la belleza, y lo rescatan del olvido. Sus calles históricas asemejan una dentadura llena de agujeros, cuyos espacios vacíos fueron un día bellas construcciones, convertidas hoy en patios de estacionamiento.

¿Parques? No hay. Es una ciudad sin plazas arboladas, sin pulmones verdes para filtrar el aire enrarecido por la falta de regulaciones vehiculares y por el abuso de la actividad industrial sin normas de protección ambiental. En medio de esta tristeza gris y maloliente en la cual se ha transformado la “tacita de plata” existen, sin embargo, algunas señales promisorias que permiten soñar con la recuperación de tantas décadas de abandono.

Una de ellas es la presencia creciente de arte en las calles. Obras arquitectónicas de enome valor estético, pero también obra escultórica cuya repentina instalación provoca un rotundo cambio en el entorno citadino, actuando como un elemento de ruptura en un paisaje urbano deteriorado y caótico.

En otras épocas, gracias a guatemaltecos visionarios y con un claro concepto de la trascendencia del arte urbano, las obras de importantes artistas plásticos se integraron a grandes edificios públicos –como en el Centro Cívico y la Biblioteca Nacional- enriqueciendo así no sólo la infraestructura institucional sino además el acervo cultural de la población, cuyo contacto con estas manifestaciones estéticas constituyeron tema de análisis, orgullo y una mejor comprensión del arte.

La total ausencia de apoyo al arte y la cultura por parte de los gobiernos, aún cuando constituye un freno al desarrollo de este sector, afortunadamente no ha asesinado del todo el deseo y la necesidad vital de vivir en contacto con la belleza. Sin embargo, urge un cambio de actitud, es imperativo un proceso inverso para tomar conciencia de que, sin arte, un pueblo muere espiritualmente y se convierte en lo que casi es: una sociedad violenta, agresiva, temerosa y enfocada en el hoy porque no sabe si habrá un mañana.

24.01.2011