Un mal prevenible

Nuestras sociedades sufren de males prevenibles y tratables. Solo falta la medicina.

Nuestros países destacan por la abundancia de investigaciones y denuncias por el incremento incesante de la corrupción y la violencia criminal y, aunque no han dado los resultados deseables, tampoco se pueden desconocer ciertos avances de gran impacto en la manera como se reordenan las fuerzas democráticas en algunos de ellos, con el potencial de revertir los orígenes de esas situaciones que tienen el poder de acabar con las democracias. Sin embargo, siempre hay excepciones dolorosas, como los ejemplos de dos países cuya situación geográfica y su historia de corrupción los han convertido en el pasadizo de la droga y en donde se concentra la incesante ruta migratoria. Estos son Honduras y Guatemala, dos naciones cuyos indicadores marcan las peores condiciones de vida para sus habitantes y en donde sus gobernantes lideran los índices de violaciones de derechos humanos y crímenes de Estado.

¿Cómo se ha producido la descomposición -que hoy parece irreversible- en estas naciones? ¿Es que acaso no existen mecanismos de control capaces de sostener un mínimo de institucionalidad y justicia con el poder de reconstruir un remedo de Estado? Para comenzar a desentrañar los tejidos de la red que hoy atrapa a sus instituciones, es importante revisar la historia y desempolvar las evidencias sobre la inmensa influencia de intereses corporativos, cuyo poder sobre gobiernos mucho más poderosos ha puesto un “hasta aquí” a sus intentos de democratización. 

Sin embargo, estos no son los únicos países que encajan los golpes contra sus pretensiones de independencia política y económica. Durante las recientes elecciones en otras naciones del continente se ha podido apreciar el miedo de las clases medias al relevo en el control de sus políticas internas y sus relaciones con el gran capital internacional. Esto demuestra que la guerra solapada y sostenida durante décadas en contra de procesos democráticos, cuyo objetivo ha sido la independencia y la sostenibilidad económica de los países en desarrollo, ha causado un daño moral de tales dimensiones, que sus patrocinadores ni siquiera se toman la molestia de insistir con campañas tipo guerra fría para insertar en el cerebro de millones de seres humanos los prejuicios contra lo que huela a justicia social. Pareciera estar instalado el miedo al cambio y los esfuerzos por erradicarlo apenas tocan, si mucho, a la mitad de quienes deciden el curso de la política por medio de su voto, en donde el mérito sobre esa paridad positiva se lo lleva, en su mayoría, la juventud.

A este respecto, el de las generaciones ansiosas de nuevos aires, es importante recalcar cómo las estrategias dirigidas a mantener el estatus han ido chocando, una y otra vez, contra la necesidad de redirigir la marcha hacia formas de gobierno más sensibles a las necesidades de ese inmenso sector de nuevos ciudadanos. Aunque esto solo falla en aquellos países cuyos Estados son cautivos del crimen organizado, como los antes citados, la inevitable marcha hacia cambios favorables con la restauración de procesos democráticos parece ser inevitable. Nuestro continente ha experimentado la fuerza de los golpes en contra de sus intentos de independencia y, debido a ello, sufre de un mal endémico encarnado en una actitud recelosa hacia nuevas reglas de juego político. Sin embargo, los acontecimientos de los años recientes con el avance de la fuerza popular en la mayoría de países, revela que la medicina contra el conformismo y la apatía tiene resultados comprobables y, gracias a sus efectos, se abre la perspectiva de nuevos aires para los tiempos por venir. 

Existen esperanzas de cambio a pesar del manoseado recurso del miedo.

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El valor del trabajo

Un aporte esencial para la comunidad, pocas veces apreciado como corresponde.

La nueva forma de productividad ha venido a trastornar uno de los aspectos básicos de la vida humana: el trabajo. En este año y medio se ha producido un cambio profundo, no solo en el acceso al empleo –y todo lo que eso implica en términos de subsistencia- sino también en las relaciones laborales, ya desde siempre complicadas y frecuentemente rayanas en la injusticia; pero, sobre todo, en las estructuras sobre las cuales se sostienen la legalidad y legitimidad del trato entre las partes: es decir, entre quienes ofrecen su aporte en experiencia, conocimiento y esfuerzo físico, y quienes pagan por ello.

En estos meses ha quedado evidenciada la elasticidad de esos contratos. La necesidad de obtener los medios para subsistir ha llevado a millones de seres humanos a replantearse el valor de su aporte. De ahí surge un nuevo estilo de relación laboral, de acuerdo con el cual los nuevos métodos de trabajo en línea –gracias a las facilidades tecnológicas actuales- han sustituido, en algunos casos de manera definitiva, el esquema presencial al cual estábamos totalmente acostumbrados. Sin embargo, en esta nueva modalidad se establece una relación cuyas características vulneran el trato justo que debería primar entre las partes.

Se entiende de manera tácita que trabajar gratis y no pagar por el trabajo son dos extremos que se tocan. En ambos hace falta un elemento fundamental: la ética. Dado que el trabajo es una forma de intercambio a través del cual una persona entrega su energía, experiencia y conocimientos a cambio de una retribución económica, ofrecerlo sin ella por temor al despido, lo devalúa y traiciona la esencia del contrato. Esto sucede cada vez con mayor frecuencia en el nuevo esquema, al hacerse evidentes un par de elementos capaces de degradar la relación: el miedo a perder el empleo, por un lado; y la certeza sobre el poder para abusar, del otro.

Es importante reflexionar sobre la complejidad de esta relación productiva entre personas y entidades de diversa índole. Las actividades laborales, cualesquiera sean sus características, implican mucho más que el esfuerzo puntual para realizar una tarea. Detrás de ese acto hay tiempo invertido en la elaboración y transformación de los elementos indispensables para alcanzar un grado de desarrollo y eficiencia determinados; por ello, al dar ese esfuerzo de manera gratuita se cae en un acto de minusvaloración, aceptando que aquello que hacemos bien, no vale nada. Este esquema aplica de manera específica en los casos cada vez más numerosos del trabajo desde el hogar, para el cual la definición de horario laboral se pierde en una mezcla indeseable con el derecho a la privacidad doméstica, mezclándolo todo.

La obligación de ganarse la vida trabajando podría considerarse una maldición bíblica, sobre todo cuando –como sucede cada vez con mayor frecuencia- el esfuerzo es mucho mayor que la recompensa, o también cuando el trabajo incumple la premisa romántica de dignificar a quien lo realiza. O, para ir un poco más cerca de la realidad, cuando representa una forma de violación de ciertos derechos fundamentales de la persona. Esto último comienza a predominar e invadir espacios laborales antes regulados por un sistema de garantías legales, el cual en estos días comienza a perder su incidencia. La vigilancia de estas relaciones se percibe como una medida de urgencia durante la emergencia sanitaria, en donde la explotación laboral –incluido un desprecio injustificado por el esfuerzo de quienes aportan su experiencia y conocimientos- es la modalidad de los nuevos tiempos.

Es importante vigilar de cerca las relaciones laborales bajo la pandemia.

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Los eternos marginados

Niñas, niños y adolescentes encajan el cambio sin derecho a opinar ni a elegir.

Si hay un segmento de la sociedad carente de autoridad sobre su vida es el de niñas, niños y adolescentes, las grandes mayorías en prácticamente todos los países de nuestra América. Somos sociedades jóvenes y en crecimiento; sin embargo, la visión imperante entre quienes recae la responsabilidad de propiciar un desarrollo basado en la justicia, equidad y el mejor aprovechamiento de todos los recursos, suele ir en contraposición con aquello que dicta la razón y cuya esencia plasmó el filósofo estadounidense Jhon Dewey: “La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma.”

La historia de nuestros pueblos nos ha enseñado que somos sobrevivientes de sistemas adversos, hostiles e incapaces de comprender el enorme potencial implícito en el cambio generacional. Vemos a la niñez y la juventud como una carga impuesta y no una oportunidad maravillosa para generar transformaciones de gran escala, lo cual debería conducir a una consolidación de valores con la misión de fortalecer el tejido social. Y todo ello, con la educación como leit motiv de cualquier sistema de gobierno. De modo automático, asumimos la autoridad del adulto como si esta fuera una forma válida de actuar sobre quienes dependen de nosotros en la línea familiar o social, y lo hacemos sin cuestionar la validez de una autoridad muchas veces impuesta de manera legal, aunque su aplicación resulte, en muchos casos, ilegítima.

Al observar los efectos de la situación excepcional en la cual estamos inmersos desde hace ya año y medio, es posible constatar la situación riesgosa en la cual viven niñas, niños y adolescentes al enfrentarse a una pérdida de sus vínculos sociales y, simultáneamente, a un encierro obligado con adultos poco preparados para ofrecer un ambiente seguro, enriquecedor y libre de violencia. El ser adulto a cargo de personas jóvenes cuya custodia nos ha sido confiada por ley, no significa de ningún modo que tengamos el derecho para imponer nuestra voluntad de manera arbitraria ni para descargar en ellas nuestras frustraciones, sino más bien nos da una oportunidad para reforzar lazos de conocimiento mutuo, respeto y colaboración. 

Sin embargo, la violencia emocional generada por el forzoso cambio de hábitos y las limitaciones provocadas por las restricciones a la movilidad, al trabajo y al estudio, cobran sus mayores víctimas entre las nuevas generaciones, por estar estas sometidas a una situación sobre la cual no poseen voz ni voto. La impunidad imperante en casos de violencia doméstica es un elemento adicional, aunque poderoso, al trastorno psicológico ocasionado por la pérdida de lazos sociales, la falta de actividad lúdica y la tensión natural provocada por un fenómeno de alcance global sobre el cual no tenemos control.

En tanto no se recobre un cierto estado de normalidad, es imperativo aprovechar la ocasión para prestar atención a este enorme contingente de nuevas y nuevos ciudadanos, cuya vida y futuro dependen, en gran medida, de quienes están a cargo de su bienestar físico y emocional, así como de propiciarles una educación de calidad. El tema no es menor: la niñez y la juventud han sido los eternos marginados en nuestras sociedades y el impacto de esa agresión -naturalizada por un concepto equivocado de la autoridad de los adultos que les rodean- tiene secuelas de largo plazo en la pérdida de oportunidades de desarrollo, pero también en forma de abuso y marginación. No repitamos el cliché de que constituyen “el futuro de la patria” mientras no seamos capaces de honrar esa promesa.

La juventud tiene todo el potencial, pero de nosotros depende abrirles el camino.

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Qué se entiende por dignidad

Dignidad: “Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse” (RAE).

La palabra surge veloz, cual fórmula mágica para conjurar la amenaza de enfrentarse con la verdad. Está presente con abundancia en el discurso público, aunque también destaca pronto en el ámbito privado, cada vez que la contradicción se instala entre los actos y las intenciones. Los adultos ya deberíamos saber, a ciencia cierta, que la dignidad es un valor absoluto; porque no existe la opción de ser más o menos digno y tampoco la de jugar con el concepto como si este fuera un atributo flexible y acomodaticio. Lo que no tenemos muy claro es cómo cultivarla y mantenerla, si acaso alguna vez la hemos incluido en el tejido complejo de nuestro carácter y personalidad, pero sobre todo de nuestra conducta y modo de vida.

Lo más duro de aceptar ha sido, sin embargo, constatar cómo este importante concepto, gracias al cual nos garantizarnos una posición decorosa en nuestro entorno íntimo y social, se deforma debido a una actitud progresiva de aceptación de las más groseras iniquidades; de agresiones abiertas y descaradas de quienes, al gobernarnos o poseer los mecanismos del poder, son capaces de corromper nuestros valores y hacer tambalear la poca autoestima y dignidad que aún tratamos de conservar, pero también de derrumbar el entarimado de nuestras utopías.

Un pueblo digno lucha por su integridad. Un pueblo digno no permite la humillación de presenciar la destrucción de sus instituciones, el asesinato impune de sus líderes ni el despojo de sus riquezas. Sus valores constituyen una fuerza poderosa, indispensable para anular el poder de quienes destruyen, tanto como para reconstruir las bases sobre las cuales se sustentan esos valores. Aceptar con mansedumbre las violaciones a derechos consagrados por leyes consensuadas y sólidamente asentadas en el respeto por la integridad individual y social, representa una rendición y, por tanto, la aceptación tácita del fracaso.

En nuestros países, aun cuando han pasado muchas décadas, la impecable estrategia de la Guerra Fría dejó raíces vivas en el tejido político y económico, pero también muchas otras de carácter ideológico, todavía presentes en el imaginario colectivo, íntimamente enraizadas en el concepto de nación que nos quisieron vender: Un concepto de nación dependiente por conveniencia de intereses foráneos, fortalecido a lo largo del tiempo con la píldora de una globalización también orientada hacia el despojo del patrimonio natural de los continentes sometidos. 

Por eso es conveniente revisar cómo concebimos la dignidad y, también, muy ligadas a ese concepto, la soberanía y la independencia. Porque en realidad creemos en valores abstractos cuya mención no nos exige el menor esfuerzo de reflexión para ponerlos en perspectiva, por lo tanto los aceptamos como un hecho. Los damos por válidos y los traicionamos a diario. Estamos tan convencidos de su perpetuidad que no caemos en la cuenta de haberlos convertido en una moneda de intercambio cada vez que callamos por temor a no perder la ilusión de nación. 

La dignidad, integridad e independencia de una nación no se reflejan en un rectángulo de tela con símbolos. Tampoco se encarna en esos símbolos cuando estos dejan de ser un referente de identidad para un pueblo. Los atributos propios de un concepto de nación deben proceder de una sociedad tan consciente de su responsabilidad como capaz de responder a ella. Esa fortaleza no responde a la sumisión ante el abuso de poder, sino a la capacidad de enfrentarlo y recuperar la dignidad como el mejor ejemplo para las nuevas generaciones.

Vivimos bajo la ilusión de valores perdidos, que damos por válidos.

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El Sísifo que llevamos dentro

De nada sirven la frustración y la lucha callejera si se retrocede a las puertas del cambio.

De un modo solapado, el sistema impuesto por el gran capital internacional sobre los países falsamente llamados “en desarrollo” ha calado hondo en las bases de sus instituciones y del imaginario colectivo respecto de la democracia, la independencia y la libertad, hasta el extremo de condicionar de manera absoluta sus expectativas de futuro. Es como el mito de Sísifo: un esfuerzo sobrehumano, con cauda de integridad y vidas perdidas, para retroceder justo cuando se está a punto de alcanzar la victoria. El plan es mantener las esperanzas, pero no soltar las riendas y conservar así el remedo de justicia y democracia.

Los pueblos latinoamericanos conocen mucho de este incierto destino; la mayoría, por haberse enfrentado a algunas de las peores y más crueles dictaduras, seguidas por intentos de reconstruir el tejido institucional. Sin embargo, estos arrestos de cambio son tolerados únicamente cuando no pretenden cambiar de manera rotunda las reglas del juego, pero sobre todo si no representan la amenaza de establecer auténticos proyectos de independencia. Los esfuerzos ciudadanos, traducidos en protestas callejeras y organización de sectores sociales inconformes con el estatus y con el desempeño de las autoridades, resultan en música disonante en los oídos de quienes poseen las riendas del poder y también todos los medios para acallarla.

Si nuestros países estuvieran seriamente caminando por las “vías del desarrollo”, sería impensable la indiferencia de los sectores político y económico ante la real situación de las grandes mayorías. En apariencia, algunas naciones del continente poseen un estatus privilegiado por sus impresionantes cifras y su posición en algunos de los más importantes indicadores socio económicos. Pero en realidad, detrás del maquillaje solo existe un abismo profundo de inequidad, discriminación y miseria en donde están reflejados los auténticos índices, aquellos que jamás remontarán sin la abolición de las estructuras que hoy impiden a las capas más desfavorecidas salir de la pobreza.

El sacrificio de vidas humanas en la búsqueda de nuevos horizontes para los pueblos se estrella una y otra vez contra un esquema diseñado y fortalecido por los grandes capitales internacionales, con el férreo soporte de los gobiernos del primer mundo. Los sueños de independencia, por lo tanto, no tienen la menor oportunidad de consolidarse mientras esas estructuras no lo permitan. La manera como se engaña a los pueblos con medidas cosméticas de gobiernos espurios, cuya obediencia a consignas ajenas a los intereses nacionales es, más que una traición a la patria, un retroceso histórico a sus esperanzas de desarrollo, incomprensiblemente se ha transformado en un estilo de gobierno.

Ante esta realidad, el Sísifo que llevamos dentro decide salir a las calles para ofrecer sus flancos a la fuerza brutal de los cuerpos represivos y termina por sacrificar su integridad sólo para comprobar cómo le han engañado con el espejismo de la voluntad popular. Una y otra vez vuelve a la carga y, una y otra vez, la verdad le estalla en la cara. Los cambios indispensables para reparar los inmensos vacíos de la autoridad ciudadana no dependen de las redes de poder insertas en las instituciones, sino de su completo reemplazo por un contingente político y jurídico ético y comprometido con el cambio. En otras palabras –esas que a muchos provocan escalofríos- para retomar la ruta de la democracia, se necesita romper las estructuras e iniciar una auténtica revolución, una vuelta de tuerca a la política nefasta que nos gobierna.

Una verdadera rebelión solo funciona cuando provoca cambios de fondo.

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El mito de la libertad

La máquina política nos pilló fuera de forma, desactualizados y desprevenidos.

Convencidos de que las libertades ciudadanas estaban grabadas en piedra y eran inamovibles, hemos dado por hecho el goce de ese estatus ideal. Casi sin sentirlo, poquito a poco ha calado el desarrollo –sin pausas- de una ideología divorciada de los fundamentos de la democracia, con los falsos abalorios del bienestar económico y una reformulación de los entes políticos y económicos hacia la concentración casi absoluta del poder, con todo lo que ello significa en pérdida de derechos. 

Hay que reconocer que la estrategia es brillante. Tanto es así, que aquellos partidos políticos de izquierda, tan poderosos a mediados del siglo pasado, se han transformado paulatinamente en clubes sociales en donde se juega el juego de la derecha; aunque no al extremo de perder del todo la identidad, sí lo suficiente para no alterar el marco hegemónico del sistema neoliberal. Este sistema, que amarra con sus recursos a los países dependientes gracias a organismos financieros expertos en el arte de la negociación artera y condicionan incluso sus políticas públicas, ha dirigido durante décadas a los gobiernos desde el anonimato corporativo.

El problema es el cambio solapado de la polaridad. El pueblo ya no manda en nuestros países. De hecho, los gobernantes de extrema derecha han declarado la guerra a la ciudadanía y, con lujo de fuerza y haciendo caso omiso de sus mandatos constitucionales, prohiben a la población manifestar su descontento por los actos de sus gobernantes. Para ello cuentan con la potencia de sus ejércitos y sus cuerpos de policía, entrenados a fondo y con equipo bélico, enviados a apagar de una vez y para siempre el fuego de la protesta ciudadana dejando muy en claro cuáles son las reglas. En esta contienda desigual, la juventud resulta doblemente sacrificada en aras de un nuevo orden de cosas, en donde actuar en conciencia es un delito penado por la ley.

En este escenario de retrocesos, otra de las libertades bajo la bota es la de prensa. La mayoría de medios de comunicación masivos, aquellos de carácter empresarial cuyos intereses se encuentran estrechamente vinculados a los poderes político y económico, callan ante los abusos y se doblegan ante las presiones del estatu quo al cual pertenecen. Ese silencio ha obligado a muchos periodistas éticos a abandonar las grandes salas de redacción para conformar sus propios espacios de comunicación alternativa, asumiendo el riesgo de trabajar bajo la presión de las amenazas, la persecución y los intentos de sacarlos de circulación por medios violentos. En nuestro continente, la cifra de reporteros asesinados por su trabajo investigativo es de terror.

Hoy, la consigna desde la cúpula del poder es mantener silenciado al pueblo, impedirle cualquier forma de ejercicio ciudadano y blindar a los centros de poder con la complicidad de sus aliados en prensa, instituciones religiosas y organizaciones empresariales. Al mismo tiempo, se alinean los canales oficiales para limitar el acceso a las fuentes de información. De ese modo, se cierran espacios con el propósito de conservar un ámbito hermético en donde cualquier acto de corrupción goce de impunidad garantizada y sea fácil cooptar a los entes institucionales. El panorama nos demuestra que nuestros países nunca serán libres en tanto sus instituciones políticas –los partidos, verdadera cocina de la democracia- sean el laboratorio en donde se cometen los peores actos de corrupción, discriminación y abuso, con el único fin de impedir la participación del pueblo en los asuntos de su competencia. 

Hoy la consigna, desde la cúpula del poder, es aplastar al pueblo.

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Las guerras solapadas también son guerras

Los protocolos bélicos han cambiado. Ahora el arma más poderosa es el hambre.

La pandemia solo ha venido a favorecerlos. Ahí están, como pirañas, los grupos de poder marchando victoriosos hacia la apropiación absoluta y definitiva de los mecanismos creados con el propósito de sostener democracias tan débiles como engañosas. Esos mecanismos –llamémosles “institucionales”- en donde se administran la justicia, los derechos humanos, la riqueza de los pueblos y las oportunidades de desarrollo, han caído uno tras otro en manos de las élites económicas y de los conglomerados industriales ante la complicidad de organismos internacionales, supuestos estos a dar un tinte humanitario a la depredación.

No vemos el bosque porque los árboles ya se yerguen imponentes para ocultar la verdadera naturaleza de la devastación y la miseria a la cual han condenado a los territorios y los pueblos. La persecución de líderes, la violencia represiva contra las protestas populares, las tácticas de amedrentamiento contra todo aquel que se levante para denunciar los abusos; y los inconcebibles actos de traición de los políticos en las asambleas representativas de la voz popular, se multiplican a lo ancho y lo largo de este planeta en proceso de destrucción.

¿En qué momento perdimos de vista la trascendencia del ejercicio ciudadano? ¿Cómo permitimos el ascenso de seres tan nefastos y corruptos como quienes gobiernan aquí, en nuestro continente, y en países aparentemente mucho más desarrollados? Esos vacíos, permitidos por pura negligencia, se han ido rellenando gracias a sobornos producto del robo de nuestro patrimonio. El inmenso poder de los más acaudalados de la lista de Forbes no se reduce a la acumulación de capital; ellos también deciden nuestro destino. La muestra más palpable, en estos tiempos, es la negativa a liberar las patentes de las vacunas contra el Covid para hacerlas llegar a todos los rincones del planeta a precios accesibles y al más corto plazo, porque es una veta comercial que multiplica sus ingresos a un ritmo vertiginoso.

Los indicios del no tan nuevo orden de cosas venían dados desde el siglo pasado, cuando los tratados de libre comercio y los términos de las relaciones comerciales bilaterales pasaban primero por los despachos de los grandes consorcios. Ahí se cocinaban las vidas humanas y el destino de los pueblos, ahí se escogía a los dictadores obedientes al poder económico y ahí también se decidía quién vivía y quién no; cuándo invadir y cómo justificarlo, sin que pareciera otra cosa que una acción inevitable en defensa de los valores democráticos. Y ahí, también, se elaboraban los discursos para justificar las masacres de civiles –como “efecto colateral”- en esa carrera frenética para apoderarse de las materias primas necesarias para seguir dominando al mundo.

Hoy el proceso es casi irreversible y la perspectiva no es otra que más hambre para quienes ya lo han perdido todo, pero también para las capas medias a las que aún les sostiene la esperanza de mejores días. Esta guerra solapada y cruel avanza gracias a la fuerza de las armas esgrimidas sin el menor reparo en contra de pueblos indefensos, en contra de ciudadanos indignados pero incapaces de defender lo suyo sin caer en el intento. La farsa de las dictaduras del nuevo orden mundial: esas que aparentan ser lo que no es, pero actúan como lo que son, no tienen ni siquiera la decencia de fingir un carácter humanitario. Ante ellas, y sin ninguna protección desde los organismos internacionales creados para defender los derechos de la Humanidad, terminamos por ceder todos los espacios. Para recuperarlos, no bastará con el acto simbólico pero inefectivo de enarbolar banderas.

El poder económico mundial no tiene rostro, pero sí garras afiladas.

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Los agujeros en la red

Vivimos una época de desafíos nuevos y búsqueda incesante de relaciones humanas.

Este siglo de la tecnología avanzada ha dejado plasmada, más que nunca antes, la vacuidad de ciertas relaciones humanas. En las dos últimas décadas y gracias al mundo digital –ese universo tan próximo y ajeno- se ha impuesto la costumbre de obviar muchos pasos indispensables antes de estrechar lazos de amistad o relaciones sentimentales con quienes no se ha producido un encuentro cara a cara. Esta debilidad en el establecimiento de vínculos afectivos o sociales, con el transcurso del tiempo revela los vacíos implícitos en esa burbuja idealizada, formada a partir de señales difíciles de comprobar y las cuales, en muchos casos, solo reflejan carencias personales.

Las relaciones humanas son complejas y susceptibles de causar auténticas catástrofes en la autoestima y en la visión de nuestra trascendencia y nuestro lugar como miembros de la comunidad. Este es un motivo contundente para comenzar a pasar por el tamiz de la razón muchos de los actos –a veces totalmente irracionales- que impulsan a buscar en otros ese material íntimo capaz de rellenar vacíos existenciales. Con la excusa de la soledad, innumerables personas se aventuran en callejones creados ad hoc en los cuales existe siempre el riesgo de perder de vista cuál es el lugar que corresponde ocupar en estas esferas. Entre redes sociales y sitios de encuentro, hoy más recurridos que nunca por motivo del aislamiento social, suele haber trampas dolorosas para quien no alcanza a descubrir en ellos la verdadera estructura material y lucrativa propia de todo emprendimiento digital, y en donde la mentira es el elemento clave.

La auténtica riqueza de este universo comunicacional, sin embargo, existe. Además de los vericuetos oscuros, hay grandes avenidas llenas de posibilidades y algunas de ellas permiten disfrutar de contactos enriquecedores con seres humanos de comprobado valor. El truco es saber cómo identificarlas y no perderse en un tráfago peligroso por su opacidad. Esto resulta especialmente indicado para niñas, niños y adolescentes conectados al mundo etéreo de la red, carentes de puntos de referencia y de criterio para protegerse de los riesgos. Sin embargo, también muchos adultos caen en esa búsqueda de satisfactores emocionales y sociales perdiendo de vista la importancia de aplicar filtros protectores.

En estos tiempos la soledad, la tristeza, la sensación de impotencia y de pérdida frente a las adversidades hacen mella en lo más íntimo del ser humano. Entonces, su natural impulso es refugiarse en otras personas con similares desafíos y, de ese modo, encontrar un lazo de empatía. Esta búsqueda, sin embargo, reviste riesgos y decepciones con el potencial de hacer más profundo el aislamiento y detonar crisis emocionales especialmente poderosas. Para evitarlo, es indispensable reconstruir la base de la autoestima a través de un proceso íntimo y constante, una valoración de nuestra esencia capaz de blindarnos frente a las inevitables agresiones del entorno. 

El mundo digital no es bueno ni malo por naturaleza. Es un reflejo del mundo concreto con sus verdades y falsedades, con sus ventajas y riesgos. Aprender a navegarlo es un ejercicio complicado que requiere habilidades nuevas, sobre todo cuando se presenta como un recurso inevitable de supervivencia. Por ello es indispensable aprender a leerlo, a distinguir sus trampas y a evitar sus callejones oscuros, pero también a reconocer sus enormes beneficios en la construcción de vínculos sociales y afectivos capaces de ayudar a enfrentar los nuevos desafíos. Este es el reto de los años por venir.

El universo digital es un reflejo de la realidad, con sus fortalezas y debilidades.

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Los lazos dorados

Llega el momento cuando los lazos de amistad profunda se vuelven indispensables.

Las relaciones de amistad son muy complejas. Por eso es difícil juzgar las actitudes de personas que consideramos incondicionales –o creemos deberían serlo- a la luz de nuestras necesidades afectivas. Por lo general, nos preparamos para elegir a las amistades entre aquellas personas capaces de aportarnos algo; para ello fuimos entrenados desde la infancia y rara vez fallamos el objetivo. A partir de esta visión, nos empeñamos por obtener un beneficio emocional o social de esa relación, aunque nunca se llegue a plantear como un asunto de conveniencia.

Al desarrollarse la amistad e ir descubriendo, según su dinámica, aspectos nuevos que no estaban ahí originalmente, vamos seleccionando a las amistades que mantienen un nivel aceptable de compatibilidad con nuestras expectativas y forma de ser o, en el peor de los casos, con las exigencias de nuestro entorno social. Sin embargo, con alguna frecuencia terminamos decepcionados. En especial, cuando actuan al margen del conjunto de reglas impuestas al inicio de la amistad para dar cierto ordenamiento al juego. Reglas que, en algunas circunstancias, nos arrogamos el derecho de transgredir unilateralmente, quizás por creernos dueños de la relación, amos y señores de los sentimientos compartidos. En otros casos, las viejas normas han perdido vigencia con el correr del tiempo y la adquisición de nuevas experiencias, provocando una escisión profunda que culmina con un alejamiento definitivo.

Lo que a veces lamentamos en los amigos es algo que refleja nuestras propias carencias: un acomodo emocional según el cual, ese equilibrio entre fortaleza y debilidad, dependencia e independencia, empatía y manipulación, se rompe y pierde todo su significado, igual como sucede en las relaciones amorosas. Esto hace que la amistad –ese lazo dorado tan indispensable en nuestra vida- dependa de ese balance de mutua conveniencia en donde cada quien recibe la satisfacción de un vínculo capaz de sobrevivir a los inevitables cambios a lo largo de los años, anclado en la lealtad y el amor incondicional.

Pero muchas veces ese refugio de seguridad construido con tanta confianza se rompe y, cuando ese quiebre se produce, provoca un dolor de pérdida semejante al de la muerte: una especie de traición capaz de devorar la estabilidad emocional y socavar cualquier posibilidad de reparación. Esto, porque nuestras expectativas del otro son siempre extremas y, por lo general, ajenas a los delicados entresijos y a las debilidades propias de la naturaleza humana. En muchas ocasiones –tal vez, la mayoría- esos lazos dorados de la amistad son infinitamente más sólidos que los vínculos familiares y representan una base casi perfecta sobre la cual se sostienen nuestras necesidades afectivas y en donde se desarrolla una gran parte de nuestra valoración como seres humanos.

En estos tiempos de extrema inestabilidad, cuando estamos enfrentados a situaciones absolutamente inéditas y con el poder de alterar nuestra visión del futuro, la amistad –la verdadera- juega un papel fundamental en la reparación de nuestros quiebres emocionales. A veces mucho más que cualquiera otra relación, ese refugio de confianza y apoyo compartido encarnado en las amistades profundas –sobre todo aquellas de larga data capaces de sortear todas y cada una de las amenazas implícitas en todo vínculo afectivo- constituye una tabla salvavidas cuyo inestimable valor no podemos ni debemos ignorar. 

Revalorar y cuidar esos lazos significa mucho más que una simple revisión de la relevancia de nuestras prioridades sociales. Representa un valioso oasis en medio de este caos. 

La amistad verdadera representa mucho más que una mera relación social.

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Los hijos de la guerra

Somos herederos de un sistema violento y deshumanizante del cual ignoramos casi todo.

La gran contradicción de nuestros tiempos es cómo, a pesar de la globalización, el acceso a la información y a los sistemas de comunicación eficientes y accesibles, los pueblos se encierran en la protección de su entorno cotidiano y, de manera progresiva y con profundo escepticismo, van perdiendo la capacidad de reflexión y análisis. Quizá esta es una de las consecuencias de la degradación ética y moral de las organizaciones políticas, pero sobre todo es resultado de las estrategias de inteligencia impuestas desde el extranjero, cuyo objetivo es entorpecer la participación popular en decisiones que le competen y centralizar estas en función de otros intereses. 

Desde siglo pasado, la eliminación de líderes carismáticos y comprometidos con el desarrollo de sus pueblos fue ganando impulso en los países latinoamericanos al extremo de cercenar los movimientos populares, abriendo paso a las más crueles dictaduras y obstaculizando cualquier intento de independencia de nuestros países. Al mismo tiempo, y mientras el imperio estadounidense daba un golpe de puño sobre la mesa para imponer sus intereses y los de sus consorcios, los gobernantes corruptos recibían prebendas y se les abrían las bóvedas de los bancos del primer mundo para depositar en ellas la riqueza de los pueblos.

La capacidad ciudadana para intervenir en la toma de decisiones trascendentales, de las cuales depende su presente y su futuro, fue derivando en una peligrosa apatía que permitió el traspaso de bienes públicos hacia grupos empresariales que se enriquecieron de manera grotesca con su explotación. De ese modo, se consolidaron tanto la debilidad de los Estados como el poder de los grupos económicos, favorecidos gracias a su influencia en los ámbitos político y judicial. A partir de ello, todas las políticas públicas se asociaron al nuevo sistema y, bajo la consigna de un nuevo modo de concebir el desarrollo –un neoliberalismo tropicalizado- perdieron terreno la educación, los sistemas de salud pública y las iniciativas de protección del territorio y sus riquezas.

Este nuevo modelo ha intentado apagar –con métodos violentos y también solapados- la chispa de resistencia que todavía brilla en algunos pueblos del continente. Muchos de los gobiernos, instalados en el poder por obra y gracia de los fondos recibidos de quienes se han beneficiado de la corrupción y del crimen organizado, han regido a nuestros países de manera ilegítima aunque legal –gracias a la manipulación legislativa- y han terminado por degradar hasta la idea misma de una democracia real, participativa e incluyente.

Somos hijos de la guerra. De una guerra cruel y solapada que ha condenado a las dos terceras partes de la población de nuestro continente a una miseria injusta, a la desnutrición crónica y a la pérdida de su dignidad humana. Esta masacre lenta y progresiva se ha perpetrado gracias a la eliminación física y moral de los verdaderos líderes populares; de aquellos hombres y mujeres que han puesto el pecho ante las balas y no han retrocedido ante las tácticas de desinformación y desprestigio elaboradas y divulgadas por quienes se han apropiado de nuestras tierras y de nuestras vidas. 

Los discursos populistas de las campañas que hoy culminan con elecciones de nuevos líderes en algunos países del continente no han cambiado en más de un siglo: son los cantos de sirena de un sistema deshumanizado cuyo poder se consolida a pasos agigantados, confiado en la certeza de que a la ciudadanía le han quitado todo: el último aliento de esperanza y el último arresto de rebeldía.  

El discurso populista no ha cambiado: es la mentira institucionalizada.

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La mujer violada

De mis archivos, publicado en Enero de 1998.

Los patrones culturales llevan a justificar al criminal y no a mostrar empatía hacia la víctima. 

            Pocos crímenes se prestan a tantas interpretaciones como la violación de una mujer. Este acto de violencia, humillación y sadismo, practicado por millones de hombres en todos los puntos del planeta, representa la manifestación máxima del machismo y, por lo tanto, es analizado o juzgado de acuerdo a los patrones estereotipados de la cultura patriarcal.

            Basta con analizar las reacciones de sociedades fundamentalmente conservadoras a un hecho criminal como la violación de una mujer o de varias, como sucede con frecuencia en nuestro medio, para constatar que el hecho en sí pierde paulatinamenter sus características de acto criminal al experimentar la manipulación conceptual de quienes actúan y piensan bajo el signo de sus patrones culturales y de una matriz valórica cuya fuerza ha distorsionado los principios fundamentales de la convivencia y el respeto entre los sexos.

            Una sociedad basada en estereotipos sexistas y actitudes moralistas rara vez se identifica con la víctima. Los patrones culturales la llevan a justificar a quien comete el crimen y no a mostrar empatía hacia quien lo sufre. 

            Su propia formación, dentro de la cultura en donde nos hemos desarrollado, conduce a justificar la violación. Y no cabe duda de que al encontrar más de un argumento que permita encontrar alguna razón que minimice el delito cometido, simultáneamente encuentra múltiples motivos para creer que la víctima no lo es tanto y en ella reside una parte importante de la responsabilidad.

            Entre tanto estereotipo e ignorancia, una de las peores es la afirmación de que la violación es un “atentado al recato” de una mujer. Una mujer no tiene por qué ser recatada. Podría no serlo, y el crimen cometido en su contra continuaría siendo el mismo. Es decir, que cuando se intenta analizar una violación desde el punto de vista de la cultura machista, se pretende hacer creer que existe una agresión a la moral femenina… a la integridad no sólo física, sino también espiritual, entendiéndose con eso que la mujer-víctima tiene que ser pura y virgen para ser víctima.

            Nada más falso y nada más deformante. La violación es un crimen, sea cometido contra quien sea. Es un crimen, además, que vulnera en lo más íntimo la autoestima, la integridad física y psicológica de la persona y nada tiene que ver con su experiencia sexual previa ni con su edad o su estilo de vida.

            Es lamentable que personas de un cierto nivel cultural pretendan hacer creer que es más condenable el crimen si es cometido contra una adolescente virgen que contra una mujer madura. No es extraño que, a raíz de la machacona insistencia sobre esas falacias, la mujer violada prefiera callar antes que enfrentar la condena general, que tiende a ponerla en tela de juicio a ella antes que al hechor.

            ¿Qué sucede, entonces, cuando una prostituta denuncia una violación? La respuesta es obvia. Sin duda las autoridades, siempre ubicadas en su papel de juzgadores, dirán que la cosa no es para tanto, dada la experiencia de la víctima.

            En otros aspectos, la violación continúa efectuándose una y otra vez en los procedimientos a los cuales se somete a la mujer agredida para reunir elementos que permitan enderezar una acusación formal contra el agresor.

            La mujer violada, después de haber sufrido un vejamen que la sume en una profunda crisis emocional y física, es obligada a exhibirse, desnuda y vulnerable, ante extraños que la examinarán basados en el principio de la duda. Es decir, si no se deja humillar esta segunda vez, existe la presunción de la mentira y cualquier intento de acusación cae por falta de evidencias.

            Luego, como si esa vejación no fuera suficiente, es la víctima quien debe volver a relatar el hecho y dar detalles de su propia pesadilla ante un auditorio que la observará esperando la contradicción o el tropiezo que brinde la oportunidad de dudar nuevamente.

            Así, la mujer es violada sistemáticamente una y otra vez. Ante las autoridades, ante los medios de comunicación, ante el público, ante sí misma. Indefensa, se somete a los procedimientos legales diseñados por quienes no tienen ni desean tener, obviamente, una idea lejana de lo que es ser víctima de un acto tan abominable, esperando que se haga justicia.

Sobre el arrepentimiento…

De mis archivos, publicado en Diciembre de 1998.

Para que exista un perdón verdadero,  también debe serlo el arrepentimiento. Es, por lo tanto, muy difícil establecer cuándo los sentimientos y actitudes de los involucrados coinciden en una auténtica superación del resentimiento.

Vuelvo al cobijo tranquilizador del diccionario, para confirmar mis sospechas. Ahí dice que cuando uno se arrepiente de algo, es porque le pesa haberlo hecho. Entonces, partiendo de esa idea, se podría suponer que el arrepentido no sólo lamenta su proceder, sino que, en parecidas circunstancias, no volvería a cometer el acto del que se arrepiente. Para hacerlo más fácil: el sujeto se descalifica a sí mismo en aquello que lo lleva a arrepentirse. 

Me gustaría saber cuántas personas que piden perdón han experimentado ese sentimiento. Creo que no muchas. Al final de cuentas, ni siquiera la educación religiosa ha logrado que los feligreses, al confesar sus pecados, se arrepientan efectivamente de ellos. No les preocupa mayor cosa volver a cometerlos porque, después de todo, existe el alivio del perdón, garantizado por la confesión.

Si estamos acostumbrados a mentir a niveles espiritualmente elevados, con mayor razón somos capaces de mentir a nuestros semejantes, si con ello se nos asegura que no habrá más represalias por aquellos actos con que los agredimos.

El arrepentimiento no debería estar condicionado por la severidad del castigo, sino por una auténtica toma de conciencia respecto a los errores cometidos. Es ahí donde se complica el perdón. Para que todo el proceso –arrepentirse, pedir perdón y perdonar- logre el objetivo final de la reconciliación, es absolutamente imprescindible que se cumplan sus etapas y no respondan únicamente a una estrategia política.

Por lo tanto, podríamos afirmar que el arrepentimiento –condición previa indispensable para alcanzar el perdón- también es un acto individual e íntimo, que no responde más que a un examen de conciencia que da como resultado el rechazo de una o varias acciones personales.

Cuando se trata de restaurar la estructura rota de una sociedad marcada por la violencia, integrada por vecinos que desconfían unos de los otros, es aún más importante que esa cadena esté firmemente afianzada antes de cantar victoria y declarar que se ha producido la reconciliación. De otro modo, la paz será frágil y la estabilidad continuará siendo un sueño irrealizable. 

Para complicar aún más el asunto, es necesario tomar en cuenta cómo las sociedades modernas del tercer mundo, han sido condicionadas por una ética basada en los intereses económicos de las potencias de las cuales dependen. Estas son las que, a la hora de los conflictos humanos provocados por sus muy colonialistas políticas, sólo se preocupan por salvar su reputación y abandonan a sus aliados a su suerte, dejándoles el peso de la reconstrucción de sociedades que sufren las consecuencias de sus intervenciones y, en algunos casos, colocándose incluso en el lado contrario del estrado desde donde juzgan, cual severos y prepotentes jueces, el producto de su propia invención.

Los comediantes

Publiqué esta columna en Abril de 1998, pero nunca tan actual como hoy…

La comedia social es el único referente que tenemos a mano para compararnos unos a otros.

             No es exclusivo del sector político. También lo encontramos en los ámbitos académicos, en la calle y, sobre todo, en la vida cotidiana. Es una máscara que nos colocamos para relacionarnos con los demás, y que responde -a veces, con una precisión sorprendente- a lo que deseamos proyectar.

            No existe ser humano social que no haya aprendido, desde la infancia, a utilizar una amplia colección de disfraces que le permitan identificarse con el papel que representa en cada momento de su vida. Generalmente, los escogemos entre aquellos que nos quedan amplios y que nos permiten ocultar los defectos con mayor holgura.

            Existen disfraces de rectitud y honestidad, para los que hay una amplia demanda en determinados grupos de la sociedad. Otros, representan la inteligencia y el talento. Los más, sólo se limitan a imitar las cualidades propias de la burguesía, y nos hablan de conductas apegadas a la tradición y a doctrinas inmutables. Pero en su mayoría, son sólo eso: disfraces para integrarse con mayor facilidad a una sociedad de comediantes.

             Esta necesidad de aparentar lo que no somos, es uno de los factores que nos inhabilita moralmente para juzgar a los demás, deporte que practicamos sin limitación ni escrúpulo alguno, sin haber agotado los medios de análisis y despreciando por completo la necesidad de realizar una prospección objetiva y cuidadosa de la situación sobre la que pretendemos emitir una sentencia, antes de darnos el lujo de abrir la boca.

            Pero más que nuestro papel de juzgadores empíricos, lo que nos distingue es esa manía de aparentar lo que no somos, y peor aún, aparentar que creemos que los demás creen que lo que aparentamos es real. Y los demás, a su vez, aparentan que nuestra manía de aparentar es -no un problema psicosocial- sino una elevada característica de nuestra muy personal personalidad.

            Así nos vamos enredando en apariencias que, a la larga, todos pretendemos confundir con valores humanos y que no son más que pantallas que ocultan precisamente la carencia de esas cualidades tan propias de nuestra especie.

            La trampa está en que la sociedad va tropezando en sus propias mentiras, y va creciendo en función de lo que no es real, y de lo que nunca significará un avance en su desarrollo. En otras palabras, todo lo que consideramos evolución de la humanidad es, en realidad, un proceso de distanciamiento acelerado entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, y las virtudes morales nada tienen que ver en el proceso.

            Sería mucho abundar en ejemplos, citar los escándalos de conducta en que han incurrido líderes políticos y religiosos en los últimos…. digamos, cinco años, apenas. Tampoco es necesario insistir en el doble discurso, en la inmoralidad de los moralistas ni en la venalidad de los administradores de justicia. Eso es un tema ya viejo y digerido.

            Lo que sí vale la pena destacar es cómo nos esforzamos en entrenar a los nuevos integrantes de la comunidad. Aquellos que vienen llegando, con su mente abierta y los ojos limpios, y que obviamente aprenderán todo aquellos que nosotros les inculquemos, sin oponer demasiadas objeciones, porque no poseen elementos de juicio para efectuar comparaciones.

            Su enfrentamiento con las  contradicciones de nuestro marco valórico empezará cuando ya se hayan empapado de la doble moral, del lenguaje sexista y de los estereotipos que nosotros ya manejamos con plena soltura y que rige, casi sin sentirlo, todo el universo de relaciones, desde las profesionales hasta las íntimas, sin dejar nada expuesto a la luz incómoda y enceguecedora de la verdad.

            La comedia social es el único referente que tenemos a mano para compararnos unos a otros. Es decir, sólo podemos comparar la máscara del gran ejecutivo con otra máscara igual de gran ejecutivo. Nunca sabremos cuál es, efectivamente, el gran ejecutivo, si es que hay uno. Lo mismo sucede con los artistas de talento, aunque hay que reconocer que en el campo del arte es más complicado esto de simular cualidades inexistentes, que en el mundo de la política o de las finanzas.

            Pero donde todo se deforma, es en la relación diaria, en el discurso que se repite machacando lo que creemos que debemos ser, aceptando ciegamente la careta que los demás nos exigen usar para poder seguir creyendo en las confortables apariencias.  

Maximón

(Publicado en Agosto de 1998)

En mis andanzas por la magia del altiplano…

            Caminamos un rato por el laberinto de casas irregulares, sobre un suelo de tierra extrañamente desigual. Era como si nunca hubieran intentado aplanarlo. Grandes piedras surgían por aquí y por allá, rompiendo la regularidad de la cami­nata y amenazando con torcernos los tobillos.

            Finalmente, alguien nos indicó la casa. Una como otra cualquiera. Metida hasta el fondo en un terreno plano, a veinte centímetros bajo el nivel de la calle. Eso era lo que la hacía parecer tan cha­parra. La precedía un patio delantero, donde correteaban unas gallinas que de­saparecían por las puertas oscuras donde se adivinaba la actividad domés­tica. Era temprano, pero ya había olor a masa y a comal caliente.

            No vimos ninguna señal que hiciera sospechar que allí estaba el san­tuario. Excepto, quizás, los vendedores que se habían instalado alrededor  y que ofrecían candelas de colores, relicarios de trapo, ataditos de papel celofán con semillas y polvo de ajo, botellas con líqui­dos y ungüentos (sospechosos de ser mágicos), montones de estampitas del santo en­marcadas en latón con volu­tas y adornos de plástico, en todos los tama­ños y ramitos de xilca para la limpia.

            A la entrada, sobre una banca de madera desvencijada que había pasado ahí mismo unos cuantos inviernos, dos hombres del pueblo que apenas habla­ban español, nos indicaron con la cabeza que teníamos que avanzar por un corre­dor de tierra apisonada, techado de ma­zorcas que daban al sitio un tono dorado.

            Poco antes, nos habían pedido dos quetzales por persona, quizás porque nuestra cara de extranjeros los había hecho sospechar que nuestro com­promiso espiritual no sería con el santo. Para los locales, es gratis.

            El culto de Maximón no es cual­quier cosa. Abundan las versiones sobre su origen y su connotación pa­gana, pero eso en nada disminuye la enorme in­fluencia que ejerce su presencia sobre los habitantes del altiplano. Creen en él, y le temen. Tejen a su alrededor toda un aura de misterio y poderes que compiten con ventaja contra aquellos de los santos tra­di­cionales, y le confían sus más recón­di­tos pensamientos en quekchí, cakchi­quel, mam o español, que no im­porta porque entiende de todo.

            El cuarto se reducía a cuatro pare­des y una ventana muy pequeña al fon­do. Por la misma puerta por la que en­tra­ba la gente, apenas salía el humo que inva­día el recinto y hacía el aire irres­pirable y la atmósfera irreal.  

            Sentado en una silla de madera, Maximón dominaba la escena. Vestido con su precioso traje de Zunil, soportaba impertérrito el chorro de invocaciones que salían de los labios de sus feligreses. Asistía a este su culto intenso con una naturalidad que subrayaba aún más la carga emocional que invadía la estancia.

            Es frecuente que junto a Maximón se vean más mujeres que hombres. Esa mañana también. Fumando puros, toman­do guaro, quemando candelas y todo eso al ritmo de la cantilena inter­minable de sus dolores y sus angustias y totalmente aje­nas a nuestra presencia que, a estas altu­ras, era más bien una burda intromisión.

            A pesar de que recién comenzaba la mañana, el suelo ya estaba cubierto de cera de roja para el amor, blanca para los niños, azul para la prosperidad, verde para el trabajo, negra para los maleficios, amarilla para la salud. Y nosotros, ex­traños y con la in­cómoda sensación de violar un espacio ajeno, parados en un rincón, aspirando el humo mezclado de vapores de aguardi­ente que volaba por sobre los hombros de los fieles, éramos testigos mudos con los ojos irritados y la piel er­izada de tanta magia, de tanta fé, de tanta intensidad…

            No, no se puede decir que las tradiciones mueren por inanición. Al menos, no todas. No después de haber entrado al santuario de Maximón y haber presen­ciado su modesta pero contun­dente manifestación de poder.

El plan de gobierno

A estas alturas, es preciso comprender que los gobernantes tienen planes definidos.

Acorralar a la población como hace el presidente guatemalteco, y crear un caos artificial en la administración de las pocas vacunas disponibles porque, pese a tener los recursos, el Estado ha sido incapaz de proveerse, no parece ser un mal manejo de la situación sino una hábil estrategia, diseñada para permitir al gobernante seguir enriqueciéndose a costa de la vida de sus conciudadanos y, de paso, pagar la deuda a los financistas de su campaña. En días recientes se han visto las imágenes de cientos de adultos mayores haciendo fila durante más de 6 u 8 horas, bajo un frío intenso, para tener acceso a la primera dosis. Frustrados y dolidos por semejante trato, muchos han regresado a su hogar sin vacuna y sin explicación.

Estas imágenes han impactado a la sociedad –aunque todavía no la motivan a reaccionar ante semejante abuso- pero sí la convencen de la supuesta ineficacia del Estado en el desarrollo de los planes de vacunación presentados por el ministerio de Salud de ese país. Sin embargo, piensa mal y acertarás: el verdadero objetivo del caos es allanar el terreno para permitir la administración de las vacunas desde el sector privado, cuyos más conspicuos representantes ya se restriegan las manos viendo cómo se hace posible ese próspero negocio. 

El presidente ha sido, en sus 14 meses de gobierno, un ejemplo vivo de la más abyecta sumisión ante el sector empresarial organizado, desde donde se delinean los caminos más tortuosos para convertir al país en un despojo institucional, carente de certeza jurídica y en manos de una burocracia improvisada y corrupta. Con la pandemia en pleno desarrollo y sin salvaguardas sanitarias ni de apoyo a los sectores más afectados, resulta inconcebible la permanencia del mandatario en un puesto de tanta responsabilidad. Sus acciones durante el año transcurrido han revelado su total desconexión con la realidad nacional, pero sobre todo su férreo compromiso con quienes continúan, desde tiempos de la Colonia, apoderándose de todas las riquezas nacionales. 

Sin embargo, no ha sido el único en hacer todo lo posible por regalarle los recursos estatales al sector privado. Esa clase de saqueo ya se había perpetrado con éxito, privatizando cuanto servicio público quisieran los empresarios: la línea aérea, la telefonía, la distribución de energía, la banca estatal, el ferrocarril… Todos estos recursos –o por lo menos aquellos que sobrevivieron- pasaron de la “ineficiencia estatal” a una prestación de servicio cara, poco eficiente y monopólica, la cual tampoco significó un beneficio para la población. 

Adjudicar a la administración actual todos los problemas que afectan a la ciudadanía no es totalmente justo. En Guatemala, la secuencia de gobernantes ha sido fatal desde el regreso al sistema democrático; y las trampas legislativas -con la ley electoral y de partidos políticos a la cabeza- han impedido de manera solapada y certera la participación política desde las bases mismas de la sociedad. Gracias a leyes casuísticas, cada cuatro años es posible observar la feria de oportunidades para individuos mediocres, pero cargados de recursos provistos por el empresariado organizado y, recientemente, también por las organizaciones criminales (narcotráfico, contrabando y tráfico de personas), quienes gobiernan desde las sombras.

Esta es la realidad de un Estado fallido. Por eso, cuando se imprime en la conciencia colectiva la farsa de la “ineficiencia del Estado” y se pavimenta de ese modo el camino para mayor enriquecimiento de las castas económicas, se apuñala una vez más a esa población cautiva de la mentira y del despojo.

La repetición de la mentira acaba por convencer al pueblo.

AUDIO:

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