Fábulas de un gallinero

Era la más suculenta y todos querían apoderarse de ella. Era la gallina de los huevos de oro.

Entre errores y palos de ciego, el virus invisible y mortífero se fue deslizando, sin mayores obstáculos, por todos los resquicios de este enorme patio de gallineros en donde vivimos, gracias a la oportuna confusión de los ignorantes mandamases del lugar. Digamos que están confusos ante este enemigo que nadie logra capturar, porque afirmar que lo hayan introducido a propósito –aunque algo de eso se rumora en algunos círculos- constituye una afrenta contra el buen espíritu y la transparente conciencia de los amos del planeta, lo cual ha sido aclarado ante los medios en un tono de justa indignación. En fin, el asunto es que ahora ya nadie está fuera de peligro. El bicho innombrable logró introducirse sin mayor problema hasta en las cortes celestiales y mandó a la cama a príncipes y ministros, pero también a millones de aves menos afortunadas.

El gallo más altanero e impertinente aprovechó su gran influencia y, aunque la prensa no le soporta sus arrebatos, consiguió suficiente audiencia para emitir con absoluta seguridad toda clase de hipótesis, a cual más descabellada. Comenzó afirmando su convencimiento de tener información fidedigna sobre el origen del mal y luego prometió una vacuna “exprés” para antes de fin de año. Es decir el bicho, según este arrogante plumífero, tenía su origen en un gallinero enemigo por allá muy lejos de sus territorios. Después lo negó, pero el daño ya estaba hecho y todos repitieron el cuento hasta cansarse, a pesar de los esfuerzos de otros gallos más sabios para detener especulaciones peligrosas y la maledicencia de las cortes. Sin embargo, poco a poco y en una confusión absoluta, los gallitos menores comenzaron a repetir las consignas del gallo mayor y en todos los gallineros reinó una total confusión porque nadie sabía con certeza cuál era el camino a seguir.

A todo esto, las pobres aves habitantes de los niveles inferiores de los gallineros, comenzaron a darse cuenta de que pasaba el tiempo y nadie sabía con certeza qué hacer para parar los contagios y salvarse de morir asfixiadas. Las encerraron, separaron a las contagiadas, ordenaron el confinamiento con horarios estrictos, las obligaron a cubrirse el pico y les impidieron salir a comer. Nada de eso funcionó y, entonces, preocupados los mandamases por la pérdida de ingresos, relajaron las restricciones pero sin haber investigado si servían de algo o no. En fin, que pasaron los meses y no había manera de saber cómo manejar la crisis.

A todo esto, los más ricos y poderosos empezaron a perseguir a la gallina de los huevos de oro: la vacuna. Conscientes de la importancia de esa faena, no dudaron ni un instante en establecer tratos e iniciar conciliábulos para negociar los beneficios más ventajosos de esa prometedora empresa. Que siguieran cayendo los pollitos y las ponedoras no representó preocupación alguna para estos grandes emprendedores, quienes vieron en la fabricación de la vacuna el negocio del siglo y decidieron agenciarse la exclusividad y, por supuesto, con ella los enormes beneficios de este posible y trascendental descubrimiento.

En fin, la vacuna inexistente ya ha causado revuelo de plumas por aquí y por allá con la promesa de una inmunidad no garantizada y la cual ¡qué duda cabe! será tan cara como para resultar inaccesible a las capas pobres. Así las cosas, es fácil deducir cómo serán los meses futuros y quizá los años venideros mientras los gallos más gallos se siguen recetando todos los privilegios gracias a que tienen -y siempre han tenido- la sartén por el mango.

Las capas más pobres serán siempre las más desprotegidas.

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Callar y obedecer

El tiempo transcurre y seguimos sumidos en una total incertidumbre.

El confinamiento impuesto para controlar la peor pandemia de la historia moderna ha cercenado de tajo nuestras libertades esenciales, cercándonos con un muro de imposiciones surgidas desde centros de poder, los mismos que hace apenas unos meses eran objeto de fuertes manifestaciones de protesta a lo largo y ancho del planeta. A decir verdad, el ataque de este virus desconocido y aparentemente indestructible ha venido a crear un estado de impunidad muy conveniente para aquellos gobiernos que hasta no hace mucho vacilaban en la cuerda floja. Esto, sin embargo, no es nuevo; las tragedias y catástrofes, naturales o no, han servido siempre como excusa para facilitar el acceso a mecanismos extremos de poder político a individuos y grupos cuyo desempeño, tarde o temprano, les hubiera costado la pérdida de autoridad.

Nuestra realidad se ha reducido de pronto a callar y obedecer, no importa cuán desatinadas sean las órdenes superiores dictadas e impuestas por medio del miedo y la represión. En la mayoría de nuestros países, a la población se la acorrala y reduce a una obediencia humillante mediante la fuerza de las armas, con ejércitos patrullando las calles y policía agrediendo sin compasión a los más pobres, premunidos de una autoridad capaz de transformar en delito actos tan elementales como la búsqueda de medios para sobrevivir. De modo inexplicable, el simple hecho de salir de casa es hoy un acto subversivo merecedor de un castigo ejemplar; y, aún cuando el confinamiento sea una medida acertada y necesaria para detener la pandemia, el modo de imponerlo ha significado, en muchos países, la abolición –mediante la violencia- de derechos garantizados por la Constitución y las leyes.

Callar y obedecer parece ser la consigna del momento. Por un razonamiento lógico (detener los contagios y evitar la pérdida de vidas humanas) se mantiene a la ciudadanía incapacitada para disentir y se la deja a merced del criterio de otros, quienes decidirán su vida y su futuro. En realidad y fuera de toda lógica, los sectores más poderosos, es decir, esos “otros” que han atrapado el poder mediante la corrupción y el pillaje, han logrado el estatus soñado: tener a la sociedad en un puño.

Si hay algo más peligroso que un virus mortal, es el miedo y la desinformación, capaces de anular la capacidad de las personas para retomar las riendas de su libertad y decidir sobre su vida. Callar y obedecer es hoy y ha sido siempre una mordaza amarga impuesta a lo largo de la historia. Es un precepto capaz de debilitar de golpe las bases de las democracias incipientes y largamente anheladas por los pueblos latinoamericanos, tras innumerables golpes de Estado y atentados constantes contra los derechos humanos, políticos y económicos.

Callar y obedecer es lo que ha incapacitando a grandes sectores por medio de la explotación y la pobreza, impidiéndoles acceder al conocimiento y transformando las leyes en instrumentos propicios para obstaculizar su derecho a la participación ciudadana, activa y consciente. Callar y obedecer es la anti democracia por excelencia y el virus la impone con todo su poder letal, amparándose en el miedo a la muerte pero, sobre todo, en esa sensación de impotencia ante la capacidad de otros para apoderarse de nuestro destino. El silencio y la obediencia, después de todo, son producto de esa larga secuencia de abusos a los cuales estamos tan acostumbrados como para seguir eligiendo a lo peor de la oferta política para administrar nuestro presente y empeñar, con total descaro, nuestro futuro.

A medida que el silencio se impone, nuestros derechos retroceden.

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A través de la ventana

La nueva experiencia de un encierro obligado comienza a hacerse sentir.

En el principio, todo fue alarma sin mayores perspectivas. Hoy, después de tantas semanas de confinamiento, se comienza a sentir la diferencia hasta en los huesos. Todo aquello que dábamos por sentado: las infinitas posibilidades de hacer cosas, de movernos por el mundo –aunque no lo hiciéramos, pero ahí estaba, en potencia- de salir de casa, de pronto nos fueron cercenadas por un bicho microscópico y por una cúpula de autoridades cuyo poder no ha sido suficiente como para reunir el conocimiento y la sabiduría necesarias para enfrentarlo.

La frustración y las carencias para las mayorías están socavando la moral ciudadana. No bastan las medidas aparentemente humanitarias de algunos de los países más desarrollados para enfrentar el empobrecimiento repentino de sus trabajadores. Solo son paliativos que no llegan a las raíces del problema y no cambian en nada la situación de millones de familias sin perspectivas de empleo y con deudas impagas, esperanzadas en una cura milagrosa o en salir indemnes de esta pesadilla.

Hoy tenemos la obligación de destruir los estereotipos con los cuales hemos vivido en un ámbito íntimo de falsa seguridad, para construir todo un nuevo sistema de valores, empezando por la erradicación de ese clasismo inveterado, inyectado a la fuerza en nuestro subconsciente y disfrazado de “buenas costumbres”. Es algo así como regresar con el pensamiento a la escuela primaria y aprender todo de nuevo con un silabario en donde no existen categorías.

Este artículo lo escribí ayer: el Día de la Madre. Mientras navegaba por las redes y leía los mensajitos de WhatsApp llenos de buenas intenciones, no podía menos que pensar en el nuevo escenario que nos plantea esta pandemia. Millones de mujeres alrededor del mundo expuestas a la violencia machista y a embarazos no deseados porque, en estas condiciones, los pocos avances en derechos sexuales y reproductivos quedan prácticamente anulados. El romanticismo alrededor de un día más destacado por su valor comercial que por su naturaleza intrínseca resulta, por lo tanto, destrozado por una realidad cruel y concreta.

Una de las sensaciones más potentes en esta experiencia desconocida es una progresiva pérdida de la realidad y una peligrosa caída en un estado depresivo solapado y oscuro, algo así como si tuviéramos una pesada capa que no podemos sacudirnos de encima. Si esto se produce en personas razonablemente saludables y con recursos de supervivencia, imaginemos a una madre soltera con un número inmanejable de hijos, desprovista de un ingreso fijo y enfrentada a una situación tan injusta. Es en esa situación de vulnerabilidad extrema en donde vemos el retrato de nuestra nueva condición.

No importa cómo salgamos de esto. Nunca seremos los mismos porque el virus nos enseñó por las malas a entender la relación tan precaria con nuestra naturaleza, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Echamos una mirada a través de la ventana y observamos a nuestros vecinos por primera vez con un sentimiento de solidaridad porque, no importando quiénes sean ni cuánto posean, estamos emparentados frente al misterio de un futuro desconocido, manejado desde las alturas por unos seres también desconocidos.

Aprovechemos el tiempo para reconstruirnos –de adentro hacia fuera y sin compasión- con los elementos residuales del feroz ataque contra nuestra cotidianidad; al final del día, contamos con la capacidad siempre poderosa para reinventarnos y hacer frente a las carencias. Quizás sea esta la oportunidad para salir fortalecidos y triunfantes.

Aprovechemos esta vez la oportunidad para reinventarnos.

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El demonio en casa

La violencia doméstica, esa amenaza adicional contra miles de niños, niñas y mujeres.

Un solo golpe en la puerta tiene el poder de transformar una sensación de paz y seguridad en un ataque de pánico. Así ha de haber sucedido en Quilmes, Argentina, en donde de acuerdo con las revelaciones de una jueza de ejecución penal se conoció la liberación de 176 violadores en una cárcel de esa localidad. Ante esta aberración judicial es casi imposible imaginar los sentimientos de las víctimas al enterarse de la liberación de quienes las agredieron, pero además la impotencia de la población al enterarse de tan absurdo hecho y constatar cómo, quienes están supuestos a garantizarles un entorno seguro en medio de la pandemia, han ignorado con tal desprecio la necesidad urgente de protección de niños, niñas y mujeres en situación de extrema vulnerabilidad y, por lo tanto, abandonadas a su suerte.

En plena cuarentena, con estrictas restricciones de movilidad y con las instituciones del Estado enfocadas en controlar los efectos de la pandemia, se han disparado alrededor del mundo los indicadores de violencia doméstica, en cuyo rápido incremente desde el inicio de la cuarentena se demuestra la persistencia de la desigualdad de género en el goce de derechos, pero también la escasa capacidad de los organismos de seguridad para brindar protección a las potenciales víctimas. De hecho, este fenómeno revela de manera indiscutible la falta de solidaridad y conciencia humanitaria de los entes políticos, judiciales y policíacos cuyas decisiones dejan a niñas, niños y mujeres a merced de sus agresores mientras a estos les ofrecen garantías de impunidad.

La violencia doméstica es una práctica nefasta que permea a la sociedad de punta a punta. Gracias al aura de permisibilidad auspiciada por las doctrinas religiosas y por el sistema patriarcal instaurado desde los centros de poder económico, social y político, se ha condenado a las mujeres de manera tan injusta como perversa a tolerar un esquema de sumisión y marginación solapado y lleno de trampas morales, erigiendo en torno a ellas y a sus hijos todo un entarimado de obstáculos para impedirles –usando para ello violencia extrema- el goce de sus derechos.

El resultado ha sido un muro de obstáculos establecido por el sistema, contra el cual luchan de manera sostenida movimientos feministas y de derechos humanos cuya labor ha quedado grabada en la historia de la Humanidad. En el interior de los hogares, sin embargo, las posibilidades de defensa y protección contra las violaciones sexuales, el maltrato físico, psicológico e incluso económico, se topan con los estereotipos de género grabados a fuego en la mente de las víctimas, cuya formación las condiciona muchas veces a aceptar sin discutir la preeminencia de la autoridad masculina y la sumisión absoluta ante sus dictados.

A ello, contribuye de manera implícita la actitud de los entes institucionales ante las denuncias por violación y agresiones, la cual muestra de modo tajante la discriminación y revictimización en los procesos durante los cuales niños, niñas y mujeres agredidos son sujeto de nuevos y más severos interrogatorios que sus agresores. Esta actitud, patente en los entes policíacos y judiciales, es una de las peores lacras del sistema patriarcal, hoy en absoluta evidencia con la liberación de reclusos condenados por violación y agresiones dentro del seno familiar, con el supuesto propósito de protegerlos de la pandemia y reducir la saturación carcelaria. Una vez más, el destino de niños, niñas y mujeres no preocupa a autoridades, convencidas de que el feminicidio y la violencia de género no son más que daños colaterales.

La amenaza por violencia doméstica es peor que la contaminación por virus.

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A flor de piel

Mirar hacia la calle desde la ventana, una parte de esta rutina recién adquirida.

6 de la mañana: Me despiertan la Pelusa y la Mimi algo impacientes y mirándome directo a los ojos, en espera de una señal de vida para comenzar a mover la cola y saltar de la cama. Sé muy bien que podría quedarme entre las sábanas porque no hay planes para hoy. De hecho, hace más de 6 semanas que no hay planes para el día; pero igual, con una persistencia encomiable, he insistido en darle un sentido positivo al encierro creando pequeños desafíos domésticos. Aunque agradecida por el privilegio de tener un techo y comida suficiente -mucho más que millones de personas cuyo día se inicia con el estómago vacío, en la incertidumbre y la necesidad- no puedo dejar de mirar con desconfianza al futuro inmediato.

Después de la invasión inicial de noticias y de sentirnos catapultados hacia una vorágine de información contradictoria cuyo efecto inmediato ha sido una profunda desconfianza hacia los medios y las fuentes oficiales, hemos pasado a la etapa del cedazo, en donde intentamos sin mucho éxito separar la paja del grano y darnos pequeños espacios de silencio mediático para no sentir, no saber y no ser absorbidos por la tensión y el temor natural al caos y a la desinformación. De todos modos, no siempre se puede ser tan racional cuando se trata de conservar la vida y el sentido común.

He pasado mi vida entera luchando por creer en conceptos tan elusivos como la justicia y el bien común y también he trabajado duro para tener la libertad de expresar mi pensamiento. A pesar de haber transitado por entornos de enorme incertidumbre política y de grandes fosos de inequidad social, todavía intento convencerme de la capacidad humana para experimentar algo parecido a la solidaridad, pese a las evidencias constantes de que en el fondo nuestra naturaleza nos hace egoístas y persistentemente impermeables al dolor ajeno.

Por esa necesidad de búsqueda de los motivos de tanta desigualdad, he llegado a conocer de cerca la miseria de quienes son considerados por las élites como un recurso indeseable pero necesario para acrecentar su riqueza. En el otro extremo del espectro, he tenido la oportunidad de constatar cuánto desprecio destilan esos núcleos privilegiados, por quienes nunca han tenido las oportunidades ni los medios para superar su condición de pobreza, pero también cómo manipulan los conceptos para convencerse y convencer a otros de la inevitabilidad de las distancias sociales; como si estas nunca hubieran sido diseñadas y construidas a propósito.

Hace apenas unas semanas, creía que la pandemia nos equiparaba. Profundo error. Las nuevas condiciones comienzan a revelar hasta qué punto estamos distanciados frente a un enemigo común y cómo esta amenaza, supuestamente universal, se transforma en otro sistema de selección en donde los más pobres y los más vulnerables serán siempre los más castigados. Poco a poco, el mapa se define y las clases dominantes muestran la esencia de su codicia al aferrarse al poder y concentrar la toma de decisiones, afectando a millones de seres humanos alrededor del planeta. Ante ese poder prácticamente ilimitado, somos apenas un murmullo distante, una masa anónima con la impotencia y la rebeldía a flor de piel.

6 de la tarde: Termino el día con la sensación de no haber realizado ninguna tarea esencial. Me he empeñado en refugiarme en el no saber, como si esa barrera contra la especulación, la desinformación y la manipulación mediática pudiera, de algún modo, protegerme contra un enemigo ubicado al otro lado de la puerta de mi casa. Y vuelvo a mirar por la ventana, esperando que no llegue.

La amenaza sanitaria que nos rodea, también nos discrimina.

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Relaciones indecentes

Los juegos políticos en época de crisis ponen en riesgo la vida de millones de personas.

Que nos vamos a contagiar, parece ser un hecho ineludible. Que algunos vamos a morir, también. De hecho, estamos presenciando en primera fila un suceso capaz de poner en jaque no solo nuestra capacidad de supervivencia, sino también –y muy importante- nuestra sensibilidad humana, nuestro sentido comunitario y nuestra forma de afrontar la incertidumbre con respecto al futuro, algo tan ajeno a nuestras expectativas. La pandemia que ha paralizado al mundo revela las falencias con relación a la capacidad de la ciencia y la medicina -cuyos avances no parecen suficientes ante el ataque de un virus desconocido-, sino también la falta de certeza sobre los mecanismos detrás de decisiones trascendentales de las cuales depende la vida humana.

Los sistemas que han regido nuestros países durante más de un siglo –y sus estructuras de base con un claro carácter colonialista- se distinguen por la concentración del poder y las restricciones de acceso a la educación para las grandes mayorías, con el propósito de blindar ese poder y mantener a raya cualquier intento de democratización y participación popular en los ámbitos políticos. El neoliberalismo llevó el sistema al extremo, consolidando sus estructuras al impedir el desarrollo económico de las capas más necesitadas y convirtiéndolas en un vivero de mano de obra básica sin oportunidades de progreso, pero muy necesario para asegurarse el incremento de su riqueza.

Los gobernantes puestos en el poder por las élites, por lo tanto, responden a consignas dictadas por los intereses corporativos y toman decisiones consensuadas con sus patrocinadores. Este es el escenario en plena pandemia: políticos ajenos al bien común con el poder de decidir sobre la vida de millones de seres humanos, todo ello con base en la preeminencia del sistema económico. Para esta cúpula, el Covid19 ha sido la panacea. Se acallaron las protestas, se impuso el miedo y el flujo de los recursos para atender la crisis sanitaria se modera de acuerdo con estrategias diseñadas a puerta cerrada.

En síntesis, la vida de los pueblos del tercer mundo –y también de los primeros, según se puede observar- se encuentra atada a decisiones divorciadas del más básico concepto humanitario, dependiente de cuánto se podrá evitar la reducción de los grandes capitales aun cuando para ello deba ponerse en riesgo la vida de los trabajadores. Como música de fondo, se utiliza el ámbito mediático y el universo virtual para confundir conceptos, divulgar información inexacta, incitar al rechazo de grupos vulnerables y plantear escenarios de terror cuyo impacto provoca una conveniente parálisis social.

Las relaciones indecentes entre capital y política nunca habían sido tan puestas en evidencia como en este paréntesis, cuyos límites y extensión son todavía una incógnita. En esta emergencia sanitaria de proporciones globales, la destrucción de la infraestructura estatal -con todo lo que ello implica- programada y perpetrada a espaldas de los pueblos, constituye la prueba palpable de que el sistema político y económico predominante es, más que una estrategia capitalista, un auténtico suicidio y sobre todo una amenaza a las posibilidades de desarrollo de nuestros países.

En estos días ha quedado a la vista el esqueleto endeble de un sistema depredador, cuyas falacias caen por su peso ante la evidencia palpable de su incapacidad de respuesta a una crisis humanitaria. El mundo tiene que cambiar, pero también nuestra percepción de la realidad. Esta pandemia parece ser parte de una guerra y, nosotros, simple carne de cañón.

El debilitamiento de los Estados ha probado ser un auténtico suicidio.

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Círculos concéntricos

Esta sensación de agotamiento, frustración y pena nos marcará durante largo tiempo.

El día que mi hermana me comunicó que su esposo, mi cuñado, había contraído el virus, pude darme cuenta de cómo la noticia de una víctima tan cercana puede alterar la percepción de lo que nos rodea. Sobre todo, si esa persona está dentro de nuestros círculos concéntricos, esos que giran en el entorno más íntimo hasta tocarnos; esas personas que amamos porque forman parte de toda una vida de experiencias compartidas y a las que creemos –y deseamos- inmunes a las desgracias. De pronto, se rompe la burbuja y nos encontramos cara a cara con una realidad que nos equipara con la masa anónima, distinta y lejana.

Hoy me cuesta escribir, porque en una progresión paulatina y casi inadvertida por su efecto engañoso, he perdido no solo la noción del tiempo, sino también de la libertad. Esta pandemia, cuyo origen se oculta entre especulaciones cada vez más oscuras, ha puesto en evidencia cuán frágiles son nuestras defensas biológicas y sociales, cuánto dependemos de los otros, sobre todo de quienes solemos clasificar por estatus, origen o formas de pensamiento y que supuestamente nos son ajenos. Por vez primera, quizá, reconocemos a nuestros vecinos y a esos seres que nos resuelven aspectos tan importantes y variados como la alimentación, la salud, los servicios esenciales y hasta el retiro de la basura. Y pensamos en ellos como héroes.

Unas pocas semanas de confinamiento nos han puesto frente a un espejo en donde se reflejan con total nitidez las carencias afectivas, vacíos emocionales, fortalezas y debilidades. Entonces, a partir de esa noción de realidad intentamos sobrellevar el día a día. Quienes hemos vivido estados de sitio y la represión que eso implica, conocemos y recordamos con nitidez la sensación de impotencia por la pérdida de la libertad y de los derechos esenciales en una sociedad democrática. Por lo tanto, con el peso de esas experiencias indeseables observamos hoy con desconfianza el proceder de las autoridades quienes, como en un sistema de vasos comunicantes, ganan poder mientras la sociedad los pierde. En circunstancias tan complejas como las actuales, es cuando aparecen todos los fantasmas con los cuales hemos convivido, entre ellos la inmensa preponderancia de los intereses económicos y el atroz abandono de quienes producen la riqueza y están a la cola de las prioridades.

Del mismo modo, surgen desde lo más íntimo de los hogares las evidencias que confirman, una vez más, la vulnerabilidad de niñas, niños y mujeres en un régimen de violencia, abuso sexual, psicológico y en toda clase de agresiones propias del sistema patriarcal, históricamente dominante, en donde debería imperar el amor y el respeto. El incremento pavoroso de las denuncias de violencia doméstica durante estas semanas de confinamiento abren el arcón de los horrores en el peor de los momentos, cuando toda la atención está enfocada en las cifras de la pandemia, en las noticias internacionales y, sobre todo, cuando las instancias destinadas a proteger a las víctimas, también acusan el impacto de las restricciones.

Quienes podemos expresarnos a través de los medios de comunicación experimentamos, igual que todos, una sensación de impotencia y vacío por la enorme dimensión de la crisis sanitaria que golpea al mundo. Vemos con desolación cómo aquello tantas veces denunciado: la corrupción y la indolencia de los cuadros políticos, la voracidad de los círculos de poder económico y su connivencia con la potencia del sistema neoliberal que debilita y despoja de recursos a los Estados, ha creado al monstruo que hoy nos deja a merced del caos.

El mundo y sus habitantes, en medio de una crisis imposible de dimensionar.

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