Les deben una explicación

Son millones los niños, niñas y adolescentes dejados de lado por el Estado.

Cada vez que los gobernantes y sus círculos de confianza –no solo parientes, también financistas- se recetan un nuevo privilegio con el propósito de consolidar su fortuna y sus oportunidades de conservar el poder, miles de nuevos integrantes de la sociedad reciben menos atención en salud, alimentación, educación, vivienda, servicios básicos y posibilidades de salir de la pobreza. Esa masa callada y sometida a la voluntad de otros algún día hará las cuentas y cobrará las deudas.

El despertar ciudadano vivido en Guatemala durante los días pasados y cuyos ecos resonaron a nivel internacional incluyó a muchos niños, niñas y jóvenes empapados de civismo y conscientes de que algo anda mal en la manera como se comportan sus autoridades. Es ingenuo pensar que los estudiantes de escuelas, institutos y universidades ignoran el profundo abandono en el cual se encuentran y lo injusto de su situación. Ellos escuchan a sus padres y maestros, también víctimas de un sistema corrupto y clientelar diseñado por unos pocos para su propio beneficio.

En los próximos días el presupuesto de ingresos y egresos de la Nación para el año que viene se analizará y en él viene patente cuáles son las prioridades para la clase política. ¿Educación y salud? Probablemente no. Las presiones de los distintos grupos alrededor de la cúpula gobernante no parece tener en mente a la niñez guatemalteca y esta hipótesis se confirma al observar las estadísticas en temas tan fundamentales como desnutrición crónica, ausentismo escolar, embarazo infantil, trata de personas, estado calamitoso de escuelas y recintos hospitalarios. La lista de deficiencias es demasiado larga y por esa contundente razón Guatemala se encuentra entre los países del mundo con los peores indicadores de desarrollo humano.

Pero existe todavía un sector de la pequeña burguesía capitalina que se resiste a conocer los datos sólidos de tanto estudio. Para ese sector –desde cuyos celulares fluye abundante la desinformación- las cosas en Guatemala no están tan mal. Más aún: “en todos el mundo existe la corrupción, ¿por qué tanto escándalo?” y prestan oídos atentos a cuanta campaña negra surja de las mentes creativas de ciertos grupos y medios de comunicación interesados en mantener las cosas como están.

Es tentador, entonces, pedirle a ese grupo de seres ciegos y sordos a la abrumadora realidad de la corrupción y la pobreza, que expliquen por qué cada día mueren niños y adultos por causa de la violencia criminal, por qué miles de familias se van a dormir sin un solo bocado en el estómago; por qué entrar en la política parece ser una cuestión de enriquecimiento ilícito y no un trabajar por el bien de todos. Es triste ver cómo ser parte de una cierta “clase acomodada” crea una burbuja alrededor de las conciencias y un acomodo entre algodones empapados en la sangre de otros.

A la niñez y juventud guatemaltecas se les debe una larga explicación. Es preciso enseñarles la verdad de la historia y decirles que su futuro se ha ido a engrosar fortunas, que sus ideales son aplastados por las ruedas de Ferraris y Maseratis y sus perspectivas de desarrollo se perdieron en negocios tan turbios como ilícitos de los servidores públicos. Porque ¿cómo decirle a una niña embarazada que el crimen cometido en su contra nunca llegará a los ámbitos de la justicia por falta de capacidad de los entes de investigación? Lo mismo a las familias cercenadas por actos criminales contra ciudadanos inocentes, los cuales quedarán como parte del escenario cotidiano; sin resolución, sin penas. La niñez guatemalteca no es un accesorio incómodo sino la principal protagonista de una historia que urge cambiar.

La niñez guatemalteca merece una atención prioritaria y ocupar un sitio privilegiado en los planes de desarrollo.

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Un día para recordar

fullsizeoutput_1083“El compañero Presidente”, foto de María Cristina Orive.

El 11 de septiembre de 1973 fue una fecha fatídica cuyos ecos siguen resonando en Chile y el mundo.

Lo recuerdo bien. Yo vivía en la calle Huérfanos, en el centro de Santiago y apenas comenzaba el día cuando sonaron las primeras ráfagas. Al asomarme a la ventana pude ver a los soldados sobre las terrazas de los edificios vecinos y comprendí de inmediato lo que venía después. Mi hija era muy pequeña y estaba asustada, no comprendía por qué teníamos que arrastrarnos por el piso del departamento sin levantar la cabeza pero yo sabía del riesgo de recibir una bala perdida. Aun cuando la amenaza de golpe había flotado en el ambiente desde hacía un tiempo, para quienes vivíamos la aparentemente sólida democracia chilena la sola idea de una asonada militar era inconcebible.

Sin embargo, sucedió. Durante los siguientes días el caos fue total, el pánico de no saber los límites exactos de la represión, los informes boca a boca sobre quema de libros en grandes piras en plena calle, las frenéticas llamadas telefónicas y la aventura de desplazarse por la ciudad buscando a los familiares y amigos, todos dispersos, era surrealista.

La búsqueda de personas sospechosas de pertenecer a partidos de izquierda –algo legal y legítimo hasta el día anterior- se operaba con minuciosidad en sectores residenciales de clase media y en barrios populares. Las capturas eran masivas y los camiones del ejército, que pasaban durante las noches cubiertos con lonas para proteger de miradas curiosas su carga de muerte, provocaban escalofríos. También los cuerpos tirados a la vera del río Mapocho.

Cuando se habla del golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, por lo general se suele aludir a los hechos más impactantes, como el ataque aéreo y terrestre contra el palacio de la Moneda y la posterior muerte del presidente Allende. Sin embargo, para quienes vivimos esos momentos, uno de los sentimientos predominantes, más que el miedo a la represión, fue el estupor. Un desconcierto absoluto al presenciar este hecho inédito para nuestra generación y las anteriores, con el rompimiento de una línea histórica de tolerancia y activismo político sin más cortapisas que las establecidas por la ley. Y de pronto, esas leyes supuestamente inmutables cambian y se vuelven contra un pueblo sorprendido en medio de la noche.

Las políticas de Salvador Allende y su equipo de gobierno, aun cuando no satisfacían todas las aspiraciones de una ciudadanía mayoritariamente capitalina, constituían un avance significativo para los sectores más pobres, campesinos y obreros. Lo que jamás perdonaron los círculos de gran poder económico fue el desafío de plantear reformas que reducirían su cuota de influencia y los colocaría en el plano de un interlocutor más, después de haber dominado la escena política durante décadas.

La estrategia de la extrema derecha chilena, con la complicidad de partidos de centro, se basó en una campaña mediática masiva y el bloqueo económico interno, al establecer alianzas con ciertos sindicatos como el del transporte terrestre que hoy también amenaza a la estabilidad de Chile, y el gran socio de aventuras golpistas: el Departamento de Estado, con Henry Kissinger a la cabeza, en una urdimbre de tácticas efectivas que acabaron con el ensayo del socialismo en libertad.

Chile nunca volvió a ser una nación verdaderamente democrática. Las desigualdades y las limitaciones actuales en aspectos tan fundamentales como la salud y la educación son herencia de una dictadura tan bestial que sus ecos aún perduran en la mente y el imaginario de buena parte de la población. Nunca como hoy se vieron en ese país los extremos tan distantes entre ricos extremadamente poderosos y pobres de miseria, con un gran contingente de jóvenes enfrentados a un futuro incierto pero con la voluntad de participar de los cambios que el país necesita para retomar, algún día, el camino hacia una democracia más justa y equilibrada.

Las juventudes chilenas serán quienes cambien la polaridad y retomen la ruta hacia un sistema más justo.

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Cristina y su universo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHe conocido a muchas personas fascinantes, pocas como María Cristina Orive (1931-2017).

La entrevisté en 1980, durante una de sus frecuentes visitas a Guatemala. Llegó cargando su cámara como si la entrevistada fuera yo. Su amplia sonrisa y esa energía luminosa tan propia de quien disfruta la vida fueron los primeros signos de que la conversación iría por buen camino. Me contó de todo: su vida en París, sus viajes, su corresponsalía para agencias francesas de prensa en Buenos Aires y, finalmente, la creación más importante de su carrera: la fundación, en 1973, de la editorial fotográfica de América Latina La Azotea, junto con la notable fotógrafa Sara Facio.

Cristina Orive nunca se conformó con los límites de una sociedad conservadora, rompió esquemas allí en donde los había y lo hizo con gracia y propiedad. Se rodeó siempre de personajes tan fascinantes como ella, intelectuales y artistas de renombre cuya amistad conservó durante toda la vida. Para esta mujer excepcional, los grandes desafíos fueron siempre invitaciones para emprender nuevas aventuras y en su editorial demostró cómo era capaz de superarlos. Sara Facio y Cristina se volcaron a la tarea de elevar el arte de la fotografía a la categoría que merecía en una época cuando esta actividad se consideraba apenas poco más que un simple oficio.

Las primeras obras realizadas en La Azotea demuestran el enorme trabajo de investigación y rescate efectuado por ambas, en una lista de títulos y de exposiciones de gran impacto en el ambiente cultural. Ahí figuran pioneros de la fotografía como Martín Chambi de Perú, J. J. Yas y J. D. Noriega de Guatemala, Grete Stern y Alejandro Witcomb de Argentina y luego un largo listado de nuevos valores latinoamericanos y caribeños cuyas obras eran, hasta entonces, desconocidas por el gran público.

Las cualidades humanas e intelectuales de Cristina le abrieron las puertas de un mundo tan diverso como enriquecedor. Tan definida en su pensamiento político como en su sensibilidad social, entabló amistades de todos los colores del espectro, compartiendo sus inquietudes con apertura y tolerancia, cualidades suyas que la acompañaron siempre. Así fue como en sus recorridos por Guatemala encontró las puertas abiertas para fijar en imágenes los aspectos más diversos de la cultura y las costumbres de este país. De allí nació una de sus obras, Actos de Fe en Guatemala, realizada en colaboración con Sara Facio con textos de Miguel Ángel Asturias y Manuel José Arce.

Pero no todo sobre María Cristina Orive es una historia de vida profesional. Ella fue una amiga maravillosa para quienes tuvimos el privilegio de tenerla cerca, de compartir la mesa y disfrutar largas pláticas sobre cualquier tema que nos llamara la atención. Su exquisitez no tenía parangón y eso también se reflejaba en el círculo que la rodeó durante la mayor parte de su vida. Intelectuales y grandes artistas como Sara Facio, Vera Gregg, Miguel Ángel Asturias, María Elena Walsh, Manuel José Arce y otros nombres de gran relevancia en el mundo cultural contribuyeron en gran medida a enriquecer sus experiencias y a dotarla de una visión universal del mundo, perceptible en cada una de sus obras.

Para conocer más a fondo a la Cristina fotógrafa, hay que dar una mirada a su obra, en donde reside la verdadera esencia de su pasión por su país y su gente, una fuerza siempre presente en sus imágenes. Su importante legado para la fotografía latinoamericana es una herencia cultural de enorme relevancia, por lo cual su nombre merece inscribirse en los anales de la historia cultural de Guatemala como una de sus más relevantes figuras.

María Cristina Orive fue una mujer adelantada a su época, rebelde, generosa y excelente interlocutora.

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María Cristina, su biografía

Cristina Orive

MARIA CRISTINA ORIVE

La Antigua Guatemala 1931-2017

Nació en La Antigua Guatemala en 1931. Estudió Humanidades en su país, Estados Unidos de América y Francia. Ejerció el periodismo oral y escrito en Guatemala en Radio Faro y en el diario El Imparcial. En 1957 se traslada a Paris, donde vivió 14 años y trabajó en la Radio Televisión Francesa (ORTF); también, ya como fotógrafa, para la agencia ASA Presse.

En 1971 inicia su periplo por América Latina como corresponsal de las agencias Sipa y Gamma Presse. Sus trabajos – fotos y artículos – se publican en diarios y revistas del mundo entero: Paris Match, Life en español, Stern, ABC, entre otras.- Sus reportajes más célebres fueron la entrevista al Sr. Pérez Alfonzo, creador de la OPEP, Torrijos en Panamá, la visita de Fidel Castro a Chile, entrevista a Salvador Allende, la caída de Isabel Perón en Buenos Aires.

En 1973, funda en Buenos Aires, – junto a Sara Facio – LA AZOTEA, primera editorial fotográfica de América latina. Durante sus viajes por el Continente investiga sobre fotografía histórica, acerca de los libros fotográficos que han sido publicados en los diferentes países para una exposición en México D.F. En 1978 fue socia fundadora del Consejo Latinoamericano de Fotografía, México 1978.Al año siguiente es miembro fundadora del Consejo Argentino de Fotografía en Buenos Aires. Así, conoce a fotógrafos en actividad-maestros y principiantes- para incluirlos en las publicaciones de la editorial. Los libros de LA AZOTEA han sido premiados en la Argentina, México, Venezuela y Francia.

Ha sido invitada a exponer fotografías, dictar talleres y conferencias en congresos y coloquios tanto en América latina, como en Europa. Entre otros: Les Rencontres Internationales de la Photographie en Arles, Francia, 1978 y 1992; en Italia (Venecia, Caserta y Milano); Foro de Editores en el Centro Pompidou, Paris; en la Feria del Libro de Frankfurt, Alemania.

Es autora, con Sara Facio, de las fotografías en color de Actos de Fe en Guatemala, con textos de Miguel Angel Asturias. Ha realizado la selección de fotos e introducción de los libros Sandra Eleta, Portobelo; La Antigua Guatemala, J.J.Yas, J.D.Noriega; Luis González Palma. Todos de LA AZOTEA.

A partir del 2000 viaja continuamente a la Antigua Guatemala y finalmente se radica allí, donde colabora con el Centro Cultural El Sitio presentando exposiciones de fotógrafos guatemaltecos y extranjeros. Es secretaria de la Fundación Cultural Duane Carter que administra La Biblioteca, como la llaman los cerca de 3,000 usuarios mensuales que la visitan provenientes de las escuelas y universidades de la Antigua Guatemala, sus alrededores y de la misma capital.

Sus trabajos integran colecciones privadas y de museos. Ha donado importantes 0bras al Museo Nacional de Bellas Artes y otros Museos de la Argentina.

Figura en la Enciclopédie des Photographes, Suiza; Dictionnaire Mondial de la Photographie, Larousse, París ; Canto a la Realidad, Madrid ; Diccionario Espasa Fotografía, Madrid.

azotea@laazotea.com.ar

Un golpe mal calculado

La ciudadanía enfrenta otro de esos momentos históricos que marcan el rumbo.

Las cualidades de un gobernante se pueden medir desde el momento inicial de su asunción al poder. En esa situación de privilegio se sientan las bases de la relación entre gobernantes y gobernados, por lo cual resulta indispensable leer las señales que delatan la trayectoria futura. En el caso de Guatemala, la sombra de personajes oscuros tras el presidente y su renuencia a transparentar sus acciones ha provocado serias dudas sobre quienes están al mando. En el transcurso de los meses, esas dudas se fueron volviendo realidad a través de decisiones opuestas a las expectativas ciudadanas y el incumplimiento de promesas de campaña.

Poco capacitado para gobernar –nunca fue político y, de hecho, nunca esperó llegar a serlo- el actual mandatario parece haber dejado el mando en manos de otros, cuyas intenciones e intereses los llevan a romper la iniciativa más trascendental emprendida en el país para erradicar, de una vez por todas, el cáncer de la corrupción que atraviesa y contamina la economía, la gestión política y la vida misma de los guatemaltecos.

Durante su visita intempestiva a la sede de la ONU en Nueva York para pedir la remoción del Comisionado Iván Velásquez Gómez de su cargo como jefe de la Cicig, el Presidente no mostró su autoridad sino más bien cayó en el bochorno de exhibir sus temores frente a la comunidad internacional, haciendo ese fútil intento para evitar que su partido político y él mismo sean investigados por delitos de financiamiento electoral ilícito. La reacción del Ejecutivo hace pensar en un dicho popular que reza “a explicación no pedida, culpabilidad manifiesta”.

Al actuar con arrogancia, el mandatario confirma su falta de pulso político y comete no uno de sus usuales errores, sino uno de proporciones catastróficas al plantar la duda sobre su apego a la ley y sus intenciones futuras, dejando en evidencia que sus amigos en la sombra no se detienen en escrúpulos para buscar fortalecer el poder y la impunidad a toda costa, sacrificando los pocos avances que el país ha experimentado en su consolidación de la democracia y el estado de Derecho. Da la impresión de que el mandatario no ha calculado bien los alcances de este golpe certero a su credibilidad. A partir de ahora el escenario es otro y podría ser él quien termine siendo el más afectado por la resaca de esta ola política.

El sábado la ciudadanía se manifestó con un fuerte espíritu cívico. Sin violencia pero conscientes de la necesidad de patentizar su repudio por las acciones del Ejecutivo contra la institucionalidad encarnada en las investigaciones realizadas por la Cicig y el Ministerio Público, muchos ciudadanos se plantaron frente a la Casa Presidencial para expresar su protesta. La respuesta fue un comunicado en el cual el Presidente exige a Iván Velásquez que abandone el país de inmediato luego de haberlo declarado non grato. Es decir, condena al silencio y a la oscuridad todo intento de transparentar y someter ante la justicia los actos delictivos y a quienes los han cometido amparados por el poder. Lo cual no solo despierta dudas sobre su participación en esos hechos sino reduce su autoridad para dirigir los destinos de un país en profunda crisis moral.

Los malos consejeros son tan peligrosos como un mal aconsejado. Es oportuno recordarle al Presidente que fue electo bajo un sistema electoral tan deficiente como clientelar y como expresión de rechazo contra otros postulantes aparentemente peores. Es decir, su supuesto triunfo se inscribe dentro de un esquema político débil, diseñado únicamente para servir de amparo a la corrupción.

El país necesita con urgencia los talentos de un auténtico estadista. El sistema y sus leyes electorales deben cambiar.

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El incesto, un delito oculto

Será imposible calcular la dimensión del delito de incesto al menos que se denuncie.

Esta es una de las razones del porqué el incesto es uno de los crímenes más impunes y difíciles de erradicar. Sucede en la intimidad del hogar, un ambiente exento de vigilancia externa gracias a un condicionamiento social que lo considera el ámbito amoroso, seguro y educativo por excelencia. Este prejuicio es un castigo adicional para sus víctimas, condenadas al silencio absoluto por miedo y vergüenza. Hablar de incesto, por lo tanto, resulta extremadamente difícil aun cuando los delitos sexuales ya comienzan a ser debatidos en foros públicos y círculos familiares, aun cuando los perpetradores de esta clase de violencia deben enfrentar la acción de la justicia y la exposición pública de su conducta.

Si todas las víctimas de incesto hablaran, el coro sería ensordecedor. Quienes se han atrevido a exponer públicamente su tragedia resultan ser una minoría insignificante en comparación con quienes la ocultan. Las experiencias compartidas hablan de una patología social y no de actos aislados, como se suele –o se desea- creer. Niñas, niños y adolescentes son presa fácil de un depredador que los tiene a su alcance día y noche, en la soledad de un hogar supuestamente seguro. Cuando el hecho es revelado por la víctima, se estrella contra el conflicto de familiares más preocupados por el alcance social de la vergüenza que por el derecho del menor a ser protegido de su victimario.

Uno de los estereotipos frecuentes alrededor de este delito, es la creencia de que lo comete alguien desequilibrado por el alcohol o de conducta violenta. En la realidad, el depredador sexual puede ser una persona amable, respetable y cariñosa, por lo cual su víctima –especialmente si es muy joven- sufre una gran incertidumbre, por creer que la violación es también un acto de amor. Esto convierte al incesto en uno de los delitos más perversos y destructivos contra un ser humano indefenso.

Las consecuencias del incesto alcanzan y atraviesan a generaciones completas. Al ser cometido por personas del círculo familiar, cuenta de manera casi automática con un pacto de silencio cuyas repercusiones son devastadoras para las víctimas, pero también para quienes conocen el drama y lo callan. En este escenario amparado por un sistema patriarcal dominante, se colocan sobre la balanza la respetabilidad de la familia y la integridad del o la menor afectado, resultando por lo general más livianos los derechos de las víctimas en este juego de apariencias.

Quienes son presa de un padre, un hermano o un tío agresor muchas veces callan por miedo a la incredulidad de quienes deben protegerlos, agravándose todavía más el profundo daño psicológico y la sensación de indefensión, sentimientos cuyo efecto durará todo el resto de su vida manifestándose en patologías como baja autoestima y relaciones de codependencia. La sociedad tampoco ayuda al imputar toda la culpa a quienes padecen esta situación aparentemente irremediable en el seno de su hogar.

¿Cuál es la salida, entonces, a un fenómeno de tales dimensiones? Educación, vigilancia, justicia y sobre todo asumir que la denuncia de una niña, un niño o un adolescente es verdadera. La reacción automática de rechazo ante una verdad cruda como el incesto es un golpe adicional contra la integridad de un ser humano incapaz de defenderse e incluso de comprender aquello que le afecta. Quitar los obstáculos a la expresión libre es un paso vital en la lucha contra el secretismo de los delitos sexuales, no importando su naturaleza. La protección de la niñez no es un asunto negociable.

El silencio es el peor castigo para una víctima de delitos sexuales, no importando quien sea el agresor.

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El recurso fácil de la tiranía

La concentración del poder es una enfermedad que solo se cura con justicia y democracia.

Una auténtica democracia tiene un sistema de pesos y contrapesos gracias al cual se produce un equilibrio saludable entre la voluntad del pueblo soberano y la de sus representantes en los estamentos del Estado, del gobierno y de las organizaciones del sector civil; un sistema en el cual no existen polos de poder absoluto contra cuyos excesos la ciudadanía sea impotente por no contar con los mecanismos para intervenir. Ese ideal de democracia parece no existir. De hecho, actualmente se vive un anti sistema impuesto por los países dominantes, caracterizado por extrema codicia, abuso y privilegios destinados a convertir a un pequeño círculo de políticos y empresarios en auténticos emperadores.

El mundo actual, por lo tanto, es un campo abierto a disposición de esos centros de poder absoluto desde donde emanan los parámetros que definen el presente y el futuro de los pueblos. A partir de esta forma de colonización política y económica se da paso a una forma de colonización ideológica tan perversa, como para abolir todo concepto de nación entre ciudadanos deslumbrados por el consumismo y las promesas de un “american way of life” instalado como su ideal de vida. La perspectiva de una vida más fácil no es gratuita; implica la renuncia a ciertos valores como la independencia, la identidad, la preservación de la cultura y la visión de nación como pilar básico para un desarrollo integral.

A este complejo escenario se suma, entonces, el peligro de tener a un hombre poco instruido, de innegable tendencia racista, xenófobo y, para colmo, irreflexivo, a cargo del gobierno más poderoso del planeta, de cuya fuerza gravitacional está cautivo nuestro continente. Las decisiones emanadas desde la Casa Blanca –la mayoría de las cuales responden a intereses específicos de esa nación- pesan como leyes en prácticamente todos los países dependientes de su enorme poder, al punto de deberle todas y cada una de las operaciones y estrategias que han desequilibrado nuestra institucionalidad y han impedido la construcción de democracias sólidas e independientes a lo largo y ancho de América Latina.

Esta preeminencia del poder del imperio estadounidense sobre nuestros pueblos reviste la mayor gravedad ante el nuevo cariz que ha tomado la administración de la Casa Blanca, reflejado en un resurgimiento de los movimientos extremistas –Ku Klux Klan, entre otros- amparados por el discurso de odio emanado por su máximo líder. El permiso que el presidente Trump tácitamente otorga a estos fascistas al no condenar de manera explícita sus actos de violencia constituye un aval a sus desmanes y repercute en un serio riesgo para los ciudadanos e inmigrantes latinos y de otras culturas y etnias que habitan en ese país.

Este año hemos presenciado el resurgir de una tiranía reeditada y fortalecida por un pensamiento xenófobo y racista. A ello se suman las amenazas de invadir Venezuela, un país soberano, las cuales no son ajenas a esta nueva tendencia imperialista carente de visión política. Sin importar si el resto de países latinoamericanos está o no de acuerdo con el gobierno venezolano, todos –sin excepción alguna- deberían pronunciarse de manera clara y tajante para rechazar cualquier intento de invasión. Por respeto a la dignidad de los pueblos del continente y a los valores de las democracias, sólidas o no, que tanta sangre y dolor le han costado a los pueblos americanos, es imperativo recuperar esa dignidad que hoy suele estar opacada por la corrupción, la codicia y la falta de visión de nuestros líderes.

América Latina debe cuidarse de las decisiones de un gobernante tan volátil como Trump.

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