Responsabilidad ciudadana

Una conversación informal y un trabajo de investigación periodística me dieron la pauta para una reflexión sobre ciudadanía.

Cuando se toma conciencia sobre lo frágil del sistema en el cual vivimos, la pasividad de la sociedad ante la negligencia de las autoridades y la complicidad de los grupos de poder en el estado de cosas, se empieza a comprender lo lejos que estamos de un concepto de Nación y de un ejercicio real de ciudadanía.
La investigación sobre la calidad del agua potable realizada por Cristina Bonillo y publicada el sábado en Prensa Libre, da una visión muy cercana de esta falta de involucramiento de la sociedad en los temas que más le atañen. En ese trabajo periodístico se puede apreciar en perspectiva la increíble indiferencia –por parte de todos, no sólo de las autoridades municipales- respecto a la calidad del agua que llega a las casas para el consumo humano.
Para empezar, no existe personal calificado para realizar los análisis periódicos de potabilidad del agua que se distribuye. Luego, aunque ese personal existiera, no se cuenta con la infraestructura ni los controles adecuados para almacenar y purificar el agua, por lo cual de nada sirve que se realicen los análisis si de todos modos no se va a remediar el problema.
Pero esto no es todo. Lo más preocupante se observa cuando Bonillo hace hincapié en el escaso interés de los vecinos por exigir una mejoría en la calidad del agua que reciben. Esta evidencia de la falta de involucramiento en asuntos tan importantes como la salud familiar y de la comunidad, indica sin lugar a dudas que el ejercicio de la ciudadanía no es tema prioritario para nadie.
Esto representa una especie de agujero negro en el sistema. Al llegar al punto de asumir responsabilidades, la gente prefiere mirar hacia otro lado y evitar el compromiso. Entonces se concentra en su espacio privado, pretendiendo ignorar que no hay posibilidad de escapar a las consecuencias de su actitud, ya que esa falta de interés por los asuntos comunitarios terminará afectando gravemente su calidad de vida.
Esta mentalidad inmediatista revela lo profundo de la crisis de valores que se vive en Guatemala. Al deconstruir esta sociedad transformándola en un montón de compartimientos estancos, en un país de espacios privados con la sola visión del beneficio propio, se destruye por completo la posibilidad de crear una Nación integrada, segura y funcional.
En estos días, los medios nos han abrumado con imágenes de niñas y niños muriendo de hambre en el oriente del país. Junto a esta visión apocalíptica, la noticia de que la SAT no permite el ingreso de un embarque enviado por el Programa Mundial de Alimentos para paliar la situación de estos habitantes. Y las protestas ciudadanas, ¿dónde están?

Talento y juventud

Trabajar en función de la niñez y la juventud es sembrar oportunidades para la construcción de una democracia firme, con cultura de paz.

La noticia del triunfo de tres adolescentes guatemaltecos –alumnos del Liceo Javier- en el II Festival Latinoamericano de Cine Infantil y Juvenil organizado por Save The Children México, tenía méritos suficientes para ser noticia de portada. Sin embargo, algunos medios prefirieron brindarle ese privilegio a la visita a Guatemala de Paris Hilton, una de las más insípidas y artificiales “socialités” del jet set internacional.
Otros, ni siquiera mencionaron la noticia, demostrando que el talento nacional y muy especialmente el de las nuevas generaciones, no tiene cabida inmediata en la agenda periodística. Lástima. Estos chicos ganaron en buena lid compitiendo con jóvenes de Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Perú, Guatemala y México, con una cinta en la categoría de ficción, titulada “Sombras del Pasado”. Éste ha sido el segundo triunfo de Gustavo Matheu, Diego Melendreras y Jorge Echeverría en el festival de cine. Ya el año pasado conquistaron el premio especial del jurado.
El talento juvenil, especialmente cuando se manifiesta a través de la creatividad con plena libertad de expresión, constituye un agente de cambio en la sociedad. No podemos engañarnos. Lo aceptemos o no, será por medio de las generaciones nuevas como se irá definiendo el marco de las relaciones entre los seres humanos y su entorno, así como entre los diferentes grupos que conforman la comunidad.
La educación de calidad viene a ser, de este modo, una inversión inteligente para el futuro de la nación. Pero es muy importante señalar que antes de la educación existe una etapa –y un compromiso- fundamental para el desarrollo de la inteligencia de quienes tomarán la estafeta cuando sus predecesores la hayan soltado: un régimen alimenticio adecuado para el crecimiento saludable de niñas y niños en edad preescolar.
La buena noticia de los alumnos del Javier hace enorme contraste con el dramático estado de desnutrición de la población infantil en las comunidades rurales del oriente del país, donde según informaciones de prensa el nivel de desnutrición afecta a más del 70 por ciento de ese grupo.
¿Qué perspectivas tienen estos infantes aún si se acude en su auxilio y se logra reducir el pauperismo en que sobreviven? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si se condena al hambre a pueblos enteros, quitándoles también toda posibilidad de desarrollo futuro? Hace algunos días apareció la noticia de la destrucción de miles de huevos que habían pasado de contrabando por la frontera con México. ¿Qué mal hubiera ocasionado a la institucionalidad del país el hecho de repartirlos entre las familias que mueren de hambre? Estas son las grandes contradicciones del discurso político y, con ellas, se retrata el Estado de cuerpo entero.

Feliz día, triste ciudad

El sábado fue el día de la Virgen de la Asunción, patrona de la ciudad capital, la antigua y muy recordada “tacita de plata”.

¿Quién recuerda los paseos por la sexta? Me refiero -aunque los jóvenes de hoy no lo conciban siquiera- a la sexta avenida de la zona 1 con sus tiendas rebosantes de artículos de buena calidad y mejor gusto, sus veredas impecables y casi ninguna contaminación ambiental.
La capital tenía áreas verdes. También avenidas con árboles y no existían enormes carteles con propaganda ocultando toda esa belleza urbana. Los edificios históricos no estaban iluminados porque no se habían enterado aun de lo históricos que eran, por lo tanto se incorporaban al paisaje con total naturalidad. Los nuevos, en cambio, se erguían orgullosos en las zonas comerciales y financieras desplegando toda su novedad arquitectónica.
El Hipódromo del Norte era uno de esos parques destinados al paseo dominical. También La Aurora con sus museos, su Casa de Té y su despliegue de especies nativas: ceibas, chicozapotes, caobos, matilisguates y otras que han logrado mantenerse erguidas a pesar del “desarrollo”, fenómeno económico que ha transformado el entorno en una anárquica, sucia, fea y maloliente urbe gris.
No hay excusa para tal abandono, comenzando por el hecho de que la anarquía urbana no es un sinónimo de progreso sino de poca visión de futuro, mala administración y retraso. ¿Cómo es posible que las personas no tengan veredas por donde caminar? ¿Cómo se explica que no exista autoridad capaz de impedir a los dueños de las residencias apoderarse de las franjas públicas por las cuales deberían circular los seres humanos?
Hasta las ciudades más insignificantes de una provincia cualquiera de un país poco desarrollado tienen un cierto encanto que las hace atractivas, tienen plazas con bancas, árboles y senderos, tienen kioscos en las esquinas donde se venden periódicos y revistas, en otras palabras, tienen ese algo que les brinda identidad y las hace vivibles para sus propios habitantes.
En esta otrora linda ciudad, en cambio, el avance de los tiempos ha representado una creciente deshumanización de su estructura y de sus servicios. ¿Cuántas colonias residenciales sufren por falta de agua potable? ¿Cuántos de sus pobladores gozan de un servicio de transporte adecuado a sus necesidades? ¿Hasta qué punto se protegen los privilegios de unos pocos para desolación y abandono de los más?
Las celebraciones del Día de la Asunción, por ejemplo, en lugar de evolucionar hacia una gran fiesta de todos los capitalinos, se ha ido reduciendo a unos cuantos actos aislados de poca resonancia y no está lejano el día de su desaparición, porque nadie se acordará de su existencia.

Esa vieja esclavitud

Entre las manifestaciones más claras del desprecio por el género femenino está la manera de abordar el tema del servicio doméstico.

Guatemala es uno de esos países donde aún existe el servicio doméstico casi como un derecho adquirido, sin regulación legal alguna, fuente de explotación laboral y de abuso físico y económico contra las mujeres cuya situación les impide tener acceso a otras fuentes de trabajo, principalmente porque jamás tuvieron acceso a la educación.
El tema de las regulaciones legales del trabajo doméstico, en Guatemala, es casi como discutir la legalización del aborto en una asamblea de fundamentalistas religiosos: casi imposible. Existe una resistencia atávica de un fuerte sector de la población cuyos ingresos les permiten conservar el privilegio de tener una empleada trabajando a tiempo completo por un sueldo de miseria, y no será fácil cambiar su visión de las cosas.
Uno de los mayores obstáculos lo constituye la grada socio económica entre patrones y empleadas, con toda la carga de menosprecio y discriminación que ello involucra. La mayoría de las mujeres trabajadoras en casas particulares pertenecen a la población indígena. Son jóvenes que emigraron hacia las ciudades en la búsqueda de mejores oportunidades para ganarse la vida y se encontraron, la mayoria de las veces, enfrentadas a una situación de dependencia y explotación fomentada por los altos índices de desempleo y la enorme competencia por encontrar una fuente de ingresos.
Obligadas a iniciar el día durante las primeras horas del alba y a mantenerse atenta a servir hasta que el último miembro de la familia decida lo contrario a avanzadas horas de la noche, la mayoría de trabajadoras recibe a cambio un sueldo inferior al mínimo fijado por ley.
Mantenido a capricho de la sociedad como una actividad informal, el servicio doméstico se ha convertido en una de las más humillantes formas de esclavitud para miles de mujeres cuyas limitadas opciones de supervivencia las someten a la aceptación forzada de unas condiciones de vida tan precarias como humillantes.
En este contexto, el maltrato contra la mujer toma una forma de convivencia natural e indiscutible. So pretexto de proporcionarles trabajo, casa y comida, sus patrones tranquilizan su conciencia ante las variadas forma de abuso a las cuales las someten de manera consuetudinaria.
Por supuesto, las excepciones existen y eso hace la regla. Sin embargo, el sólo hecho de comenzar a discutir recién en el siglo veintiuno el tema de las regulaciones laborales para este numeroso contingente de trabajadoras, demuestra lo poco que se las valora en el ámbito de la productividad y la generación de riqueza. En estos tiempos de búsqueda de la justicia y la equidad de género, es imperioso enderezar estos entuertos, resabios de la época colonial, y eliminar esta degradante forma de discriminación.

La ley no basta

Cuatrocientas mujeres asesinadas durante el primer semestre del año son la prueba palpable de que se requiere algo más que una ley para detener el femicidio.

El tema del femicidio ha pasado a tercer plano. Se desgastó por su recurrencia, tal como sucede con todo lo que se repite una y otra y otra vez, hasta que la conciencia se anestesia y deja de reaccionar ante la miseria humana. A las mujeres las torturan y las matan por ser mujeres, eso es un hecho. Y es parte de nuestra cultura, como las tortillas y los tamales.
Las 16 muertes violentas –entre hombres y mujeres- por día en promedio en el primer semestre del año, hacen que el femicidio pierda protagonismo y se confunda en el contexto de la criminalidad incontrolable que agobia a la ciudadanía. A los asesinatos hay que sumar los secuestros, las violaciones, las extorsiones, los asaltos a mano armada y un sinnúmero de otros delitos que se cometen a diario.
De acuerdo con investigaciones realizadas por la Fundación Myrna Mack, el Ministerio Público sólo presenta acusaciones ante un juez en el 3% de los casos y, de ese número irrisorio, pocos son los que llegan a una sentencia condenatoria. El hilo procesal de esa ínfima proporción de casos remata en un centro carcelario desde el cual, por medio de sobornos o amenazas, los reos tienen total libertad para continuar cometiendo fechorías.
En esta abrumadora inseguridad, los integrantes de las fuerzas del orden tienen una participación activa y creciente. Los cambios en Gobernación no han contribuido en nada a la estabilidad de esa cartera, la mayor responsable de contrarrestar la violencia en el país, y sus funcionarios han fracasado rotundamente en la tarea de integrar un cuerpo policial limpio de antecedentes, bien entrenado y capaz de inspirar confianza.
Por eso cuando se asesina a una mujer, nada sucede. Los casos quedan enterrados bajo toneladas de expedientes paralizados por la burocracia. La escena del crimen no se investiga, no se busca identificar a los culpables y el crimen simplemente se suma a otros en la lista de la impunidad. Si esto sucede con los asesinatos, a nadie puede extrañar que para fiscales y jueces, los casos de violaciones y de abuso contra las mujeres no pasen de ser hechos anecdóticos que apenas merecen un comentario sarcástico.
¿De qué sirven entonces los cacareados programas de cohesión social? ¿A quién benefician? ¿A una sociedad carente de líderes, de gobernantes capaces, de funcionarios honestos y eficientes? En Guatemala se requiere de un plan integral de desarrollo, una total reingeniería del aparato estatal con la depuración de toda la lacra acumulada durante las últimas décadas y no de campañas de autobombo que no involucran una voluntad real de transparentar el gasto público ni acabar con la anarquía.

La industria de la ponzoña

No hay presupuesto de publicidad capaz de sostener las mentiras y engañarlos a todos, todo el tiempo.

La minera Marlin, cuya instalación en Guatemala fue ferozmente defendida en su momento por los gobiernos canadiense y guatemalteco, está demostrando cómo sus operaciones constituyen un motor para el desarrollo, pero sólo para el de su propio crecimiento.
El informe elaborado por la Comisión Pastoral Paz y Ecología, presentado por monseñor Álvaro Ramazzini el jueves pasado, revela detalles de las graves repercusiones ambientales de esa decisión. En él se detalla el alto nivel de contaminación de los ríos Tzalá y Quivichil, los cuales son fuente de abastecimiento de agua para consumo humano y uso agrícola en la zona que rodea a la mina, lo cual contradice con pruebas el alegato de inocuidad en el permanente discurso mediático de los ejecutivos de Montana Exploradora.
Los contaminantes, entre ellos cobre, aluminio, arsénico, hierro, manganeso y nitrato alcanzan niveles superiores a los estándares permitidos por el Banco Mundial y por las instituciones de control ambiental de Canadá y Estados Unidos. Estas sustancias podrían aumentar de manera exponencial si en la presa de colas se produjera una fisura por la inestabilidad del terreno –es un país de terremotos- alguna falla en su construcción o el efecto residual de los ácidos que en ella se acumulan con el tiempo.
De manera casi simultánea a la presentación de este informe, se produjo una acción del ministro de Ambiente y Recursos Naturales para impedir la importación de cianuro de sodio por Montana Exploradora S. A., debido al adeudo de más de 12 millones de quetzales por haber realizado importaciones anteriores sin contar con la licencia ambiental respectiva.
Es decir, la compañía minera no sólo destruye lo que toca desde el punto de vista ambiental, lo cual es concomitante con la naturaleza de sus actividades de extracción y refinación de los metales, sino también intenta evadir el pago de ciertos tributos usando resquicios legales.
Las operaciones mineras no sólo traen consigo el envenenamiento de las fuentes de agua y las tierras circundantes, sus grandes intereses económicos también propician una cadena de favoritismos cuyo efecto es aumentar aún más los graves niveles de corrupción en el aparato del Estado. No importa qué digan sus relacionistas públicos, Montana Exploradora S. A. ha venido a extraer la riqueza del subsuelo a cambio de migajas para el erario nacional y la devastación de un gran trozo de territorio cuya vocación productiva pudo haber tenido una orientación más amigable con sus habitantes y mucho menos ponzoñosa.

Más allá del abandono

Puede ser cuestión de percepción, pero no parece posible rescatar a Guatemala de la espiral descendente que se la traga.

Para quienes viven en la capital es muy difícil visualizar en su conjunto la realidad del país. Los abismales contrastes entre ricos y pobres van mucho más allá de una comparación superficial y urbana entre los asentamientos en las laderas de los barrancos y las lujosas mansiones de La Cañada, aunque este ejemplo permita hacerse una idea de la diferencia de dos mundos que cohabitan sin tocarse, como si se cruzaran en un juego de espejos sin encontrarse jamás.
A la falta de programas destinados específicamente a reducir las desigualdades sociales y económicas mediante inversiones inteligentes con un carácter más permanente que transitorio, se suma la incapacidad del aparato estatal para hacer frente a los desafíos que plantea la ejecución del presupuesto. Carentes de técnicos y profesionales capacitados, las distintas dependencias –invadidas por amigos, parientes, compadres y acreedores de los funcionarios de turno- sólo sirven para satisfacer de manera temporal los deseos de riqueza y poder de un grupo de privilegiados. Y no hay ley que lo impida.
Los problemas de Guatemala son, por lo tanto, estructurales. El aparato político tiene una visión distorsionada de su papel y la sociedad no parece comprender aún su poder potencial para exigir el cumplimiento de las políticas públicas en los temas de mayor trascendencia, como educación y salud. Entonces, todo queda en manos de la dirigencia de los partidos políticos cuyos objetivos se alejan cada vez más de las metas de desarrollo nacional.
A esto se añaden las bien planificadas debilidades del sector justicia, las cuales no responden solamente a la incapacidad de sus integrantes, sino a una estrategia diseñada específicamente con el fin de hacerlo inoperante para beneficio de quienes durante décadas han aprovechado las ventajas de la impunidad. Esto demuestra que existe el talento suficiente para hacer funcionar la maquinaria, pero se encuentra enfocado en la dirección equivocada.
En este escenario, es poco lo que se puede esperar de ciertos programas muy publicitados que pretenden convencer a la población del interés del gobierno por satisfacer las necesidades de los más pobres. Para hacerlo creíble, tendrían que empezar por emprender acciones legales contra todos aquellos empresarios que durante años se han valido de su influencia para evadir miles de millones de dólares en impuestos, dejando toda la carga tributaria sobre los hombros de una clase media cada vez más empobrecida.
Para enderezar las cosas no basta con las intenciones, se necesita de una voluntad política y una fuerza nacionalista que aglutine a todos los sectores, con la clara conciencia de que será preciso hacer grandes sacrificios para salir de este agujero.