Adulterio

Sucedió ayer, entre frases banales y saludos al pasar. Había mucha gente. Era una de esas fiestas a las que uno asiste para demostrar que es inteligente, y lo único que logra es sentirse inmensamente estúpida.
De pronto, ahí estaba. Una palabra que no recuerdo, quedó trunca. Hice algún gesto de despedida y me dirigí hacia sus ojos como alucinada. Se rió. Sentí que mi mente se transparentaba casi tanto como la blusa y sentí una profunda vergüenza de algo que no recuerdo.
Hablamos sin parar, y me gocé la sensación de “qué me importa”. Luego, salí sin mucho entusiasmo después de haber alargado la velada hasta el límite de la decencia sin obtener más que la promesa de una llamada telefónica.
Hoy todavía me siento abrumada por el deseo. Y cumplo con las rutinas porque no tengo la energía para dejar de hacerlo. Camino por mi confortable casa de señora, con mis aburridos deberes de señora, con la expectativa próxima de la cena familiar repetida y tediosa, descubriendo que perdí para siempre el filtro amable que me hacía tan feliz hace apenas unas horas.
Lo que debo hacer es irme de aquí y romper con esta farsa aniquilante. Si. Eso haré. Pero entretanto creo que ya es hora de preparar el té y de recibir a la Clarita, que me contará lo que hablaron en la última sesión del comité. ¿En qué estaba? ¡Ah, sí…en la fiesta de anoche…Bueno, no se puede negar que estuvo verdaderamente encantadora.

Tedio

Otro pedacito de mi pequeño mundo literario, algo que algún día estamparé sobre papel reciclado con lomo cosido.

El agua corría sin ruido. Angela metió los dedos en el remolino grasiento y dejó que fluyera hacia el agujero negro de la reposadera. Hacía calor. El sudor le corría por la espalda sin que hiciera nada por evitarlo.

Escuchó desde la cocina el portazo y supo que había llegado. No tenía que imaginar mucho para saber de su ceño fruncido y ese gesto de desgano que supuestamente era parte de su carácter, pero que en realidad reflejaba un profundo aburrimiento y un rechazo visceral a este compromiso de por vida que le llegó como castigo, una tarde que se sentía particularmente solo y sin nada qué hacer.

La gota de sudor resbaló por encima de su nariz afilada y transparente fue a hundirse en el agua jabonosa. El calor la martirizaba y no ayudaba para nada en su estado de ánimo ambivalente, por eso trataba de imaginarse en una piscina de agua fresca y un largo gin and tonic en su mano enjoyada, como tratando de espantar la imposibilidad de escapar a este horno de barrio pobre donde había tenido que enfrentar la realidad de su vida mediocre y sin futuro.

En los cinco años que llevaban viviendo juntos, se fué haciendo evidente entre los dos un extraño desapego que no tenía un origen definido. Angela casi podría marcar las fechas en que los gestos habían desaparecido. Primero, los abrazos espontáneos, luego los besos profundos, ésos que al principio la dejaban inerme y trémula, deseando más. Mucho después había venido el silencio y las frases sueltas que trataban de justificar el precario vínculo que aún insistían en llamar relación. Que hubo cambios en la oficina, que Fulano había ganado la plaza de gerente, que me siento agotada por la ida al mercado o que casi me roban el bolso en el camino de regreso. Naderías que intercambiaban con plena conciencia del vacío que se había instalado entre ellos.

Al secarse las manos, pensó en cómo había cambiado su vida, pero desechó la idea por inútil. Ya no había nada que hacer al respecto. Se acercó silenciosamente al cuartito que hacía de recibidor y contempló la chaqueta colgada en una silla –“¡cómo odio esa manera de arruinar el poco atractivo de este hoyo inmundo!”- y aspiró la estela de humo que flotaba en el ambiente. “Debería dejar esa porquería”, pensó para sus adentros, sintiéndose aún más impotente.

Cinco años atrás, Angela era una mujer joven y atractiva, entusiasmada hasta el deliro por una incipiente carrera literaria que, estaba convencida, la llevaría a la cumbre. Aún no sabía a qué cumbre, pero eso era lo de menos. Se rodeaba de gente interesante, asistía a conferencias y reuniones literarias, se sentia interiormente viva y exteriormente interesante, porque muchas veces se lo habían dicho, medio en serio y medio en broma, en medio de alguna discusión sobre la poesía moderna.

Había sido una de esas tardes, tomando el té con sus amigos de la universidad, en una vieja cafetería que se puso de moda por algún esnobismo ya olvidado, donde lo vió por primera vez. No es que le llamara tanto la atención, pero poco a poco se fue acostumbrando a sus frases breves y a sus prolongados silencios y comenzó a sentirse atraída por este hombre pálido que parecía sacado de otra época, una aún más decadente.

Al principio sus salidas eran esporádicas, pero pronto se fueron convirtiendo en una necesidad perentoria, en una exigencia vital. Se casaron sin mayor pompa una mañana de invierno. “Todavía recuerdo el frío y la lluvia sobre mi vestido verde musgo. Estaba tan feliz que hasta me pareció romántico cuando el taxi nos dejó en medio de un charco.”

Durante los primeros meses, se convenció a sí misma de que todo marchaba a la perfección. Había vivido con la certeza de que tenía un lugar en el mundo, y que su realización estaba en seguir el camino marcado por sus sueños. “Si no escribo, muero”, había sentenciado con arrogancia años antes.

Los problemas comenzaron cuando Rogelio decidió que se mudaran a la provincia, porque la compañía lo destinaba a una de sus sucursales. No iba a ganar más, pero seguramente gastarían menos. No había cafés de moda ni necesidad de vestir elegante para salir en las tardes. Tampoco era probable que asistieran a conferencias o a conciertos en ese agujero rebosante de tedio en medio de plantaciones de maíz. Así es que después de dejarse convencer de que la mudanza era “por un tiempo corto, lo suficiente para ahorrar y garantizar nuestra independencia”, aceptó su destino con la secreta convicción de que a lo mejor la tranquilidad del campo le vendría bien a su inspiración, después de todo podía ser que ésta fuera una señal del destino.

Descubrió su error el día en que Rogelio le habló de sus obligaciones. Hasta entonces, nada la había hecho suponer que se había casado con un hombre profundamente convencido de que la vida de ambos dependería de sus decisiones inapelables. Para Angela fue como descender de la nube de la igualdad, esa fantasía de su vida urbana de estudiante y aprendiz de intelectual, para caer en una especie de prisión voluntaria en la que ella misma se había atado las cadenas.

Angela comenzó a vislumbrar la realidad a los pocos meses de haberse instalado en uno de los barrios obreros que habían surgido en la periferia del pueblo, producto del desarrollo la industria de la maquila en algunas provincias que presentaban serias crisis de desempleo. Se dió cuenta de que había entrado de lleno en un mundo regido por los prejuicios, los estereotipos sexistas y la absoluta carencia de perspectiva, según la cual a ella le correspondia el papel de fuerza de trabajo doméstica y donde su marido tenía por derecho ancestral el privilegio de dar las órdenes y de ser obedecido.

Verano

Otro pedazo de algo que algún día tomará forma…
No sea grosera con su prima, pídale perdón. Fue lo único que me saqué por tratar de ser digna. A veces odio esas vacaciones de prima pobre, con una maleta llena de cosas que no quiero ponerme porque me dan verguenza, y un sentimiento de arrimada que no se soporta. Pero también, en algun contradictorio rincón de mi ser, quería sentirme como si mi vida fuera perfecta.

Ellas son amables y hasta cariñosas. No sé cómo pueden.

Lo vamos a pasar bien, vaaamos… insistió con una sonrisa demasiado auténtica como para molestarme. El sentimiento de culpa se aloja y dura todos esos días y semanas interminables, calientes y al final divertidos, aún a mi pesar.

El auto siempre me produce esa sensación de encierro e impotencia. Los chicos atrás, decían, aunque en realidad éramos todas chicas. Y nos apretujábamos en el asiento trasero, donde siempre me tocaba en medio de las grandes porque nunca lograba hacer valer mi derecho a ventanilla. Hasta que empezaba a boquear, medio en serio y medio haciéndome la mareada como último recurso para respirar aire puro.

Los almendros de la casa del cerro eran una de mis fantasías del verano. Era tan raro comer almendras en casa. Cuando las compraban era para preparar esas enormes fiestas, que duraban la noche entera y en la que todos terminaban borrachos perdidos. Sé que terminaban borrachos porque se ponían alegres y me hacían bailar, porque en casa nunca se tocó el tema. Allí, al parecer, nadie se emborrachaba jamás. Eso es de pobres, decía mi mamá muy orgullosa de que sus propias indignidades fueran tan elegantes.

Bajamos por la cuesta y al final de la curva se abrió el mar. Siempre me aturdía esa superficie azul que me dejaba quieta por el resto del día. También cuando íbamos en tren, el trencito de la costa lleno de veraneantes que se bamboleaba mientras cruzaba a toda velocidad frente a la mirada estupefacta de las vacas.

Compremos cocos, decía mi mamá y sacaba un billete crujiente de su cartera. Era uno de los signos vacacionales, porque había otros: el café con leche batida muy temprano en las mañanas, el olor a bronceador al acostarnos en las camas extrañas, y la arena pegada a la piel.

También había privilegios que fluctuaban, que sucedían a veces sí y a veces no. Como el permiso para irnos solas a la carpa donde se reunían todos al atardecer a bailar y comer palmeras pegajosas con coca cola, y donde nos sentábamos expectantes a ver quien conseguía que un chico guapo le concediera el primer baile.

En la noche, tenía los ojos afiebrados y la piel roja y tirante. Todos habían caído rendidos después del baño, menos yo, que todavía sufría la verguenza de mi desnudez frente a mi prima. Era como exhibir las llagas de la guerra, de una guerra que nunca terminaría porque estaba pegada con cola a mi destino de niña pobre.

Su mirada cálida no había hecho menos humillante el hoyo en mis calcetines ni los tirantes de mi combinación llenos de nudos para sostenerla en su sitio. Además, estaba esa suciedad perenne que yo no había conseguido sacar pese a que me raspé las manos en el lavadero hasta sacarme sangre. Siempre sabía que iba a tener que exhibirme, tarde o temprano, cuando mi tía nos llamara para el baño de rigor.

Encendió un cigarrillo y me miró con severidad, como si hubiera cometido un crimen capital. Siempre me sentía así en su presencia. Era como si practicara con nosotras las materias de su breve paso por la escuela de leyes. Era el juez supremo y nosotras un par de miserables hormigas pecadoras.

Pero esta vez el nudo en el estómago se hizo menos duro, quizás porque allí estaban mis primas, en la habitación de al lado y él no se atrevería a pegarme por no parecer abusivo. Tenía una sensibilidad especial para calcular cuándo estaba frente a sus admiradores y cómo actuar. Supongo que fue ese talento lo que lo mantuvo tanto tiempo en la política.

Esa noche me senté en el banquito del tocador para ver cómo se maquillaba Juanita. Admiré siempre su estatura, su piel lisa y blanca y los ojos verdes. No creí que su cuerpo regordete le quitara ni un ápice a su belleza natural. Sobre todo porque era la mayor de todas, ya era grande, ya podía irse al casino con los adultos y nadie le criticaba nada como a todas las demás.

La mano iba y venía con el pincel aplicador. Sombra verde, luego gris y una raya perfecta para alargar los ojos que, en realidad, estaban algo chiquitos (pero verdes). El vestido no tenía nada de especial, aunque marcaba sus formas como si estuviera mojado. De todas maneras, nada hubiera podido evitar que le dedicara mi más rendida admiración.

Mamá también se había esmerado. Esas noches de casino eran célebres. Todos teníamos algo que ver en los preparativos, hasta que finalmente se subían al auto, nos dejaban recomendadas con los primos mayores, y desaparecían en un estruendo cerro abajo.

La crespa era la más seria de todas. Le decíamos crespa porque tenía el cabello ensortijado, con destellos dorados. Mis mechas lacias y rojizas lo envidiaban a morir, porque yo estaba convencida de que el cabello ensortijado era lo más bonito del mundo. Nada podía ser mejor, excepto tener unos pechos redondos y cintura de avispa, todo lo cual me había sido vedado por naturaleza, aunque ni siquiera tenía la edad para comprobar esa triste realidad.

Los días transcurrían lentamente, como si el tiempo tuviera pereza de acabar con el verano y hacernos regresar a la ciudad. Mis padres desaparecían durante semanas y nos quedábamos solas en esa enorme casona, donde mi tía ni siquiera se hacía notar. Nunca pensé que era el trabajo lo que retenía a mis padres en Santiago, ni me importaba. Era un asunto que comenzó a tomar relieve cuando yo misma tuve que ganarme la vida.

Esa tarde llovía…

Este es un trozo de algo que escribí hace más de 15 años… Suena como si fuera hoy, el tiempo se detuvo en plena mediocridad…

Esa tarde llovía más de lo esperado para esa época del año. Se suponía que el día debía estar soleado y seco, muy seco. Con ese polvo que se te mete por todos lados, que se cuela entre los dientes y rechina produciendo la sensación arenosa repugnante que te deja la boca con un sabor a tierra que no es de esa que huele bien cuando llueve. Pero la cosa es que llovía a cántaros y el agua repentina se estaba llevando toda la basura de la cuneta, bolsas de plástico, papelitos que una nunca sabe de dónde salen, y hojas secas, muchas hojas secas mezcladas con pétalos de buganvilia.

El auto estaba detenido como si no tuviera a dónde ir. En realidad, lo único que esperaba mientras miraba el agua atropellarse para entrar lo antes posible a los tragantes, era que se apareciera José Antonio por la esquina y entonces yo tuviera la evidencia de que aún estaba en la ciudad.

Andate antes de que te agarren, le habían dicho en el periódico, apenas un par de días antes. Pero yo lo conozco y sé cómo piensa, porque piensa igual que yo. Siempre nos creemos más listos pero andamos dejando rastros de nuestro paso por todos lados. Nada más anoche, sentí esa sensación en la nuca que te dice que te siguen. Por más que miré por el retrovisor no vi nada, pero la sensación persiste aún hoy después de haberme atravesado la ciudad entera cruzando calles estrechas y viajando a una velocidad de muerte.

Si alguien me hubiera dicho esto cuando me vine, pero no. Todavía creen algunos que este país es un paraíso porque tiene ruinas mayas y monumentos coloniales en alguna parte. Les impresionan las telas que les llevo cada vez que vuelvo, porque lleno las maletas de regalos típicos con esa idea peregrina de que es lo que más les gusta, sabiendo que prefieren los perfumes y los licores del duty free que costarían, claro, mucho más.

El otro día estuve en una recepción de la embajada y me impresionó la frivolidad de todo el mundo, cuando en el centro cívico, en esos momentos, había gente armando bochinche y recibiendo balazos. Pero así es aquí. El Ministro del Interior llegó acompañado de una rubia teñida muy vulgar pero atractivona que él decía era su asistente.

No me atreví a preguntar en qué, porque en el fondo no quería saberlo, así es que me volteé con cara de estúpida y mi sempiterna copa de vino en la mano, tratando de parecer inteligente aunque mi sentido común me exigía salir corriendo.

La vicepresidenta del congreso apareció tarde, con un hombre al que sólo le faltaba el pistolón a la cintura. Un típico macho de oriente, con la diferencia de que éste, al parecer, es del sur y ella lo presenta como su marido, elevando ligeramente la barbilla esperando que alguien le haga un comentario sarcástico, como si se atrevieran.

Tampoco es que les importe. Ella lucía un vestido negro impecable, con una elegancia rota por un misterioso aire de vulgaridad que no pude establecer de dónde salía. Le hablé brevemente, tratando de mostrar el entusiasmo que antes sentía ante su energía juvenil y sus esporádicos signos de inteligencia. Pero me fue imposible mantener el diálogo sin soltarle un par de comentarios amargos sobre su responsabilidad en los últimos incidentes.

El frenazo en la esquina me volvió a la realidad de mi vidrio empañado y el calor insoportable de esta tarde de lluvia inoportuna. Era su auto, pero no pude ver quién iba adentro porque el polarizado de los vidrios es impenetrable. Esperé a que se estacionara frente al edificio antes de decidirme a abordarlo.

¿Cuándo te vas?, fue lo único que dije cuando me paré enfrente chorreando agua.

Me miró asustado. Por lo visto, no tenía la menor idea de que yo anduviera cerca, menos aún de que supiera cómo localizarlo. Miró para los lados y me agarró del brazo con fuerza, arrastrándome hacia una oficina en el edificio de enfrente.

Siete días

Estamos mal cuando vemos lo inconcebible como normal.

El titular de elPeriódico consignaba la noticia positiva del día: “La ciudad capital registró siete días sin homicidios durante agosto” y, más abajo, inserto, un medidor de homicidios con una gráfica ilustrativa de cuántas muertes violentas se producen a diario en el país. Agosto aparece como el mes menos violento con “solo” 494 asesinatos.
Esa es la realidad. La noticia positiva es el récord de toda una semana ¡7 días! sin un solo asesinato en la capital. Insólito, extraordinario, algo que merece pasar a los anales de la iniquidad. Un dato que nos arroja en el rostro lo pervertido de nuestra percepción de lo bueno y lo malo, nuestro acomodo al salvajismo en donde estamos inmersos cual círculo dantesco, entre victimarios y víctimas, en un eterno castigo.
Solo cabe preguntarse ¿cuándo me tocará a mí entrar en las estadísticas? ¿será mi asesinato merecedor de una investigación? ¿mi expediente quedará rezagado en los despachos del Ministerio Público o en alguno de los juzgados, entre otros miles de papeles polvorientos y olvidados?
No es simple conjetura, es la verdad real y concreta para muchos hombres y mujeres cuya muerte violenta pasó inadvertida en los medios de comunicación porque no era relevante, porque las páginas ya no pueden destinar tanto espacio a la tragedia, porque la rutina dejó de ser noticia.
Mientras tanto y a pesar de que la capacidad del Ministerio Público se ha visto afectada por un presupuesto extremadamente limitado para reducir el déficit en su capacidad de investigación, la burocracia ha obligado a la institución a pagar más de Q5 millones en los últimos 18 meses en salarios a trabajadores que fueron despedidos por distintos motivos, la mayoría por negligencia en su desempeño.
Las decisiones políticas van en sentido contrario a toda lógica. Se contraponen no solo al más elemental sentido común –como la de engavetar la ley anticorrupción en un país altamente vulnerable a ese flagelo- sino además constituyen un atentado contra la estabilidad democrática, al privar a la población de recursos esenciales para combatir al crimen y garantizar un nivel de seguridad básico a la ciudadanía.
No parece inminente que el país recobre algún nivel de estabilidad gracias a la prórroga del mandato de la Cicig. De hecho, esa entidad no ha cambiado significativamente el cuadro de inseguridad nacional y las organizaciones criminales no han visto reducido su poder de maniobra durante los últimos años. Lo que se requiere, más que una intervención de la ONU en ese ámbito de la política interna, es un auténtico compromiso de nación para dirigir los esfuerzos de manera coordinada y estricta hacia el cumplimiento de los Objetivos del Milenio, cuya esencia es el desarrollo social con sentido humano.
Es una realidad que las nuevas generaciones son las más afectadas por la violencia y eso requiere planteamientos mucho más radicales en políticas públicas destinadas a educación, salud, vivienda y alimentación. Hasta entonces, el país deberá conformarse con el dudoso éxito de vivir una semana sin homicidios en la capital, afirmación que a decir verdad, también parece esconder un subregistro.

Corrupción es…

El beneficio personal parece ser la máxima prioridad.

La ley anticorrupción no pasa. Para quienes condicionan el destino de 14 millones de seres humanos desde los despachos oficiales, la transparencia en el manejo del gasto público es una amenaza, por limitar su libertad para enriquecerse con esos fondos. Pero no hay por qué preocuparse, ya que entrampar la ley es un juego de niños gracias a la indiferencia de la ciudadanía ante los manejos y componendas de sus legisladores y demás integrantes de la rosca del poder.
Da asco ver cómo se reparten el botín por medio de concesiones, privilegios y contratos de todo tipo. Pero es más repugnante aun observar el descaro de políticos y empresarios quienes, en total complicidad, hacen del erario una fuente de enriquecimiento, delito no tipificado porque no les conviene. El sector privado maneja parte de la agenda y sus socios políticos se encargan del resto. La ciudadanía no tiene voz ni voto en este expolio de los bienes nacionales, ejecutado a la vista de todos.
Mientras tanto, la niñez de Guatemala sobrevive –cuando tiene suerte- en el más profundo de los abismos. No hay dinero para escuelas ni centros de salud, mucho menos para alimentación. Pero se celebran foros internacionales en hoteles de lujo, en donde se reunen los burócratas de la región para discutir estrategias que no se realizan, soluciones que nunca van a prosperar y a gastar en viáticos, honorarios, cenas y alojamientos de lujo el dinero que hubiera servido para paliar las necesidades básicas de toda una comunidad.
En esta fiesta de la irresponsabilidad humana están todos involucrados. Desde los organismos internacionales hasta la última de las alcaldías. Resulta ofensiva la manera cómo se escatiman a la población necesitada los recursos básicos de sobrevivencia para destinarlos a gastos de operación superfluos, contratos con empresas fantasma, plazas de trabajo inventadas para favorecer a los amigos y proyectos con intenciones proselitistas. Adicionalmente están los fondos que jamás sirvieron para nada por falta de capacidad de ejecución de las autoridades locales.
Las necesidades de la población se han ido reduciendo progresivamente con el correr de los años y con la profundización del abandono. Ahora la niñez guatemalteca se conforma con no ser violentamente abusada, cuando antes esperaba como mínimo tener acceso a una buena escuela con maestros preparados, alimentación suficiente para cubrir todas sus necesidades nutricionales, vestuario decente y oportunidades de juego y esparcimiento.
En lo referente a la juventud, las cosas han ido mucho más lejos. Sin institutos vocacionales que les permitan acceder a una capacitación adecuada para garantizarse un futuro productivo, vagan por las calles exponiéndose a toda clase de peligros y buscando la manera de sobrevivir. Muchos de ellos terminan siendo reclutados por las organizaciones criminales a cambio de protección y medios de vida.
Lo que hace falta para corregir esta realidad no es un misterio. Faltan conciencia social, responsabilidad política y el carácter suficiente para poner orden en este caos.

Periodismo y Segundo sexo

Hace tiempo escribí este breve ensayo para presentarlo en el Centro Cultural de España en Guatemala. 

La conjunción idealizada de la dualidad mujer y periodismo –vale decir mujer-periodista, periodista-mujer- ha tenido una secuencia muy definida en la
historia reciente.  Hace unos quince a
veinte años, estos atributos raramente reunidos, periodista-mujer, hacían soñar
a más de una joven y también protestar a más de un hombre.  Esto, en la actualidad, ya no se ve con la misma intensidad. 
Aunque ha sido bastante cuestionada y otro poco desacreditada, es
innegable que la profesión del periodismo se ha ido banalizando a lo largo de
la década de los 90, hasta convertirse en una batalla por la conquista de
mercados más que una cruzada por el establecimiento de una red de información
objetiva. 
Al mismo tiempo que la prensa perdía su prestigio y esa aureola de
poder y gloria que la adornó en sus inicios, desaparecían gradualmente los
mitos que, entre el siglo diecinueve y el último cuarto del siglo veinte, habían
acompañado su nacimiento y su evolución.
Al mismo tiempo, lo que podría parecer una infortunada coincidencia, la
tarea periodística comenzó a feminizarse a un ritmo acelerado.
Con el tiempo, se fue desvaneciendo la imagen del macho intrépido, fumador,
bebedor y donjuan al más puro estilo de Clark Gable o Humphrey Bogart, que
arrastraba su equipaje hasta el otro lado del mundo y entraba con la
misma soltura a un gran hotel parisino que a una pensión de quinta categoría en
un barrio marginal de Calcuta.
Esto ya no es así.  Ahora el
periodista, cuando sale a cubrir un reportaje importante, ya no tiene estadías
de un par de semanas de lujo en el extranjero, su periplo se reduce a
un viaje relámpago de un par de días, viajando en clase económica y
precipitándose a realizar la tarea para enviar lo antes posible los archivos de
imágenes, de texto y de sonidos a su editor, desde una habitación de hotel de
modestas tres estrellas mientras mastica, sin saborearla, una hamburguesa
fria…
El tiempo disponible, así como su aureola de héroe, se reduce cada día
más, al igual que los medios con que cuenta para realizar su labor.  Cuando regresa a su escritorio, encuentra
compañeros y compañeras indiferentes a su éxito, acaparados por su propio ritmo
de trabajo e inmersos en las luchas de poder internas de la redacción. Una
redacción que ya no es más machista que cualquier otro sitio de trabajo, pero
que continúa siendo dirigida por hombres, con referencias masculinas, con mitos
y realidades heredados de un pasado discriminatorio a más no poder, aceptado y
atesorado como un valor objetivo.
A pesar de la creciente presencia de mujeres en las lides
periodísticas, el gran público no alcanza a percibir que estamos muy lejos aún
de la paridad hombre-mujer dentro de esta actividad, y que las consecuencias de
la disparidad son mucho más importantes y trascendentales de lo que parecen a
simple vista, ya que afectan tanto el contenido de los medios de comunicación
como su influencia en el público que recibe la información.
Por ejemplo, en todos nuestros países, excepto algunos casos muy
excepcionales y difíciles de explicar,  existe una
proporción absolutamente desventajosa entre hombres y mujeres en los medios de
comunicación, ya sean de prensa, radio o televisión.  Y la mujer que logró apoderarse de un pequeño
espacio hace no más de dos o tres décadas, fue marginada y destinada a cubrir
las fuentes que, según los hombres de la prensa, les eran afines. Esto es: cultura
y sociales.  Hubo quienes lograron saltar
las bardas y colarse por entre los escritorios colmados de hombres en las salas
de redacción, pero se enfrentaron a su enorme desventaja numérica que,
indudablemente, repercutía en una marginación real a nivel profesional.
Si las mujeres aún son afectadas por el
estereotipo que las relega a los temas tradicionalmente considerados femeninos,
tales como sociedad, educación y familia, los límites a su participación en
otros temas son abolidos con más y mayor frecuencia y rapidez.  Bastiones masculinos como la política y la
economía comienzan a ser cubiertos por mujeres, con un desempeño profesional
sin tacha.
Sin embargo, no todo han sido
conquistas favorables al sexo femenino, ya que también en estas situaciones de
aparente equidad, se establece una situación de desventaja muy sutil, aunque
absolutamente real. 
Los directores de medios han
descubierto que les resulta mucho más productivo contratar a mujeres para
ciertos puestos tradicionalmente ocupados por hombres, debido a que de ellas se
espera que traten de probar que son buenas periodistas y den, de esta
manera muy poco ortodoxa, un producto más abundante y mejor que el que logran
conseguir de los hombres.
En los países desarrollados, un ejemplo
cercano es lo que sucedió con los medios europeos durante la guerra del golfo y
en pleno desarrollo del conflicto armado en Bosnia. Los empresarios del gran
periodismo del viejo continente descubrieron que vendía mucho más una mujer con
un micrófono en la mano y los misiles resonando a sus espaldas, que el tradicional
reportero a quien todos esperan ver, una vez más, cumpliendo con su obligación
y, por ende, desprovisto del halo de heroísmo que puede adornar a una mujer
atrevida e indiferente al peligro.  Por
lo tanto, mientras las periodistas esperaban a que se les diera la oportunidad
por igual capacidad, sus jefes volvían a utilizarlas como un recurso
mercadológico disimulado bajo un tinte de equidad.
Lo que resulta sumamente interesante,
luego de esta manipulación de la participación igualitaria de hombres y mujeres
en los trabajos periodísticos, es que no importando los motivos por los cuales
las mujeres hayan hecho su entrada en los medios, éstos se han beneficiado de
un hecho indudable. 
Y es que la mujer tiene una visión
diferente a la del hombre, probablemente más humana y más sensible a los
acontecimientos de su entorno social. Y que esa visión se transmite a la
audiencia y que la audiencia, de alguna manera misteriosa, comienza a ser más
vulnerable al dolor de sus semejantes y, por ende, responde al estímulo de la
noticia en forma más participativa.
No es coincidencia que en una época de
conflicto armado, de muerte y violencia, hayan sido mujeres las que hayan
abierto las puertas cerradas de la denuncia y hayan reclamado a sus muertos y
desaparecidos. 
Organizadas en asociaciones y grupos, a
veces solas y aisladas, han hecho oir su voz con una valentía que ha encontrado
eco en los medios de comunicación, también a través de mujeres que hablan con
la libertad que les da su atávico sentido de justicia y su manera de valorar la
vida humana.
Pero existe el otro lado de la moneda. Como
en todo, también en la incorporación masiva de la mujer al periodismo. Y se
revela en el hecho de que algunas periodistas exploten su glamour y manipulen
su feminismo con ventaja para conseguir más audiencia o una mejor posición en
los medios.  Y esto recibe una
cualificación peyorativa más que por el hecho en sí – ejecutado
tradicionalmente por sus colegas hombres- por tratarse de mujeres y, por lo
tanto, porque estas mujeres actúan en abierto desafío a los estereotipos que
someten su imagen ante el juicio público, transformándolas en madres, esposas y
mujeres trabajadoras de conducta ejemplar y moral a toda prueba.
También se hace la objeción de que la
mujer tiene menos ambición por alcanzar puestos de poder que su contraparte
masculina,  y manifiesta una clara
tendencia a permanecer más independiente y, por ello, a comprometerse menos en
términos de posición política o administrativa.
Sin embargo, estos también son
estereotipos que impiden hacer una apreciación objetiva de la mujer como
elemento dinámico del proceso informativo, ya que no se le permite desarrollar
su profesión y escoger sus prioridades con la misma libertad de que gozan sus
colegas hombres, toda vez que ella está supuesta a demostrar un nivel superior
para acceder a un mismo puesto, generalmente con una remuneración más baja.
Las universidades son otro parámetro
interesante de la creciente incorporación de la mujer en los medios de
comunicación.  Sus niveles de
profesionalización, generalmente superiores al de sus colegas hombres, así como
el creciente interés en participar activamente en la vida social y política de
su país, han llevado a miles de jóvenes a inscribirse en las carreras de
ciencias de la comunicación de las universidades, igualando y, en algunos casos
superando a sus compañeros en número y en resultados académicos.
De esto se deduce que, a pesar de las
limitaciones con que se encuentra la mujer ante las posiciones cerradas del
periodismo masculino, no pasará mucho tiempo antes de que logre conquistar
espacios importantes y posiciones de dirección en los medios de comunicación,
sin que se le puedan oponer pretextos válidos a su capacidad y a su necesidad
de expresión, contenida por muchos siglos de silencio obligado.
En resumen, aquel papel deslucido y
tristón de la mujer relegada –también en el periodismo- a tareas propias de su
sexo, de lo que Elena Poniatowska, escritora y periodista, se lamentaba durante
su conferencia en la Antigua, empieza a quedar en la historia. 
Hoy la mujer periodista es exactamente
eso: mujer y periodista.  Comunicadora de
su propia visión de la realidad, como un contrapunto válido y enriquecedor de
la visión masculina, cuyo lenguaje pervivió como una forma única de
comunicación en una sociedad necesitada del aporte del otro ojo, el nuestro,
para completar la perspectiva del mundo que nos rodea.