Violencia, nuestra marca de identidad

La indiferencia ante el sufrimiento ajeno parece ser la marca de identidad de nuestra especie.

No es necesario escarbar demasiado para ver las manifestaciones de esa fascinante estructura de instintos e impulsos, deseos y rechazos propios de nuestra naturaleza imperfecta. Estamos constituidos de odios y amores, dependencias y apetitos, girando en torno a un egoísmo difícilmente controlable. ¿Qué nos impide actuar como seres primitivos, sino el miedo a las consecuencias? El amplio panorama de la historia pasada y presente es un gran tratado sobre la violencia y el ansia de poder, pero especialmente sobre los mecanismos de represión -más o menos efectivos- sobre una Humanidad abandonada a sus deseos.

Las religiones han cumplido su papel: el miedo al castigo y a la perdición del alma ha actuado como un disuasivo poderoso sobre grandes masas, pero el mensaje de amor nunca ha sido suficientemente efectivo como para modificar el impulso atávico de destruir a quienes piensen o actúen diferente, porque esa defección representa una amenaza para la hegemonía de un grupo social sobre otro. De ahí las guerras santas con su orgía de sangre y su mensaje de odio. Es entonces cuando surge la duda de si el primer acto humano está condicionado por ese terrible sentimiento.

En qué momento de la historia se produjo la marginación de la mujer resulta difícil de determinar, en parte porque el relato del pasado está ya teñido con una visión patriarcal. Pero el hecho es que esa marginación se fue perpetuando y fortaleciendo al punto de convertirse en un valor social indiscutible, incluso, para la población víctima de tales prácticas. Contra la mujer resulta fácil ejercer violencia. Es físicamente más débil y psicológicamente ya viene programada desde la niñez para someterse a la voluntad masculina. Los impulsos de liberación son ridiculizados por la colectividad con el propósito de detener ese afán independentista, lo cual impacta profundamente en la psiquis y en la autoestima de ese importante segmento de la población.

Únicamente por eso y por esa inclinación natural a destruir al otro que en apariencia caracteriza a nuestra especie, es posible entender la pasividad ciudadana ante el asesinato de niñas y mujeres, las violaciones sexuales, la práctica “hogareña” del incesto, la falta de atención a sus necesidades básicas de protección, educación y salud. Allí es en donde mejor se identifica el odio ancestral que plasma su impronta en nuestros actos cotidianos. En ese desprecio por la vida misma es en donde podemos vernos en un espejo de alta definición, sometidos a la fuerza de prejuicios y atavismos heredados.

Cuando miramos alrededor y vemos tanta destrucción y tanto silencio de los justos, se agolpan las preguntas sobre cuándo se produjo la pérdida de los principios y valores de la sociedad, pero también si esos principios alguna vez existieron o simplemente no había desafíos que pusieran ese hecho en evidencia. Hoy, entre tanta agresividad, crimen impune e indiferencia, es imperativo retomar el tema y cuestionarse con seriedad y compromiso cuál es el papel de la comunidad en este escenario de dolor y muerte. Estamos rodeados de maldad y hemos sido incapaces de reaccionar para detenerla. Si la comunidad es tan devota y amante de la paz como aparenta en las redes sociales y en sus círculos personales ¿cómo es posible permanecer impávida ante el horror que la rodea? ¿O es que su discurso de amor al prójimo solo funciona como un maquillaje para disimular su insensibilidad y falta de empatía? Solo por medio de un despertar de la conciencia será posible revertir esa tendencia autodestructiva y reparar profundas carencias.

 

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La Línea

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Miradas íntimas de Juan Manuel Díaz Puerta

Por Carolina Vásquez Araya para el catálogo de la exhibición en Galería El Túnel.

17097968_1455229371165975_1910248181057249595_oDifícil describir la obra de Díaz Puerta desde el limitado espectro de la mirada personal. Hay que nutrirse de referencias para abarcar en toda su dimensión los alcances de su pensamiento y la profundidad de sus intenciones. Hombre de pocas palabras, el artista se expresa por medio de un lenguaje visual de un refinamiento obsesivo en el detalle y en la búsqueda incansable de soluciones técnicas para expresar complejas escenas que fluyen entre los sueños y la realidad.

El carácter realista de la obra que presenta en esta exhibición Juan Manuel Díaz Puerta, es un abierto desafío a las tendencias pictóricas desarrolladas durante el siglo XX y los inicios del actual, con su libertad absoluta en forma, color y textura. Representa también un reto a un mercado del arte determinado por rutas estrictas, marcadas muchas veces por la moda. Sin embargo, tampoco responde a los cánones del arte naturalista del siglo diecinueve ni a un mero ejercicio de precisión técnica. La de Díaz Puerta es una íntima mirada al objeto de sus deseos, una disección meticulosa de sus formas, sus estructuras ocultas, su movimiento, su textura y su color. Nada deja al azar y su trazo va definiendo, por medio de una observación profunda, la esencia misma de sus modelos humanos, animales o paisajísticos.

Esta muestra representa un giro interesante de su temática hacia la búsqueda de soluciones novedosas en el manejo de la paleta cromática y un estudio minucioso de la dinámica propia de las formas.

 

Acrobacia estética, una propuesta audaz

Un recorrido por el conjunto de su obra -desde sus inicios en los años ’80- nos presenta a un artista cuya primera aproximación al arte parece haber estado marcada por una fascinación absoluta por la forma en su más estricto sentido. Aunque sus dibujos presentan una gran precisión en el uso de los materiales con los cuales plasma escenas de un realismo casi fotográfico, siempre está implícita cierta intencionalidad que trasciende al objeto y define un estilo personal. Este estilo, cuya permanencia a lo largo de su carrera se consolida en un acento único y reconocible, ratifica un virtuosismo técnico surgido del trabajo y la disciplina casi monásticos, pero también de una auténtica vocación y el placer de la realización última.

En las diversas etapas de su carrera artística, Juan Manuel Díaz Puerta va de un universo a otro con la facilidad de un acróbata. Si nos adentramos en la pureza de líneas en sus dibujos arquitectónicos en blanco y negro para dejarnos caer frente a la enorme fuerza cromática de sus paisajes del altiplano andino o, para mayor contraste aún, ante las manadas de elefantes sumergidas en la atmósfera onírica de un ambiente salvaje, se nos plantea el desafío adicional de interpretar hacia dónde van sus intenciones, en dónde reside ese poder de ubicuidad conceptual que lo domina.

El poder expresivo, capaz de trascender el marco limitado de las telas, es la impronta personal de este artista incansable. No importa cuál sea su tema, logra provocar en el observador una reacción de asombro y curiosidad, sensaciones capaces de iniciar un proceso dinámico de interacción entre el artista y su público. Ninguna obra de este pintor pasa inadvertida, ninguna deja indiferente a quien la observa y eso no es cuestión de gustos, sino de sensibilidad estética. Díaz Puerta tiene el poder de obligarnos a abrir accesos a su mensaje y entablar un diálogo enriquecedor y desafiante.

La energía en la materia

Juan Manuel Díaz Puerta es un maestro en el arte de convertir un paisaje en un conjunto de elementos con vida propia. Tal es el alcance de su maestría en el uso del color y la forma, que una primera aproximación a su obra es insuficiente para aprehender sus múltiples significados y, mucho menos, captar los recursos mediante los cuales ha creado imágenes de una fuerza indiscutible. Existe en sus temas todo un universo digno de explorar. En las formas y texturas subyace mucho más que el mero impacto visual de un paisaje ideal, ahí encontramos un lenguaje sutil que nos remite a la intimidad misma de su lenguaje plástico.

Las transparencias, el movimiento de las aguas, la vitalidad de los bosques y la fuerza de la roca han sido interpretados por el artista de un modo singular. Sus trazos no dejan lugar a vacilaciones. Son claros, rudos o sutiles, pero siempre de contornos definidos y perfectamente identificados. Si nos acercamos para apreciar el detalle, nos encontramos con un conjunto de formas abstractas unidas en perfecta secuencia. Si nos alejamos, esas formas se van concatenando en un movimiento perpetuo y entonces vemos la marea, los reflejos y las turbulencias con precisión absoluta.
Una barca que descansa sobre una mancha de arena, como descansando de una misteriosa travesía, contiene una poderosa sensación de soledad. La presencia -o ausencia- humana está maravillosamente sugerida en este paisaje de exquisita armonía estética. Una paleta reducida a tonos grises le otorga, finalmente, la atmósfera onírica y el acento poético a esta obra magnífica. Este es, como sus demás obras, el resultado de una trayectoria de intenso trabajo y entrega absoluta a una misión de la cual somos ajenos, pero los beneficiarios finales.
El recorrido por esta muestra cuya esencia ha sido, al final de cuentas, una travesía por la visión intimista del artista, deja abiertas muchas expectativas y nos permite esperar más de la paleta experta de Juan Manuel Díaz Puerta. Su sensibilidad y maestría en el desarrollo de su obra pictórica permiten predecir nuevos desafíos en la incansable búsqueda de otros universos.

Guatemala, 22 de febrero de 2017.