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Hablemos de soberanía

Un continente lleno de recursos, incapaz de gobernarse a sí mismo.

Hay que comenzar por definir los términos, ya que de acuerdo con la Academia de la Lengua Española, soberanía es el “poder político supremo que corresponde a un Estado independiente” y Estado es “el conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”. Uno y otro interconectados en el concepto de independencia política como uno de los pilares fundamentales de cualquier sistema de gobierno. Por lo tanto, para presumir de pertenecer a un Estado soberano existen condiciones específicas que, cuando estas no se cumplen, vacía de contenido cualquier discurso emitido por un político en el poder.

Ningún país latinoamericano posee ese rimbombante título. Condicionados y corrompidos en todos sus estamentos por el poder económico y político de países mucho más poderosos cuyos intereses siempre prevalecerán por sobre los de los pueblos sometidos a sus exigencias, han perdido desde hace mucho el derecho de ser soberanos. Baste retroceder a los archivos históricos para constatar la profunda injerencia extranjera en decisiones de orden estrictamente interno en todos y cada uno de nuestros países. La dependencia diseñada y construida como una herramienta de supuesto desarrollo se ha transformado en un lazo indeseable cuyo único resultado es la pobreza y la incapacidad de los gobiernos del continente para gobernar con independencia y un enfoque social de beneficio para sus pueblos.

América Latina ha sido y continúa siendo el patio trasero de intereses totalmente ajenos a esta región. Las pugnas entre Estados Unidos y Rusia, entre Estados Unidos y los países productores de petróleo, entre Estados Unidos y la maquinaria comercial de China, siguen aplastando los intereses propios de cada Estado de nuestro continente en un perverso juego de presiones de todo tipo, sobornando a políticos puestos a conveniencia de las élites con el fin de impedir el empoderamiento de la ciudadanía y así garantizar la sumisión y el entreguismo.

Así es que cuando un presidente latinoamericano empapa su discurso con palabras rimbombantes como soberanía, independencia y dignidad nacional, solo está vendiendo una pomada vieja y deslucida que ha perdido todo su efecto como motivador de masas, pero sobre todo ha perdido toda legitimidad. Ya nadie puede creer en ese cuento desde el momento que, para equilibrar un presupuesto de Estado asaltado por una burocracia ávida de enriquecerse, se recurre a la carísima limosna internacional disfrazada de cooperación. Toda esa farsa discursiva ha de provocar la burla de los poderosos círculos financieros del mundo toda vez que conocen muy al detalle los mecanismos creados por ellos mismos para apretar redes poderosas alrededor de nuestros países débiles y depredados.

Mencionar la soberanía es, por lo tanto, más que una burla un insulto contra nuestros pueblos privados de mecanismos de defensa, sometidos al hambre y a un injusto e innecesario subdesarrollo. En América Latina no existe esa independencia con la cual se empapan discursos falsamente nacionalistas; no existirá mientras “la Embajada”, el Fondo Monetario Internacional o cualquier de esos foros del poder supremo mundial decida sobre los procesos políticos, sobre las políticas públicas en términos económicos, sobre las decisiones gubernamentales respecto de la salud, la educación y la explotación de recursos naturales.

Las debilidades institucionales han sido producto de una estrategia de larga data y no será con políticos improvisados y mediocres como se logrará –algún día, quizá- construir Estados sólidos capaces de defender los intereses nacionales.

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El sabor de la exclusión

Una vida de aprendizajes y experiencias destinada a un incomprensible vacío.

Recibí un mensaje por correo electrónico llamando mi atención sobre un tema que, por recurrente, ha dejado de llamar nuestra atención: la falta de oportunidades laborales para quienes han sobrepasado la barrera de los 45. Parece absurdo, pero los estudios superiores y las experiencias acumuladas durante los 20 años siguientes a la obtención de un título universitario pierden toda relevancia frente a un mercado cuya prioridad parece ser el ahorro en salarios, muy por encima de la excelencia en el desempeño. A eso, se debe sumar el hecho adicional de la fuerte competencia por parte de jóvenes recién graduados e inexpertos, dispuestos a aceptar condiciones paupérrimas en contratos de usura, lo predominante en el actual mercado laboral de la mayoría de países en desarrollo.

¿Qué sucede con ese gran segmento de profesionales cuando superan la barrera de los 45 y nadie los contrata por caros o por “sobre calificados”? No hay cómo saberlo, debido a la situación de inestabilidad económica de nuestros países cuyo impacto en el futuro de las personas resulta cada vez más impredecible. Por ello y debido a un sistema depredador e inclemente con quienes realizan grandes esfuerzos por superarse, esas inversiones destinadas a brindar capacitación por medio de universidades públicas y privadas, más los recursos destinados a elevar el nivel educativo de una población en constante crecimiento, se van por el despeñadero en el momento justo cuando producen los mejores resultados. Y eso no es todo, ese caudal de conocimientos transformado por obra y milagro de los intereses empresariales o burocráticos, se transforma de un modo incomprensible en una desventaja para quien los posee y suma a la columna del retraso en los indicadores de desarrollo.

En nuestros países ha sido notable y bien documentado el incremento en la profesionalización del segmento femenino. Cada vez son más las mujeres que siguen con éxito carreras universitarias y estudios de posgrado, cuya participación en instituciones, empresas y en el ejercicio independiente constituyen no solo un aporte al progreso sino también una vía importante de crecimiento personal, social y familiar. Por eso resultan incomprensibles esas políticas para cerrar las puertas de las oportunidades a quienes alcanzan precisamente el punto más elevado de su vida en cuanto a experiencia, conocimiento y responsabilidad después de haber luchado durante décadas por alcanzar esos estándares de igualdad laboral. Hombres y mujeres en la etapa más productiva, sin posibilidades de conseguir un empleo acorde con sus capacidades, no solo es un absurdo sino también una pésima forma de rebajar los costos operativos a costa de la calidad.

Sin embargo, los efectos de tales políticas no impactan únicamente en la vida de las personas, también lo hacen a nivel de toda la sociedad. Al crearse de forma prematura una clase pasiva –por falta de oportunidades de trabajo- el costo para las nuevas generaciones se incrementa de manera progresiva. El desperdicio de talentos cobra una elevada cuota al conjunto de la sociedad en la menor calidad de los resultados, pero también en la pérdida de confianza sobre las ventajas de una educación superior comparada con aventuras comerciales de elevadas ganancias pero de corto plazo, al parecer la preferencia de un segmento de jóvenes para quienes obtener ingresos es mucho más importante que prepararse académicamente.

El tema da para un amplio debate. Pero la tendencia está creando un problema que, de no enfrentarse a tiempo, podría generar una crisis en una de las columnas vertebrales de nuestras sociedades al excluir de manera injusta y poco inteligente a sus mejores elementos.

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Un mundo distante

“… dicen que la niña no puede estudiar por ser mujer y el varón sí puede por ser varón.”

Una importante cuota del retraso político, social y económico de la mayoría de países latinoamericanos se debe a la marginación de las niñas y, por consiguiente, de mujeres adultas cuya historia de discriminación y falta de oportunidades para educarse marca su impronta en los sectores más pobres de nuestro continente. Esta es una realidad demostrada en innumerables estudios y gruesos informes de expertos; estudios e informes que solo llegan a manos de otros expertos y cuyo destino final es ser engavetados por los funcionarios de turno. De ese modo, sin mayores trámites y con el propósito de mantener el control de un sistema depredador e inhumano, los políticos encargados de los despachos oficiales deciden truncar el destino de esa cuota humana de talento, capacidades y perspectivas, ante la indiferencia colectiva.

Pensar en cuál sería el resultado de una iniciativa revolucionaria y novedosa para garantizar el acceso a la educación de calidad a todos los niños y niñas del país, es un ejercicio esencial para cualquier político. Junto con ello, atreverse a tomar la iniciativa de establecer programas de nutrición escolar para la niñez de los sectores más pobres -porque sin ese complemento ningún programa educativo puede funcionar eficazmente- alcanzaría un impacto medible en un mayor desarrollo físico, intelectual y psicológico de miles de niñas y niños actualmente desnutridos. En los países menos desarrollados y en donde existen elevados niveles de corrupción, se cuentan por miles los hogares carentes de los ingresos mínimos para sobrevivir con dignidad y es allí, en esos hogares, en donde se suele sacrificar a los más indefensos: las niñas.

En nuestra comunidad sí existe una gran diferencia. La niña en la comunidad es desvalorizada por ser mujer. Las creencias culturales de la region Q´eqchi´ son: la niña Q´eqchi´ es la que apoya a su señora madre en la cocina, la que va traer agua, la que ayuda a su mamá a lavar la ropa de sus hermanitas, la que cuida de sus hermanitas y hermanitos. El niño Q´eqchi´ es el consentido de la casa, especialmente del padre. Es el que juega y tiene libertad de salir con sus amigos. También va a traer leña con su papá, para la casa… A ella no la valorizan como al varón. Ella es la más afectada[1]. (Tomado del informe “El Matrimonio Infantil Forzado en Guatemala, Caso del municipio de San Pedro Carchá, elaborado por Plan Internacional).

Esta cita ejemplifica la situación de millones de niñas en nuestros países. Condenadas por costumbre a una vida de servicio, se las conduce inevitablemente a perder toda posibilidad de alcanzar objetivos de vida productiva y gratificante, lo cual sí es accesible para sus hermanos varones, y entonces sus perspectivas se reducen a un matrimonio precoz para el cual no están preparadas; embarazos inseguros y una pérdida total de su libertad individual, destino no solo injusto sino además de una enorme violencia.

Un estilo de vida considerado normal por un sector de la ciudadanía es una fantasía, un mundo distante para las niñas de los sectores más pobres, aquellas cuyos sueños se estrellan contra las paredes de su cerrado círculo doméstico: acarrear agua, lavar ropa, cocinar y barrer; servir, servir y servir porque “para eso son niñas, para servir”. Esta violación flagrante de los derechos humanos de niñas y mujeres en nuestras sociedades, violación naturalizada por costumbres hasta no hace mucho basadas en leyes discriminatorias, requiere la atención de toda la ciudadanía y un compromiso real de reparación. Una niña educada es un ser humano integral, capaz de contribuir a una mejor sociedad.

Para una niña marginada, la independencia está a un mundo de distancia.

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Ella se llamaba Juana Ramírez

Las niñas y mujeres indígenas y campesinas de Guatemala son el último eslabón.

 Doña Juana Ramírez Santiago era una autoridad en su pueblo. Desde joven había comprendido su misión y había dedicado su vida a ayudar a otras mujeres como ella: marginadas, campesinas e indígenas privadas de servicios adecuados de salud y carentes de oportunidades para adquirir los conocimientos necesarios que les permitieran alcanzar una adecuada calidad de vida. Doña Juana era una de las más de 20 mil comadronas guatemaltecas cuya labor es proporcionar un entorno saludable a las mujeres en el proceso de embarazo, parto y lactancia. 

Consciente de los obstáculos enfrentados por su comunidad para tener acceso a los servicios de salud en el área rural, doña Juana dedicó sus esfuerzos a compartir y aplicar sus conocimientos, salvando la vida de muchas madres gestantes. A sabiendas de que el entorno cultural y social de las comunidades más alejadas de los centros urbanos es profundamente hostil para las niñas, adolescentes y adultas, usualmente privadas de acceso a la educación y sujetas a la autoridad patriarcal, ella se convirtió en una activa defensora de las mujeres de su etnia, ya que los escasos recursos disponibles para gozar de servicios de salud adecuados en la mayoría de aldeas y caseríos indígenas representa una seria amenaza y es causa de muertes maternas evitables, una de las más elevadas en América Latina y el Caribe.

Es allí en donde el papel de las comadronas resulta esencial. Sin embargo y pese a la trascendencia de su papel en atención sanitaria para comunidades alejadas de los centros urbanos, han debido soportar innumerables obstáculos cuando entran en contacto con algunos de los centros de salud del sistema estatal al acompañar a sus pacientes, debido a la barrera cultural entre el personal ladino no suficientemente entrenado para comprender ciertos usos y costumbres -como la necesidad de las mujeres indígenas de mantener su traje típico durante el proceso del parto, hablarles en su idioma y respetar su intimidad- lo cual consideran opuesto a las normas establecidas.

En este ámbito trabajaba doña Juana y, por su liderazgo en el seno de su comunidad, se había convertido en una voz importante y una protagonista activa en los programas de desarrollo y en la defensa de los derechos de las mujeres ixiles. Quizá no habrá mayor repercusión pública de su importante labor humanitaria, quizá nunca se conozca en detalle la trayectoria de esta lideresa indígena por pertenecer a uno de los sectores más abandonados de la sociedad guatemalteca. Pero la recordarán con respeto y admiración quienes conocieron el alcance de su misión.

Cuatro balazos fueron suficientes para derribar a doña Juana Ramírez Santiago, fundadora de la Red de Mujeres Ixiles. Quizá los asesinos no sabían a quien eliminaban. Quizá solo recibían órdenes de otros, dedicados con furia a exterminar a toda voz disidente, a todo opositor de un régimen de represión política y social. Lo que sin duda ignoraban es que a doña Juana no lograron callarla porque su pensamiento y sus ideas desde hace tiempo echaron raíces en su comunidad, una de las más golpeadas por el exterminio y la represión durante el prolongado conflicto armado interno.

En Guatemala, ser activista en pro de los derechos humanos y por la protección del ambiente equivale a colocarse directo en el centro de la diana. Más de 20 líderes comunitarios han sido asesinados en lo que va del año y el escenario actual permite suponer que la represión contra este importante sector continuará mientras las instituciones garantes de la justicia no actúen de manera firme, tal y como lo manda la Constitución.  

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Las malas compañías

La tormenta política desatada en Guatemala marca un capítulo oscuro en el país centroamericano.

 En una abierta maniobra represiva y dentro del marco de la conmemoración de la independencia patria, el presidente de Guatemala sacó al ejército a las calles, concentró a las fuerzas policiales desde todos los puntos del país y los apostó alrededor del palacio de gobierno. Acto seguido, dio la orden de revisar a toda persona, niñez incluida. Una de las tradiciones en el país centroamericano son los actos conmemorativos de la firma del Acta de Independencia, llevados a cabo en la plaza central y seguidos de un Te Deum en la Catedral metropolitana al cual acuden autoridades, cuerpo diplomático y público en general. Este año, el cerco se cerró con vallas metálicas y agentes de las fuerzas del orden premunidos hasta los dientes con armas de grueso calibre.

Las imágenes de los miembros de la SAAS escudriñando en las mochilas de niñas y niños ilusionados por ver el desfile y participar en los actos, dieron la vuelta al mundo marcando un episodio más de las vergonzantes decisiones de Morales. El escenario estaba dado para provocar en la ciudadanía una reacción inmediata de repulsa contra este abuso de autoridad con características de golpe de Estado. Y aun cuando no tuvo las repercusiones esperadas, eso fue lo que sucedió.

En otras ciudades surgieron las protestas y en la capital los estudiantes de la universidad estatal se hicieron sentir. Durante el discurso del mandatario –plagado de lugares comunes y con un abierto acento dictatorial- la multitud en la plaza manifestó su descontento gritando consignas y llamándolo a renunciar. Sin embargo, la división de la sociedad guatemalteca está dada. Como una perversa estrategia de dominación diseñada por los sectores poderosos para mantener el control político y económico, el divorcio ideológico implantado desde los tiempos de la Colonia persiste como una nube gris sobre el futuro de la nación.

El presidente Morales cree que esa división entre guatemaltecos lo salvará; está convencido –porque su rosca de militares y adeptos así le aconsejan- de tener el control del país y poder terminar su mandato con los privilegios y honores que él mismo se ha recetado. Su desprecio por la ciudadanía es indescriptible y dado su escaso alcance intelectual, probablemente esto es también resultado de un vértigo de altura, posición a la cual nunca antes tuvo el menor acceso. Entonces, ante un cuadro tan desolador, cabe preguntarse ¿Cómo es posible la defensa de algunos guatemaltecos ante los evidentes abusos de su mandatario? ¿Es acaso una pérdida de fe en el sistema democrático o quizá la protección de privilegios propios conseguidos gracias al tráfico de influencias?

Sin duda hay mucho de eso, pero también es importante tener presente los lazos entre sectores de poder con ciudadanos ansiosos de pertenecer a las élites solo por el hecho de manifestarles su respaldo. El típico arribismo transformado en una venda sobre los ojos para no ver lo obvio porque la verdad suele resultar molesta y estorba en la conciencia. Sumado a ello, la manipulación mediática de los medios de comunicación más poderosos –la red de televisión y radio propiedad del mexicano Ángel González- cuyas frecuencias dependen de las graciosas concesiones del gobierno de turno, crean en amplios sectores de la población, sobre todo aquellos más alejados de los centros urbanos y también los más pobres, la ilusión de que todo está bien.

Guatemala y su democracia están en serio peligro. El destino de sus habitantes está amenazado por las malas compañías de un presidente incapaz de comprender el alcance de sus acciones y convencido de detentar el poder absoluto.

Las malas juntas del presidente lo llevan de la mano hacia una dictadura.

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Deconstruir y recrear: el arte de Ariel Dawi

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Los salones del Museo Pumapungo son el escenario más adecuado para exhibir la obra del pintor argentino Ariel Dawi.  Esto, no solo por la dimensión de sus cuadros, sino por la necesidad estética de observarlos desde la distancia y apreciarlos así, uno por uno, para luego aprehender la estricta unidad del conjunto.

El Azuay sufre -bajo el pincel y la paleta de Dawi- una metamorfosis estructural profunda. El artista no se ha conformado con absorber la belleza y plasmarla en sus lienzos. Él ha “deconstruido” sus formas y colores, los ha procesado desde una visión muy particular e íntima para luego volver a integrar los elementos y convertirlos en algo diferente pero totalmente reconocible, aun cuando lleva la impronta inconfundible de su estilo.

Los experimentos cromáticos del artista argentino parecen tocar los extremos: De una fuerza rotunda en el color de El Paraíso en la otra esquina pasa a la sutileza onírica de un paraje húmedo y nublado, como en Mayo en Azuay.  Sus azules profundos –él se ha apoderado de los cielos y las aguas de Cuenca- contrastan con el brillo de los tejados rojos y la sequedad del páramo. Pero no se detiene ahí, también juega con la desintegración de las formas en un proceso de abstracción en donde, por ahí escondidos, se adivinan breves bosquejos de figuras animales y humanas.

El impacto visual de esta exposición le ofrece al espectador la excepcional oportunidad de re-ver el entorno que le rodea. Analizarlo desde los ojos de Dawi y apreciar la riqueza de sus colores, sus texturas y sus formas termina siendo parte del ejercicio estético al cual el pintor nos lleva de la mano, para abandonarnos frente a la experiencia individual y dejar el resto del trabajo a nuestra imaginación. Quizá por esto su propuesta estética resulta tan enriquecedora como generosa.

Publicado por El Mercurio

https://ww2.elmercurio.com.ec/2018/09/10/deconstruir-y-recrear-el-arte-de-dawi/

Carolina Vásquez Araya

@carvasar

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Antes de la paz, la justicia

Cuando la justicia les pisa los talones buscan el refugio de un acuerdo de paz.

Es la historia recurrente de quienes abusan del poder contra una ciudadanía cuyo pecado capital ha sido dejar el espacio público permitiendo a políticos, empresarios, jueces y militares corruptos apoderarse del control en todas las instancias, de un modo casi absoluto. La corrupción es letal y en países como los nuestros ha sido doblemente devastadora cuando desde el exterior y simulando “asistencia económica y/o militar” otros gobiernos deciden sobre el futuro de la nación y el destino de sus habitantes.

En este juego de poderes -y considerando la habilidad de las estrategias empleadas para hacer creer a las mayorías que su más grande enemigo es un comunismo inexistente- las sociedades alcanzan un punto de saturación y eso las lleva a preferir cualquier pacto de paz mal pergeñado antes de proseguir una lucha agotadora y estéril por consolidar el imperio de la justicia. Entonces es cuando terminan por declarar vencedores a quienes las engañan y quienes empeñan el futuro de las generaciones por venir por medio de pactos clandestinos con los enemigos de la ley.

Esos acuerdos de paz propuestos por quienes abusan del poder, esos espejos falsos en los cuales se miran los incautos, representan una historia de larga data en países cuyas ciudadanías vienen ya debilitadas por políticas educativas tendentes a impedirles el entrenamiento y aprendizaje del análisis y la reflexión profundas, informadas y libres. La educación no es para todos y tampoco es totalmente libre. Los sistemas educativos en países sometidos a la influencia del sistema económico más depredador de la historia de la Humanidad vienen diseñados para reafirmar el poder sobre quienes en realidad producen la riqueza, convenciéndolos de que esa riqueza pertenece a otros.

De ahí viene también la invasión de doctrinas religiosas enviadas desde el corazón del capitalismo, cuyo trabajo sobre pueblos privados de educación facilita la persuasión, el adoctrinamiento civil e impone sus parámetros de conducta basados en la sumisión, la misoginia y la resignación como valores espirituales. Es la suprema mentira vestida de amor a dios cuya influencia en nuestros pueblos empobrecidos y abusados representa un importante freno a las esperanzas de desarrollo de nuestros países.

La palabra paz es hermosa, siempre y cuando sea verdadera y refleje las intenciones legítimas de alcanzar un estado de hermandad, en un ambiente de respeto por los derechos humanos, con libertad de vivir una democracia funcional y con capacidad de incidir sobre el destino común. Pero también es engañosa cuando pretende arrojar un velo de silencio sobre la podredumbre, la falsedad del sistema imperante o los crímenes cometidos por quienes, en control del poder perpetran sobre la ciudadanía de manera flagrante y con garantía de impunidad. Es preciso mantenerse alerta para detectar cuándo la paz viene envuelta en engañosas intenciones; ya una vez bajas las defensas, quienes proponen los pactos desde su posición de privilegio fácilmente asestarán otro golpe certero contra la confianza popular.

La historia de nuestros pueblos ha demostrado su tremenda vulnerabilidad ante la fuerza y el poder impuestos desde otros centros de poder económico y político. Nos han impedido progresar y nos han doblegado ante el capital internacional. De paso, han cercenado todo intento de independencia política. Por eso es importante exigir justicia; recuperar la memoria y no permitir jamás el establecimiento de acuerdos ni pactos cuya intención sea acallar esas demandas. La paz sin justicia no es –y nunca será- una verdadera paz. 

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Una guerra solapada

En América Latina se vive una crisis política potencialmente letal para las democracias.

En Guatemala, el presidente amagó un auto golpe de Estado al estilo Serrano Elías -frenado quizá por algún “poder superior”- dejando en el ambiente la certeza de que la débil democracia, conseguida después de 36 años de un sangriento conflicto armado interno, no tiene la suficiente fuerza para salir indemne de los constantes embates de gobiernos corruptos vinculados íntimamente a las fuerzas castrenses y grupos empresariales que han dominado durante décadas la vida de esa nación. Con un estilo imitado de otros dictadores, Morales se lanzó de lleno a defender su posición declarando abiertamente la guerra a quienes pretenden consolidar el estado de Derecho, fortalecer al sistema de administración de justicia, terminar con la corrupción y acabar con la impunidad. Su mensaje desde el palacio de gobierno y rodeado de oficiales de las fuerzas armadas afianzó la convicción de que el mandatario no es más que un peón controlado y sostenido por el ejército.

La respuesta de la ciudadanía ante el cuadro desolador de los poderes del Estado, transformados en reductos seguros para garantizar privilegios e inmunidad a quienes delinquen desde las instituciones públicas, no tiene siquiera la fuerza suficiente para provocar inquietud en esos círculos. La sociedad civil ha sido fragmentada a través de insidiosas campañas anónimas desde centros de control informático y desde medios de comunicación favorecidos por los políticos de turno. También ha tenido un efecto devastador el acoso, las amenazas y asesinatos contra líderes comunitarios y periodistas cuyo trabajo ha puesto en descubierto actos flagrantes de corrupción.

Es tan descarada la manera como los funcionarios se blindan contra la acción de la justicia que dejan pocas probabilidades de verse afectados por manifestaciones de protesta, la mayoría de ellas debilitadas por el miedo a las consecuencias y la pasividad de una parte importante de la población, por lo tanto carentes del impacto necesario para causar efecto.

Este cuadro no es exclusivo de Guatemala. Ya sucede algo similar en Honduras, Nicaragua, Brasil, Argentina y otras naciones en donde las democracias conquistadas a fuerza de grandes sacrificios y enormes pérdidas humanas, se debilitan aceleradamente en esta suerte de “neo guerra fría” en donde la influencia de las grandes corporaciones y los intereses geopolíticos de Estados Unidos constituye una marca de identidad largamente conocida en nuestro continente. Las consecuencias del perverso juego de poner y quitar dictaduras, negociar con los grupos económicos, romper acuerdos y crear otros más convenientes a sus intereses ha causado el empoderamiento de grupos criminales cuyos tentáculos en el cuerpo institucional de los Estados les ha convertido en un poder paralelo con trágicas consecuencias para las democracias latinoamericanas.

Lo sucedido en Guatemala durante los días pasados marca un regreso a las épocas más oscuras de las dictaduras de los años 80 en muchos los países del continente. Esta nueva guerra contra los derechos ciudadanos, con el ingrediente adicional de una renovada política represiva hacia grupos de mujeres, diversidad sexual, defensores del ambiente y pobladores opuestos a las explotaciones mineras que no dejan ningún beneficio, aumenta la presión del caldero y expone al país a una explosión social de nefastas consecuencias. Ante esto, la única respuesta posible es un movimiento de unidad ciudadana capaz de anular el efecto de las estrategias divisionistas de sus enemigos más cercanos y más peligrosos: sus propios gobernantes.

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Strindberg: En la intimidad de un drama

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Hacer teatro es complicado. Se necesita perseverancia, talento y un buen ojo para escoger las obras; pero también apoyo, recursos y un público tan interesado como dispuesto a pagar el boleto para mantenerse sentado un par de horas ante un escenario.  Luis Largo y Alejandro Endara, conscientes de poseer solo algunas de las ventajas anteriores -y no precisamente las que facilitan el montaje- han decidido llevar “su” teatro hacia los espacios más íntimos e inusuales: espacios pequeños, cafés con ambiente informal en donde caben los sueños de artistas deseosos de compartir sus proyectos.

Ambos jóvenes -en sus veintes y con estudios de dirección y actuación en la Universidad del Azuay con licenciatura en Arte Teatral- unieron sus expectativas, sus talentos y un enorme caudal de energía para romper los obstáculos y adentrarse de lleno en el estudio y desarrollo de obras de gran nivel. Es así como han presentado en La Guarida El más fuerte, una de las obras de August Strindberg (1849-1912), el gran escritor y dramaturgo sueco y uno de los mayores exponentes del expresionismo en el teatro. Las obras de Strindberg, caracterizadas por romper de lleno con el romanticismo en los escenarios de su época para incursionar en una sátira cruda derivando luego hacia manifestaciones menos realistas, se prestan de manera magistral para llevarlas hacia un público culto y abierto a nuevas formas de expresión dramática.

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“- Fer ¿tú por aquí? Sentado en tu rincón el día de Nochebuena como un triste solitario… ¿Cómo estás?” -le espeta Jorge (Alejandro Endara) a un espectador desprevenido, sentado a una de las mesas del pequeño café. Su monólogo, a medida que avanza la obra, asciende de tono mientras domina el espacio físico, un poco más grande que el zaguán de una casa antigua y tenuemente iluminado en tonos rojizos, perfectos para dar un toque aún más dramático a la atmósfera del lugar.  Poco a poco la trama comienza a desenvolverse como un artilugio que se despliega frente al espectador, quien se va adentrando en la historia de un drama pasional entre dos hombres que alguna vez compartieron una buena amistad.

La pregunta surge por sí sola: ¿Por qué un drama tan oscuro? ¿Por qué Strindberg para marcar el inicio de una carrera teatral?

Luis Largo, el director de la obra y quien adaptó el libreto de El más fuerte para presentarlo en un espacio tan íntimo y ante una pequeña audiencia, explica:

-Con Alejandro Endara hemos escogido trabajar con autores de gran nivel porque existe un vacío en cuanto a obras complejas y poco populares. Estamos conscientes de las dificultades, pero estamos comenzando con un proyecto que ni siquiera hemos bautizado. Es decir, Alejandro y yo conformamos una compañía teatral sin recursos y aún somos bastante desconocidos en el medio; sin embargo tenemos grandes expectativas de desarrollar una identidad artística propia, apropiándonos de un espacio que ofrece buenas posibilidades de éxito. Hemos elegido a August Strindberg por ser uno de los más importantes autores pero también por su fuerza dramática y porque la adaptación de algunas de sus obras –así como las de otros dramaturgos- nos permite mantener esta línea de teatro íntimo, de cámara.

-Esta obra –agrega- tiene un tono dramático muy intenso, el personaje va elevando la expresión de sus emociones, por lo tanto la adaptación del libreto busca darle credibilidad y no solo mostrar el chispazo emotivo sino llevar su secuencia desde el origen, trabajar desde sus propias emociones. La dirección busca el resultado trabajando el proceso completo.

-¿Cuál es el concepto del proyecto en el cual están incursionando?

-La idea es incluir la ficción dentro de un espacio normal, bordear la frontera entre lo real y lo ficticio para que el público se sienta parte de una realidad alternativa. De algún modo todos creamos ficciones en nuestra vida y el teatro no es totalmente distinto de nuestras construcciones personales, concluye Luis Largo.

Alejandro añade:

-Para actores jóvenes que incursionan en un medio tan complejo, conseguir apoyo financiero es casi imposible. Lo intentamos de mil maneras pero nadie quiso aportar y de ese modo no teníamos ninguna posibilidad de tener acceso a un escenario tradicional. Por lo tanto, la opción era buscar establecimientos que nos permitieran montar nuestras obras en un formato pequeño y muy íntimo, lo cual ha resultado, además de original, un modo muy interesante de involucrar al público en el desarrollo de la trama. Hemos tenido muchos buenos momentos desde que comenzamos con este proyecto.

-¿Quién más ha participado en el montaje de esta obra?

Además de Alejandro Endara como el actor y Luis Largo en la dirección, hemos tenido la colaboración de Nanda Palacios, Raúl Armijos, Lucas Bozzacchi y Juan Maldonado en el diseño teatral. El afiche fue ilustrado por Kevin Ávila.

Publicado por El Mercurio (www.elmercurio.com.ec)  19/08/2018

 

 

 

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Ixquiac Xicará: ética y estética

Un artista cuya obra plástica perdurará con su fuerza a través de los años.

Una vida dedicada al arte constituye una aventura arriesgada y difícil. El mercado del arte no depende de los artistas, sino de tendencias marcadas por los críticos, los curadores, los coleccionistas, los dueños de galerías importantes pero mucho menos de quienes crean y producen las obras. En este contexto, un creador surgido de un ambiente ajeno a los salones en donde se decide quién vale y quién no resulta no solo una apuesta difícil; también es recorrer caminos llenos de obstáculos.

Rolando Ixquiac Xicará los recorrió todos y entró a lo más selecto del mundo artístico de Guatemala con un mensaje diferente y retador. Sus composiciones cuidadosamente estudiadas, su maestría en el manejo del color y un dibujo aparentemente ingenuo pero con una fuerte carga emotiva y cargadas de rebeldía, engañan a primera vista y dejan ese resabio de placer natural frente a la belleza. Pero sumado a ello, la complejidad de su pensamiento, su innegable habilidad para estampar en un espacio determinado todo un sofisticado universo de formas y conceptos con los cuales comparte su visión del mundo, no dejan lugar a dudas sobre su compromiso estético.

Los inicios de Rolando en las labores manuales comenzaron en el taller de zapatería de su padre. Luego, trabajando en un taller de enderezado y pintura adquirió la maestría en el uso de los más diversos materiales, sus colores, texturas y plasticidad. Al ingresar a la Escuela de Artes Plásticas ya llevaba ese valioso camino recorrido, lo cual le facilitó el aprendizaje. Al comenzar a pintar descubrió ese universo maravilloso para el cual ya poseía las habilidades prestadas por sus oficios anteriores. La pintura se convirtió, entonces, en el reducto seguro dentro de una ciudad cuya dinámica le era ajena. Ese punto de partida lo llevó a participar en bienales y salas de exhibición en el país y el mundo.

Existe, en toda su obra, un leit motiv absolutamente definido: el racismo. Sus personajes vienen desde la experiencia vital de un artista cuyos inicios fueron marcados por la discriminación y por una guerra cruenta y prolongada cuyas víctimas fueron en su inmensa mayoría indígenas como él. Rolando Ixquiac, quien en los años 70 no tenía por qué salirse del esquema trillado del costumbrismo estético, de la paleta vibrante de sus pares, de esa descripción preciosa del entorno rural, se abrió paso a través de una sociedad poco tolerante con las diferencias étnicas y sus pasos lo llevaron a invadir un espacio supuestamente ajeno. Rodeado de un mercado de arte emergente, fue capaz de sentar sus reales en salas de exhibición y subastas a la par de un arte ladino por excelencia.

La coherencia de su denuncia le significó críticas cuyo trasfondo iba dirigido más a descalificar su técnica que el contenido de su obra, como una manera de matar al mensajero frente a un mercado no proclive a la protesta política en tiempos de conflicto, en una sociedad conservadora y centrada en su condición de superioridad étnica. De ahí la cuidadosa concepción de temas en toda su obra, la elección de colores emblemáticos y la inclusión de detalles aparentemente insignificantes pero de un gran simbolismo, elementos cuya integración en el conjunto proviene de un estudio profundo del mensaje y una revisión exhaustiva del modo de transmitirlo.

Hoy Rolando ya no está. Su partida crea un inmenso espacio de ausencia entre sus familiares y amigos, pero también en el mundo del arte; ese mundo al cual ingresó un día con toda propiedad por la puerta principal.

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Rolando Ixquiac

Nos conocimos hace más de 40 años y aún sin vernos con frecuencia, nuestra amistad se fue cimentando con el tiempo. Hoy ya no está para deslumbrarnos con sus colores.

Les comparto esta columna que le dediqué en 2008:

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Las ratas del archivo

Ratas simbólicas o reales, la cosa es que aparecen de nuevo en óleos, acuarelas y en la memoria de tiempos pasados y presentes.

Las ratas estaban en el archivo, aunque también podría decirse que El Archivo estaba lleno de ratas. Más gordas, siempre ávidas de comida y con esa actitud subrepticia de los seres que viven escondidos en rincones oscuros, al acecho de sus víctimas.

Cuando Rolando Ixquiac Xicará exhibió su colección de ratas en los años ochenta, el mensaje era claro. Tan claro que todos hicieron su propia interpretación de intenciones y símbolos, de éticas y estéticas, seguros de haber dado en el clavo. Ratas grises –casi uniformadas- desfilaron por los muros de El Túnel de la zona uno con sus ojillos insignificantes y sus incisivos listos para hundirlos en la carne tierna.

Coleccionistas, intelectuales y curiosos las vieron y comentaron. Y las ratas, por consiguiente, se sintieron aludidas. Esta semana, veintisiete años después, salen de su escondrijo y se instalan triunfantes, una vez más en los muros de El Túnel, esta vez en su sede de Plaza Obelisco.

De acuerdo con Ixquiac Xicará, los pequeños roedores continúan vigentes. Según él, después de casi tres décadas muchas cosas permanecen y otras han involucionado al punto de haberse atrofiado del todo. Perteneciente a una generación anclada en el debate ideológico y con el concepto de un arte comprometido, el artista considera imposible abstraerse de la realidad al punto de traicionarla, lo cual lo coloca en la difícil disyuntiva de seguir esa línea de denuncia que marcó su trayectoria, o transformarse en un producto más del mercado del arte.

Quizás por eso sacó a las ratas del archivo, les sacudió el polvo, les retocó los bordes, las expuso a la luz y ahora quiere que las veamos todos para obligarnos a constatar que nada ha cambiado y aquellas vivencias del pasado, siguen vivas y vigentes.

De alguna manera sutil y compleja, resulta evidente que muchas personas han elegido permanecer inmersas en ese mundo oscuro de los disimulos, los equívocos y la negación del pasado, en ese afán de hacer caso omiso de lo de antes para tener el valor de enfrentar lo que viene. Sin embargo, ahí está el arte para recordarles el encadenamiento de los hechos y su enorme influencia en el presente de una democracia cuya esencia está diluída entre promesas no cumplidas y justicia no acatada.

Casi olvido hablar del valor estético de las ratas. La verdad es que son hermosas. Como toda expresión de buen arte, han sobrellevado el tiempo con perfecta dignidad y mantienen intactos sus trazos sutiles y la vaporosa huella del pincel. Pero detrás de la composición, el balance y la factura, la inquietante presencia del pasado.

 

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Secretos bajo la cúpula

Los escándalos del clero no son nuevos, pero vienen a hacer noticia.

 Los delitos cometidos por miembros del clero han pasado durante siglos bajo la vara del secretismo más hermético. Por el simple hecho de pertenecer a una comunidad amparada por un halo de espiritualidad, virtud y autoridad moral –el arquetipo de toda institución de carácter religioso- los hechos vergonzosos de abuso sexual, político, social, laboral y económico han sido acallados con la complicidad de la sociedad, pero también tolerados por los sistemas de justicia, hasta cuyas cortes recién comienzan a aparecer los sindicados.

El informe de más de mil trescientas páginas producido por el gran jurado de Pensilvania menciona casos aterradores de pedofilia, pornografía infantil, abortos forzados y otros delitos cubiertos por el silencio eclesiástico durante más de 70 años. Sin embargo, los crímenes bajo las cúpulas, en el amparo de los conventos y las gruesas paredes de los monasterios vienen desde muy atrás y han contado con una histórica garantía de impunidad. Ahora, cuando comienzan a salir a la luz pública estos hechos, también va tomando cuerpo la sanción moral de una comunidad de feligreses no dispuestos a tolerarlos.

El imperio construido bajo la insignia de la espiritualidad viene mostrando agujeros en su estructura a lo largo de toda su historia. La violencia ejercida desde los púlpitos con la anuencia de comunidades dóciles ante la imposición patriarcal y dominante de la Iglesia, no solo ha impactado a víctimas de abuso sexual, también ha influido de manera determinante en los ámbitos de la política, la economía y muy especialmente en el control de comunidades campesinas e indígenas con el propósito de transformar en virtudes espirituales sus carencias, su pobreza y su marginación. 

La crisis experimentada actualmente por la iglesia católica no se reduce a los delitos de sus sacerdotes y ministros, también cuenta con una enorme cuota su posición cerrada respecto de la despenalización del aborto, lo cual ha generado en las recientes semanas una ola masiva de rechazo por parte de feligreses decididos a abandonar a la institución bajo cuyos parámetros y enseñanzas fueron educados desde la infancia. Hoy la apostasía ha dejado de ser un pecado para convertirse en un acto de reivindicación política, espiritual y social.

Al detallado informe del gran jurado de Pensilvania se suma el justo reclamo de las mujeres: teólogas, religiosas y laicas van decididas a luchar por la igualdad. Sometidas a un plano de servidumbre y dominación durante siglos, las mujeres pertenecientes y cercanas a la institución comienzan a levantar sus voces para exigir respeto, equidad y espacios de toma de decisiones dentro de las jerarquías eclesiásticas. También exigen su liberación del servicio doméstico al cual son relegadas -dentro del ámbito eclesiástico- incluso aquellas estudiosas que ya poseen doctorados en teología.

Muchos son los obstáculos a vencer pero estas mujeres han decidido luchar por su ingreso en los órganos de poder y tener acceso a ejercer el sacerdocio en igualdad de condiciones que los hombres. Esto deja en evidencia la delicada situación que enfrenta el Vaticano, ya que la supervivencia de cualquier institución –religiosa o no- depende en alto grado de su capacidad para adaptarse a los cambios de la sociedad en la cual se desempeña. La resistencia férrea del catolicismo a comprender y adoptar los nuevos parámetros del mundo actual puede ser su condena a perder gran parte de su influencia, como ya está siendo condenada moralmente por los excesos y los crímenes de muchos de sus miembros.

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El lento suicidio de una nación

Hay muchas maneras de acabar con las posibilidades de progreso para un país.

 Cuando presumimos de ser inteligentes, solemos compararnos con otros seres vivos de la naturaleza. Grave error. Nuestra capacidad para pensar, analizar, diseñar nuevos modelos de sociedad, desarrollar tecnología y modificar el entorno se ha divorciado paulatinamente de las necesidades vitales de las personas. Los animales y las plantas, en cambio, funcionan de manera colectiva y no solo se protegen, sino además administran sus recursos para evitar sufrir las consecuencias de una depredación total de su hábitat.

En estas primeras décadas del siglo nuestra dependencia de los sistemas tecnológicos tiende a acentuarse de modo acelerado. Quienes poseen los recursos económicos para tener acceso a la tecnología, esta dependencia alcanza visos de obsesión. Lo que no nos dicen es cómo van a enfrentar las nuevas generaciones –y quizá nosotros- los enormes desafíos cuando los fenómenos atmosféricos alcancen un nivel catastrófico: calentamiento global y desertización con su cauda de inundaciones, pérdida de fajas costeras, agotamiento de los recursos hídricos, sequías y otros fenómenos de los cuales ya hemos tenido los primeros anuncios.

Si esto resulta fatal en países desarrollados, para aquellas naciones menos afortunadas, cuyos gobiernos corruptos se sostienen gracias a un balance desigual de los poderes, el futuro presenta riesgos de enorme envergadura. Entre estos países se encuentran algunos de los más afectados por las intervenciones políticas, económicas y militares de Estados Unidos, como los que componen el triángulo norte de Centroamérica –Guatemala, El Salvador y Honduras- cuyas frágiles democracias se encuentran bajo constante amenaza.

En estos países, los indicadores de desarrollo humano revelan un cuadro de abandono y abuso indescriptibles. La desnutrición crónica, miseria, violencia y falta de oportunidades para las nuevas generaciones auguran un futuro marcado por la profundización de sus carencias, con una gran masa poblacional bajo la línea de la pobreza cuyas capacidades intelectuales -reducidas por efecto de su condición nutricional- les impedirá tener acceso al mercado laboral; y cuya pobreza será, por razones obvias, un obstáculo insalvable para emprender cualquier iniciativa como salida hacia el desarrollo.

Lo más preocupante de este cuadro es la falta de inteligencia de quienes poseen el poder económico. Ocupados en consolidar sus privilegios y aumentar sus riquezas, han olvidado el hecho elemental de su dependencia de la fuerza laboral, gracias a cuyo trabajo mal remunerado han amasado algunas de las mayores fortunas del continente. Sumado a ello, su indiferencia hacia las graves consecuencias de sus industrias extractivas y cultivos extensivos, que han destruido por completo algunos de los más importantes ecosistemas de la región, denota una absoluta falta de sentido común.

En otras palabras: la combinación de gobiernos corruptos y empresariados miopes da como resultado el suicidio lento de naciones ricas en potencia, pero miserablemente administradas por castas fincadas por siglos en los poderes de esos Estados. A ello se suma una clase media con afanes aspiracionales y bajo la ilusión de pertenecer al sector privilegiado aun cuando lo sirven por migajas. Este colchón poblacional –entre los ricos muy ricos y los pobres muy pobres- se conforma mientras no haya síntomas de colapso y reeligen, una y otra vez, a sus mismos representantes políticos. Quizá sea ahí en donde se necesita empezar a reconstruir la autoestima de estas naciones castigadas por siglos.

La codicia es capaz de anular la inteligencia y el sentido común.

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La trata: un pingüe negocio

El silencio alrededor de los crímenes contra la niñez evidencia complicidad institucional.

Las macabras historias de los “hogares seguros” en donde van a parar niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad revelan hasta dónde son capaces de operar las organizaciones criminales y cómo la sociedad calla y tolera. Estas aberraciones suceden no solo en Guatemala, Argentina o Chile; también en países más desarrollados en donde los derechos de la niñez pasan por debajo de la vista pública y se violan sin control alguno. Las víctimas, al pertenecer a los sectores más débiles de la población –NNA pobres, abandonados y sometidos a la autoridad de otros- no poseen la menor credibilidad frente a los sistemas de justicia.

Esto fortalece a las redes de trata de personas en sus distintas modalidades en un sistema cuya principal característica es la discriminación contra los sectores más pobres, las mujeres y los menores de edad. Es decir, grupos poblacionales cuyos derechos no son ejercidos libremente, sino dependen de quienes ostentan el poder en un escenario de machismo y patriarcado. ¿Qué ha sucedido con las denuncias recurrentes de la periodista Mariela Castañón en Guatemala sobre las fuertes sospechas de la existencia de redes de trata en los hogares seguros de ese país? Nada. Los entes de investigación, callan. El gobierno, sobre cuyos integrantes flotan sospechas de abuso sexual y violaciones, calla. Y la ciudadanía insiste en condenar a las víctimas con su actitud atávica de desprecio por su condición de marginadas, porque en su visión de las cosas nada es más despreciable que un ser humano débil e impotente.

Las acusaciones crueles e injustas contra las niñas violadas y quemadas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción hablan por sí solas. Se las etiquetó como prostitutas y delincuentes por el simple hecho de haber ido a caer en un sistema de abuso, tortura y muerte. Las razones por las cuales habían sido institucionalizadas no fueron analizadas ni comprendidas por una mayoría urbana siempre presta a condenar a sus semejantes a partir de rumores y apariencias, dando mayor crédito a los victimarios que a las víctimas.  

Arriesgar la vida frente a organizaciones criminales tan poderosas es una apuesta valiente de los pocos periodistas que se han dado a la tarea de investigar. Los tentáculos de estas redes se fincan con fuerza no solo en entidades gubernamentales y cuerpos de seguridad particulares y oficiales, también se garantizan impunidad gracias al poder de sus clientes. Es decir, de no emprenderse una campaña de fondo para erradicarlas, lo natural será su consolidación porque el dinero que fluye del negocio de la trata constituye un instrumento poderoso para romper obstáculos en todos los frentes, incluido el sistema de justicia, por lo cual las denuncias quedan en legajos muertos acumulando polvo.

Uno de los síntomas más preocupantes del poder del negocio de la trata es la recurrencia de desapariciones de niñas, niños y adolescentes de todas las edades, especialmente en nuestro continente. Son miles de seres indefensos cuya ausencia detona alertas pero de quienes, a pesar de las denuncias, nunca se vuelve a saber. Sin embargo, innumerables prostíbulos que ofrecen servicios sexuales de menores gozan de la protección de la policía y otros funcionarios, quienes aprovechan ese recurso de enriquecimiento ilícito cerrando los ojos a una realidad aberrante. Es imperativo comprender en dónde reside el origen de esta monstruosa maquinaria y comenzar a construir sociedades cuya principal prioridad sea la protección de la niñez. La vida de estos seres vulnerables no es una moneda de intercambio sino la base de una sociedad funcional, justa e integradora. Una sociedad menos sentenciosa y mucho más empática.

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Una apuesta audaz: Invierno… o las 10 formas de sentir frío

Muchas veces consideramos normal rechazar lo nuevo, desechando con ese gesto conservador la apertura hacia sensaciones y conocimientos que podrían echar por tierra algunos de nuestros más arraigados conceptos.

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Por eso me ha parecido tan valiosa la apuesta del Laboratorio de Danza Contemporánea perteneciente a la Facultad de Artes de la Universidad de Cuenca. Tienes sobre un escenario desnudo y austero a un grupo numeroso de bailarines estáticos. Nadie se mueve, excepto una de ellas. Esperas a ver qué sucede, y nada. Pero a medida que se va desarrollando en una línea de tiempo impredecible, comienzas a percibir, a comprender y a sentir.

No hay posturas clásicas, únicamente cuerpos en una dinámica progresiva, una línea musical que los acompaña y una voz que aporta una textura auditiva distinta. Un espectáculo capaz de escarbar en nuestro concepto de la danza como una de las bellas formas de arte y romper el marco conceptual de la armonía, la forma y el uso de las técnicas a las cuales estamos acostumbrados. A la danza le sucede lo mismo que a la música; nos quedamos en el clasicismo más ortodoxo porque es el que encaja con nuestra percepción de la belleza y no vamos más allá en la exploración de lo nuevo, en la creación de otras formas, otros estilos y otros lenguajes. Por eso esta propuesta es importante.

La audaz coreografía de Ernesto Ortiz Mosquera en su creación Invierno, basada en uno de los cuatro conciertos de Las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi –El Invierno, con sus 3 movimientos- ofreció, en sus primeras dos presentaciones, un espectáculo cuya complejidad y armonía escénica representaron un reto interesante para un público poco acostumbrado a los desafíos. La música, parte fundamental de todo el conjunto, fue interpretada por el Ensamble de Música Contemporánea de la Orquesta Sinfónica de Cuenca. Respecto de lo anterior, es importante subrayar que la resistencia hacia las nuevas propuestas no se reduce al público de Cuenca, Santiago de Chile, Bogotá o al de América Latina en general; la visión conservadora también corre por las butacas europeas o asiáticas, porque lo nuevo siempre constituye un esfuerzo; una ruptura de códigos estéticos sólidamente instalados en nuestra forma de percibir el arte.

A propósito de esta especie de tendencia a lo archiconocido, el musicólogo español Miguel Ángel Marín publicó un estudio que lo demuestra. De un lapso de 5 años y 5 mil conciertos celebrados por diferentes instituciones en 283 ciudades de todo el mundo, constató que el 20 por ciento de la programación se concentra en apenas seis compositores: Beethoven, Schubert, Mozart, Brahms, Bach y Debussy. De este círculo privilegiado ninguno de ellos nació siquiera durante el siglo pasado. Es decir, el público aún responde al más puro clasicismo y los compositores modernos deben serles impuestos para darlos a conocer. Algo así sucede con la danza, con la plástica y con toda expresión que escape de nuestro concepto de “lo que debe ser”.

Ernesto Ortiz es un coreógrafo con más de 30 años de experiencia en el ámbito de la danza y desde 2014 está a cargo del Laboratorio Permanente de Técnicas Contemporáneas de Danza y Composición coreográfica. De hecho, esta unidad académica fue creada en esa fecha y la mayoría de los intérpretes de Invierno han sido o son actualmente sus alumnos. Es decir, además de lo novedoso de la propuesta, el riesgo era mayor por depender de las técnicas y habilidades de un grupo joven e inexperto.

Quise saber más y me senté a conversar con Ernesto Ortiz. Sobre la metodología utilizada en la selección de los bailarines, explica:

  • “El entrenamiento es sumamente importante. Es un entrenamiento que no busca “formatear” los cuerpos de una manera específica, no busca construir una sola estética corporal sino más bien intenta aprovechar la diversidad de cada cuerpo para potenciar las capacidades de cada quien. Además, en el proceso de formación hemos tenido la colaboración de maestros que han venido de otros lugares a dar técnicas de creación y de danza contemporánea, de modo que el Laboratorio se ha convertido en un espacio importante para confrontar el trabajo creativo con la rutina de las clases y la parte académica de la carrera. El perfil que buscamos no es de experto en danza ni en teatro, sino de creador escénico, un profesional capaz de alimentarse de ambas disciplinas para escoger de ellas las herramientas que necesita para crear.”

Ustedes, como creadores, han desafiado los cánones tradicionales de la percepción de la danza, ¿cómo ha sido esa experiencia con creaciones anteriores?

-“En mi experiencia como creador, desde el momento en el cual propongo un lenguaje diferente al formato conocido en donde la lectura está previamente dada, el público debe hacer su propia lectura y eso significa sacarlo de su lugar cómodo de espectador en la oscuridad de la sala. El problema se plantea cuando creas, porque la obra tiene que funcionar dentro de ese espacio como una unidad, de otro modo comunicará menos y perderás la atención de la audiencia. Entonces el artista que ofrece una dramaturgia expandida como ésta, tiene el compromiso de hacer funcionar esa maquinaria conceptual para evitar la desconexión con el espectador.”

Quizá lo más importante en el trabajo del Laboratorio de Danza Contemporánea sea el desarrollo creativo con miras a ampliar las perspectivas estéticas de la sociedad a la cual pertenece. Sus propuestas novedosas y de algún modo transgresoras de lo convencional irán permeando en el público, alimentando de ese modo la libertad creativa y las posibilidades futuras para la proyección del arte nacional hacia los grandes escenarios del mundo. Esperamos que así sea.

 

ERNESTO ORTIZ

Ernesto Ortiz

Ernesto Ortiz es bailarín, coreógrafo y crítico de danza. Su obra ha sido de gran influencia en la escena dancística ecuatoriana desde hace varios años. Tiene a su haber más de cuarenta creaciones escénicas y varios premios. Dos libros en los que reflexiona sobre el proceso creativo y sobre la relación entre danza y filosofía, además de su Maestría en Estudios del Arte, lo avalan como un artista que integra la práctica con el pensamiento, articulada y conscientemente.

Ha colaborado como coreógrafo residente e invitado en instituciones del nivel de la Universidad de Harvard (2005), la Universidad de Vassar (2005) y la Universidad de Illinois (2007).

Así mismo ha desarrollado su trabajo en medios impresos, nacionales y extranjeros, tales como Mundo Diners, Conjunto (Casa de las Américas), El Búho, El Sótano, El Apuntador –entre otras-, especializándose en la crítica de artes escénicas.

Actualmente, Ortiz es miembro del Consejo Editorial de la Revista “El Apuntador” y maestro titular de la Facultad de Artes de la Universidad de Cuenca, en las cátedras de Composición y Técnica Contemporánea, Crítica de la escena e Historia  de la danza, dirige el Laboratorio Permanente de Danza y Composición Coreográfica, miembro del Consejo Editorial de la Facultad y co-director del Proyecto de Investigación Artística “Teoría de la forma: estrategias artísticas y teóricas para la superación del canon posmoderno”.

*Para mayor información: ernestortiz.weebly.com

Publicado por El Mercurio https://ww2.elmercurio.com.ec/2018/07/30/una-apuesta-audaz-invierno/

 

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Porque te temo, te ataco

El recrudecimiento de violencia contra las mujeres no es más que una señal de temor

Mujeres apuñaladas en Chile en plena vía pública por exigir el respeto de sus derechos reproductivos; mujeres agredidas en Argentina, en medio de su exigencia por el derecho al aborto; mujeres lapidadas en los países musulmanes por demandar la libertad individual que les ha sido negada por mandato religioso; mujeres en Centro América asesinadas por protestar contra la destrucción de su hábitat, contra la corrupción gubernamental, contra el abuso de los dueños del capital; monjas de distintas congregaciones denunciando violaciones sexuales perpetradas por jerarcas de la iglesia católica. Mujeres, todas ellas, enfrentadas a un inmenso poder patriarcal cuya fuerza sanciona cada uno de sus pasos y se apodera de sus derechos para someterlas a una esclavitud naturalizada por las sociedades a las cuales pertenecen.

La ola feminista se erige como una demanda universal por la recuperación de la dignidad y la independencia de la mitad de la población mundial. A estas alturas de la historia, es imperativo comprender sus alcances y su lógica, abandonando los estereotipos tendentes a descalificar sus métodos y objetivos. Algunos escasos focos de equidad en países desarrollados o en comunidades incontaminadas por las ideologías externas representan un ejemplo de cómo las naciones se fortalecen cuando todos sus integrantes alcanzan un estatus similar en cuanto a derechos y respeto por su integridad. Sin embargo, lo prevalente –como comportamiento humano- es la represión de las libertades para el sector femenino, transformada en un mecanismo de defensa y una manifestación de temor del sector masculino ante la posibilidad de verse obligado a compartir cuotas de poder en todos los ámbitos de la vida ciudadana.

Esta lucha –cuyos alcances políticos, económicos y sociales constituyen una verdadera revolución- se ha intensificado de manera rotunda en los últimos años, rompiendo diques y dejando clara la voluntad de las mujeres de no dejarse avasallar; de romper los mecanismos de sometimiento; de batallar contra las injusticias de jueces y magistrados en casos probados de abuso sexual y crímenes en su contra; en fin, de poner un coto definitivo a un sistema que las ha doblegado durante siglos. El momento actual se define con mayor claridad: los asesinatos de mujeres y los ataques contra sus manifestaciones públicas de rechazo al sistema expresan, más que odio, un temor profundo de quienes detentan el poder. Al enfrentar la posibilidad de ser relegados a una posición de igualdad a la cual no están acostumbrados y consideran ofensiva hacia su posición de superioridad en todos los órdenes de la vida, rechazan de manera enfática y con lujo de violencia cualquier intento de cambio.

Los derechos de las mujeres, consignados en las cartas fundamentales de las naciones y en innumerables documentos firmados y ratificados por la mayoría de países, comenzarán a dejar de ser letra muerta para convertirse paulatinamente en realidades concretas. Las nuevas generaciones de hombres y mujeres tienen mucho más claro el panorama y eso representa uno de los grandes avances de la lucha feminista. Su concepto de la igualdad de derechos y obligaciones, la perspectiva de género en sus diversas manifestaciones y el rechazo a la imposición de un sexo por sobre el otro ya forman parte de una perspectiva distinta de las relaciones humanas. Solo falta el salto generacional de sistemas jurídicos de orden patriarcal y de quienes los administran, para que el paso hacia una justicia con enfoque de género se imponga y derrote los estereotipos imperantes en las cortes, despachos oficiales y millones de hogares.

Hace falta un salto generacional en los sistemas actuales de justicia.

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Cuando habla el pueblo

La represión contra los manifestantes nicaragüenses es señal inequívoca de pérdida de control político.

Más de 300 muertos y alrededor de 2 mil heridos ha dejado hasta la fecha la represión en las jornadas de protesta en Nicaragua. Esto refleja la profunda crisis de autoridad del gobierno de Daniel Ortega –el líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional quien derrocó al dictador Anastasio Somoza hace ya 39 años- y marca la necesidad urgente de un cambio en el escenario político de ese país hacia un ambiente de diálogo y consenso, un umbral que ya parece difícil alcanzar. El perfil de las víctimas de la represión habla por sí solo: son jóvenes estudiantes, sacerdotes, niños, adolescentes, hombres, mujeres y personas mayores cuyo único delito es salir a las calles a manifestar su repudio contra el gobierno y sus políticas. Los ataques, de una violencia extrema, han sucedido en distintas localidades de ese país, protagonizados tanto por la Policía Nacional como por grupos parapoliciales.

La comunidad internacional ha expresado un blando repudio por los operativos del gobierno sandinista y a través de sus distintos organismos exige el respeto de los derechos humanos y el cese de la represión. Pero en el conflicto nicaragüense hay mucho más que dos bandos en pugna: existen intereses geopolíticos de enorme poder por parte de Estados Unidos, cuya influencia en la región resulta incuestionable y cuyas tácticas de intervención son ya ampliamente conocidas. Este factor es una de las razones por las cuales algunas organizaciones políticas de izquierda persisten en su apoyo al régimen, amparándose en un discurso desactualizado y rotundamente antiimperialista  cuyos argumentos de corte ideológico no logran justificar la gran debacle gubernamental ni sus acciones represivas.

Es imposible pasar por alto un hecho trascendental en esta lucha desigual: la fuerza y el valor de los nicaragüenses, quienes exponen su vida por defender sus derechos ante un sistema corrupto que ha traicionado los ideales que dieron origen a su plataforma de gobierno. Algo que comenzó con una simple protesta por las reformas a la seguridad social decantó en la exigencia de la renuncia de Daniel Ortega y su equipo de gobierno, saliéndose de los cauces pacíficos para desembocar en un enfrentamiento directo cuyas imágenes abundan en los medios de comunicación.

Existen denuncias de que en distintas localidades de Nicaragua se han producido arrestos injustificados y sin orden de aprehensión emitida por un juez, ciudadanos secuestrados para desaparecer por días sin dejar rastros, apareciendo luego muertos y torturados; familias completas atacadas en sus viviendas por individuos encapuchados, centros de detención saturados de civiles capturados durante las jornadas de protesta. El cuadro actual de la crisis nicaragüense es demasiado complejo como para explicarlo por medio de fórmulas de ideología política o un posicionamiento de apoyo a un régimen que no ha sabido apegarse a los principios democráticos y a sus promesas de fidelidad a la causa sandinista.

La Nicaragua de hoy va en una vía peligrosa que podría desembocar en una guerra civil, escenario propicio para que agentes internos y externos aprovechen el caos para echar por tierra los avances sociales que se hayan alcanzado durante estas cuatro décadas. Esto hace presumir que de no lograrse un acuerdo satisfactorio en un contexto de paz, la estabilidad de Nicaragua tomará años en recuperarse y tendrá un alto costo en sus perspectivas de desarrollo. Para salir de la crisis, un paso esencial es escuchar a su pueblo y atender sus legítimas demandas, para ello de nada sirven las armas ni la violencia.

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Los pañuelos verdes

Las cifras de niñas embarazadas y mujeres muertas por abortos clandestinos exigen una revisión profunda y urgente de los marcos legales.

Las mujeres argentinas han marcado un hasta aquí en uno de los temas más sensibles y controversiales para las sociedades latinoamericanas: el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo –IVE- impulsado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. El emblema de la organización desde la cual se originó el movimiento hace ya 15 años es un pañuelo verde con una inscripción en blanco que reza “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, poniendo de relieve una de las causas principales de muertes evitables de mujeres en todos los países del continente.

El proyecto de la despenalización del aborto –ya aprobado por la Cámara de Diputados argentina luego de uno de los debates más apasionantes y reñidos de los últimos tiempos- busca despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo en las 12 primeras semanas de gestación y más allá de ese plazo cuando la vida de la mujer está en riesgo, cuando es producto de violación o existen malformaciones fetales graves. El debate, ampliamente difundido, estuvo marcado por intervenciones de carácter científico, ético y jurídico de muy alto nivel, lo cual establece una gran diferencia con las posturas de políticos y miembros de instituciones civiles en otros países, en donde los argumentos excluyen el marco de derechos de la mujer en un contexto real de riesgo de vida, desde una perspectiva de salud pública y derechos humanos.

Los derechos de las mujeres en cuanto a sus libertades individuales han estado históricamente restringidos. No solo desde el seno del hogar, en donde experimenta la mayoría de las agresiones y limitaciones a su desarrollo, sino en todos los estamentos de la sociedad a la cual pertenezca, en donde se le exigen ciertas conductas predeterminadas por un sistema machista enfocado en privilegiar las aspiraciones del segmento masculino: virginidad, sumisión, entrega absoluta a un rol diseñado para garantizar la reproducción en un escenario lleno de mecanismos de control.

Una de las amenazas constantes en la vida de niñas y mujeres es la violación sexual, hecho consumado en su mayoría por hombres de la familia o conocidos y en cualquier ambiente de su entorno, provocando no solo embarazos no deseados sino también trauma psicológico permanente y toda clase de obstáculos a su normal desarrollo. En el caso de las niñas y adolescentes, un embarazo significa un elevado riesgo para su vida porque al no haber alcanzado su cuerpo una plena madurez, no está preparado para semejante trastorno físico y emocional. Sin embargo, la mayoría de nuestros países presentan cifras récord de niñas y adolescentes embarazadas sin la menor posibilidad de interrumpir un proceso de gestación provocado por un delito, porque sus legislaciones lo prohíben a partir de consideraciones de carácter religioso.

Uno de los resultados más notables de lo sucedido en Argentina con este colectivo que ha logrado mover a las masas en la exigencia de una apertura legal sobre el tema, es haber dejado establecida la condición laica del Estado en su toma de decisiones en una sociedad integrada por personas diversas, cuyos parámetros de vida no responden necesariamente a una visión única a partir de una doctrina religiosa.

La marea verde de las mujeres argentinas ha abierto los espacios de discusión con respeto y la decisión muy saludable de acabar con los mitos y los tabúes sobre la sexualidad femenina, sus derechos reproductivos y su determinación de no volver a cerrar esas compuertas. El diálogo con respeto pero, sobre todo, el diálogo informado, es la tarea pendiente para otros países de nuestro continente.

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Los valores relativos

Cuando una reacción ante la muerte marca la diferencia entre humanos.

 En cuanto vi las noticias sobre los niños atrapados en un sistema de cavernas en Tailandia regresaron a mi mente las imágenes de las niñas guatemaltecas quemadas en uno de los “hogares seguros” del sistema de protección de la niñez en Guatemala. Las vi tendidas en las camillas y escuché sus alaridos de dolor y pánico. Vi cómo los representantes de las autoridades de seguridad, supuestos a protegerlas, las observaban con desdén; y también regresaron a mi memoria los rostros angustiados de familiares y bomberos que acudieron a socorrerlas. Muchos vimos y escuchamos a través de los medios de comunicación  las declaraciones contradictorias de los responsables de su seguridad y seguimos el hilo de las noticias, incrédulos cuando las máximas autoridades intentaron endosar la culpa a las víctimas.

Es, entonces, ante la inmensa solidaridad y preocupación por la vida de los niños atrapados en las cavernas de Tailandia -no solo por la ciudadanía sino también por sus autoridades- cuando surgen las dudas respecto de la legitimidad y los valores humanos de quienes tienen a su cargo el enorme peso de dirigir los destinos de un país. Es allí, en los momentos álgidos de las decisiones oficiales en donde se define si una nación está en manos de seres humanos o de una estructura diseñada para explotar a fondo las oportunidades que ofrece la cooptación de un Estado. Es también cuando se marca el abismo entre sociedades, en donde ante una desgracia que afecta a un grupo de niños desaparecen las diferencias entre grupos para unirse con la solidez de la hermandad pura y simple.

Las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción tenían tanto derecho a vivir como los niños del equipo de fútbol atrapados en las cavernas tailandesas. La enorme diferencia es que mientras ellas fueron explotadas, maltratadas, víctimas de toda clase de acusaciones injustas y abandonadas a su suerte en un sistema perverso, ellos han sido arropados por una sociedad solidaria y empática, preocupada por salvarlos de la muerte. La comparación vale porque ni unas ni otros tienen culpa alguna por su situación. Ambos grupos de infantes pertenecen a una comunidad humana responsable por su bienestar, su seguridad y su integridad. Cómo se les trate y cuántas oportunidades de tener un futuro pleno y feliz depende de adultos y de las decisiones de gobernantes capaces o no de ofrecerles una vida digna.

Las actitudes revelan mucho. Los alegatos de falso cristianismo y los intentos de ocultar la verdad aun ante evidencias, dice todo respecto de las verdaderas intenciones de una persona. El auténtico valor humano no reside en un discurso machacón y plagado de lugares comunes para evadir responsabilidades, sino en acciones concretas dirigidas a consolidar a las instituciones cuya existencia es vital para resguardar la integridad de la justicia y la vida democrática.

Las niñas del Hogar Seguro, así como las víctimas del Volcán de Fuego abandonadas a su destino, se han convertido en un símbolo para Guatemala. Un símbolo acusatorio, una sombra en la conciencia de quienes, por su posición privilegiada en la cúpula del quehacer político y económico, son los máximos responsables por su seguridad y su vida. Podrán pasar los meses y los años, la memoria histórica no se borrará ni la falsedad de los gobernantes se convertirá en una verdad alternativa. Algún día se hará justicia.

Ninguna mentira dura para siempre; la verdad tiene un poder superior.

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Más allá de las palabras

Los libros son pequeños universos en donde a veces nos perdemos.

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 Algunos de los recuerdos más poderosos de mi infancia tienen que ver con libros. Nací en una casa en donde abundaban y de padres cuyas preocupaciones, muy alejadas del contenido de las lecturas de sus hijas, nos daban total libertad; por eso, quizá, pude encontrarme con autores como Dostoievski a una edad ridículamente corta. Por eso también me adentré en un mundo fantástico en donde –aun sin comprenderlo- tuve contacto íntimo con las infinitas rutas del lenguaje, una aventura capaz de marcar mi vida para siempre.

Los libros me han acompañado desde entonces y tengo algunos tan antiguos como para deshacerse entre mis manos; pero son tesoros capaces de cambiar no solo un estado de ánimo, sino también una perspectiva de la vida y eso los convierte en un recurso valioso para comprender y afrontar los desafíos de nuestro entorno. ¿Cómo, entonces, vivir sin ellos? Sin embargo, millones de niñas, niños y adolescentes apenas tienen contacto con algún texto escolar de mínima calidad y habitan en aldeas y pueblos en donde una biblioteca es un lujo desconocido.

En el transcurso de mi vida he comprendido que aprender a leer y escribir nunca es suficiente, es apenas el inicio de un ejercicio de comunicación vital para el desarrollo humano. Por ello, privar de educación y de lecturas de calidad a la infancia es un pecado político muy caro, porque aquellas naciones en donde la niñez carece de oportunidades y de acceso a la lectura sufren las consecuencias en un marcado retraso de las posibilidades de desarrollo de sus nuevas generaciones. Guatemala es uno de esos países en donde la lectura está vedada para las grandes mayorías, no solo por el alto costo de los libros sino por el establecimiento –de muy antigua data- de estrategias puntuales para mantener a la población alejada de toda fuente de ejercicio intelectual y, por tanto, del desarrollo de sus capacidades ciudadanas en un marco de conocimiento del mundo que le rodea.

En este escenario, entonces, la celebración de la Feria Internacional del Libro en Guatemala, Filgua, representa un respiro importante; una ventana amplia e inclusiva para oxigenar las ideas y renovar el compromiso de compartirlas. Allí, en un ambiente festivo y dinámico de conferencias y lecturas, se produce ese encuentro entre las mentes jóvenes y ávidas de saber con quienes han hecho de la literatura su forma de vida. Lectores y autores en una plataforma de intercambio, cuyo resultado ideal es una cosecha de consumidores de buenos libros y, por ende, de obras que probablemente dejarán una huella profunda en sus vidas.

Filgua es la celebración del libro en un país de poetas, es la fiesta de las letras y las palabras, las ideas y los sueños para compartir. Durante muchos año acudí y algunas veces también participé de esa vorágine de actividades en entrevistas y presentaciones de obras literarias. Tuve el enorme privilegio de disfrutar la compañía y la amistad de autores nacionales y extranjeros de enorme valía y de editores que no han bajado la guardia para continuar luchando por la promoción de la lectura, aun contra los obstáculos de un entorno oficial hostil hacia la educación, la cultura y el arte.

Este año, la XIV Feria Internacional del Libro en Guatemala tendrá como invitado de honor a Francia y estará dedicada a celebrar “El Mundo de Asturias” para conmemorar el cincuentenario del Premio Nobel al escritor guatemalteco. A partir del 13 de julio, Filgua abrirá sus puertas y comenzará su ciclo de actividades. Te invito a disfrutar de esa fiesta literaria.

Cada libro abre tu mente hacia un universo lleno de nuevas ideas.

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Romper las barreras

Guatemala necesita un sacudón político para derribar las viejas estructuras.

 El sistema creado por las organizaciones criminales ensartadas en la institucionalidad del Estado guatemalteco –incluido el núcleo formado por el presidente y sus ministros- les permitirá continuar cometiendo actos de corrupción en tanto no exista una oposición ciudadana capaz de romper el cerco de la impunidad. Para ello, resulta indispensable derribar las barreras del miedo y la indecisión, así como asumir que sin participación y exigencia desde el ámbito civil solo se consigue ceder espacios de poder con la consiguiente pérdida de oportunidades de desarrollo para el país.

Algo al parecer incomprendido por la población urbana y ladina es el poder de la unidad y la necesidad urgente de un trabajo conjunto desde distintos sectores para construir objetivos comunes a toda la ciudadanía, sin excepción alguna. Las estrategias divisionistas de quienes se han aprovechado históricamente de los beneficios y las riquezas nacionales han dado resultados y crearon una nación fragmentada en constante enfrentamiento, permeada por prejuicios racistas y conflictos de clase. Justo el cuadro ideal para dominar económica y políticamente a todo un país.

Tanto como un ejercicio de unidad nacional, es importante comenzar un proceso de análisis de todo el marco jurídico cuyos resquicios han permitido la clase de abuso extremo presente en el gobierno actual y en las anteriores administraciones. El saqueo y las negociaciones ilícitas (pero legales) han debilitado a tal punto la integridad del Estado y sus recursos, que para recuperar lo perdido se necesitarían varias generaciones de gobernantes abiertamente revolucionarios. El subsuelo y sus riquezas, vaciados con total impunidad por compañías extranjeras asociadas con empresarios guatemaltecos que han vendido a su patria para enriquecerse a niveles obscenos, constituye un bien colectivo cuya explotación debería estar sujeta a procesos de consulta nacional y sistemas transparentes de gestión.

Los acontecimientos recientes, entre ellos la inconcebible actitud del gobierno guatemalteco frente a la separación de las familias en la frontera estadounidense y su perversa indiferencia ante la tragedia humana derivada de las erupciones del volcán de Fuego marcan, sin lugar a dudas, un límite a la pasividad de la ciudadanía y ponen de manifiesto la necesidad de sacudir de una vez por todas el complejo de “subordinación a la autoridad”, especialmente cuando esa autoridad ha dejado de serlo para transformarse en el peor de los enemigos de la nación y sus habitantes. Lo mismo sucede respecto de un sistema económico basado en los moldes medievales de explotación de los más pobres para beneficio de los más ricos.

Guatemala posee todos los atributos para salir del actual estado de colapso político y económico. Tiene ciudadanos de enorme valía, cuyas capacidades bien aprovechadas representarían un nuevo renacer. Pero eso exige un esfuerzo ciudadano para romper barreras, recuperar cuotas de poder, cerrar divisiones étnicas y comprender que sin unidad será virtualmente imposible enfrentar a las mafias enquistadas en el Estado.

Las nuevas generaciones de guatemaltecos merecen ese esfuerzo y mucho más para dejar de ser las víctimas de un país que los expulsa de su tierra y los empuja a enfrentar las vicisitudes de una emigración tan injusta como peligrosa. Guatemala es un país rico y podría ofrecer a sus habitantes un futuro promisorio, para ello bastaría un compromiso de quienes, con la capacidad y ética necesarias, pueden erradicar los males que hoy la tienen en la lista de los países peor catalogados.

Las nuevas generaciones merecen un esfuerzo ciudadano real y concreto.

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Zona de desastre

En Guatemala la vida se ha vuelto una prueba de resistencia contra adversidades.

 Al clausurar la zona devastada por las recientes erupciones del volcán de Fuego por ser de alto riesgo, las autoridades guatemaltecas ponen un sello a la búsqueda de víctimas y con ello impiden a los deudos cerrar su duelo. La tragedia, por lo tanto, continuará para cientos de familias sumidas en la incertidumbre y el dolor de haber perdido no solo sus hogares sino también a familiares, vecinos y amigos. Para quienes no hemos experimentado una pérdida semejante resulta imposible comprender la dimensión del drama de estas personas quienes, además de quedar a la deriva, se enfrentan a la dura realidad de depender de un Estado incapaz de ofrecer el apoyo mínimo que corresponde en estos casos.

Guatemala se ha convertido en zona de desastre y no alrededor de un volcán, sino alrededor de un congreso y un palacio de gobierno. Los extremos de ineptitud, indolencia y rapacidad (literal: adicto al robo y la rapiña) de sus autoridades han socavado las bases mismas de la institucionalidad y transformado al Estado en un monumento a la perfidia política. Hoy es imposible remontar hacia una ejecución transparente del presupuesto nacional o a la hipotética implementación de políticas públicas favorables al desarrollo de los sectores más necesitados. Quienes claman por un giro de timón de un presidente ausente e incapaz saben de antemano que no hay salida digna para esta administración, más que una renuncia en masa.

Para hacer el cuadro más ilustrativo del estado de la Nación hay que echar un vistazo al sector justicia, un pilar fundamental para la sostenibilidad del estado de Derecho en cualquier país del mundo. Las presiones descaradas contra los pocos jueces probos e incorruptibles dan testimonio del pánico presente entre los empresarios y políticos cuyas acciones han llevado al país al extremo de inestabilidad en el cual se encuentra. El avance de los procesos contra ex gobernantes, militares y miembros prominentes del sector empresarial ha sido torpedeado con recursos legales pero ilegítimos gracias a las trampas pergeñadas por los congresistas desde ya hace muchas décadas.

El acoso descarado de los magistrados de la Sala Tercera contra la jueza Erika Aifán, quien tiene a su cargo casos paradigmáticos contra la impunidad y la corrupción, demuestra sin lugar a dudas el nivel de pánico de quienes se ven afectados por el desempeño ético y probo de una representante del poder judicial y es una prueba contundente de los extremos a los cuales es capaz de llegar un pacto de corruptos cuyo único propósito es apoderarse de todos los estamentos del Estado y eliminar cualquier posibilidad de recuperación de la integridad institucional.

En Guatemala se habla de colapso del Estado, pero la realidad es una ausencia de Estado en toda su extensión. Es como si este hubiera sido reemplazado por una estructura paralela con intereses totalmente ajenos y opuestos al bienestar de la población, enseñando claramente cuáles son sus planes para la apropiación total de cualquier espacio de poder político y económico. La catástrofe no se avecina, ya está presente en el país y cualquier posibilidad de reversión de las malas decisiones ha sido bloqueada nada menos que desde las más altas instancias del gobierno. Se podría formular una ecuación matemática con los componentes actuales del poder (gobierno militar con careta civil) y desde ahí calcular las perspectivas de salir de la crisis actual sin perder del todo las oportunidades de consolidar un sistema democrático ya medio ausente del escenario. La crisis no viene, ya está instalada y solo queda buscarle la salida.

Las fumarolas anuncian desastre desde las instituciones mismas del Estado.

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Con una señal en la frente

Nunca la degradación de un gobierno guatemalteco había sido tan contundente como ahora.

 En la conducta de los gobernantes hay extremos imposibles de ignorar. Retrocesos capaces de aplastar no solo la dignidad de las personas sino también su integridad física y moral. Actos de tal magnitud como para despertar todas las alarmas, en especial si son cometidos por quienes están supuestos a administrar con ética y transparencia los bienes del Estado. El ejemplo más ilustrativo de tales desmanes está ahí, en Guatemala, y a la vista del mundo.

Alguna vez creí haber visto los extremos de la perversidad en los círculos del poder. Pero lo sucedido antes y durante la erupción del Volcán de Fuego la semana pasada ha sobrepasado todo lo imaginable. Las hordas gubernamentales no tardaron en organizarse, pero no para alertar a la población en riesgo, sino para apoderarse del flujo de ayuda recolectada por la ciudadanía y fingir, por medio de actos indignos de seres humanos, que esta provenía del gobierno. No contentos con esa farsa, algunos alcaldes han asumido un poder ilegítimo para prohibir la entrega directa de víveres y otros insumos a la población damnificada, obligando a los donantes a depositarlos en sus bodegas, quizá con el propósito de utilizarla a su favor en alguna próxima campaña electoral.

Pero lo más aberrante ha sido la actitud de las autoridades en su trato a la población infantil guatemalteca refugiada; son niños y niñas que lo han perdido todo. Son las víctimas de siempre, la infancia desprotegida por pobre, indígena y campesina. Tengo en la memoria la inconcebible imagen de la repartición de bananos y la marca con tinta en la frente de esos niños para que no osaran pedir otro. ¿Es acaso la instauración del Último Reich en Guatemala? ¿Coinciden estas atrocidades con las perversas intenciones del congreso, cuyo propósito es marginar legalmente toda diversidad sexual mediante oscuros pactos en medio del caos? ¿Es parte del nuevo régimen dictatorial legislar para eliminar las penas por crímenes de lesa humanidad? ¿Con qué autoridad esas pandillas arremeten contra los pequeños avances alcanzados en la búsqueda de una sociedad justa e igualitaria?

En medio del dolor y la rabia es imposible pasar por alto que un funcionario aparentemente no identificado tuvo el gesto de alertar a primeras horas de la mañana del domingo a la gerencia de un exclusivo club de golf  porque ahí se hospedaban personas importantes. Evacuaron las instalaciones del club a las 10 de la mañana. Todos se salvaron. Mientras tanto, la Comisión para la Prevención de Desastres emitía un comunicado afirmando que no era necesaria la evacuación. ¿Acaso otra estrategia contra la población indígena? Cientos de víctimas fatales merecen ahora investigación, justicia y reparación por parte de un gobierno que les negó el derecho de tener una oportunidad de sobrevivir, aunque fuera mínima.

Viví el terremoto de 1976 y vi con mis propios ojos cómo el glorioso ejército se apropiaba de la ayuda internacional. Carpas de lujo, hospitales de campaña, mantas, víveres, ropa, medicinas… Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz pensé que jamás volvería a suceder semejante despojo pero he aquí la historia repetida con calculada maldad, solo que en esta ocasión con mayor desparpajo, si eso es posible. Médicos voluntarios clamando por medicinas porque las autoridades las embodegaron y no les permite el acceso a ellas. Rostros de cientos de ciudadanos solidarios marcados por la impotencia y el cansancio, siempre prestos a ofrecer lo poco que tienen para salvar la vida de otros, quedarán como imagen imborrable en nuestra memoria.

 ¿Es Guatemala un ensayo en probeta para repetir los desmanes del nazismo?

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La niñez triste de Guatemala

Negar la situación de la niñez guatemalteca es un insulto inaceptable.

En Prensa Libre se publicó un reportaje-denuncia sobre el estado de la niñez en el país y de inmediato surgieron voces negando esa realidad cuyos efectos están a la vista de todos. Haber nacido en Guatemala es un castigo inmerecido para millones de niñas y niños cuya infancia permanece sumergida en la miseria, la desnutrición y la falta de acceso a lo que la Constitución promete y sus gobernantes ignoran. No es solo salud y educación la promesa violada, es protección integral en todos los aspectos del desarrollo.

Suelo revisar cuidadosamente las expresiones compartidas por internautas en redes sociales. Son variadas y reflejan en muchos aspectos la profunda crisis del Estado de Guatemala y de todas sus instituciones, públicas y privadas. Allí se estampa con prístina claridad el efecto catatónico provocado por un conflicto armado interno cuyos métodos represivos fueron científicamente calculados por los entrenadores estadounidenses para no dejar posibilidad alguna de rebelión en una sociedad acallada por el miedo.

La forma selectiva como se perpetraron los asesinatos de líderes y pueblos indígenas no fue un arrebato irracional de la soldadesca, sino una estrategia diseñada en el marco de la Guerra Fría. Esos métodos no han desaparecido y están patente en las estadísticas luctuosas de un país supuestamente democrático y en paz. Lo vivido en estas últimas décadas y sobre todo en el reciente año muestra cómo esa pasividad temerosa de la ciudadanía tiene un efecto directo en el empoderamiento de los sectores más corruptos y destructivos de la sociedad.

El impacto de las decisiones pergeñadas en los círculos poderosos de las organizaciones empresariales, el ejército, el Congreso de la República y el poder ejecutivo va directo al corazón mismo de la Nación. Guatemala es un país saqueado vilmente y sin el menor recato. Los acuerdos y compromisos internacionales son ignorados por los centros de poder y, peor aún, se emiten y modifican leyes cuyo único propósito es resguardar la impunidad de quienes cometen delitos desde esas instancias. Ante este escenario la ciudadanía espera a que alguien descienda de la Vía Láctea, tome la iniciativa y suceda el milagro del cambio.

Sin embargo, mientras eso suceda la niñez agoniza a la vista de todos. La pobreza, en Guatemala, es un crimen de lesa humanidad porque en Guatemala la riqueza abunda a manos llenas. El drama humano de la desnutrición, de la falta de vivienda, de la destrucción planificada de la infraestructura con fines de privatización, de la apropiación de bienes del Estado, del abandono de los migrantes y muchos otros actos abiertamente delictivos lleva al país hacia la pérdida total de la poca soberanía que aún le queda.

El nombramiento de amigos y cómplices en los puestos clave del gobierno incide de manera directa en la degradación ambiental, en el ocultamiento del saqueo, en garantías de impunidad para los involucrados en delitos fiscales y electorales, pero sobre todo en la cruda realidad de ese desfile interminable de niñas, niños, adolescentes, hombres y mujeres de todas las edades hacia las fronteras, quienes prefieren arriesgar la vida en ese trayecto que hacerlo en su propia tierra. Claudia Patricia la joven de Guatemala a quien asesinó de un disparo en la cabeza un agente de la Patrulla Fronteriza en Estados Unidoses el símbolo de otras miles de jóvenes ansiosas por alcanzar un sueño fuera de su patria, porque en ella la han condenado a la miseria por mujer, pobre e indígena. Así es como Guatemala le responde a su pueblo. Lo más perverso de esta política de exclusión, es que al reducir drásticamente las perspectivas de desarrollo los expulsa del territorio para que, desde el norte, alimenten las arcas desde las cuales los gobernantes y su círculo de amigos obtienen su riqueza mal habida.

Si la gente buena espera a que suceda un milagro, terminará quedándose sin país.

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El camino del fascismo

El fascismo es un movimiento poderoso y capaz de destruir todo sentimiento humanitario.

 Europa, Estados Unidos y ahora América Latina viven bajo la sombra de uno de los movimientos más destructivos de la historia de la Humanidad. El fascismo revivido hace estragos con cualquier intento de humanizar las políticas de los Estados y carcome el alma misma de las sociedades, creando una ola de rechazo por todo lo considerado “diferente” y segregando a los grupos más pobres como si fueran estos los culpables por todos los males del planeta.

En ese ambiente de desprecio y represión contra las personas por motivos de etnia, religión, nivel socio económico o simplemente por hablar otro idioma, son los cuerpos de choque –uniformados o mercenarios- quienes realizan la tarea de hacer saber cuáles son las reglas del juego. Por esas reglas de la discriminación y el racismo es como niñas, niños, hombres y mujeres del triángulo norte de Centro América sufren persecuciones, violaciones, tortura y muerte, por la sola audacia de haberse atrevido a cruzar fronteras que supuestamente los llevarían a encontrar mejores condiciones de vida. Así fue como una jovencita de apenas 20 años –Claudia Patricia Gómez González- perdió la vida de un balazo en la cabeza disparado por un guardia fronterizo al ingresar a territorio estadounidense.

Claudia Patricia encontró la muerte por mandato desde la cabeza misma del imperio, desde el momento que el presidente del país más poderoso del planeta emprendió la misión de “limpiar” su territorio de latinos y toda clase de extranjeros “indeseables” para sus planes de imponer un estilo fascista de gobierno. Al parecer ignorante de su propia historia, este mandatario se ha empeñado, con una persistencia digna de mejores causas, a la tarea de transformar a la sociedad estadounidense en una especie de modelo de su concepto de comunidad en la cual no tiene cabida la diversidad.

Claudia Patricia no encaja en el perfil aceptable para las leyes de inmigración de Estados Unidos. Tampoco encajó en los grupos objetivo de los planes de desarrollo de su país, Guatemala, en donde no tuvo oportunidad de tener acceso a una educación de calidad que le permitiera progresar en la vida. De haberla tenido, hoy probablemente viviría. En su pueblo, San Juan Ostuncalco, tal y como suele suceder en las áreas rurales guatemaltecas, los servicios estatales son deficientes; la población carece de agua potable, letrinas y cobertura educativa suficiente para una población en creciente aumento, con niveles inaceptables de pobreza y abandono.

Así como ella no encajaba en los planes de su gobierno, tampoco lo han hecho los miles de niños, niñas y adolescentes migrantes desde estas tierras, quienes atrapados en una cadena de horrores desde su nacimiento y ávidos de encontrar una ruta hacia el futuro, se lanzan en una aventura demencial. De ese desfile interminable hacia la tierra de la abundancia son pocos quienes logran su cometido. Muchos quedan en el camino sometidos a los más atroces abusos por las organizaciones criminales, dedicadas -con complicidad de las autoridades de todos los países involucrados- al muy productivo negocio de la trata de seres humanos. Otros, simplemente, son víctimas de su propia fragilidad y quedan tirados en el desierto, ahogados en los ríos durante una travesía para la cual nunca estarían preparados o muertos de un balazo, pero sin quien registrara el hecho para denunciarlo.

De este lado del continente su familia la llora y las redes hierven de justa indignación por este absurdo hecho de sangre. Las autoridades, por su parte, muy atareadas en luchar contra la Cicig para poner atención a este “hecho aislado”.

 A Claudia Patricia la condenaron su pobreza, su país y el fascismo revivido.

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La Casa de las Palomas

En una de mis incursiones por El Centro histórico de la hermosa ciudad ecuatoriana de Cuenca, visité La Casa de las Palomas. Este edificio se comenzó a construir a mediados del siglo XIX y consistía en una sola planta conformada por dos habitaciones pequeñas y un patio central. Con el transcurrir de los años se le fueron agregando estructuras hasta llegar al edificio actual de dos pisos con profusa decoración de murales pintados a mano, habitaciones para la servidumbre, un tercer patio con huerto, horno de barro y caballerizas.

En 1987 la casa, abandonada durante muchos años por la muerte de su único propietario, fue adquirida por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, institución que al rescatarla inició trabajos de restauración los cuales continúan hasta la fecha. Un detalle curioso es el diseño del piso de la entrada y el patio principal, con piedras de río y vértebras de res.

La Casa de las Palomas está en Benigno Malo, entre Presidente Córdova y Juan Jaramillo, a dos cuadras del parque central de la ciudad de Cuenca, Ecuador.

 

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El espejo de la reina mala

Cuatro días o toda la vida para discutir políticas públicas con perspectiva de género.

 En el contexto de la IV Cumbre Iberoamericana de Agendas Locales de Género celebrada recientemente en la ciudad ecuatoriana de Cuenca, desfilaron en una rica secuencia los testimonios, relatos de experiencias, propuestas de cambio y análisis de la situación de equidad en distintos países del continente ante un auditorio atento y participativo. Este encuentro fue auspiciado por la alcaldía de la ciudad anfitriona, ONU Mujeres, la Unión Iberoamericana de Municipalistas y otras organizaciones.

En estas cuatro jornadas fue posible apreciar el enorme interés de las mujeres de comunidades rurales e indígenas –y también de quienes desarrollan sus actividades en centros urbanos- de participar en las decisiones políticas de su entorno; pero, sobre todo, fue un evento muy ilustrativo sobre los grandes obstáculos opuestos por un sistema patriarcal cuya fuerza y permanencia trasciende en mucho las posibilidades reales de cambio en las estructuras de poder. Las conferencias magistrales incluidas en el programa de actividades tocaron temas fundamentales, como la búsqueda de soluciones para la consecución de estructuras administrativas igualitarias en gobiernos locales –alcaldías- en donde se genera una gran parte de los proyectos de desarrollo de los países y la construcción de ciudades seguras para niñas y mujeres.

Quedó explícita durante las exposiciones la fuerte hostilidad contra quienes propugnan por sistemas igualitarios. Persecuciones, atentados, prensa sesgada y descalificación por género fueron algunos de los fuertes testimonios compartidos por mujeres que han traspasado las fronteras marcadas por el sistema para incursionar en posiciones de poder político. Esto debe poner a las organizaciones de mujeres en alerta constante y obligarlas a cerrar las brechas ideológicas para consolidar frentes más resistentes en la lucha por los derechos a la participación en todas sus expresiones.

En su conferencia de cierre una de las expositoras más sobresalientes, la antropóloga Rita Segato, fue enfática al afirmar que la única vía posible para alcanzar los objetivos de igualdad en todos los ámbitos, es el derrocamiento del sistema patriarcal; un ejercicio de reconstrucción desde las bases mismas de la convivencia humana, un trabajo pendiente de redefinición de la masculinidad y de las relaciones entre sexos bajo la premisa de una correspondencia equilibrada del poder en todas sus dimensiones. En este sentido, Rita Segato usa con enorme dosis de humor la parábola del “espejo de la reina mala” del cuento. Un instrumento para mirarse a sí mismo y preguntarse “¿Qué he hecho mal? ¿Cómo me veo? ¿Quién soy?” y a partir de ahí deshilar una serie de interrogantes fundamentales para entender por qué pensamos y actuamos de una determinada manera.

Los cambios propuestos, sin embargo, requieren de una voluntad colectiva de reparación de las inequidades más evidentes y limitantes para el desarrollo pleno de las sociedades. No existen las recetas y tampoco los milagros. En esta ruta será preciso abolir paradigmas que establecen categorías en todos los órdenes de la vida, empezando por la formación de las nuevas generaciones en un plano de plena igualdad, ya que será en quienes al final de cuentas se va a depositar la mayor carga para la realización de ese paso indispensable desde un sistema excluyente hacia una forma de vida justa e igualitaria. La Cumbre de Género ha dejado más preguntas que respuestas, ha depositado dudas y urgencias en quienes asistimos. Se han sembrado las semillas y dependerá de un esfuerzo constante y bien estructurado la calidad de los frutos a cosechar.

Las mujeres líderes sufren persecuciones por amenazar el monopolio del poder.

 

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Los vicios del poder

Como en un juego de dominó van cayendo las fichas, una tras otra.

Resulta difícil ver cómo un país tan rico y lleno de posibilidades de desarrollo se hunde en la ignominia política, administrativa y económica por el solo hecho de haber caído en manos de una administración opaca y absolutamente incapaz de llevar las riendas del Estado, en un gobierno cuyos funcionarios tienen un nivel tan primario e ineficiente como pocas veces se había visto. Es preciso repetirlo, Guatemala es un país de riqueza inagotable pero la mayor parte de su población es pavorosamente pobre. Ese, paradójicamente, ha sido el sino que lo condenó a convertirse en lo que hoy es: una tierra de miseria e injusticia, de desigualdades y abusos, un vergel cuya naturaleza exuberante de antaño se ha transformado en enormes extensiones de palma africana, en ríos de basura, en sembradíos de caña, pastizales para ganado, cerros horadados por la minería y más allá, la deforestación y los cauces secos de antiguos ríos.

Quienes se han enriquecido a niveles difíciles de cuantificar han sido las grandes multinacionales y los depredadores locales, aquellos bien organizados en gremiales y cámaras cuyo talento más sobresaliente ha sido mantener un dominio histórico sobre la economía y la política sin haber hecho aportes sustantivos al desarrollo de su propio país sino, todo lo contrario, sirviéndose de sus recursos gracias a sus lacayos en el poder.

Guatemala está en quiebra moral y eso lo sabe cualquier hijo de vecino. Sus niñas, niños y jóvenes –grupo mayoritario de la población- se encuentran en un abandono total y, además de carecer del goce de sus derechos básicos, son el chivo expiatorio de las más perversas estrategias de dominación de los grupos de mayor influencia. En ellos recae el peso de las evasiones fiscales de las grandes empresas al ser los primeros renglones eliminados del presupuesto general de ingresos y egresos de la nación. Su educación, en manos de un remedo de líder cuyos objetivos van en dirección opuesta a su discurso y de un gremio magisterial empobrecido y privado de incentivos profesionales para ejercer una labor digna, los lleva por vía directa hacia un futuro incierto y sin mayores perspectivas.

Por si eso fuera poco, una alta proporción de la niñez guatemalteca nace en estado de desnutrición y durante sus primeros años de existencia esa falta de alimento se hace crónica, arrastrando efectos devastadores e irreversibles sobre su salud y su futuro. Guatemala es un país en donde la pobreza de las tres cuartas partes de su población es decisión de quienes acaparan la riqueza desde sus despachos en el palacio de gobierno, desde las más altas posiciones de la administración pública y desde los puestos clave en todas las instituciones del Estado. Esto, porque el sistema avala el saqueo de los recursos nacionales en un sofisticado entramado de fórmulas que permiten tanto el enriquecimiento ilícito como la propiedad de los puestos públicos gracias a leyes casuísticas diseñadas por y para una casta política corrupta y oportunista.

Las decisiones presidenciales de los días recientes han revelado hasta qué extremo las autoridades han perdido la brújula –si alguna vez la tuvieron- y cómo comienzan a revelarse los temores de sus aliados. El sector empresarial organizado ya se ha definido por apoyar a quienes luchan contra la justicia y la transparencia, una movida de piezas fácil de prever dadas las características de su tradicional juego político. Ahora ya con las piezas en su lugar, será cuestión de tiempo que la ciudadanía recupere la voz y se haga escuchar una vez más, fuerte y claro.  

Los inocentes son los primeros sacrificados en este perverso juego de poderes.

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Papi ¿por qué me odias?

Las crecientes revelaciones de casos de violación de bebés obligan a reaccionar.

 Algo muy malo sucede con la especie humana cuando padres, hermanos, maestros, líderes espirituales o simples vecinos son capaces de violar. Pero algo mucho más perverso se revela ante las agresiones sexuales perpetradas contra seres tan indefensos como bebés, niñas y niños en sus primeros años de vida. Cuerpos y mentes aniquilados por ese embate violento y espeluznante que suele acabar con su vida.

Los casos recientes en Chile y Colombia de violaciones y asesinatos de bebés -por mencionar solo algunos- provocan un asco indescriptible. Sin embargo la repulsa social no es aún suficientemente rotunda para evidenciar el horror de estos hechos por existir una especie de pacto de silencio tendente a poner etiquetas grises sobre los atroces crímenes sexuales perpetrados por hombres. Eso es el patriarcado. Así es como se manifiesta a través de los medios de comunicación, los círculos sociales y los tribunales de justicia esa inconcebible complicidad ante las violaciones sexuales.

“No me lo cuentes” es la primera reacción ante la noticia de una bebé de poco más de un año de vida, prácticamente destrozada por la penetración del pene de su propio padre o de su protector asignado por un juez de familia. Eso, porque no queremos saber los detalles de uno de los episodios más crueles que es posible imaginar contra un ser indefenso. Entonces se nos agolpan las imágenes de nuestras propias hijas e inútilmente intentamos borrarlas para hacer como que nunca nos hubiéramos enterado. Pero estos hechos nos perseguirán porque, como sociedad, tenemos la responsabilidad de hacer algo para evitarlos.

La violación es un crimen convertido en costumbre, en una especie de derecho del macho, en una forma de diversión para jaurías de jóvenes o adultos capaces de asaltar, torturar e incluso asesinar a una niña o una mujer. La violación se considera una manera de reafirmar la virilidad imponiéndose física y psicológicamente sobre alguien del sexo opuesto o de su mismo sexo y por ello se ha utilizado históricamente como táctica de guerra. La violación ha sido la manera de someter a otro ser humano y arrebatarle la dignidad.

Esto es una realidad a la cual se enfrenta la mitad de la población mundial; esa mitad que para equiparar sus derechos humanos con los de sus pares masculinos ha tenido que arriesgar la vida y soportar múltiples campañas de desprestigio por tener los arrestos de intentar un cambio radical. Pero los avances, aunque importantes, no son suficientes. A las mujeres se les niegan sus derechos desde antes de nacer y esa desigualdad contribuye a colocarla en posición de inferioridad en su hogar, en su escuela y en su puesto de trabajo durante todo el resto de su vida. Por ello, cuando denuncia una violación o un acto de acoso, es la primera víctima del sistema. A ella se la interroga con dureza, en ella recaerán las dudas y será sancionada por ponerse en la situación objeto de su denuncia. De hecho, se la condenará por haber tenido el descaro de poner de manifiesto uno de los mayores vicios de la sociedad: la misoginia.

Si para las mujeres adultas el sistema patriarcal representa un atentado a su integridad como ser humano, la situación de una niña dependiente de las decisiones de los adultos que la rodean puede llegar a ser una de las peores pesadillas si esos adultos abusan de su debilidad y la convierten en una esclava sexual desde sus primeros años de vida. Para estas prácticas inhumanas, sin embargo, no existen obstáculos bien definidos porque la voz de las víctimas apenas ahora comienza a escucharse.

 Los depredadores sexuales son sujetos normales, respetados socialmente, amparados por el sistema.

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El bastón de mando

Un sistema patriarcal históricamente consolidado permea a toda la sociedad.

 No es necesario preguntarse por qué cuando hay que tomar decisiones importantes, como por ejemplo la elección de un presidente de la República, la mayoría se inclina por aquellas propuestas abiertamente patriarcales: mano dura, gobierno fuerte, figura masculina. Son los resabios de una colonización no solo operada desde los sistemas político y económico, sino también desde la actitud misma de sociedades acostumbradas a una estructura vertical de mando que no admite excepciones ni la apertura de espacios auténticamente democráticos. La respuesta está en una trayectoria histórica cuya principal característica es la concentración de poder y, de paso, en una idea errónea del concepto de liderazgo.

Quizá por esa razón resulta prácticamente imposible romper las estructuras ya establecidas desde la época colonial, cuando las olas de inmigrantes venidos desde España, con el respaldo de la corona y premunidos de un indudable halo de superioridad, arrasaron con las culturas autóctonas, esclavizaron a los habitantes de estas tierras –eso, cuando no los exterminaron de una buena vez- y se apoderaron de la riqueza de este continente. Esa sensación de pertenecer a una clase superior no ha desaparecido con los siglos. De hecho, se ha ido afianzando a pesar de las mezclas étnicas y a medida que los colonizados han perdido toda posibilidad de equipararse con sus colonizadores.

Es preciso tener muy confusas las ideas para hablar en Guatemala de buen gobierno, de un “legado”, de liderazgo o de grandes cualidades de estadista cuando más del 60 por ciento de la población del país sobrevive bajo la línea de la pobreza y los indicadores de desarrollo humano están por los suelos. Es preciso ser muy cínico para afirmar que algún ex presidente o actual gobernante tiene o ha tenido la menor intención de hacer de Guatemala una nación en pleno desarrollo. Hay que estar ciego –de ceguera absoluta- para no ver la miseria alrededor de los palacios de gobierno, nacional y municipal, con vecindarios carentes de servicios básicos, agua contaminada, redes de alcantarillado que se hunden por falta de mantenimiento, puentes que tiemblan amenazadoramente al paso de los vehículos, calles en ruinas y montañas de basura sin sistemas de tratamiento.

Un líder verdadero no es quien tiene mano dura y la capacidad operativa para hacer “limpieza social” mediante el uso de escuadrones de la muerte. Un auténtico líder es quien organiza a una sociedad para hacerla partícipe de sus políticas de desarrollo, para empoderarla y ponerla a trabajar a su lado en perfecta sintonía con sus ideales. Un líder no es quien grita y amenaza, sino quien ama a su pueblo y lo respeta. Venerar a un dictador, añorar épocas pasadas de dictaduras crueles, racistas y cuyo legado real fueron muertes y desapariciones, no es más que una patología. Una sociedad saludable no añora los regímenes autoritarios. Todo lo contrario, aspira a vivir en un sistema abierto a su participación ciudadana en la construcción de un mejor país, pero sobre todo en la integración real de todos sus ciudadanos sin distingos de clases ni etnias.

Quizá sea el momento de comprender que los cambios urgentes van más allá de la confrontación entre hermanos; los cambios deben comenzar desde el interior, desde el examen de actitudes y aspiraciones, desde los prejuicios y los estereotipos que impiden el desarrollo humano y condenan a una gran parte de la comunidad a vivir en la pobreza más denigrante. Quizá sea el momento de aceptar que la Colonia ya está en el pasado y se requiere del concurso de todos para construir una verdadera democracia.

Añorar las dictaduras del pasado es una patología, una sociedad debe aspirar a la plena democracia.

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Los tiempos mejores

Hace falta una buena limpieza de primavera para sacar toda la basura.

El fraude estaba cantado desde el momento mismo en que los dirigentes de la máxima organización gremial del empresariado guatemalteco decidieron engrasarle los rodos a la campaña de FCN, con un actor de tercera al frente. Desde ese momento, los grandes consorcios le pusieron el pomo al frasco para demostrar, una vez más, que su inveterada costumbre de incidir desde las sombras en los destinos del país buscando apoyar a quien les garantizara su ya histórica hegemonía, siempre funciona.

Sin duda los empresarios involucrados en el financiamiento ilícito no contaban con ser investigados y puestos en evidencia. ¿Por qué iban a hacerlo, cuando su manipulación de las campañas electorales es una constante de la fórmula? ¿Acaso no es el derecho consuetudinario de los dueños de la riqueza cuidar sus intereses no importando cuál sea el costo para el resto de la ciudadanía? ¿Es que alguna vez han tenido que pagar por las fortunas adquiridas a costa de acuerdos secretos con los nuevos gobernantes cada cuatro años?

La sorpresa ha sido el mea culpa inesperado de la cúpula empresarial ante una sociedad que no sabe cómo reaccionar. Unos les arrojan flores y confeti porque, claro, hay que celebrar el “noble gesto” de reconocer sus errores (conste que solo reconocen el más reciente, el más obvio). Otros les arrojan material mucho menos aromático por medio de las redes sociales en una verdadera catarsis por este y otros muchos pecados que se les atribuyen con mayores o menores evidencias. Lo que venga después será, sin duda y como muchos auguran, un parteaguas no solo para la iniciativa privada sino también para la clase política y para la ciudadanía cansada de la madeja de intrigas en que se ha convertido el quehacer institucional en Guatemala.

Las promesas de campaña, divulgadas masivamente en todos los medios gracias a los muy generosos aportes de los empresarios y otros donantes anónimos, jamás fueron cumplidas. Esto, porque dada la tradición de los procesos políticos en el país, no era necesario y probablemente los financistas nunca se fijarían más que en lo que les tocaba en términos de privilegios y exenciones. Así es y así ha sido siempre durante todas las administraciones de la mal llamada “era democrática”.

El candidato de marras prometió que vendrían “tiempos mejores” pero nunca especificó para quién. De hecho, la manera tan radical de encaramarse en una plataforma de excesos lo ha convertido en un símbolo de la mediocridad de su gobierno y le ha generado toda clase de críticas y señalamientos a partir de investigaciones reveladoras de sus escasas dotes de administrador de los recursos del Estado. Quienes le acompañan en la aventura tampoco son las mentes más brillantes del escenario político y lo único que van sembrando es más rechazo y acumulando más vapor en la olla de presión al avalar las mentiras y enredos de su líder.

Las amenazas de quitar de en medio a Iván Velásquez -como si fuera el responsable de la situación caótica del gobierno- se convierten en una auténtica confesión de culpa y en un intento inútil y peligroso por neutralizar la acción de la justicia; esto, con el único propósito de blindarse y terminar el período sin acabar en la cárcel, como sucedió con su antecesor. El futuro político de Guatemala depende ahora de un empresariado limpio, de una ciudadanía consciente y de un cambio radical de las reglas del juego, empezando por la reforma largamente esperada de la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Si eso no sucede, de nada servirán las plazas ni los golpes de pecho.

Un empresariado transparente y una ciudadanía activa podrían propiciar el cambio.

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Hablemos de solvencia moral

Los ataques de Estados Unidos y sus aliados contra Siria nos deben poner en alerta.

El presidente Trump destaca por antipático y por generar rechazo. Pero es importante comprender que la política exterior de Estados Unidos responde a la estrategia de dominación que ese país ha mantenido durante más de 200 años. Creada para dominar política y económicamente al planeta, esta política hoy afecta a Siria, ayer fueron Irak y Afganistán, anteayer República Dominicana, Cuba, Guatemala, Chile, Argentina, las naciones africanas, Japón y se podría seguir contando las innumerables “intervenciones” abiertas o clandestinas ejecutadas por ese país para imponer dictadores dóciles y sanguinarios.
Siria no es más que una etapa en el dominio pretendido por esa nebulosa administración estadounidense –Trump solo sigue una línea ya trazada- demostrando que cualquier oposición será atacada con violencia. Es importante señalar que Estados Unidos tiene la facilidad para manejar sus planes con un halo de legitimidad gracias a una prensa plegada a sus intereses y el concurso de países como Francia y Gran Bretaña, ávidos de poder.
Si creemos que Siria no nos compete, por lejanía, desconocimiento de la geopolítica actual o por estar más ocupados de nuestros propios descalabros, es importante ver el cuadro completo y comprender que la agresión en cualquier punto del planeta es un aviso de lo que podría sucedernos si intentamos, como Cuba y otros países cercanos, independizarnos del apretado círculo de influencia del gigante del norte. Hemos de entender la política mundial de modo integral ante la realidad de que nadie está a salvo de un golpe de autoridad ante el más tímido intento de subversión, sobre todo si se pretende convertir a nuestros países en modelos de democracia.
La presencia de Rusia y China en el escenario bélico de Damasco viene a representar la única defensa de ese país ya devastado por la guerra. Los intentos de convertir el ataque actual en una herramienta para apoderarse de la riqueza de Siria, como sucedió con otros países de la región, chocan contra dos gigantes opuestos a las ambiciones del Departamento de Estado y sus grandes corporaciones, gigantes que también tienen su agenda en el territorio. Al final de cuentas, los países menos desarrollados y debilitados por el intervencionismo de las potencias somos como un bocado apetecible y difícilmente nos salvamos de ser devorados, tarde o temprano.
En estos días, mientras Estados Unidos bombardea Siria, se desarrolla la Cumbre de las Américas, cuyo tema central es la corrupción y la gobernabilidad. En ese contexto Luis Almagro, secretario general de la OEA, no tuvo empacho en enderezar sus misiles verbales contra Cuba y, en abierta paradoja, justificar la agresión estadounidense contra Damasco, evidenciando hasta qué punto ese organismo responde a las políticas de la Casa Blanca en contradicción con sus principios como ente regional. Eso obliga a repensar en la enorme vulnerabilidad de América Latina y el Caribe ante la presión ejercida por Estados Unidos sobre sus gobiernos con la finalidad de mantenerlos alineados y sumisos, ya que corrupción e ingobernabilidad –temas centrales del foro- son algunos de los “efectos colaterales” de la intromisión estadounidense en todos nuestros países.
Para alegar solvencia moral, como pretende, la Casa Blanca debería aceptar y respetar la voluntad de los pueblos, abandonar las tácticas intervencionistas en países menos desarrollados, abstenerse de destruir sus territorios por medio de la explotación ilegítima e irracional de sus recursos y salir de donde no le corresponde estar. Eso, para empezar.

Mientras Estados Unidos continúe su carrera expansionista, no habrá paz en el mundo.

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Tiempos de tormenta

En estos días se debaten casos difíciles para el sistema de justicia de Guatemala.

Cuando llegué a una Guatemala con 5 millones de habitantes, hace poco más de 44 años, encontré al país en medio de una de las guerras internas más cruentas de América Latina. Una cadena de regímenes dictatoriales, un absoluto desprecio por los derechos humanos –esas “malas palabras”- y una población silenciada por el miedo y la represión. Medio ingenua como era, viniendo de un país en donde la política se practicaba libremente desde los años de colegio, me resultaba extremadamente difícil asimilar esa nube gris que se cernía sobre cada comentario, cada palabra dicha al pasar, hasta que me fui acostumbrando a las frases a medias, los silencios cargados de significado y la impotencia de quienes aspiraban a construir una nación libre e independiente.

Con el transcurrir de los años y ya inmersa en la realidad centroamericana, pude constatar la increíble resistencia psicológica de la población guatemalteca, quien no obstante los obstáculos opuestos a su normal desarrollo continuaba en una lucha decidida en pos de la consolidación de su débil sistema democrático y el respeto por los derechos humanos. Esta determinación ciudadana, sin embargo, durante décadas ha chocado de frente con las sólidas estructuras de corrupción e impunidad heredadas de los gobiernos castrenses y sostenidas al amparo de regímenes supuestamente democráticos, cuyos líderes han permitido y aprovechado las circunstancias para perpetrar toda clase de abusos.

En este escenario resulta verdaderamente impresionante la valentía de personas como la madre y las hermanas de Marco Antonio Molina Theissen, quienes a pesar de los años transcurridos desde la desaparición forzada de su hijo y hermano a la edad de 14 años, han llevado ante la justicia a 5 militares de alto rango quienes por primera vez enfrentan la perspectiva de pasar en prisión el resto de su vida. Ellos son Benedicto Lucas García, Manuel Antonio Callejas, Francisco Luis Gordillo, Edeliberto Letona Linares y Hugo Ramiro Zaldaña Rojas. Estos militares son acusados por la desaparición forzada de Marco Antonio y el secuestro, violación y tortura de su hermana Emma.

Este caso se suma a otro de inmensa relevancia, como el juicio por genocidio contra Efraín Ríos Mont –fallecido recientemente- y José Mauricio Rodríguez Sánchez por las masacres en contra de la población ixil. Este último juicio con una histórica sentencia por genocidio dictada y luego suspendida por la Corte de Constitucionalidad, representa uno de los hitos más significativos en la búsqueda de justicia para miles de guatemaltecos víctimas de la represión y el exterminio durante los 36 años que duró el conflicto armado interno.

Al ampliar la perspectiva y echar una mirada a los otros dos organismos del Estado, llama la atención de inmediato la evidente carencia de compromiso de las máximas autoridades por realizar un esfuerzo para garantizar la transparencia en la elección de Fiscal General y Jefe del Ministerio Público. De hecho, se hace obvio el interés por protegerse ante la posible eventualidad de que a esa dependencia llegue un profesional íntegro y, por lo tanto, decidido a mantener la línea que hasta ahora ha llevado esa importante dependencia.

Depende ahora de una ciudadanía informada y activa ejercer la fiscalización indispensable para lograr la consolidación del sistema de justicia en un marco de ética y transparencia, derribar los obstáculos opuestos al avance de la democracia e impedir el avance de fuerzas antagónicas a la instauración de un verdadero estado de Derecho. Nadie más podrá lograrlo.

De una ciudadanía activa y consciente dependerá la derrota de quienes buscan torcer la justicia.

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Deshojando la margarita

Una de las mujeres más avanzadas de su tiempo: la escritora, ensayista y poeta Margarita Carrera nos lega una letra fuerte y comprometida.

Durante mi vida he tenido el privilegio de compartir con grandes mujeres, ilustradas intelectuales guatemaltecas cuyo aporte en la literatura, el arte o la ciencia representa a un sector social de enorme importancia para el desarrollo de este país. Entre ellas -por supuesto- Margarita Carrera, por quien sentí una inmediata afinidad. Desafiante y decidida a romper paradigmas, integró ese grupo de excelencia de las “primeras mujeres” al obtener su diploma como licenciada en Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala, primero, y luego al ingresar a la Academia Guatemalteca de la Lengua dejando su impronta bien marcada en ese cerrado círculo de intelectuales.

Tal como figura en sus innumerables reseñas biográficas, Margarita destacó por su trabajo como ensayista y sus propuestas filosóficas marcaron una ruta de pensamiento que la llevó a producir un importante cuerpo de obras de gran trascendencia. Sin embargo, su interés por el destino de su patria marcó también una buena parte de sus letras, publicadas durante años a través de columnas de opinión en distintos periódicos nacionales. Su novela En la mirilla del jaguar, biografía novelada de monseñor Juan Gerardi Conedera –asesinado dos días después de presentar el informe Guatemala Nunca Más- constituyó una de sus obras más relevantes.

El acucioso recorrido por la vida y obra de este sacerdote, cuya dedicación en la defensa de los derechos humanos de la población indígena le colocó en una de las posiciones más prominentes durante el proceso de paz en Guatemala, pero también en una de las más vulnerables frente a sectores adversos, se transformó en una lectura obligada para todos los guatemaltecos tanto por su importancia histórica como por ilustrar de manera puntual la dimensión del conflicto social de esta era, sus antecedentes y sus repercusiones para el futuro de la nación.

Margarita Carrera no fue una mujer dócil ni se ajustó a los cánones de su tiempo. Esto queda reflejado con precisión en su novela autobiográfica Sumario del recuerdo, publicada en 2006. Cuando me entregó su libro autografiado, como solía hacer en un gesto de enorme generosidad, me dijo “léelo, te va a gustar”. Y no solo me gustó, también me llevó a conocer de un modo diferente a esta escritora de múltiples facetas. Su sentido del humor, la avidez con la cual sorbía la vida, su capacidad para retar a su mundo y lanzarse a las aventuras sin pedir permiso, fueron descritos allí con esa soltura de pluma reservada a quienes poseen el talento y la audacia para ver la vida con sus propios ojos.

Margarita hará falta en estas páginas, desde las cuales realizó grandes aportes en el debate de la vida nacional y en la discusión filosófica, saltando de una a otra de esas complejas plataformas con total autoridad. Hará falta, sobre todo, en la poesía de esta tierra de poetas. Margarita ha dejado un legado literario de lujo para un país cuya población todavía se debate en la pobreza, en la ausencia de políticas sociales, en obstáculos para garantizar la educación de la niñez y en un sistema hostil a los derechos humanos, todos temas abordados por ella. Margarita no estará para seguir desafiando al mundo desde su mente brillante, pero ha dejado abundante material para estudiar su pensamiento y trasladarlo hacia las nuevas generaciones. Su figura frágil, su largo cabello y su sempiterna sonrisa nos quedan en el recuerdo. Que descanse en paz.

Margarita Carrera fue ejemplo de mujer de vanguardia y dejó una obra que lo demuestra.

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Las malas palabras

El derecho de los demás es también mi derecho. Una idea para reflexionar.

Hubo un tiempo no muy lejano –mediados del siglo pasado- cuando no se hablaba de derechos humanos. Era un concepto desconocido para las mayorías; no se había desgastado por la manipulación mediática ni el manoseo social y era algo así como una parte decorativa del léxico diplomático en los círculos internacionales. Luego, con el transcurrir de los años y la violencia política ya bien instalada en los países del Tercer Mundo, fue tomando protagonismo por la obvia necesidad de proteger a la población civil de los desmanes de sus gobiernos y de grupos extremistas.

Sin embargo el tema de derechos humanos nunca parece haber tomado cuerpo más que en círculos muy reducidos de las sociedades, quedando como un tópico de discusión entre expertos pero nunca, o casi nunca, como una materia obligatoria en las escuelas, colegios y universidades para que las nuevas generaciones comprendieran en toda su extensión el significado de esos códigos de comportamiento y de respeto por sus semejantes, pero también la dimensión de sus propios derechos como persona. Por el contrario, se fue desarrollando una especie de anticuerpo dedicado a distorsionar y destruir la esencia misma del concepto.

El respeto por los derechos humanos y todo mecanismo para garantizar su protección, constituyen un capítulo indispensable de la vida en cualquier sociedad democrática en donde las óptimas condiciones de vida de sus miembros representen un objetivo primordial para sus gobernantes. Por el contrario, los regímenes autoritarios y dictatoriales se han caracterizdo precisamente por reprimir los derechos de los ciudadanos, oprimiendo y coartando sus libertades por la fuerza de las armas, la intimidación o la amenaza, abierta o velada.

Esta clase de sistemas opresivos muchas veces cuentan con la colaboración entusiasta de un sector de la sociedad cuyos parámetros valóricos e intereses coinciden plenamente con los de sus líderes, ya sea por protegerse contra una eventual pérdida de privilegios o por pura convicción. Entonces orquestan hábiles campañas de desprestigio contra quienes se empeñan en la defensa de los derechos de la ciudadanía para debilitar su discurso y socavar sus funciones. Estas campañas pretenden destruir no solo a los defensores de los derechos humanos; también atentan contra esos derechos retorciendo su significado con la intención de anular el potencial poderío de una sociedad fuerte y, por lo tanto, consciente de su papel en la vida de la nación.

El desgaste provocado por esos grupos antidemocráticos resulta en un incremento de la violencia social y un creciente escepticismo sobre el papel de la justicia en la resolución de conflictos. Al no comprender la trascendencia de los valores humanos en las relaciones entre individuos y grupos, las tensiones fácilmente derivan en la aplicación de la fuerza anulando toda posibilidad de diálogo y búsqueda de consenso. Se intenta bloquear el flujo de la información, se amenaza a quienes ejecutan una labor periodística, social, humanitaria o ambientalista y poco a poco se van cerrando las posibilidades de crear las condiciones necesarias para el desarrollo de un auténtico sistema democrático.

En otras palabras, el respeto por los derechos humanos no conviene a las fuerzas antidemocráticas por ser la base del desarrollo de una ciudadanía poderosa, educada y consciente de su papel en el mundo que le rodea. Las libertades consagradas en convenios y tratados resultan una amenaza para quienes no poseen las calidades para sobresalir sin el recurso del miedo y la tiranía. Derechos humanos son, para ellos, malas palabras.

Sin el respeto por los derechos humanos no existe la menor posibilidad de vivir en democracia.

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El límite de la tolerancia

Cuando la tensión excede los límites, la cuerda se rompe y todo regresa a cero.

Nada hay más perverso que el sistema en el cual se desarrolla la vida de los pueblos menos desarrollados. Las reglas, diseñadas por las potencias capitalistas para su propio beneficio, consisten en anular la voluntad popular, instalar gobiernos afines a sus planes y crear el ambiente propicio para mantener el poder mediante el temor y la sumisión. Curioso paralelo con las tácticas de dominio patriarcal y la aplicación de la violencia en el contexto social y familiar como mecanismo de control.

De acuerdo con las leyes de la dialéctica, la lucha de opuestos genera una crisis cuyo resultado es un nuevo estadio de la situación, para resolver el conflicto antes de iniciarse –como en cadena- otro estado de contradicción, otra crisis y otro paso hacia delante. Lo contrario sucede en nuestros pueblos: las crisis devienen en un clima de supresión de libertades y, por ende, se genera una reversión de las fuerzas, de modo que después de un estallido de protesta social lo usual es un silencio oprobioso y un estado insano de tolerancia al abuso de poder.

En la estructura social de nuestros países las clases tienden a diferenciarse con mayor énfasis; los sectores de mayores ingresos constituyen el fiel de la balanza y de ellos depende en gran medida hasta qué punto se aplicará presión sobre quienes controlan la política y la economía. Es decir, si la población urbana acomodada lo decide, se puede posponer de manera indefinida todo acto capaz de remecer el estatus. Las manifestaciones desde los estratos populares serán criminalizadas, anuladas y desvirtuadas por medio de la manipulación mediática y el recurso de la fuerza pública.

Países en donde un sector minoritario posee el control casi absoluto de la economía y la gestión legislativa no tienen oportunidades de desarrollo, porque en ellos no existe el recurso del diálogo ciudadano, la transparencia en la gestión pública ni una administración de justicia equitativa. Menos aún el respeto por los derechos humanos de las “minorías mayoritarias” como los sectores de mujeres; de niñas, niños, adolescentes y adultos jóvenes. Tampoco se da la apertura necesaria para gestar una fuerza de participación y oposición efectivas para la defensa de esos derechos, porque estos se oponen a los intereses de las élites.

Entonces no se puede decir que la tolerancia tiene un límite, sino más bien es preciso reconocer que la tolerancia tiene un punto de retroceso. Es en este punto en donde se produce el eterno retorno de los ideales y, como resultado de ello, la agonía de las democracias. Naciones divididas y confrontadas entre ricos y pobres, pueblos originarios y ladinos, rurales y urbanos, tienen pocas esperanzas de superar sus conflictos en un marco dialéctico saludable y propositivo. En cambio, son tragados por un vórtice de mayor pobreza y cada vez menores perspectivas de progreso.

Este escenario se repite una y otra vez, generando un ambiente insano de escepticismo ciudadano y empoderando más y más a quienes aprovechan la coyuntura para enriquecerse, para crear leyes clientelares, para consolidar sus redes de influencia y apoderarse de los Estados ante la mirada impotente de la sociedad. Para evitarlo solo existe el camino de la participación a costa de esa sensación de seguridad tan importante para las personas. Una seguridad ficticia, dependiente de la voluntad de otros y tan frágil como para tambalear ante cualquier golpe de timón. Una sensación de seguridad cuyos pilares se diluyen en el aire ante la sola amenaza de las dictaduras. Una seguridad falsa como falsa es la esperanza de cambio si no se está dispuesto a contribuir para generarlo.

La tolerancia y sus límites depende de cuán importante sea la sensación de seguridad personal.

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Cuando la consigna es violar

La violación sexual es una agresión cruel, física y psicológicamente devastadora.

Los números son contundentes; miles de niñas, niños y adolescentes son violados cada día en cualquier escenario: la intimidad de su hogar, el ámbito académico, la parroquia, el camino a la escuela, el contexto de una guerra. No importa en dónde, su integridad es amenazada con la sola presencia de un hombre dispuesto a agredirlos en cuanto la oportunidad le sea propicia. Parece una historia de terror pero sucede cada día en cualquier punto del globo, oculto por el miedo y la vergüenza.

¿De dónde surgió la idea de que las niñas son presa a disposición del cazador? ¿Cuándo se reformaron los códigos y las leyes para proteger a los depredadores sexuales para interpretar -con cómplice benevolencia- su costumbre de cometer ese horrendo crimen contra víctimas indefensas como un rasgo de virilidad? La violación es una de las peores formas de violencia contra una niña o una mujer, constituye un acto vil cuyas consecuencias van mucho más allá de la destrucción de la autoestima, la marcan en todos los aspectos de su vida y definen sus relaciones futuras.

En esta especie de holocausto lento contra la niñez también toma parte protagónica el pensamiento patriarcal instalado en innumerables comunidades, el cual permite a los padres dar a sus hijas menores en matrimonio aun en contra de leyes establecidas para evitarlo. No solo las entregan a un adulto en contra de su voluntad, sino además cobran por ese intercambio transformándolas en simple mercancía, convencidos de que las mujeres están destinadas a servir y no tienen derecho a tomar decisión alguna respecto de su vida y su destino.

Entonces es cuando todo esfuerzo por generar cambios en el imaginario colectivo adquiere una enorme relevancia, es cuando los movimientos feministas adquieren un impulso adicional al enfrentar los prejuicios y la oposición pétrea de un patriarcado destinado a extinguirse por opresivo, violento, discriminatorio e ilegal. Es cuando se toma conciencia de los mensajes sutiles destinados a construir barreras y crear guetos con el único propósito de impedir el empoderamiento de las mujeres en todos los escenarios de la vida pública y privada. Es cuando toca involucrarse de manera directa desvelando los mitos y destruyendo todos esos estereotipos con los cuales hemos sido programados desde la niñez y hemos reproducido con las sucesivas generaciones.

Se han escuchado los testimonios escalofriantes de soldados confesando que “violar era la consigna”. Violar a todas las mujeres, incluidas las niñas más pequeñas, porque la violación es una táctica de guerra para continuar la ruta estratégica del miedo y la destrucción psicológica del supuesto enemigo. Es decir, niñas, adolescentes y mujeres debían ser destruidas en su esencia, en su intimidad, privadas de su libertad para obligarlas a servir en los oficios más denigrantes posible, sin haber cometido delito alguno. Mujeres cuya única falta es encontrarse en el camino de los invasores. Así es hoy y así ha sido a lo largo de la historia.

Entonces ¿con qué argumentos se pretende invalidar la lucha de las mujeres por sus derechos sexuales, educativos, sociales, laborales y económicos? ¿Cómo es posible negar la desigualdad en la participación política –tribuna esencial para incidir en el rumbo del país- y marginar al sector femenino de todas las decisiones importantes para una nación? ¿Con qué autoridad se esgrime el discurso antifeminista en un país donde el embarazo infantil es un rasgo de identidad? Es hora, entonces, de cambiar la consigna: “las niñas se respetan, no se violan, no se matan”.

Escalofriante táctica de guerra para someter al enemigo: violar a las mujeres.

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Sólida como el diamante

Se requiere fortaleza para resistir con dignidad el aberrante sistema patriarcal.

Ya basta de utilizar la supuesta fragilidad de las mujeres como arma psicológica de dominación, para apoderarse no solo de su cuerpo sino también de sus decisiones, porque la historia no puede ser más ilustrativa de su enorme fortaleza ante el ataque sistemático contra sus derechos. Las mujeres de todas latitudes han sido botín de guerra, objeto de abuso sexual, laboral y jurídico, han sido vasallas de un patriarcado impuesto a la fuerza para doblegar sus intentos de independencia. Como cualquier sistema dictatorial: solo que mucho más sutil, mucho más solapado.

Ya basta de “enseñarle” cuáles son las fronteras de su libertad. Desde la más tierna infancia se le marcan los límites y construyen los muros de un encierro virtual en donde el comportamiento se ha de ajustar a las exigencias del patriarcado. La niña ha de ser modesta, obediente, sumisa hasta el extremo de la esclavitud y esos supuestos dones se le presentan como los atributos ideales de su sexo. Luego vendrán -por añadidura- el silencio y la resignación, disfrazadas de virtudes santificadas por textos ancestrales escritos por hombres convencidos de la inferioridad de su sexo.

Ya basta de humillarla al invadir su espacio personal como si el cuerpo de una mujer fuera un objeto diseñado para el placer de los hombres. Ya basta de abusar de su paciencia ante la discriminación en el trabajo, en la escuela, en los círculos académicos, en donde se le niega el derecho de expresión y un lugar entre los mejores, aún siendo la mejor. Ya basta de propagar estereotipos para rebajar sus virtudes espirituales para etiquetarla como un frágil y débil ser ávido de protección masculina. La historia de millones de mujeres es evidencia de cuán fuerte y cuán sólido es su espíritu de lucha ante las adversidades creadas para someterla.

Ya basta de asesinarlas como mecanismo de intimidación y control. La mujer no pertenece a un hombre, no es parte de su patrimonio ni debe ser considerada un ser dependiente en un sistema jurídico creado para dominarla. Toda ley, todo reglamento, toda norma cuya naturaleza atente contra la libertad y la igualdad entre los sexos, debe ser eliminada por ser injusta y perversa. Garantizar el derecho de la mujer sobre las decisiones que afectan su vida es un acto de justicia largamente postergado, así como las reparaciones por violar su integridad desde posiciones de poder, una antigua costumbre tolerada por un sistema de valores arcaico cuya vigencia es un atentado contra la moral y la ética.

Ya basta de imponerle desde el poder político el marco restrictivo de una doctrina religiosa. Es una violación flagrante de la ley vigente en la abrumadora mayoría de países democráticos, signatarios de tratados y convenciones sobre el respeto a las libertades ciudadanas. Ya basta de recitarle versículos para convertirla en un ente sumiso ante la voluntad patriarcal, porque el patriarcado no es más que un sistema destinado a extinguirse por injusto, violatorio de los derechos de las mayorías en todos los campos: sexual, económico y social.

Ya basta de negarle acceso a la educación con la excusa de haber sido creada para servir desde el ámbito doméstico. Las evidencias de su capacidad creadora, de sus dones intelectuales y artísticos, de su naturaleza sólida ante los desafíos de la vida, constituyen la prueba más contundente de que la mujer, en espacios de decisión, constituye un factor determinante para garantizar el desarrollo correcto y equilibrado de cualquier sociedad. Toda política en contra de sus derechos impone un absurdo freno al avance de un país. ¡Ya basta!

La fortaleza de la mujer no necesita más demostración que un repaso por la Historia.

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“Si se entera, me mata”

Cuando las relaciones están teñidas de miedo, cuando el “otro” es tu peor enemigo.

¡Cuántas veces escuché esa frase, pronunciada al pasar…! “Si él se entera, me mata”. Casual como si el hecho de una amenaza de ese calibre formara parte de la rutina cotidiana, millones de mujeres en el mundo viven bajo la sombra de una dictadura conyugal considerada por muchas personas –hombres y mujeres- como parte de una realidad inevitable, avalada por la costumbre. Expresiones similares aparecen cuando se platica con profesionales de la salud, acostumbrados a ver casos de mujeres impedidas de utilizar métodos de control para evitar embarazos no deseados porque sus parejas lo prohíben, o aquellas deseosas de continuar con su educación pero impedidas de hacerlo porque su potencial independencia económica significaría un desafío contra la autoridad del marido.

No me refiero al siglo diecinueve sino a estos tiempos, tan restrictivos para la mujer como aquellos. Por supuesto, hay avances y muchas compuertas han caído bajo la presión feminista, pero muchas también se resisten a caer. Como por ejemplo, el derecho de las mujeres a una educación plena y de calidad, no solo en temas de salud sexual y reproductiva sino en todos los campos del saber. Las restricciones impuestas para impedir la educación de niñas y adolescentes para condenarlas a una vida de servidumbre se mantienen idénticas a las reinantes durante la época de la Colonia. De hecho, Guatemala aún conserva esos lejanos modelos de vida en muchos aspectos, casi todos ellos en detrimento de la calidad de vida de quienes por ser menos privilegiados se ven obligados a servir a otros, en condiciones de explotación.

De este sistema injusto derivan prejuicios de una injusticia intolerable para la mayoría de mujeres, cuya vida depende de decisiones tomadas dentro de un pensamiento patriarcal que las relega a la categoría de objetos para reproducción, servicio doméstico (en todos los círculos sociales, sin excepción), decoración y entretenimiento. Los parámetros de la sexualidad femenina han sido marcados por hombres acostumbrados a mandar porque asumen que las mujeres están supuestas a obedecer. De hecho, esta “orden suprema” persiste en las ceremonias del matrimonio religioso.

En este marco en extremo conservador se inserta uno de los debates más intensos: el derecho al aborto. Un tema de enorme trascendencia para millones de mujeres alrededor del mundo, cuyos avances en términos de legislación han costado tiempo, vidas humanas, campañas intensas de uno y otro lado del espectro, pero también el ejercicio constante de analizar con visión humanitaria y perspectiva social el drama cotidiano de mujeres enfrentadas a un embarazo no deseado.

El aborto representa no solo una ruptura de los mandatos de las doctrinas religiosas más extendidas en el mundo, sino una especie de amenaza a la autoridad patriarcal, uno de cuyos pilares es su capacidad reproductiva. De ahí el comentario de una mujer ante la pregunta de un profesional de la salud sobre por qué no usaba anticonceptivos: “Si él se entera, me mata”. En esta especie de orden suprema, mezcla de mandato divino con potencia del instinto reproductivo, las mujeres constituyen el centro de la atención y de las prohibiciones desde todos los ámbitos.

Este poder restrictivo de enorme fuerza social ha representado un enorme obstáculo para que la mujer posea el control absoluto sobre su cuerpo y sus decisiones en términos de concepción y maternidad. En esta lucha y en un mundo que no cesa de agredirlas sexualmente, las niñas, adolescentes y mujeres adultas siguen estando en el último lugar de la lista del goce irrestricto de sus derechos humanos. Es hora de avanzar.

Un mundo restrictivo contra los derechos de las mujeres, un mundo anclado en el pasado.

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La ira transformadora

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Un estado de frustración contiene toda la energía necesaria para generar cambios.

El iracundo reclamo de una niña por los asesinatos de 17 adolescentes en su establecimiento escolar ha sido el discurso más claro y rotundo contra la política clientelar de la Casa Blanca con respecto al control de armas. Fue Emma Gonzalez, estudiante del instituto de Parkland en donde Nikolas Cruz ingresó con un fusil semiautomático y comenzó a disparar a mansalva, dejando decenas de muertos y heridos, quien elevó la voz para preguntarle al presidente Trump cuánto recibe por proteger los intereses de la Asociación Nacional del Rifle.

El tema del control de armas, a pesar de esta tragedia reciente en el estado de Florida, no ha tenido eco en las altas esferas. El inmenso poder de este lobby se basa no solo en la segunda enmienda de la Constitución que permite la tenencia de armas como un derecho ciudadano, sino en una forma de cultura arraigada y alimentada por hábiles campañas en las cuales han transformado la afición por las armas en un ícono nacionalista. Es decir, en el “americanismo” per se.

Sin embargo, esta industria no afecta solo a Estados Unidos. La exportación de armas hacia otros países es uno de los más prósperos negocios estadounidenses, a lo cual se suma la enorme influencia política y estratégica que le otorga el poder de premunir de armamento a ejércitos afines a sus intereses en cualquier lugar del mundo, dentro de los marcos legales o fuera de ellos.

Las víctimas de este sucio negocio, por lo tanto, no se limitan a sus ciudadanos sino a millones de seres humanos alrededor del planeta, quienes resultan “víctimas colaterales” de uno de los negocios más prósperos y letales. Guatemala no escapa a esa influencia y tiene la enorme desventaja adicional de carecer de un sistema preciso para conocer el número y destino de las armas legales e ilegales que circulan por el país. De acuerdo con estimaciones de las entidades responsables del control de armas (Digecam), en Guatemala existe un arma registrada cada 25 personas, pero este indicador cambia sustancialmente si se añaden las provenientes del contrabando.

En un país como Guatemala, con uno de los índices de violencia más elevados del mundo, la “flexibilidad” institucional en este asunto de tanta importancia para la seguridad ciudadana constituye una amenaza constante para la vida y la integridad de su población. Poseer armas no debería ser considerado un derecho para la población civil, salvo casos excepcionales y estrictamente regulados. La alta incidencia de asesinatos cometidos por niños, adolescentes y adultos integrantes de organizaciones criminales tiene mucho que ver con la incapacidad de las entidades encargadas de velar por la seguridad de las personas.

Así como lo expresó Emma Gonzalez durante una manifestación contra la actitud pasiva de la Casa Blanca frente a la tragedia del colegio Marjory Stoneman Douglas, existe una responsabilidad directa de las autoridades en cada asesinato cometido con un arma comprada en una tienda o en el mercado negro y no hay excusa que valga para justificarlo.

Quizá la ira y la frustración creciente de nuestra sociedad incida en un cambio positivo de las leyes, reglamentos y actitudes frente a los instrumentos de muerte que son las armas en manos de seres agresivos y carentes de escrúpulos, incluidos en este amplio sector no solo los individuos que actúan al margen de la ley, sino también aquellos que lo hacen dentro de sus márgenes, haciendo abuso del poder para violar impunemente los derechos de los ciudadanos. Quizá sean la rabia y la impotencia los agentes de cambio, ya que no lo han sido los diálogos ni las manifestaciones pacíficas.

El poder de las armas es una amenaza constante, no importa en manos de quiénes estén.

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Una ventana hacia la nada

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Un proyecto vital para la niñez de Guatemala, carente de recursos y marginado por falta de interés.

Como una oportunidad para reducir la mortalidad materno-infantil se lanzó en 2013, con gran pompa, la Ventana de los Mil Días, iniciativa respaldada por organismos internacionales y cuyo objetivo es satisfacer las necesidades nutricionales de madres y sus bebés desde la etapa de gestación, porque “la desnutrición en niños menores de 2 años tiene efectos irreversibles en el desarrollo físico y mental, y atenta contra el futuro de una sociedad”, como acotó la doctora Guadalupe Verdejo, representante de OPS/OMS. Mucho ha pasado desde entonces y esa estrategia nunca prosperó.

La niñez guatemalteca es el último de los eslabones de la cadena. A ella llegan apenas los sobrantes del banquete y muchas veces ni siquiera eso. Como prioridad cero, tampoco los programas destinados a favorecerla experimentan una fiscalización estricta y, por ende, la desviación de los fondos destinados al desarrollo integral de la niñez pasa por debajo del radar.

Cuando se habla de corrupción se suele enfocar el objetivo en los detalles del saqueo sin poner el dedo en el problema central, que es la impunidad consecuente. Es decir, el pago por los delitos contra la integridad de las instituciones queda como una tarea pendiente mientras la ciudadanía gira su atención hacia otro escándalo y otro más, sucesivamente, perdiendo el hilo esencial de la acción de la justicia por los que ya hicieron titulares de portada.

De ese modo se van acumulando las deudas ante la ley, un nudo gordiano capaz de entorpecer durante décadas todo intento de avance en la labor de la justicia y la reparación de los daños cometidos contra la población, especialmente de menores recursos. Y así como sucede en el caso de este programa tan valioso para las nuevas generaciones, acontece con otros de mayor o menor impacto y queda en el imaginario social la idea de la imposibilidad de luchar contra la impunidad, porque ésta es ya parte de una subcultura imperante en todos los ámbitos.

El incumplimiento del programa de los Mil Días se podría catalogar como un crimen de lesa humanidad al condenar a un numeroso grupo de madres e hijos a una desnutrición forzada, privándoles de su derecho a lo que muy claramente les garantiza la Constitución Política de la República de Guatemala en su Artículo 1º. “Protección a la persona. El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia; su fin supremo es la realización del bien común.”

Por si quedara alguna duda, el Artículo 2º. insiste: “Deberes del Estado. Es deber del Estado garantizarle a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona.”

Muchos escándalos acaparan titulares. Innumerables casos de corrupción, algunos casi anecdóticos y otros de dimensiones grotescas mantienen en vilo la atención ciudadana. Sin embargo, la pérdida de capacidades físicas y mentales de miles de niñas y niños menores de 2 años ocasionada por falta de nutrientes y baja calidad de vida, queda únicamente señalada en estadísticas tan frías como insuficientes si se desea dimensionar el problema para ponerle un alto definitivo.

El país ha quedado señalado como uno de los más incumplidos en objetivos mundiales destinados al desarrollo integral de la persona. Sin embargo, no es únicamente por su incapacidad para ejecutar los fondos destinados a programas sociales, sino también porque los presupuestos fluyen hacia destinos ajenos y fuera de la vista pública. Detener el régimen de impunidad es tarea de todos, pero también lo es restaurar la confianza en las instituciones garantes del estado de Derecho.

La niñez ha sido prioridad de los gobernantes para el discurso en las campañas electorales; pero desde entonces, nunca más.

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Tierra de soñadores

“Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”, reza el monólogo de Segismundo en el famoso soliloquio de Calderón De la Barca.

“Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte ¡desdicha fuerte!

¿Qué hay quien intente reinar

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?”

Palabras sabias del poeta, pero tan sabias como inútiles: no alcanzan a penetrar en la conciencia de quienes, convencidos de su fuerza y quizá soñando con la permanencia de sus falsas dinastías por los siglos de los siglos, aplastan los sueños de sucesivas generaciones…

Así es como en pueblos sometidos a la poderosa mancuerna de sus jerarcas, se cocinan alianzas duraderas, tan persistentes como las enfermedades terminales y tan nefastas como aquellas. Las medicinas populares contra el mal de la pérdida de memoria se reducen a unos ungüentos paliativos, unos pocos paseos por la plaza y muchas pláticas sociales cuya búsqueda de respuestas dura lo que un suspiro.

Sueños. Esos delirios de grandeza en unos y las nunca satisfechas ansias de justicia en los más, son como vapores que enrarecen el aire y contaminan las esperanzas de libertad. Por eso cuando surgen voces valientes son acalladas por las balas, en manos prestadas para no dejar huellas. Sueños. Tristes intentos de levantarse, una y otra vez, pretendiendo ignorar que las cartas dicen otra cosa desde las cumbres del hemisferio.

Mañana, dicen los sueños. Mañana se abrirán los caminos; hombres y mujeres desfilarán libres y sus opresores habrán pagado sus delitos. Pero esas promesas se diluyen y el despertar de los sueños provoca el agudo dolor de las promesas incumplidas. Entonces el desfile triunfal del sueño se transforma en el espectáculo de la miseria, del hambre y la desesperanza. Los falsos reyes habrán vencido una vez más, con la complicidad de sus vasallos y el ominoso silencio de las masas.

¿Es acaso la búsqueda de la felicidad una forma de demencia? ¿Es la vida humana una moneda de intercambio entre potencias aliadas en la extorsión y el saqueo? Abrimos los ojos y vemos el dantesco espectáculo de eso que los falsos reyes nos quieren vender como “víctimas colaterales”: niñas, niños, mujeres y hombres asesinados en nombre de la democracia y la libertad. No son sueños, es el despertar. Y entonces vienen los socios en el sucio negocio de la guerra a vendernos las armas sobrantes para armar a otros ejércitos a su servicio, en otras tierras. Esas que no les pertenecen.

En medio de sus sueños de libertad, los niños y niñas de Palestina se retuercen de dolor, atrapados en un campo de concentración israelí; también las niñas de Guatemala ven interrumpidos los suyos en el violento y deprimente entorno de un hogar del Estado. Ellas, así como los niños sirios acribillados por la metralla de imperios ajenos a sus tierras, también quieren despertar de sus pesadillas. Son sueños abortados en medio de una tolerancia demencial, sueños irrealizables en un mundo hostil con sus seres más preciados.

¿Cuándo se acabará el sueño? ¿O es, acaso, una pesadilla perenne y circular de la cual jamás despertaremos? Algún día surgirán las voces y serán de pronto tan estentóreas que no podremos ignorarlas, como tampoco podrán silenciarlas los falsos reyes y sus cómicos juglares –esos que en su incapacidad e ignorancia nos condenan a la miseria. Es cosa de tiempo para que su fuerza sonora abata con gran estruendo los falsos castillos y derribe de un soplo gigantesco las falsas dinastías. Ese es mi sueño.

“…Sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

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Estimado Eduardo:

Su carta es el testimonio de cuánto sufrimiento es posible infligir en un ser indefenso.

Leo sus palabras y me vienen a la mente las devastadoras imágenes de tantos miles de niñas y niños silenciados y sometidos al poder de un padre abusador. No es un cuadro excepcional y esa, no cabe duda, es la parte más triste de la historia. Pero nadie quiere aceptarlo porque eso representa el quiebre definitivo de la unidad familiar. Una unidad solo presente como parte de una utopía, un deseo inconsciente de negar lo malo para aferrarse con uñas y dientes a una estabilidad tan falsa como perversa.

Usted me cuenta su experiencia y puedo imaginar el dolor acumulado durante años. Es como una mancha imborrable en el pasado de tantas víctimas inocentes sometidas a abuso sexual por quien debería ser su protector. Es perceptible en sus palabras ese sentimiento de impotencia y repugnancia del cual es imposible escapar porque a lo largo de la vida surge una y otra vez, como una especie de maldición tan inmerecida como devastadora.

Lo más triste, Eduardo, es el silencio de los demás. Saben y callan porque de eso no se habla, porque el poder patriarcal es tan imponente como para someter al conjunto en una complicidad sucia y contaminante, en la negación tácitamente aceptada para ocultar un hecho criminal capaz de destruir la vida de un infante. Pero me cuenta en su carta de sus intenciones de enfrentarlos uno por uno porque es parte de su terapia de sanación. He de decirle que es un acto muy valiente, perderá la estima de algunos pero quizá logre evitar la cadena de abuso contra sus hermanos menores quienes, usted lo dice, sin duda experimentan el mismo drama.

Usted no imagina cómo un testimonio tan íntimo pueda ayudar a otros a liberarse de ese terrible círculo de violencia, pero su efecto liberador es un hecho. Por lo general, las víctimas sienten la vergüenza que debería sentir el perpetrador y callan por temor a las consecuencias de una denuncia tan devastadora, pero sobre todo por el temor a no ser escuchado o sufrir una especie de exilio emocional por parte del grupo familiar y las demás personas de su entorno social. A lo largo de los años el silencio se vuelve una carga pesada, manifestándose de mil modos diferentes en sus relaciones con la sociedad y también con sus parejas sentimentales, ante quienes abrir esa caja de Pandora resulta una tarea psicológicamente extenuante.

Imagine, Eduardo, cuántos niños y niñas viven esa pesadilla sin posibilidad alguna de escapar de ella porque cuando denuncian nadie les cree. Imagine a esas niñas embarazadas por su padre, por su abuelo, por su tío o por cualquier hombre con suficiente poder para agredirlas sin temor a las consecuencias y sentenciadas por el Estado y la sociedad a una maternidad cruel e injusta. Comprenda, Eduardo, el alcance de su arrojo para enfrentar a quienes debieron protegerlo durante su niñez y vea este acto de reivindicación como un ejemplo para muchos como usted. El periplo familiar que intenta realizar lo colocará del lado de los hombres y mujeres cuyo valor impulsa indefectiblemente un cambio de visión sobre el abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes alrededor del mundo.

Personas como usted, Eduardo, pueden hacer la diferencia con el solo hecho de denunciar y, con ese acto, destruir el silencio alrededor de uno de los delitos más devastadores del catálogo criminal, no solo por lo ruin y solapado, sino por la manera como convierte al hogar –un reducto de protección y amor- en la sede del infierno. Quizá más víctimas sigan su ejemplo y se liberen por fin de ese dolor callado y constante.

Gracias por eso.

El abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes es un crimen perverso, cruel y devastador.

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Los agujeros negros

Nada tan letal para una democracia como la concentración del poder político.

Cuando se menciona al sistema –cualquiera sea este- como fuente fundamental del fallo de un proceso de gestión gubernamental, se deja de lado algo tan esencial como la participación de la ciudadanía en su papel de objeto. Es decir, ya sea una dictadura o una democracia, siempre existe un objetivo hacia el cual se dirige el discurso, la propuesta o el acto represivo; ese objetivo tendrá un papel en el devenir de los acontecimientos y de él dependerá cuánto poder va a conceder a sus gobernantes.

A partir de esa premisa se puede afirmar que al debilitarse el protagonismo de la ciudadanía en un marco democrático y perderse el balance del poder, las fuerzas contrarias al sistema van a construir rápidamente un reducto desde el cual van echando anclas en cada una de las instancias capaces de blindar su hegemonía, legal e institucionalmente. Es un juego de vasos comunicantes, cuando uno se vacía se llena el opuesto y si este logra bloquear la reversión, todo el sistema está cooptado.

Mientras tanto, el debilitamiento del poder ciudadano se comienza a consolidar con la pérdida paulatina de los mecanismos diseñados para la protección de sus derechos. El estado de Derecho deja de funcionar mucho antes de que la ciudadanía se haya percatado de ello, dado que el trabajo de socavamiento de sus instituciones es y ha sido siempre una de las más eficientes y solapadas formas de revertir un proceso de democratización, por lo general inconveniente para los intereses de quienes detentan los poderes económico y político.

Estas estrategias han funcionado una y otra vez en la mayoría de países latinoamericanos, siempre de la mano del gobierno estadounidense, gracias a cuya influencia y políticas intervencionistas se han cerrado las compuertas al poder de la ciudadanía para entregárselo en bandeja de oro a los grupos hegemónicos. Así, las ilusiones de desarrollo de los pueblos se pierden en auténticos agujeros negros de los cuales nunca se logran recuperar, al igual como se pierden sus esperanzas de convertirse en naciones verdaderamente independientes.

Estos agujeros negros no parecen tener fin, absorben y aniquilan con una fuerza descomunal todo esfuerzo ciudadano por recuperar esa cuota de poder indispensable para hacer contrapeso a quienes convierten el gobierno en una feria de oportunidades para las élites. El peligro reside en el tiempo: mientras este transcurre, el contra-sistema se consolida y se pierden uno tras otro los derechos hasta caer todo en una dictadura no declarada, pero tolerada por la mayoría.

América Latina está experimentando los embates de la ola antidemocrática como una premonición del regreso a los años fieros de las dictaduras militares patrocinadas por Estados Unidos. Con la complicidad de sus cadenas noticiosas y los medios locales trabajando del lado de las oligarquías, es para los pueblos prácticamente imposible obtener información confiable sobre lo que sucede a sus espaldas y, por ende, está medio ciego. El paquete es perfecto y la ola avanza por todo el continente eliminando movimientos ciudadanos y liderazgos comunitarios, por ser estos pequeños focos de protesta una piedra en los zapatos de los dueños del poder.

Quizá sea importante echar una mirada alrededor y ver cómo el plan funciona más allá de las fronteras. El truco jamás falla: consiste en alimentar a los caciques locales, quienes se prestan obsequiosos a vender a sus países con tal de mantener sus privilegios. ¿Por qué habría de cambiarse el modelo de dominación cuando resulta tan fácil de ejecutar?

La estrategia es mantener a la ciudadanía alejada de los centros de poder, ajena a sus intenciones.

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Los genios perdidos

Para ver brotar talentos como el de Yahaira Tubac es necesario cambiarlo todo.

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La elección del presidente del organismo legislativo es un ejemplo ilustrativo de cómo en Guatemala no se premian el talento, la experiencia, la capacidad y la ética sino el poder del dinero. Claro como el agua. Al otro extremo está esa población obligada a buscar sus propias respuestas para salir del abandono y la miseria a la cual la condena un sistema depredador e injusto. Por allí, en la lejanía institucional de la Guatemala profunda –como gustaba decir alguien que ya olvidé- apareció esta niña prodigio, la pianista de 7 años Yahaira Tubac quien interpreta con una precisión asombrosa obras de Mozart y Beethoven. Yahaira fue gestada y criada con amor y educada con una sensibilidad excepcional a pesar de haber llegado a una familia de escasos recursos, alejada de los centros en donde se cuecen los privilegios. Es la prueba viva de cuán fácilmente perdemos la ruta del desarrollo cuando prevalecen, en las altas esferas, la negligencia y la ignorancia. Pero también retrata cómo un mínimo acceso a las artes universales puede transformar la vida y el destino de un ser humano, a cualquier edad.

Esas altas esferas, no por altas calificadas ni capaces, deciden el destino de la niñez de este país marcado por las carencias. Desde los despachos oficiales se recortan y reparten los dineros pertenecientes a la población. Se decide, por ejemplo, cuáles asignaturas formarán parte del pensum escolar y a cuáles condenarán a la pobreza. Estas políticas educativas, sin embargo, han sido la marca de identidad desde hace mucho y se reflejan no solo en la infraestructura miserable de las escuelas a nivel nacional, también en el desprecio por la cultura y el arte expresado de todas las maneras posibles por las clases política y económica.

Las razones sobran: las nuevas generaciones ya vienen con un código de barras en el ombligo destinadas, no a sobresalir en el mundo gracias a sus distintos talentos, sino a servir a las clases dominantes como mano de obra barata, muy barata, no vaya a ser que el país pierda competitividad. Y las niñas, niños y adolescentes pasan por un rasero castrador de genios, emparejador hacia abajo para evitar la terrible amenaza de los liderazgos comunitarios. Eso, considerado una especie de política pública pergeñada en alguna oficina ministerial, y no necesariamente con una visión de futuro, sino con una instrucción de más arriba para no perder la perspectiva de la línea trazada por los centros de poder económico.

¿Cuántas Yahairas podría tener Guatemala si desde mucho antes de nacer ya tuvieran un lugar protegido y enriquecedor en el cual crecer y desarrollarse? ¿Es que acaso somos tan escépticos que dudamos hasta de la posibilidad de ver surgir decenas de niños prodigio llenos de potencial? Triste cosa es una sociedad que no crea en sí misma hasta el punto de aceptar los tijeretazos oficiales a la educación de sus descendientes, quizá creyendo en las buenas intenciones de sus gobernantes. Más triste aún es resignarse a la respuesta obligatoria -“no hay presupuesto”- a sabiendas de su falsedad.

A la niñez se le ha negado todo y las consecuencias son devastadoras: reducción de la talla y el peso, desnutrición crónica, pérdida de capacidades intelectuales, muerte temprana y alta vulnerabilidad a enfermedades prevenibles. Por encima de ese castigo, la violencia física, sexual y psicológica a la cual los enfrenta un sistema inclemente con la población más pobre, condenándola a luchar desde cualquier trinchera para sobrevivir.

Como Yahaira, también la cantante kaqchiquel Sara Curruchich demuestra cuán posible es vencer las barreras para proyectarse al mundo como un ejemplo de talento y cultura, a pesar de los pesares.

Los obstáculos al surgimiento de talentos excepcionales tiene origen en políticas discriminatorias y racistas.

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La amenaza de un pueblo educado

Para evitar una fiscalización del quehacer público, se torpedea la nave del conocimiento.

La estrategia no puede ser más transparente: restar a la educación y abonar al ejército. Es decir, preparar las condiciones para la perfecta dictadura. En medio queda el juicio ciudadano, el cual a los grupos en el poder les sirve como tapiz para limpiarse la suela de los zapatos. En realidad, la calidad educativa en Guatemala ha experimentado los embates del más feroz sistema político-económico del que se tenga registro. Los estudios de organismos internacionales y nacionales no pueden evitar poner en evidencia las deficiencias de este pilar fundamental para la calidad de vida y así aparecen los vergonzantes indicadores sobre baja escolaridad, abandono escolar, analfabetismo y pobres resultados en las pruebas del sector académico.

Como si la escasez de material didáctico moderno, así como los obstáculos para la preparación profesional de maestros y catedráticos no fuera suficiente, también está la infraestructura ruinosa de escuelas e institutos públicos, carentes de lo más elemental para realizar una jornada digna y productiva. Algunos carecen de pupitres, otros de servicios sanitarios y las niñas, niños y adolescentes que acuden a ellos son obligados a soportar los rigores del clima y las malas condiciones de sus establecimientos educativos.

Sumado a todo ello está la actitud adversa de muchos padres de familia a la educación de las niñas, a quienes por costumbre relegan a las labores domésticas o del campo, condenándolas de ese modo a un futuro de privaciones, maltrato, sumisión y escasez de oportunidades. Es decir, un contexto en el cual no tienen modo alguno de escapar a toda una vida de servidumbre. El sistema, si es que así puede llamarse a la carencia de principios, reduce las perspectivas de desarrollo de las nuevas generaciones, pero también las del país en su conjunto.

El sector educativo, empezando por su ministerio y pasando por sus sindicatos, ha sido un protagonista principal en todos los planes de gobierno. Sin embargo, su protagonismo se ha orientado hacia objetivos ajenos a brindar a la población estudiantil un sistema blindado contra las manipulaciones políticas y del sector económico. La educación sigue acatando instrucciones de entidades religiosas y de empresarios cuya idea de educación consiste en generar cuanta mano de obra barata sea posible, sin reparar en el daño que eso ocasiona a un sector tan importante como la niñez y la juventud, pero también al país en general.

Por el contrario, el pequeño segmento de altos ingresos goza de todos los privilegios por ser heredero de la cúpula económica gobernante y, aunque cuenta con acceso abierto a una educación de primer nivel, esta rara vez se refleja en una modernización del quehacer público y mucho menos en una humanización de sus políticas. Más bien queda plasmado en una mayor concentración de la riqueza y la consiguiente profundización del abismo que lo separa del resto de la población.

El desarrollo de un país es imposible sin un pueblo educado y consciente de la importancia de su participación en la vida pública. Para hacer esto posible, todo el esfuerzo del Estado se debe enfocar a proporcionar las condiciones ideales para dar acceso a las aulas a toda la población infantil sin excepción alguna; crear institutos técnicos y vocacionales para restar fuerza al poder del crimen organizado; romper el estereotipo sexista y trabajar a nivel de las familias para evitar la discriminación contra las niñas y, por último, elevar la calidad del profesorado ofreciendo capacitación y mejores salarios en el marco de una institucionalidad sólida y transparente.

La educación es la piedra fundacional de una sociedad desarrollada, equitativa y justa.

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El libro que nunca publiqué

ERecinos

Hace muchos años le comenté a Efraín Recinos mi intención de editar un compendio de las columnas sobre arte y cultura que había publicado en El Gráfico y Prensa Libre. Entusiasmado, de inmediato me pidió que se las compartiera para escribir el prólogo y dibujar la portada.

Pasó algún tiempo hasta que lo tuve más o menos armado para entregárselo, lo cual significó una celebración con frijoles negros parados, arroz blanco, ensalada y una botella del mejor vino del mercado. Efraín estaba feliz, quería que a partir de este libro editara  los artículos sobre política, derechos humanos, niñez, seguridad… separados en una pequeña colección temática.

Y llegó el día cuando finalmente me entregó las hojas que ilustran esta nota. Con una dedicación exquisita leyó y analizó cada uno de mis escritos destacando de su puño y letra las frases que consideró más importantes, subrayando con bolígrafos de colores los distintos párrafos para hacerme más fácil la lectura y sugiriendo -con esa humildad maravillosa que lo caracterizó siempre-  cortar aquí y allá para no hacer tan extenso su prólogo.

Nunca publiqué el libro pero atesoré estas hojas que hoy revelo. Es un primer paso para realizar el plan inconcluso y quizá continuar con esa pequeña colección que con tanto entusiasmo me propuso Efraín aquella tarde.

En cuanto a la portada, me la enseñó un día pero quería hacerle pequeños cambios. Ya para entonces su pulso había perdido firmeza y le costaba trabajar. Nunca más la vi, quizá se perdió en ese caos colorido e intrigante de su estudio.

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Tema de cierre y apertura

Imposible volver la hoja del calendario con tantos casos no resueltos de niñas y niños desaparecidos.

Mientras hay quienes caen en la tentación de hacer su lista de objetivos personales para el nuevo año, el listado de niñas, niños, adolescentes y mujeres desaparecidos durante 2017 continúa creciendo y los esfuerzos de búsqueda por parte de las autoridades resultan insuficientes para detener este gravísimo problema de seguridad. Pero no solo hay desapariciones, también asesinatos a mansalva a todo lo largo y ancho del territorio guatemalteco, como evidencia de un fallo sistémico del estamento político.

Cuesta creer en la indiferencia de quienes gobiernan este país ante una situación cuyas consecuencias se equiparan a las provocadas por una guerra declarada, en donde quienes caen por ataques armados son, en su mayoría, civiles inocentes. Estas muertes, acumuladas a lo largo de las semanas y los meses, van engrosando el expediente de los casos no resueltos y las familias de las víctimas ya saben que jamás tendrán el consuelo de ver la acción de una justicia pronta y expedita, como ha sido la sempiterna promesa incumplida de sus autoridades.

Pero esa indiferencia tiene un origen muy fácil de adivinar: es el desprecio por la ciudadanía, basado en el hecho de que detentar el poder político y económico del país equivale a poseer un cheque en blanco para hacer del Estado un proyecto de enriquecimiento personal sin obstáculo alguno. La riqueza nacional parece ser una fuente inagotable capaz de alimentar la voracidad de un equipo de gobierno tras otro, en perfecta sucesión. Los mecanismos adecuados para crear una ilusión de legalidad a esas maniobras han sido cuidadosamente diseñados por quienes los aprovechan.

Por eso no hay dinero para el desayuno escolar de millones de niñas, niños y adolescentes que asisten a las ruinosas escuelas públicas. Tampoco hay suficientes implementos de enseñanza porque, después de todo, esos niños y niñas -pobres por decisión de quienes acaparan el poder- están destinados a ser mano de obra barata y no conviene darles un nivel de educación que los transforme al cabo de unos años en ciudadanos críticos, empoderados políticamente y potenciales líderes sociales.

Entonces la fórmula está dada: una masa desinformada y aplastada por un sistema injusto y abusador, incapaz de defender sus derechos, resulta mucho más fácil de dominar que una ciudadanía educada y consciente del alcance de las leyes que deberían protegerla. En semejante plataforma el desarrollo de las organizaciones criminales creadas durante décadas de abuso político se consolidan y actúan a la luz del día extorsionando, asesinando, secuestrando y convirtiendo esta tierra promisoria en un vasto cementerio.

La niñez y la juventud de Guatemala ha sido obligada a emigrar para salvar su vida e intentar del modo más arriesgado e injusto construir un futuro mejor. Muchos mueren en el intento, otros son capturados por las redes de trata que, como una verdadera malla de pesca, atrapa a los más débiles y los esclaviza en todas las crueles variantes de la explotación. Quizá por ahí van algunos de los niños, niñas y adolescentes cuya desaparición aparece en los anuncios de la Alerta Alba-Keneth. Pero no son todos. Sin embargo, el silencio de las autoridades sobre este drama cotidiano revela con meridiana claridad cuánta importancia le dan a este segmento de la población pero, por encima de todo, deja en evidencia una actitud de “dejar hacer” al impedir con maniobras presupuestarias y políticas el fortalecimiento de las instituciones cuya naturaleza es la defensa de la niñez y de toda la población.

Los frecuentes llamados por el aparecimiento de niñas, niños y adolescentes, marcan el año.

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Los motivos del lobo

A pesar de haber publicado esta columna hace ya cerca de 3 años, sigue vigente.

“Y el lobo dulce (…) tornó a la montaña,/ y recomenzaron su aullido y su saña.”

Existe un trasfondo de romanticismo en el despertar de un pueblo. Comienzan a elevarse las expectativas al ritmo de una autoestima renovada, se produce una especie de júbilo colectivo por la simple constatación de la fuerza sumada y transformada en movimiento, todo lo cual converge en un nuevo estado de ánimo, una perspectiva de nación totalmente distinta al modelo rechazado por caduco.

Entonces viene de cara a las elecciones un desfile de nuevas personalidades empeñadas a conquistar las viejas posiciones y es cuando el olfato y la intuición de la población votante ha de mantenerse en alerta, porque un pequeño descuido puede dar al traste con los esfuerzos, las propuestas de cambio, la renovación de cuadros políticos y todo lo avanzado gracias a la fuerza de conjunto demostrada en los últimos meses.

Ayer me vino a la mente un hermoso poema de Rubén Darío, Los motivos del lobo, “bestia temerosa, de sangre y de robo, /las fauces de furia, los ojos de mal: /el lobo de Gubbia, el terrible lobo, /rabioso, ha asolado los alrededores; /cruel ha deshecho todos los rebaños; /devoró corderos, devoró pastores, /y son incontables sus muertes y daños…”, poema en donde ilustra esa lucha ancestral entre el bien y el mal encarnados ambos en el animal, pero también en la sociedad.

No es solo la naturaleza del lobo, sin embargo, el factor que provoca retrocesos en el deseado ambiente de paz y concordia entre los seres que comparten un territorio. Son los impulsos naturales de las comunidades humanas, en donde ha asentado sus reales la ambición desmedida, la falsía, la intriga y la mentira. Y de esas comunidades, es de donde surgen los rostros de quienes desean alcanzar las alturas del poder político, económico y social, para lo cual ya tuvieron que vender su libertad pero, sobre todo, empeñar su independencia de criterio.

No hay que engañarse, ningún candidato viene libre de compromisos. Y quien quiera alzarse por encima de sus contendientes viene con un enorme bagaje de condiciones y mandatos a los que no podrá sustraerse una vez en el poder. Esa es una de las razones fundamentales para luchar por la transformación profunda y real del sistema, para diseñar uno más acorde a la certeza jurídica, la seguridad democrática y el acceso del pueblo a los niveles de decisión.

El entorno político está poblado por depredadores.  Esta es una realidad a la cual se debe prestar mucha atención. Rubén Darío le concedió al lobo motivos irrebatibles para ser como es, pero corresponde a los humanos la tarea de trascender y ser mejores. “Y el gran lobo, humilde: ¡Es duro el invierno, /y es horrible el hambre! En el bosque helado /no hallé qué comer; y busqué el ganado, /y en veces comí ganado y pastor. /¿La sangre? Yo vi más de un cazador /sobre su caballo, llevando el azor /al puño; o correr tras el jabalí, /el oso o el ciervo; y a más de uno vi /mancharse de sangre, herir, torturar, /de las roncas trompas al sordo clamor, /a los animales de Nuestro Señor. /Y no era por hambre, que iban a cazar.”

He de confesar que admiro al lobo. Y a Darío.

(Publicado el 29/06/2015 en Prensa Libre)