Tania

Hace ya varias décadas, nació mi única hija. Los recuerdos de ese momento, todavía guardados en un cofre, son un punto de comparación.

Tania nació rápido, sin trauma, como si su llegada a este mundo fuera uno más de sus gestos naturales y desenfadados. La recuerdo pequeñita y rosada. Nunca tuve inclinaciones maternales, pero ella me llegó al corazón de inmediato con su risa fácil y sus increíbles arrebatos de rebeldia contra mis absurdos pruritos de orden, limpieza y disciplina.
Esta remembranza tan personal es un pequeño permiso que me doy porque hoy es su cumpleaños y, simplemente, quise dármelo. Pero también me sirve para echar un vistazo al ayer, a esa época cuando vivíamos en un Chile estructurado y pacífico, pero a un tris de convertirse en uno de los ejemplos más dramáticos de la lucha política y de los límites a los cuales puede llegar una sociedad cuando la dividen las ideologías.
Tania no tenía ideología, por supuesto que no. A ella la regían sus impulsos naturales, su curiosidad insaciable y esa energía que todavía es una de sus marcas de identidad. Aún así, sin vela en ese entierro masivo en el cual se convirtió el Chile pinochetista, la pobre niña soportó de todo con una cierta dosis de humor: los bombardeos en el centro de Santiago, la caminata que duró casi todo un día en medio del caos y el miedo para refugiarnos en la casa de unos amigos al otro lado de la ciudad y después, viajes y mudanzas, todo un trastorno para la vida de una niña que apenas comenzaba a asomarse al mundo aferrada con determinación a su muñeca, la “pelona”.
Hoy, con la vida colmada por su propia familia, Tania surge como una mujer de una madurez excepcional y una generosidad de espíritu que no tiene límites. Desde lejos –porque ni siquiera dudó de trasladarse a vivir a otro país cuando se intensificaron los problemas de violencia en Guatemala- transmite la fuerza fantástica de su personalidad, compleja y simple a la vez pero siempre rica y reconfortante.
Es importante aclarar que Tania no es una mujer fuera de lo común. Es, simplemente, una mujer con todas las cualidades indispensables para llevar las riendas de un hogar funcional y enriquecedor, capaz de reservar su tiempo para crecer y ser mejor. Eso es lo que hoy le celebro, esa es la razón de esta inusual apertura de los ámbitos cerrados de mis recuerdos.
En cierto modo me alegra que sus primeros años de vida hayan sido una prueba difícil, con una madre dividida entre darle una buena vida y construir un cierto futuro. Creo que al fin de cuentas algo de eso resultó bien y Tania es hoy quien es, consciente de su fuerza interior y capaz de repartir sus tesoros internos entre quienes la rodean. Creo que debería decir ¡misión cumplida! pero prefiero, en este caso, decir ¡feliz cumpleaños, ranita!

Otros temas

Tienes que escribir sobre otras cosas, me dijo Efraín. Sobre cultura, arte, cosas que pasan y que a la gente le importan.

El bombardeo que recibimos a diario por todos lados es una especie de intoxicación mediática de hechos violentos, el cual va creando un enorme vacío por delante que apenas nos deja tiempo y energía para las cosas trascendentales. Por trascendental entiendo todo aquello capaz de llenarnos de alegría, de esperanza y de fé en la humanidad, lo cual no suele abundar aunque a veces aparece sin aviso previo tras alguna esquina del camino.
Hace algunos días, Claudia Navas escribía en La Hora un artículo sobre el desequilibrio en las noticias que recibimos a diario. Lo bueno, lo positivo, lo heroico jamás obtienen primeras planas ni especiales noticiosos de última hora. A los cineastas que por fin logran colocar a Guatemala en el mapa, se los envía a las secciones de cultura, creadas en su mayoría como una forma de completar el abanico de opciones informativas para los lectores pero no como un ingrediente vital para la agenda periodística.
Claudia tenía toda la razón, los festivales de cultura y las exhibiciones de arte, las bienales y los conciertos, son tratados como un adorno, como un gesto deferente para con quienes creemos en su importancia, pero no como una parte integral de la vida nacional, sustantiva, relevante en el proceso del desarrollo nacional.
Lo mismo sucede con la vida cotidiana de quienes habitan las pequeñas aldeas y caseríos, los poblados remotos del altiplano o la costa, las ciudades provincianas en las cuales el tiempo transcurre a su propio ritmo. No existen. O es como si no existieran, porque el foco está puesto en el centro de la actividad económica y no en el centro de la vida misma del país.
Estas son las incongruencias de Guatemala, un país cuya mayor riqueza es su diversidad, reconocida por todos de manera teórica pero en la práctica atacada con un rasero elitista con el objetivo de convertirnos a todos en ladinos consumidores de comida rápida y ropa de poliéster.
Hace poco estuve unos días en un pequeño pueblito a las orillas del lago de Atitlán presenciando otro de esos milagros tan propios de este país surrealista. San Juan La Laguna es el pueblo. No tiene maras, pero San Pedro –que está a un brinco de perico- sí las tiene. No hay delincuencia porque como decía Flory, la recepcionista del hotel, la juventud está educada con valores firmes. Pero sí hay arte y está por todas partes, porque sus habitantes hablan, respiran y consumen color y belleza frente a ese lago soberbio y los volcanes que lo protegen. Todavía trato de desentrañar el misterio… ¿Y no que no se puede, pues?




Hay gente que ayuda a los habitantes de San Juan a embellecer su pueblo. Unos son los dueños del Eco hotel Uxlabil y otros los miembros de la Fundación Solar. Los murales que adornan las calles son parte de esa labor de embellecimiento y enaltecimiento de los valores de la comunidad. Este fue pintado por Julián Coché, un pintor a quien le compramos un cuadro bellísimo.

San Juan La Laguna



Ayer regresamos del lago. Pero empecemos por el principio. La visita de una sobrina nos sirvió de pretexto para hacer una salida de esas que jamás hacemos Craig y yo. Quizás por miedo a andar en carreteras llenas de pilotos homicidas (o suicidas, depende del punto de vista), malos caminos, asaltantes y todo eso, es muy raro que nos aventuremos a viajar por el país.
Pero este fin de semana lo hicimos y decidimos -sin mucho análisis- escoger un hotel ecológico en San Juan La Laguna.
Hotel ecológico supone una edificación rústica, nada de comodidades sofisticadas como televisión con cable o internet inalámbrico, mucho menos amenities en el baño. Sin embargo, nos encontramos con este hotel de unas 12 habitaciones metido donde se pierde el camino, así es que nos tocó caminar unas cuadras con el equipaje al hombro y subir muchos peldaños de piedra antes de poder echarnos en la hamaca del corredor a recuperar el aliento.
Bello es poco. La pérdida del aliento se debe no sólo a los años que ya pesan, sino más que nada a ese espectáculo del lago plateado bordeado de tul, haciendo de espejo a los soberbios volcanes. Nadie que no haya tenido la experiencia lo puede entender.
Bueno, como decía, ésta fue la oportunidad para que saliéramos del encierro semi voluntario en que nos hemos empeñado Craig y yo para subirnos al auto y comenzar la aventura de fin de semana. Antes, por supuesto, nos aseguramos de dejar bien cuidados a Dido y Arturo (la perrita y el loro), porque son la mayor de nuestras preocupaciones al salir de casa.
La carretera estuvo sorprendentemente bien hasta Tecpán -oh, milagro, pensé… quizás lleguemos así hasta Los Encuentros-
Nunca debí ser tan optimista, porque pocos kilómetros más adelante encontramos la polvareda, los hoyos en el pavimento (cuando había pavimento), los desvíos no señalizados, la locura…
Antes de partir, el gerente del hotel nos había asegurado que el camino hasta San Juan era perfecto, asfaltado y había 23 curvas que a veces asustaban a los novatos. En el kilómetro 148, poco más adelante de la estación El Descanso (ahora sé el porqué de su nombre) giramos hacia la izquierda y comenzamos la bajada hacia San Juan. Pasamos algunos poblados y de pronto entendí el énfasis en las curvas. No eran curvas, sino unos ganchos pronunciados y con una pendiente tan acentuada que parecía imposible no caer por el barranco. Pero el auto aguantó bien y nosotros, a esas alturas, ya teníamos los nervios bien templados.
San Juan La Laguna fué, sin duda, la sorpresa del fin de semana. No el lago, porque ya sabemos lo hermoso que es al amanecer bajo esa niebla fría que cae suavemente por las montañas hasta perderse en la orilla. Conocemos los colores del ocaso, ese gris plata que baña la vertiente de los volcanes y hace que todo parezca como fundirse en un adormecimiento parejo de los colores. Hemos visto ya el sol engañado por el Xocomil que galopa veloz hasta cubrirlo todo, oscureciendo la superficie del agua. Ya lo sabemos.
En cambio, nunca imaginamos lo que sería San Juan, su gente y sus calles adoquinadas. Este pueblo pequeño, metido en medio de sus violentos hermanos San Pedro y San Marcos, está sostenido por una extraña mística que parece protegerlo de la contaminación visual y del caos que impera en el resto del país. Es como entrar en un territorio liberado, pero en el mejor sentido del término. Es un remanso de paz, de verdadera paz y de auténtico sentido comunitario.
La gente, amable y sonriente sin necesidad de serlo sino por el puro placer de verlo a uno, logró convencerme de que en Guatemala todo es posible y que nuestro inveterado pesimismo podría no ser tan irremediable como parece.
Casitas bien pintadas de colores frescos, calles impecables, ni un asomo de basura y encima de todo eso, ya de por sí excepcional, un ambiente de seguridad que no habíamos sentido desde hace ya muchos años.
Nuestra sobrina estaba fascinada. Su primera visita a Guatemala fue un rotundo éxito en su primer fin de semana y casi me dan deseos de mandarla de vuelta a casa para que no vaya a ver más, no vaya a descubrir la verdad, no se despierte del embeleso que le ha dejado este paisaje arrebatador y el ambiente amable y cordial de la gente de San Juan. A mí nunca se me olvidará.

Las armas de la paz

Una serie de dibujos de niño precoz, nos muestra el impacto de la guerra en la mente de un auténtico pacifista.

Es probable que fuera Pepo Toledo quien, en su afán por encender aún más luminarias sobre el genio de su gran amigo y maestro, encontrara un excelente pretexto en la colección de dibujos del Efraín Recinos niño, cuidadosamente preservada por Efraín Recinos padre.
Y para que a nadie le cupiera duda de la importancia de esos primeros años en el desarrollo estético y la depurada habilidad técnica del artista, se dió a la tarea de editar un libro en el cual quedara claramente plasmada la relación entre la obra fenomenal del Recinos adulto y sus primeros esbozos infantiles.
En este libro -titulado “El juego de hacer dibujos” – Dibujo infantil de Efraín Recinos, 1933-1939- Toledo se sumerge de lleno en el análisis psicográfico, en la relación histórica, en la comparación, en la reflexión estética obligada ante el panorama completo de la trayectoria de este artista singular y sugiere la existencia de ese fuego creador casi desde el día mismo de su nacimiento.
Los guerreros armados hasta los dientes ya aparecían en las hojas de cuaderno pintadas incluso en los bordes con todos los colores del espectro. También poblaban sus hojas reyes, princesas y caballeros andantes quienes, de una u otra forma, convivían con la muerte en sus castillos coronados de torres almenadas. Efraín niño aún no cumplía diez años.
Las teorías conducentes a determinar si un ser humano ha nacido con el gen del talento absoluto podrían debatirse en una discusión eterna. Pepo Toledo pasa ese trámite en siete capítulos concretos y va directo al grano para declarar a Recinos un prodigio de la pintura. Sin embargo, se detiene a analizar ese aspecto fundamental en su expresión gráfica que aparece en sus primeros dibujos y permanece en su obra como un leit motiv, como una fuerza gravitacional que lo ancla al mundo al cual pertenece y cuyas manifestaciones de violencia rechaza de manera rotunda.
Las armas, la sangre, el odio producto de una guerra, una guerra producto de ambiciones humanas desprovistas de valores, son los elementos alrededor de los cuales desarrolló todo un universo plástico sin parangón. El Efraín niño quedó anclado en ese mundo sofisticado del Efraín adulto, manchando su paleta con los resabios de una guerra que vivió desde este rincón del planeta, encerrado con sus crayones y sus hojas de cuaderno.
El viernes, en Casa Santo Domingo, es la cita para oírlo contar la historia. El viernes, en un acto especial, le entregarán este libro fascinante como recordatorio de que la vida es un camino circular por donde transitan frescos los fantasmas de la infancia.

La Comisaría 13

Una de las tantas comisarías señaladas por comisión de actos ilícitos, es la encargada de cuidar los sectores más lujosos.

Les dieron a los ratones la responsabilidad de cuidar el queso. Así deben sentirse los policías de la comisaría 13. No sólo tienen a su cargo la seguridad de los sectores residenciales más lujosos de la capital, sino además han tenido todo el tiempo y el espacio para montar un eficiente sistema de espionaje, seguimiento e información para cometer secuestros, asaltos a residencias y automovilistas, asesinatos, violaciones y otros crímenes que, por falta de investigación, aún no han sido descubiertos.
La población ya está cansada de los abusos cometidos por la policía. No sólo en sectores donde habitan las clases más privilegiadas, sino también en las pequeñas comunidades del interior del país y las áreas marginales que rodean los centros urbanos, en donde estos elementos actúan como caciques todopoderosos, con total impunidad.
Las denuncias pocas veces alcanzan el estatus de casos judiciales con alguna sentencia condenatoria en tribunales. De hecho, rara vez los procesos de depuración impulsados por las autoridades del más alto nivel del ministerio de Gobernación terminan con la aplicación de la ley a quienes se demuestre culpables de actos delictivos y de corrupción.
Todo lo contrario, estos elementos depurados van, por regla general, a engrosar las filas de los ratones que cuidan el queso… A las garitas de los condominios de lujo, reciclados a través de empresas de seguridad creadas por otros depurados de mayor antigüedad, en donde pasarán el tiempo suficiente para limpiar –a cambio de unos pocos quetzales- sus hojas de antecedentes penales y policíacos.
Guatemala ya no resiste más el caos y la impunidad, la agresión a la cual se somete a diario a una ciudadanía indefensa y cada vez más aterrorizada. Las pandillas –como la de los policías de la Comisaría 13- constituyen el verdadero rostro del retraso social y político de este país, cuyas oportunidades de desarrollo se destruyen a balazos mientras los diputados pierden su tiempo negociando cuotas de poder.
¿De qué sirve crear superinstituciones para investigar a los cuerpos clandestinos y del crimen organizado si éstas se pierden en un laberinto de burocracia que las vuelve tan inoperantes como el Ministerio Público?
Mientras los especialistas redactan sus elaborados informes llenos de estadísticas, los cadáveres mutilados de mujeres, hombres, niñas, niños y adolescentes se acumulan en las mesas de la morgue. No hace falta hilar muy fino para ver dónde está el problema: en la debilidad institucional y la incapacidad del gobierno, porque el clientelismo y la corrupción han carcomido sus estructuras hasta el punto de no retorno.

Apología de la violencia

Las organizaciones de la sociedad civil exigen el fin de la violencia, pero la mayoría de la gente calla y se acostumbra a vivirla.

La única manera de escapar de la agresividad constante experimentada a diario y a través de todos los elementos cotidianos como son la delincuencia, la corrupción, el tráfico, la publicidad, la miseria, la contaminación y hasta el timbre del celular, parece ser el acostumbramiento. Una especie de sopor inducido por el instinto de supervivencia que nos hace ver las cosas menos crudas de lo que en realidad son.
En Guatemala se ha instalado ya el uso de crear espacios reservados en los cuales las personas se creen a salvo de esa realidad que les asalta cada mañana a través de las noticias. Así es como algunos se blindan colocando obstáculos para vehículos extraños en la entrada de sus colonias o se organizan para patrullar de noche, en una nueva versión urbana y clasemediera de las Patrullas de Autodefensa Civil. En esa misma línea, otros simplemente dejan de consumir noticias prefiriendo no enterarse de la realidad para hacerse la ilusión de que ésta no existe.
El problema es que nada de eso tiene el menor efecto frente a la violencia ya incorporada al ambiente cotidiano, infiltrándose en los hogares, en las escuelas y en los centros de trabajo como un virus indestructible contra el cual el Estado y la sociedad se han declarado impotentes desde hace ya varios años.
Uno de los problemas mayores, por lo tanto, son las tácticas para no enfrentarse a los hechos y, por ende, la falta de compromiso. Mientras la población no se rebele en contra del estado de cosas y actúe para exigir el respeto a sus derechos fundamentales, tanto por parte del Estado como de instituciones y otros sectores de la sociedad civil, no será posible realizar avance alguno en la lucha contra la violencia.
Un ejemplo de esto es el manejo confidencial de información que debería ser conocida y analizada públicamente, como es el caso del presupuesto de ingresos y egresos de la Nación y su ejecución en cada una de las dependencias beneficiadas con estos fondos.
La secretividad es una de las fallas fundamentales en un sistema que pretende enmarcarse en el estado de derecho. En esos manejos turbios aparecen no sólo la falta de controles institucionales, sino también la corrupción de todo el aparato estatal y privado, ya que en estos negocios no sólo hay funcionarios públicos involucrados. También hay una extensa red de cómplices fuera de los ministerios y municipalidades.
Este escenario es también el trasfondo de la violencia. Se diseñan los planes de un gobierno en función de muchos factores, entre los cuales nunca parece tener prioridad el desarrollo del país ni el bienestar de sus habitantes. Es la primera debilidad estructural de un sistema político viciado y sin perspectivas de cambio.

La costumbre de morir

Mañana será el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, creado con la intención de detener este flagelo mundial.

Así es la costumbre. El marido que te golpea hasta hartarse, porque de otro modo no aprenderás nunca. Después de la paliza más te vale componerte y sonreír, balbucear que aquí no ha pasado nada, que estás bien y contenta mientras le preparas la comida y soportas sus insinuaciones de repetir la dosis si te muestras resentida.
Como es la costumbre, las leyes no te protegen. ¿De qué, si al final de cuentas así ha sido desde que el mundo es mundo? El problema es que los hematomas constantes, las fracturas en las costillas y las patadas en el vientre ya te han dejado secuelas que te aguantas porque no te deja ir al hospital para no correr riesgos.
Un día al susodicho se le pasó la mano y te lanzó contra la pila. Te rajaste el cráneo pero no te diste ni cuenta. Ya estabas muerta. Como nadie llamó a la policía, mejor te fueron a tirar a un terreno baldío para evitar los escándalos. Ahora eres XX en La Verbena.
Como es la costumbre, ni siquiera hubo investigación. “No hay denuncia y a lo mejor la mujer se escapó”, le dijeron en la comisaría a la única vecina valiente –porque además era tu amiga- quien fue a dar aviso de tu desaparición a pesar del miedo. Y jamás regresaste, por supuesto, ni se supo de tu entierro de oficio.
Es la costumbre. Tu mamá te lo explicó muy claramente antes de casarte: “obedece en todo como una buena esposa y no tendrás problemas”. Pero tuviste la pésima idea de querer ser diferente y terminar tus estudios de la universidad para conseguir un buen trabajo.
Ingenua de ti, hasta lo decía el Código Civil, niña terca, no puedes trabajar a menos que tu esposo lo autorice. ¿Ya ves? Ahora no podrás trabajar ni estudiar y ni siquiera ver crecer a tus hijos porque tu propietario, según las leyes de la República y de la costumbre, te mató.
En qué momento cambiaron las cosas, ni siquiera lo recuerdas. Fue antes de la boda cuando te pegó una cachetada fenomenal por alguna razón insignificante. Celos, quizás, o probablemente la necesidad de demostrarte quién manda. El dolor y la humillación fueron tan violentos que no protestaste.
Hoy hablan de tus derechos, pero ya no estás ahí para escuchar el discurso. De todos modos, ni siquiera han investigado tu muerte porque no parece importarle ni a la sociedad ni a las autoridades. La primera, por no exigirlo y la segunda por desentenderse de tu muerte y de todas las demás. Después de todo consuélate pensando allí donde te desintegras, que eres una entre 3 mil desde que doblamos la página del milenio.

Predicciones

Escribí esto antes del domingo y prefiero no presumir de vidente, sobre todo en una contienda tan impredecible.

Muchos han lanzado sus doctas predicciones sobre quién ganará, algunas adornadas con unos impresionantes análisis cargados de sabiduría política. Sin embargo, en un ambiente tan poco amable como el que ha rodeado a estos comicios y con márgenes tan estrechos entre ambos candidatos, vaticinar es como tirar una moneda al aire.
Hoy lunes, sin embargo, ya debe haber resultados. Si no son definitivos, por lo menos marcarán alguna tendencia. A decir verdad, eso no es tan importante como lo que seguirá después de esta elección polarizada, cundida de insultos y amenazas, pobre en propuestas realistas y aterrizando en un sistema moral e institucionalmente debilitado.
En general, las predicciones se han detenido en el conteo de votos. No han abundado los análisis por medio de los cuales los expertos pronostiquen el posible escenario de los próximos cuatro años: por dónde se orientará el gasto público, cuáles serán los ministerios –ni siquiera se sabe cuáles serán los ministros- más fuertes en esta nueva administración, quiénes serán los niños mimados del futuro gobernante, qué sucederá con las incipientes investigaciones sobre casos de corrupción y qué con algunos de los proyectos en marcha del gobierno anterior.
Para la población, cada cambio de gobierno es como firmar un cheque en blanco. Es tal la dimensión del poder presidencial, que al final resulta como si fueran dictadores electos democráticamente. Deciden sobre el destino de más de doce millones de personas, sin contar a las generaciones futuras, careciendo de un sistema real de contrapesos que permita a la población expresar su opinión sobre los asuntos que le conciernen y, gracias al libertinaje en el uso de transfuguismo político, tampoco existe una oposición consistente a nivel parlamentario.
Luego de observar la agresividad y total ausencia de clase con la cual se atacaron ambos candidatos, es de suponer que no habrá mucho refinamiento en el abordaje de los asuntos del Estado. Aquello que no les “guste” –ya sea porque no fue su idea o porque tiene la firma de otro- será eliminado de un plumazo o relegado a la última de las prioridades, como ha sucedido con los proyectos de beneficio para la mujer o con la infraestructura sanitaria y educativa durante la actual administración.
En cuanto a la atención a los millones de guatemaltecos que viven bajo la línea de la extrema pobreza, es probable que ni uno ni otro tenga la lucidez de ponerlos en primera fila a la hora de repartir los fondos para inversión en proyectos de beneficio social. Tienen tantos y tan grandes compromisos con sus financistas que es mucho más probable que le den ese primer puesto a los grandes proyectos de inversión extranjera, los cuales no siempre (la verdad es casi nunca) traen riqueza alguna para el país.

Noviembre 1 de 2007.

El nombre de las cosas

Quienes se dedican a defender los derechos humanos y de la mujer, impulsan otro estilo de comunicación.

En aquellos años de la represión extrema, era impensable hablar sobre ciertos temas. Uno de ellos, el abuso intrafamiliar, era considerado la reacción irracional de ciertas personas influenciadas por costumbres extranjeras contra una tradición poco menos que sagrada de la sociedad. Otro -como el abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes- era visto como la fantasía calenturienta de un puñado de locos subversivos, para colmo, comunistas.
Todo esto buscaba descalificar cualquier intento de persecución contra aquellos vicios y delitos ocultos que han constituido, durante décadas, un territorio liberado del machismo consuetudinario consagrado hasta en las leyes de la República.
Ya están llegando los tiempos en los cuales por fin se puede hablar de incesto sin escandalizar a los oídos castos y sin levantar un muro de negación. Y de acoso sexual, a pesar de que aún los diputados se resistan a legislar al respecto. También ya se pueden empezar a denunciar violaciones y actos de pederastia cometidos por sacerdotes y pastores en contra de indefensos integrantes de su grey, y ya se da cierta publicidad a los delitos sexuales de maestros en contra de alumnas y alumnos en escuelas y colegios.
Estas patologías sociales existen en Guatemala como en cualquier país del mundo. La diferencia reside en que aquí los crímenes de carácter sexual y la violencia en el seno de la familia, al igual que el feminicidio, se cometen a vista y paciencia de la sociedad y de las autoridades, sin que éstas reaccionen con la preparación, los recursos ni interés por perseguirlos.
Pero aunque sea estimulante saber que por fin esta clase de delitos se comienzan a denunciar y las mujeres, entre quienes se cuenta la mayoría de víctimas, ya son capaces de describir una agresión sin hundirse en la vergüenza y los sentimientos de culpa, todavía falta mucho para abrir las compuertas de la autocensura.
Para realizar cambios de fondo, además de una campaña de concienciación general es preciso modificar las técnicas forenses y los procedimientos judiciales. Es importante tipificar estos delitos y evaluar las penas adjudicadas a los crímenes sexuales, evitando aquellas condenas irrisorias que constituyen una nueva ofensa para las víctimas.
Por eso es tan importante elevar la voz y decir las cosas por su nombre. Quizás esa apertura lenta pero constante hacia el uso de un lenguaje claro sea la palanca que finalmente logre mover al anquilosado e inefectivo sistema de justicia. Hablar para visibilizar esta patología social es el mejor recurso –quizás el único- para sacudir la inercia de las autoridades y obligarlas a afrontar la realidad, de una vez por todas.

Asuntos pendientes

Los detalles y las incidencias del relevo de poder están acaparando una atención que debería enfocarse en los asuntos pendientes de la actual administración.

Se va un gobierno cuyo desempeño transcurrió entre denuncias de abandono de la agenda social, profundización de la extrema pobreza, ausencia de justicia, corrupción en todos los organismos del Estado, falta de capacidad de gestión del presupuesto, privilegios para unos pequeños grupos de poder afines al mandatario y, en suma, todo cuanto caracteriza a una administración incapaz de enfrentar -y mucho menos de comprender- la realidad nacional.
Y entra otro grupo cuyo arraigo popular es altamente discutible, ya que además del elevado abstencionismo en la segunda vuelta de votaciones, existe el detalle significativo del voto en contra, es decir, todos los electores indecisos que prefirieron a un civil en el poder antes que a otro militar de cuyos antecedentes no existe un conocimiento suficientemente extenso y cuyo mensaje de mano dura no logró convencerlos.
Por lo tanto, no parece ser un tiempo de aplausos, sino de análisis del porqué de tantas carencias en un país lo suficientemente rico como para haber soportado el saqueo contínuo durante tantos decenios. Guatemala no es pobre. La pobreza está en sus líderes, individuos incapaces de asumir el riesgo de ejercer un auténtico liderazgo y cambiar las cosas de una vez por todas.
El ejemplo está en los mensajes prepotentes del sector privado, apenas transcurridas unas horas de la publicación de los resultados de las elecciones. Para estos magnates, el empobrecimiento de las clases populares parece ser un objetivo central. Cualquier intento de reducir el déficit del presupuesto nacional con una reforma fiscal justa y necesaria, es una amenaza a sus intereses y éstos, por lo visto, han sido prioritarios para todas las administraciones de la era democrática.
Entre los asuntos que deja pendientes el gobierno actual están los vergonzosos índices de extrema pobreza, la desnutrición que acaba con la niñez de Guatemala, un inexplicable abandono de los jóvenes guatemaltecos quienes, sin posibilidad alguna de educación o capacitación laboral, ven como su única salida la delincuencia o las drogas; y un sistema de seguridad nacional, investigación de casos y administración de justicia propios de alguna república africana de principios del siglo veinte.
Esta realidad no merece grandes actos de autobombo ni fastuosas recepciones en el Palacio Nacional de la Cultura. La transmisión de mando que le corresponde debe ser modesta y silenciosa. Los asuntos pendientes constituyen una carga demasiado pesada y, si la historia hace justicia, este gobierno pasará a sus registros como otro período gris.

Negocio sucio

El terremoto en el norte de Chile dejó en evidencia una de las lacras producto de nuestro frágil concepto de los derechos humanos.

Quillagua es una pequeña localidad aymara de unos 100 habitantes, situada justo en la región más rica en minerales y la más dominada por las grandes compañías mineras. Por eso, quizás los quillagüenses hayan agradecido, muy en el fondo, que la Tierra se estremeciera desde lo más profundo y les dejara sus viviendas convertidas en polvo. Porque, de no haber sido por el terremoto de 7.7 grados, quizás en pocos años ya no existirían, muertos de sed y de olvido.
Esta comunidad indígena no es la única que sufre las consecuencias de la contaminación de sus aguas, de sus tierras y la invasión de su entorno por las grandes compañías mineras, sin recibir el menor beneficio por la explotación del subsuelo que por derecho les pertenece. También en San Marcos, Guatemala, a miles de kilómetros de distancia, existen pequeñas comunidades sufriendo la misma agresión y padeciendo similares injusticias.
No importa de dónde proviene el nombre de las mineras. Son como los barcos que surcan los océanos dejando una estela de muerte pestilente: Liberia, Canadá, Estados Unidos o Grecia les prestan su bandera y su respaldo para que estos modernos piratas se transformen, por obra y gracia de las influencias y de su inmensa capacidad financiera, en supuestos salvadores de la economía de los países en desarrollo.
Lo que no dicen es cuánta destrucción dejan a su paso, cuán pequeño es su aporte a la riqueza nacional y hasta dónde alcanzan las repercusiones ecológicas de sus operaciones de explotación.
Ahora se empieza a mencionar en Guatemala la peregrina idea de explorar con mayor intensidad el recurso petrolero. Con la visión estrecha y cortoplacista de quienes tienen el poder de tomar semejantes decisiones, se pretende explorar –y explotar, por consiguiente- un recurso que ya está cuestionado hasta en los propios países productores.
Si Guatemala tiene oportunidades de desarrollo, éstas no están en cavar agujeros gigantescos y llenarlos de cianuro, destruyendo el entorno y agotando las fuentes de agua. Tampoco en llenar la selva petenera de torres de extracción ni crear otro desierto allí donde hubiera podido existir una fuente inagotable de riqueza turística.
Es tiempo de reflexionar sobre los planes a futuro, pero hacerlo con responsabilidad y no permitir que vengan gobiernos extranjeros apoyados por la cúpula económica a decidir sobre el destino de más de 12 millones de habitantes que desean vivir en paz en un país sobresaliente por su belleza natural. Es hora, como en Quillagua, de pensar por fin en función de los derechos de las personas y no de pequeños círculos privilegiados.

Responsabilidad compartida

La complejidad de las sociedades actuales obliga a mantener sistemas de información masiva eficientes y responsables para tomar decisiones acertadas.

Esta semana fui invitada a la entrega del informe final sobre monitoreo de medios, realizado durante 2007 por la agencia de noticias La Nana, organización dedicada a temas de niñez y adolescencia. Además de la notable ausencia de periodistas y representantes de medios de comunicación, me llamó mucho la atención el resultado mismo de ese monitoreo, porque aún cuando la prensa nacional ya empieza a incluir estos temas en su agenda noticiosa, todavía falta profundidad en la manera de abordarlos, lo cual redunda en sensacionalismo y no aporta soluciones.
La responsabilidad de la prensa en el cambio hacia una sociedad con orientación democrática y hacia la eliminación de las barreras de discriminación y prejuicios en el tratamiento de la noticia, es enorme. Precisamente por esa razón preocupa su indiferencia hacia aquellas fuentes de información que la podrían orientar mejor respecto a la percepción de sus audiencias.
Durante la misma semana recibí una invitación de la Vicepresidencia de la República para la presentación del estudio de casos sobre 553 homicidios cometidos en 2005-2006 y el desempeño del sistema de justicia, elaborado por un equipo independiente coordinado por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos y financiado por la Agencia Sueca de Cooperación Internacional.
Los resultados de este importantísimo trabajo merecen un análisis aparte. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar la indiferencia de los medios de comunicación por conocerlo de primera mano. Sin exagerar, acudimos apenas media docena de periodistas a la presentación, a pesar de que la prensa nacional ha hecho de la impunidad, la ineficiencia del Ministerio Público, del sistema de administración de justicia y de la Policía Nacional Civil, toda una agenda noticiosa per se.
Los comunicadores tenemos algunos privilegios –entre ellos el acceso a fuentes de información vedadas al grueso de la población y la posibilidad de publicar nuestros hallazgos- pero también la obligación fundamental de mantener informada a la población de manera responsable y veraz. Todos sabemos que lo que no se publica, por alguna misteriosa razón, parece no existir. Ésa fue la experiencia de décadas de silencio, mordaza e impunidad, durante las cuales se obligó a los periodistas a callar por miedo o por la fuerza.
Debemos comprender que si la sociedad no recibe insumos informativos de primera calidad, disminuye ostensiblemente su capacidad de participar en las decisiones que la afectan y de incidir en el rumbo de su propio destino. Democracia plena, ése es el tema al cual todos debemos contribuir con eficacia y transparencia.

Cuenca, España, con esa luz dorada y transparente

El derecho a no estar

Hoy estuve pensando en cuán lejos hemos llegado en esta obsesión por hacer coincidir nuestras auténticas necesidades y la oferta del mercado. Es decir, mientras nuestra absurda ambición por tener cosas parece no tener límites, nuestro espacio personal se jibariza, se reduce a la cuasi nada y nos vamos perdiendo entre objetos y cualidades adquiridas gracias a un estilo de vida que tiene tanto de vida como de estilo.
A propósito de esto escribí, hace ya mucho tiempo -de cuando mi primer celular parecía una vieja tortuga que pesaba toneladas y me costaba una fortuna- algo respecto a la puerta que hemos abierto a la invasión de la privacidad. Obviamente, somos incapaces de controlar los elementos externos, al igual que hemos sido incapaces de controlar el engaño y las trampas en las que nos hace caer la publicidad a cada rato. Pero releyendo ese artículo, me doy cuenta de lo lejos que me encuentro de esos inicios del desastre comunicacional de hoy…

05/07/1999

No sólo hemos perdido parte del espacio vital, sino estamos siendo invadidos por aparatos que ponen en serio peligro nuestro derecho a la privacidad.
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MI DERECHO A NO ESTAR
Al principio fue el teléfono. El desquiciante riiing riiing, insistente e impositivo, nos obligaba a contestar aunque no quisiéramos, porque quizás era urgente aunque en el fondo sabíamos que lo más probable es que se tratara de una llamada sin importancia y sólo nos quitaría tiempo.
Ahora ya no es únicamente el teléfono. Es el localizador electrónico que suena todo el día y que, cuando no lo estamos oyendo, de todos modos sabemos que ya debe tener una larga fila de mensajes en espera de respuesta. Y además el celular que nos persigue porque se lo permitimos. El aparatito que al principio, cuando comenzó la moda, nos daba estatus, porque… ¡no podíamos dejar de tener uno!, ahora nos condiciona la vida entera.
Si damos el número, en el fondo sabemos que nos comprometemos a estar localizables las veinticuatro horas del día para cualquier insignificancia que se le antoje al depositario de tal desproporcionada muestra de confianza. Si no lo damos, al menos otorgamos el privilegio de ser localizados a través del biper como una concesión de segunda categoría, o al número directo de la oficina que, a estas alturas de la intimidad comunicacional, a nadie parece interesarle.
Pero la cosa no se detiene ahí. También está la sutil intromisión del correo electrónico, que ya tenemos en casa y en la oficina porque es preciso revisarlo con suficiente frecuencia para que no se nos vaya a escapar ni un solo mensaje, pese a que ya nos han incluído en listados de información sobre compras de helicópteros franceses o para ofrecernos información sobre la legislación laboral del Kurdistán y alguno que nos trae noticias frescas de la asociación de pescadores con arpón. No quiero decir con esto que el correo electrónico sea malo, en absoluto. Reconozco que nos permite mantenernos en contacto con mucha gente a la que no le escribíamos desde que dejó de funcionar el correo, y eso ya nos remonta a la prehistoria.
Es, simplemente, que el email se ha transformado en una peligrosa dependencia comunicacional más a la que tendremos que encontrarle pronto el antídoto, antes de que nos engulla por completo. Ahora resulta que ha salido al mercado un servicio nuevo, ofreciendo todo este hermoso abanico de comunico-condicionantes en un solo flamante paquete de alta tecnología. Así, nos pondremos a la punta de la vanguardia –aunque aún no tengo una idea muy clara de para qué queremos estar en esos superpoblados extremos del espectro- para recibir mensajes de biper, correo electrónico y teléfono celular y, encima, contestar a todos los que nos llaman, conocidos o desconocidos, simplemente accionando un diminuto teclado incluído en el mismo mágico aparatito.
¿No será mejor comenzar a recuperar el espacio privado y simplemente dosificarnos, como lo hacíamos cuando la fiebre llegaba a un nivel normal de dependencia? Quizás si volvemos a contestar el teléfono en casa y en la oficina, a las horas normales para estar en casa y para trabajar en la oficina, logremos recuperar la cordura.