El libro que nunca publiqué

ERecinos

Hace muchos años le comenté a Efraín Recinos mi intención de editar un compendio de las columnas sobre arte y cultura que había publicado en El Gráfico y Prensa Libre. Entusiasmado, de inmediato me pidió que se las compartiera para escribir el prólogo y dibujar la portada.

Pasó algún tiempo hasta que lo tuve más o menos armado para entregárselo, lo cual significó una celebración con frijoles negros parados, arroz blanco, ensalada y una botella del mejor vino del mercado. Efraín estaba feliz, quería que a partir de este libro editara  los artículos sobre política, derechos humanos, niñez, seguridad… separados en una pequeña colección temática.

Y llegó el día cuando finalmente me entregó las hojas que ilustran esta nota. Con una dedicación exquisita leyó y analizó cada uno de mis escritos destacando de su puño y letra las frases que consideró más importantes, subrayando con bolígrafos de colores los distintos párrafos para hacerme más fácil la lectura y sugiriendo -con esa humildad maravillosa que lo caracterizó siempre-  cortar aquí y allá para no hacer tan extenso su prólogo.

Nunca publiqué el libro pero atesoré estas hojas que hoy revelo. Es un primer paso para realizar el plan inconcluso y quizá continuar con esa pequeña colección que con tanto entusiasmo me propuso Efraín aquella tarde.

En cuanto a la portada, me la enseñó un día pero quería hacerle pequeños cambios. Ya para entonces su pulso había perdido firmeza y le costaba trabajar. Nunca más la vi, quizá se perdió en ese caos colorido e intrigante de su estudio.

IMG_1485.JPG

La ganga del siglo

Este relato pertenece a la sección VIDA DIARIA de este blog.

El teléfono me sobresaltó. Estaba justo llevándome a la boca un pedazo de pollo como solo María Teresa lo sabe hacer y no me apetecía en lo más mínimo que me interrumpieran. Contesté un poco de mala gana pensando en un problema de la oficina, pero no. Era una joven de voz artificial, lo más artificial que puede ser una voz: “¿Señora Fulana de Tal? ¡Mucho gusto! Aquí la saluda Zutanita. Soy representante de Hoteles Villa Nosecuántos y la llamo para informarle que ha sido premiada con una cámara profesional marca Sony con todos sus aditamentos y un elegantísimo estuche de cuero… ¿es usted casada?” –me espetó sin darme tiempo a reaccionar, todo a una velocidad que denotaba un extenuante entrenamiento.

“Si no lo es, no tenga pena, igual puede pasar a recoger su premio a la dirección tal… ¿estaría dispuesta a otorgarnos 90 minutos de su valioso tiempo para presentarle nuestro producto? Claro que antes, si no es molestia, quisiera que me diera algunos datos personales”. Los “datos personales” eran nombre, dirección, estado civil, tarjeta de crédito, nombre del esposo, edad, color favorito y, obviamente, nivel de ingresos. Indiferente a mi molestia porque su cuero de danta era parte de la capacitación, terminó el interrogatorio con una exactitud que me dejó admirada por su capacidad de resultar antipática tan pronto.

No. No soy casada “¡Ah, pero debe tener pareja ¿no?!” –preguntó con un cierto tono de conmiseración. Ya algo mosqueada, le contesté que eso no era de su incumbencia y era un abuso hacer preguntas de carácter personal solo para vender un plan de tiempo compartido en un mal hotel famoso por su mal servicio. Lanzó, sin inmutarse, otro rosario de explicaciones del cual no logré retener ni siquiera la idea general y cerró la plática haciéndome prometer que al día siguiente llegaría por mi cámara Sony, repitiendo la marca para demostrarme su buena voluntad a pesar de mi grosería.

Al día siguiente le pedí a un colega que me acompañara. Investigaríamos cómo funcionaba el timo. No puedo negar que lo de la cámara no había caído en saco roto. Aunque al principio la marca no me atrajo gran cosa, al comentarlo en la oficina alguien me iluminó… ¿no será una cámara de video? Bueno… conseguiría una cámara de vídeo a cambio de 90 minutos de mi escaso tiempo. También me hablaron de otro caso parecido, pero el obsequio consistía en tres días y dos noches en un resort del que nadie había oído nada bueno. A la víctima le habían cobrado 100 dólares de su tarjeta de crédito en cuanto se la había sacado de la billetera y pretendían cobrarle algo así como 30 diarios por persona, solo por comidas. Calculando que con su esposa y sus dos hijos sumaban cuatro bocas, el chiste le salía más caro que un hotel de cinco estrellas en Miami con pasajes incluidos. Así es que me preparé para la pelea.

El miércoles, de nuevo mientras almorzaba, recibí la segunda llamada. Esta vez era otra joven de voz almibarada quien obviamente tenía mi ficha en la mano y conocía hasta mi huella dactilar. “Señora Fulana del Tal, mucho gusto… Yo soy Perenceja y represento al hotel Villa Nosecuánto… Usted ha reservado su visita para hoy a las seis y media y quiero confirmar su asistencia.” Rápida como el rayo, aproveché para preguntarle por el premio. “Ah, sí, usted ha ganado una cámara profesional Sony, es suya y sin sorteo alguno”.

A las seis y media en punto estaba en la puerta con mi colega. El lugar era un hervidero de gente. El salón era amplio y lleno de mesitas rodeadas de macetas con palmeras. Sonaba un bolero insoportablemente relamido. Por lo menos, nadie fumaba. Al instante se nos acercó una joven y antes de permitirle pronunciar palabra, le pedí ver la cámara. Se le desorbitaron los ojos pero no perdió la compostura. –“Un momentito, por favor…” Y se alejó veloz hacia una de las mesas del fondo. Antes de poder hacer el comentario que moría por hacer, apareció un tipo de mano sudorosa –“Mucho gusto, mi reina…” –“Señora, por favor” le espeté quitándole mi mano de entre sus sudores. “No se moleste, se lo digo con mucho respeto” insistió ya medio mosqueado por mi rechazo. “Me dicen que usted desconfía de nosotros y jamás hemos decepcionado a nuestros clientes”.

-Nada de eso, me han hablado de una cámara Sony profesional con todos sus aditamentos y estuche de cuero y quiero verla, insistí.

“Siento mucho que desconfíe de nosotros, una promesa es una promesa y jamás nadie ha tenido queja alguna, dicho lo cual se despachó un discurso sobre la ética en los negocios con tal frenesí que temí me lanzara por la ventana del onceavo nivel.

Finalmente, y haciendo gala de un increíble control de sus emociones, fue a buscar al gerente de mercadeo y nos lo arrojó como víctima propiciatoria de nuestra absoluta descortesía. El pobre no sabía qué decir pero terminó enseñándonos la cámara marca Sony profesional con todos sus aditamentos y su elegantísimo estuche de cuero, que resultó ser una cámara fotográfica de una marca que no figura en ningún catálogo. Frente a la corte de empleados que parecía el tribunal de la santa inquisición, le pregunté a mi colega –fotógrafo profesional- ¿cuánto vale esta cámara? pensando en que quizá había valido la pena el sacrificio. –Cien quetzales, me contestó en voz baja. Acabo de verlas en una feria de fotografía… la venden como juguete para niños.

La reina del volante

Este relato de ficción pertenece a la sección VIDA DIARIA de este blog.

Pocas veces me sentí tan discriminada. El día mismo que mi papá llegó a casa con su primer auto recién sacado de la agencia –los anteriores habían sido de segunda mano, porque siempre los heredaba de mi abuelo- me di cuenta de que en el terreno del automovilismo yo tenía todas las de perder.

Recuerdo que ese día mi hermanito José Francisco, de 10 años, miraba desde la ventana de su dormitorio cuando papá estacionó el refulgente auto rojo frente a la casa. Por supuesto, al segundo siguiente se encontraba encaramado en el asiento delantero, moviendo el volante con frenético entusiasmo mientras a mi papá se le caía la baba… “¿Han visto cómo Panchito ya sabe manejar?” decía sin poder disimular su orgullo masculino. Esa tarde la pasaron juntos revisando una y otra vez los detalles del tablero y abriendo y cerrando el capó.

Yo tenía catorce años y, por supuesto, no solo alcanzaba perfectamente los pedales sino hasta me había aprendido de memoria el reglamento de tránsito con la esperanza de que me enseñaran a manejar y me permitieran tener mi primera licencia. Pero obviamente había calculado mal mis privilegios de hija mayor y entonces comprendí que las cosas no eran iguales para todos en casa.

Cuando sugerí que también quería “probar” el auto, recibí una mirada de incredulidad y la cruda explicación de que “esas cosas no son para jovencitas” y tendría que esperar a ser mayor para manejar. Además, por si esa respuesta no fuera suficientemente descalificadora, encima me enteré de que “las mujeres no nacieron con aptitudes mecánicas” y lo más recomendable sería esperar a conseguir un marido que se responsabilizara por mi seguridad automotriz.

A todo esto y sin reparar en su terrible falta de delicadeza paterna, mi padre se dedicó todos los sábados a introducir a José Francisco en los secretísimos arcanos del auto, explicándole con santa paciencia el uso de las manijas, los pedales, los botones, las palancas y todo cuanto conformaba ese mundo perfecto y exclusivamente masculino.

Pasaron los años y en efecto mi primer auto usado provino de mis ahorros cuando conseguí un trabajo mientras iba a la universidad. Mi hermanito, a todo esto, había terminado con el primer “nuevo de agencia” la noche que lo sacó sin permiso para ir a estrellarlo contra un árbol en medio de una transitada avenida cerca de casa. Cuando intenté insinuar que eso pasaba por haberle dado tanta libertad, solo me gané un regaño por insensible y una conferencia acerca de las razones de José Francisco para estrellarse en un árbol en lugar de arrollar a la viejita inventada que atravesaba la calle. En fin, el jovencito había evitado un desastre mayor.

Ese no fue el último, claro está. Hubo otros choques grandes y pequeños perdonados con esa extraña solidaridad que hace a los padres convertirse en cómplices de las irresponsables aventuras de sus hijos varones.

Para mí las cosas fueron bastante mejor. No bebía y tampoco hacía carreritas en los bulevares; y no porque no me dieran deseos de hacerlas sino porque mi pobre pichirilo no hubiera podido. Entonces, mi récord de accidentes se mantuvo en cero durante años.

Por otro lado, cuando me casé había acumulado ya suficientes horas de manejo como para ganarme una medalla al mérito acarreando a mi mamá al súper, al médico y al salón, recogiendo a mis hermanas de sus clases de ballet y corriendo de la oficina a la universidad, de ésta a la casa y de ahí a reunirme con mi grupo de estudio para terminar el día agotada. Total, una verdadera reina del volante.

Ahora echo una mirada retrospectiva y me doy cuenta de que si aprendí a manejar a los dieciséis fue gracias a mi abuela transformada a sus sesentas en una redomada feminista ansiosa de llevarle la contraria a mi papá y de reivindicar mis derechos. Ella me pagó las clases, me sirvió de coartada y me convenció de mis habilidades mecánicas; pero, sobre todo, de mis maravillosas y nunca suficientemente ponderadas capacidades para enfrentar con entereza los rígidos esquemas mentales de mi sociedad.