Un mundo feliz

Publicado el 20/06/2011

El deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. (M. Houellebecq) 


El novelista británico Aldous Huxley publicó “Brave New World” en 1932, la novela por la cual se haría mundialmente conocido. Traducida al español como Un mundo feliz, esta historia de ficción retrata una sociedad utópica en la cual se han erradicado la pobreza y las guerras, pero también la cultura, el arte y la individualidad humana, elementos cuya naturaleza inquisitiva e inconforme impedirían ese estado de paz ideal inducido por el conformismo y la alienación.

La ironía de una sociedad feliz acunada por la uniformidad y la anulación del conflicto personal a partir de la pérdida de la individualidad, fue en su momento el tópico que haría de la obra de Huxley uno de los grandes éxitos literarios de principios del siglo pasado. El cuestionamiento implícito en ella se vería reflejado también en los postulados del marxismo-leninismo encarnados en dos de sus principales personajes, y en el mensaje mediante el cual se propone que la felicidad absoluta para una sociedad radica en ser controlada, en anular sus derechos a decidir sobre la vida personal de los ciudadanos y minimizar de ese modo todo conflicto íntimo.

¿Por qué este mundo feliz nos resulta tan actual en las primeras décadas del siglo veintiuno, casi 80 años después? Porque el sistema económico mundial ha comenzado a borrar fronteras y soberanías, incidiendo en las políticas internas de los países y comprometiendo la vida y el futuro de miles de millones de seres humanos cuya participación en las decisiones que les afectan es prácticamente nula.

Por supuesto, en este mundo (in)feliz no se han eliminado las guerras ni la pobreza. De hecho, nunca el planeta había estado tan sometido a los designios de una cultura de violencia basada en las enormes ganancias de la industria armamentista. Tampoco hubo jamás tal inequidad en la repartición de la riqueza y en el acceso a la alimentación.

Pero lo que sí existe es esa burbuja de poder universal que lo controla todo, desde la propiedad del genoma hasta la riqueza del subsuelo. Y esa burbuja se diluye cada vez más en un concepto abstracto, ajeno a las preocupaciones del ciudadano común, al punto de desaparecer de la escena para convencernos de que somos nosotros, los pequeños habitantes de este mundo, quienes tomamos las decisiones fundamentales de nuestro espacio geográfico.

La conclusión de esta digresión de lunes es que hemos entrado en un proceso de alienación prácticamente irreversible, el cual nos aleja de lo trascendente envolviéndonos con una tecnología que nos alimenta la ilusión de pertenecer al mundo desarrollado y nos quita la vista del entorno de miseria en el cual estamos inmersos. Es ése nuestro “mundo feliz”, la siguiente etapa será la abolición de la cultura.

Esas cosas de la vida

Publicado el 28/05/2011

En tierra de nadie cualquiera se apodera de los espacios públicos. 


La ciudad se despierta cada mañana con un paisaje nuevo. Miles de carteles pegados en los muros, colgando de los postes y clavados en los árboles. Rostros ya conocidos de tan vistos, sonriendo con dientes y pieles blanqueadas desde los muppies, vagas promesas de nada o de cualquier cosa desafiándonos desde inmensas vallas panorámicas. Comenzó de nuevo la campaña, la misma que ya estaba en las calles sin autorización del TSE.
Es probable que esa irrupción en el entorno resulte normal para una buena parte de la población, porque ya está acostumbrada a la contaminación visual comercial, no muy diferente de la política. Sin embargo, la tolerancia ante ese abuso del espacio público no es más que una manifestación de la pasividad de la comunidad, resignada a su papel de espectadora de la decadencia de sus instituciones y de sus líderes. 
La municipalidad de Guatemala emitió hace más o menos una semana una norma prohibiendo el uso de la infraestructura urbana como postes, puentes, pasarelas y otras instalaciones. Al día siguiente, estaba todo tapizado de afiches. ¿Negociaciones privadas con el alcalde o simplemente el uso de la costumbre de hacer caso omiso de la ley?
Pero eso no sería nada si esta campaña no se caracterizara por su extrema vacuidad. No hay propuestas, nadie presenta programas serios y algunos candidatos creen que la población es simplemente estúpida y basta con regalarle un almuerzo para conseguir su voto. Aun cuando tuvieran razón en este último punto, es un insulto a la ciudadanía llegar a las candidaturas con las manos tan vacías como el cerebro.
Hay casos extremos, como el de la esposa del alcalde de la capital, quien se limita a referirse a Dios –quien, aparentemente, le habló en vivo y en directo para encomendarle la salvación de Guatemala- pero de planes de gobierno, nada. Ese tema no está en la mesa para ser discutido y por lo visto, tampoco le quita el sueño.
La característica de esta campaña electoral es la falta de información y el exceso de retratos. En otras ocasiones ha predominado la presencia de símbolos de los partidos, pero hoy parece que los recursos de la tecnología hacen muy apetecible figurar con la cara tersa como nalga de bebé y una expresión acorde con el tono del discurso. Ceñudos unos –los de mano dura- y sonrientes otros –los encomenderos de la divinidad.
Si así serán las cosas, no hay que extrañarse de un alto nivel de abstencionismo en un evento que se caracteriza por la falta de propuestas serias, racionales, bien estructuradas, coherentes con la realidad trágica y poco promisoria que actualmente vive Guatemala. Eso sí, todos hacen gala de un caudal impresionante de recursos económicos, pero ninguno de los candidatos da razón de su origen. Quizás si se descubre ese pequeño detalle, habría una idea más clara de hacia donde va el futuro del país. 

Invierno y verano

Hay que poner atención al anuncio de que este año habrá un invierno riguroso. 

Guatemala es el único país en el mundo que pasa del verano al invierno en cosa de días o, como sucede este año, los vive en forma simultánea. Mientras la gente disfruta sus breves vacaciones de verano en las playas o en cualquier sitio donde haya mucho para comer, beber y suficiente agua para nadar bajo el sofocante sol de la época, las autoridades del Insivumeh anuncian que el invierno ya se instaló formalmente en la bocacosta y en el suroccidente del país.

Estas aparentes incongruencias se deben a la inveterada costumbre chapina de llamar invierno a la época de lluvias, la cual se desarrolla en pleno verano. El invierno formal, aquel definido por la posición geográfica de Guatemala, es generalmente seco y se caracteriza por ser la época más fría del año.

Este año, de acuerdo con los pronósticos de los expertos, la época pluvial viene cargada de malos augurios. Si creemos en las predicciones, el exceso de agua podría provocar inundaciones en varios departamentos de la Costa Sur, la mayoría de ellas causadas por el arrastre de sedimentos en ríos y el asolvamiento de sus cuencas, a lo cual se suman los resabios de la destrucción ocasionada por la tormenta Ágatha.

Este año, como todos, se anuncian desastres que casi siempre ocurren. Pero esta vez la falta de fondos en el presupuesto de la Nación, la ausencia de medidas de prevención y la poca inversión estatal en infraestructura, más el desinterés de las autoridades por resolver problemas nacionales, vuelve el panorama negro.

¿Quién le pondrá atención a los miles de niños desnutridos cuando vengan los primeros guacalazos violentos a ocupar las primeras planas? Triste, pero así es la cosa. Las noticias compiten y el tema de la crisis nutricional que acaparó la atención general hace una semana pasará a la historia, una vez más, hasta que venga una nueva ola de infantes muertos en las zonas más vulnerables de Guatemala.

Entonces el foco de atención se dirigirá hacia una situación que, por conocida, no es menos impactante: los efectos devastadores de un clima inestable sobre un país que carece de los recursos mínimos para defender a la población de sus rigores. Las entidades encargadas de atender emergencias no están preparadas –ni en recursos ni en infraestructura- para eventos de gran magnitud y si ya existe hoy una crisis nutricional severa, se puede colegir cuánto se acentuará con los efectos de los primeros desastres provocados por las lluvias.

Las autoridades de gobierno tienen la obligación de proteger la salud de la población y garantizar que los recursos se administren de manera eficiente, evitando el despilfarro en publicitar los magros logros de su gestión, tema que a nadie le interesa.

El Día de la Tierra

Agostado, reseco y explotado hasta el exterminio, nuestro planeta agoniza. 

Somos demasiado pequeños e insignificantes como para aprehender en toda su dimensión el drama de la Tierra. Como sujetos dependientes de los recursos naturales cuya mirada apenas abarca su mínimo entorno, creemos en su infinitud y en la imponderable generosidad de la naturaleza para reconstruirse una y otra vez a pesar de nuestra estúpida forma de vida, consumista e irresponsable.

Comprendo muy bien la decepción de ciudadanos visionarios quienes –como Magalí Rey Rosa, Rita Roesch y otros- han venido cantando verdades y dibujando paisajes yertos desde hace varias décadas sin obtener respuesta alguna a sus advertencias. La gerstión empresarial verde es una moda reciente. Y, como toda moda, es superficial.

Una auténtica gestión verde debería comenzar por el diagnóstico profundo de su impacto sobre los recursos naturales y el entorno, con la sincera intención de cambiar sus sistemas de producción de acuerdo a recomendaciones de seguridad ambiental. Pero eso es caro y complicado, por lo cual los buenos propósitos derivan en campañas de relaciones públicas y proyectos de poca monta.

Recibí hace poco el mensaje de un ciudadano indignado por la tala de árboles en la pinada de Martínez –entre San Juan Sacatepéquez y San Raymundo-, también en la aldea Sajcavillá por el camino de terracería que conduce hacia aldea Concepción Ciprés, San Raymundo y finalmente a lo largo de la aldea Montúfar, en el municipio de San Juan Sacatepéquez desde el cruce de Pachalí hacia Pachalum. De acuerdo con este ciudadano, la depredación de estos bosques se efectúa a plena luz y sin acción alguna por parte de las autoridades.

De este modo es como un país con vocación forestal se ha ido transformando en un territorio erosionado, cuyos cerros se deslizan hacia los poblados apenas aparece la primera lluvia de la temporada invernal. Un paraíso de fuentes de agua clara que tiene sus ríos y lagos gravemente contaminados por desechos tóxicos, productos químicos y corrientes de aguas negras. En resumen, un buen botín para la explotación irracional e impune de aquellas riquezas que podrían llevar a Guatemala hacia una etapa de desarrollo sostenible.

Ciertos sectores de pensamiento conservador y cortoplacista han tildado a los expertos ecologistas de histéricos y pretenden descalificar sus propuestas desde la perspectiva del beneficio inmediato, garantizando así los privilegios de explotación a grandes compañias que nada dejan a cambio, como las operadoras de extracción de minerales e hidrocarburos y las productoras de energía. Su argumento, el desarrollo económico y la creación de fuentes de empleo. Sin embargo los resultados están a la vista: el país vive el peor de los retrocesos y su pueblo está cada día más pobre y desnutrido.

La industria de la ponzoña

No hay presupuesto de publicidad capaz de sostener las mentiras y engañarlos a todos, todo el tiempo.

La minera Marlin, cuya instalación en Guatemala fue ferozmente defendida en su momento por los gobiernos canadiense y guatemalteco, está demostrando cómo sus operaciones constituyen un motor para el desarrollo, pero sólo para el de su propio crecimiento.
El informe elaborado por la Comisión Pastoral Paz y Ecología, presentado por monseñor Álvaro Ramazzini el jueves pasado, revela detalles de las graves repercusiones ambientales de esa decisión. En él se detalla el alto nivel de contaminación de los ríos Tzalá y Quivichil, los cuales son fuente de abastecimiento de agua para consumo humano y uso agrícola en la zona que rodea a la mina, lo cual contradice con pruebas el alegato de inocuidad en el permanente discurso mediático de los ejecutivos de Montana Exploradora.
Los contaminantes, entre ellos cobre, aluminio, arsénico, hierro, manganeso y nitrato alcanzan niveles superiores a los estándares permitidos por el Banco Mundial y por las instituciones de control ambiental de Canadá y Estados Unidos. Estas sustancias podrían aumentar de manera exponencial si en la presa de colas se produjera una fisura por la inestabilidad del terreno –es un país de terremotos- alguna falla en su construcción o el efecto residual de los ácidos que en ella se acumulan con el tiempo.
De manera casi simultánea a la presentación de este informe, se produjo una acción del ministro de Ambiente y Recursos Naturales para impedir la importación de cianuro de sodio por Montana Exploradora S. A., debido al adeudo de más de 12 millones de quetzales por haber realizado importaciones anteriores sin contar con la licencia ambiental respectiva.
Es decir, la compañía minera no sólo destruye lo que toca desde el punto de vista ambiental, lo cual es concomitante con la naturaleza de sus actividades de extracción y refinación de los metales, sino también intenta evadir el pago de ciertos tributos usando resquicios legales.
Las operaciones mineras no sólo traen consigo el envenenamiento de las fuentes de agua y las tierras circundantes, sus grandes intereses económicos también propician una cadena de favoritismos cuyo efecto es aumentar aún más los graves niveles de corrupción en el aparato del Estado. No importa qué digan sus relacionistas públicos, Montana Exploradora S. A. ha venido a extraer la riqueza del subsuelo a cambio de migajas para el erario nacional y la devastación de un gran trozo de territorio cuya vocación productiva pudo haber tenido una orientación más amigable con sus habitantes y mucho menos ponzoñosa.

Mi amazonia y la tuya

Estamos muy cerca del cataclismo ecológico como para tomar distancia de lo que sucede en el vecindario.

Pongámoslo en perspectiva geográfica: Guatemala cabe 8 veces en el territorio que ocupa la Amazonía peruana. Esta región privilegiada del planeta –cuya extensión total es de aproximadamente 6 millones de kilómetros cuadrados- posee la mayor diversidad en flora y fauna, constituyéndose así en un inmenso filtro purificador del aire y en una reserva de especies única en el mundo.
Esta riqueza insuperable es precisamente su condena a muerte. En un mundo dominado por una insaciable tendencia mercantilista a sacar provecho de todo, aquí y ahora, los grandes capitalistas han decidido apoderarse de este magnífico patrimonio natural para explotarlo hasta acabar con él. Desde 1970 hasta hoy, es decir, en poco menos de 40 años, el territorio amazónico ha perdido más de 600 mil kilómetros cuadrados de bosque nativo, exterminándose de manera simultánea el hábitat de miles de especies animales y vegetales indispensables para la conservación del equilibrio natural.
Ésta ha sido la razón fundamental de las protestas de los indios que habitan la región amazónica peruana contra el gobierno de Alan García, cuyas concesiones en el texto del TLC con Estados Unidos abren esa riqueza ecológica y la exponen a la explotación de las multinacionales, poniendo en peligro no sólo sus recursos y su biodiversidad, sino también la integridad de las comunidades autóctonas.
No es preciso hacer un gran esfuerzo para comprender la frustración de esa población, acusada de terrorista, de subversiva y de enemiga del progreso, al igual que lo han sido los ciudadanos guatemaltecos opuestos a las operaciones de la mina Marlin. La destrucción no es un prejuicio, está ahí a la vista y representa una de las peores amenazas para el futuro del planeta y no sólo una agresión injusta e innecesaria para sus habitantes actuales.
El tema de la defensa de los recursos naturales y la biodiversidad está actualmente en la agenda de todos los gobiernos del mundo. La lucha por hacer respetar los derechos de las comunidades indígenas, también. Entonces, esas negociaciones ilegítimas de algunos gobernantes poco éticos deberían ir a una corte internacional creada específicamente para tratar estos temas que nos atañen a todos por igual.
El día que desaparezca la capa de ozono, cuando se extingan las fuentes de agua y se contaminen las tierras agrícolas, cuando por fin despertemos a esta insana fiebre de consumismo y contaminación en la cual estamos inmersos, podría ser muy tarde para salvar nuestra vida y la de nuestros descendientes. Por eso hay que pronunciarse en contra de la destrucción de la Amazonía peruana, porque en ella también está nuestro futuro.

La Tierra

(Publicado el 25/04/2009 en Prensa Libre)

Damos por hecho que este planeta podrá sobrevivir a nuestro afán destructivo. La realidad es muy otra y podemos comprobarla.

No hace más de 10 ó 15 años, hablar de contaminación ambiental, de destrucción del hábitat o del deshielo polar chocaba con la poderosa campaña de lobby de las grandes compañias y los gobiernos del primer mundo en contra del activismo ecológico. Miles de millones de dólares invirtieron estos gigantes multinacionales para descalificar a los científicos que lograban una tribuna para expresar su preocupación por lo que ha sucedido en nuestro planeta durante el último siglo. Hoy no han podido detener el abrumador peso de las evidencias y el mundo escucha, por fin, voces oficiales que advierten sobre la destrucción del ambiente a nivel planetario.
¿A dónde se desplazó lo que despectivamente llamaban ecohisteria? A las casas de gobierno, al concierto de naciones, a las agencias de desarrollo, a las grandes universidades, a los centros de investigación científica y a los organismos encargados de velar por la salud y la seguridad de los habitantes del mundo. La destrucción del entorno ha dejado de ser un tema de relaciones públicas para compañias petroleras y por fin se ha erigido en una plataforma estratégica para enfrentar el problema en el siglo actual.
Lo más difícil será, sin embargo, cambiar la mentalidad a nivel individual. Incluso quienes presumen de tener conciencia ecológica manifiestan conductas poco amigables con su medio ambiente y no contribuyen a cambiar los vicios destructivos que tienen a nuestro planeta al borde del colapso.
Acciones tan aparentemente banales como reunir la basura sin clasificar, usar bolsas plásticas cada vez que vamos de compras, imprimir toneladas de hojas porque preferimos leer en papel en lugar de hacerlo en el monitor de la computadora o el simple acto de dejar todos los aparatos enchufados aún cuando no los usamos, representan varios pasos hacia la degradación de nuestro entorno.
El uso inteligente y adecuado del agua, ese tesoro sin el cual no podría existir vida alguna, es un tema que todavía en este siglo nos parece intrascendente, a tal punto que ni siquiera constituye una materia en el pensum escolar. Creemos que transmitimos valores y una educación completa a nuestros hijos, pero les permitimos repetir nuestros errores y los animamos a desperdiciar aquello que será un lujo inaccesible para quienes vienen después que nosotros.
La irresponsabilidad, la arrogancia y la ignorancia nos han convencido de que somos dueños del universo, pero sólo hemos sido capaces de generar un desarrollo a la inversa –la destrucción de lo que había y la incapacidad de volver a crearlo. Si nuestra cultura de desperdicio no cambia de manera radical, será lo único que dejaremos como herencia a nuestros sucesores.