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Les deben una explicación

Son millones los niños, niñas y adolescentes dejados de lado por el Estado.

Cada vez que los gobernantes y sus círculos de confianza –no solo parientes, también financistas- se recetan un nuevo privilegio con el propósito de consolidar su fortuna y sus oportunidades de conservar el poder, miles de nuevos integrantes de la sociedad reciben menos atención en salud, alimentación, educación, vivienda, servicios básicos y posibilidades de salir de la pobreza. Esa masa callada y sometida a la voluntad de otros algún día hará las cuentas y cobrará las deudas.

El despertar ciudadano vivido en Guatemala durante los días pasados y cuyos ecos resonaron a nivel internacional incluyó a muchos niños, niñas y jóvenes empapados de civismo y conscientes de que algo anda mal en la manera como se comportan sus autoridades. Es ingenuo pensar que los estudiantes de escuelas, institutos y universidades ignoran el profundo abandono en el cual se encuentran y lo injusto de su situación. Ellos escuchan a sus padres y maestros, también víctimas de un sistema corrupto y clientelar diseñado por unos pocos para su propio beneficio.

En los próximos días el presupuesto de ingresos y egresos de la Nación para el año que viene se analizará y en él viene patente cuáles son las prioridades para la clase política. ¿Educación y salud? Probablemente no. Las presiones de los distintos grupos alrededor de la cúpula gobernante no parece tener en mente a la niñez guatemalteca y esta hipótesis se confirma al observar las estadísticas en temas tan fundamentales como desnutrición crónica, ausentismo escolar, embarazo infantil, trata de personas, estado calamitoso de escuelas y recintos hospitalarios. La lista de deficiencias es demasiado larga y por esa contundente razón Guatemala se encuentra entre los países del mundo con los peores indicadores de desarrollo humano.

Pero existe todavía un sector de la pequeña burguesía capitalina que se resiste a conocer los datos sólidos de tanto estudio. Para ese sector –desde cuyos celulares fluye abundante la desinformación- las cosas en Guatemala no están tan mal. Más aún: “en todos el mundo existe la corrupción, ¿por qué tanto escándalo?” y prestan oídos atentos a cuanta campaña negra surja de las mentes creativas de ciertos grupos y medios de comunicación interesados en mantener las cosas como están.

Es tentador, entonces, pedirle a ese grupo de seres ciegos y sordos a la abrumadora realidad de la corrupción y la pobreza, que expliquen por qué cada día mueren niños y adultos por causa de la violencia criminal, por qué miles de familias se van a dormir sin un solo bocado en el estómago; por qué entrar en la política parece ser una cuestión de enriquecimiento ilícito y no un trabajar por el bien de todos. Es triste ver cómo ser parte de una cierta “clase acomodada” crea una burbuja alrededor de las conciencias y un acomodo entre algodones empapados en la sangre de otros.

A la niñez y juventud guatemaltecas se les debe una larga explicación. Es preciso enseñarles la verdad de la historia y decirles que su futuro se ha ido a engrosar fortunas, que sus ideales son aplastados por las ruedas de Ferraris y Maseratis y sus perspectivas de desarrollo se perdieron en negocios tan turbios como ilícitos de los servidores públicos. Porque ¿cómo decirle a una niña embarazada que el crimen cometido en su contra nunca llegará a los ámbitos de la justicia por falta de capacidad de los entes de investigación? Lo mismo a las familias cercenadas por actos criminales contra ciudadanos inocentes, los cuales quedarán como parte del escenario cotidiano; sin resolución, sin penas. La niñez guatemalteca no es un accesorio incómodo sino la principal protagonista de una historia que urge cambiar.

La niñez guatemalteca merece una atención prioritaria y ocupar un sitio privilegiado en los planes de desarrollo.

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Un día para recordar

fullsizeoutput_1083“El compañero Presidente”, foto de María Cristina Orive.

El 11 de septiembre de 1973 fue una fecha fatídica cuyos ecos siguen resonando en Chile y el mundo.

Lo recuerdo bien. Yo vivía en la calle Huérfanos, en el centro de Santiago y apenas comenzaba el día cuando sonaron las primeras ráfagas. Al asomarme a la ventana pude ver a los soldados sobre las terrazas de los edificios vecinos y comprendí de inmediato lo que venía después. Mi hija era muy pequeña y estaba asustada, no comprendía por qué teníamos que arrastrarnos por el piso del departamento sin levantar la cabeza pero yo sabía del riesgo de recibir una bala perdida. Aun cuando la amenaza de golpe había flotado en el ambiente desde hacía un tiempo, para quienes vivíamos la aparentemente sólida democracia chilena la sola idea de una asonada militar era inconcebible.

Sin embargo, sucedió. Durante los siguientes días el caos fue total, el pánico de no saber los límites exactos de la represión, los informes boca a boca sobre quema de libros en grandes piras en plena calle, las frenéticas llamadas telefónicas y la aventura de desplazarse por la ciudad buscando a los familiares y amigos, todos dispersos, era surrealista.

La búsqueda de personas sospechosas de pertenecer a partidos de izquierda –algo legal y legítimo hasta el día anterior- se operaba con minuciosidad en sectores residenciales de clase media y en barrios populares. Las capturas eran masivas y los camiones del ejército, que pasaban durante las noches cubiertos con lonas para proteger de miradas curiosas su carga de muerte, provocaban escalofríos. También los cuerpos tirados a la vera del río Mapocho.

Cuando se habla del golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, por lo general se suele aludir a los hechos más impactantes, como el ataque aéreo y terrestre contra el palacio de la Moneda y la posterior muerte del presidente Allende. Sin embargo, para quienes vivimos esos momentos, uno de los sentimientos predominantes, más que el miedo a la represión, fue el estupor. Un desconcierto absoluto al presenciar este hecho inédito para nuestra generación y las anteriores, con el rompimiento de una línea histórica de tolerancia y activismo político sin más cortapisas que las establecidas por la ley. Y de pronto, esas leyes supuestamente inmutables cambian y se vuelven contra un pueblo sorprendido en medio de la noche.

Las políticas de Salvador Allende y su equipo de gobierno, aun cuando no satisfacían todas las aspiraciones de una ciudadanía mayoritariamente capitalina, constituían un avance significativo para los sectores más pobres, campesinos y obreros. Lo que jamás perdonaron los círculos de gran poder económico fue el desafío de plantear reformas que reducirían su cuota de influencia y los colocaría en el plano de un interlocutor más, después de haber dominado la escena política durante décadas.

La estrategia de la extrema derecha chilena, con la complicidad de partidos de centro, se basó en una campaña mediática masiva y el bloqueo económico interno, al establecer alianzas con ciertos sindicatos como el del transporte terrestre que hoy también amenaza a la estabilidad de Chile, y el gran socio de aventuras golpistas: el Departamento de Estado, con Henry Kissinger a la cabeza, en una urdimbre de tácticas efectivas que acabaron con el ensayo del socialismo en libertad.

Chile nunca volvió a ser una nación verdaderamente democrática. Las desigualdades y las limitaciones actuales en aspectos tan fundamentales como la salud y la educación son herencia de una dictadura tan bestial que sus ecos aún perduran en la mente y el imaginario de buena parte de la población. Nunca como hoy se vieron en ese país los extremos tan distantes entre ricos extremadamente poderosos y pobres de miseria, con un gran contingente de jóvenes enfrentados a un futuro incierto pero con la voluntad de participar de los cambios que el país necesita para retomar, algún día, el camino hacia una democracia más justa y equilibrada.

Las juventudes chilenas serán quienes cambien la polaridad y retomen la ruta hacia un sistema más justo.

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Cristina y su universo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHe conocido a muchas personas fascinantes, pocas como María Cristina Orive (1931-2017).

La entrevisté en 1980, durante una de sus frecuentes visitas a Guatemala. Llegó cargando su cámara como si la entrevistada fuera yo. Su amplia sonrisa y esa energía luminosa tan propia de quien disfruta la vida fueron los primeros signos de que la conversación iría por buen camino. Me contó de todo: su vida en París, sus viajes, su corresponsalía para agencias francesas de prensa en Buenos Aires y, finalmente, la creación más importante de su carrera: la fundación, en 1973, de la editorial fotográfica de América Latina La Azotea, junto con la notable fotógrafa Sara Facio.

Cristina Orive nunca se conformó con los límites de una sociedad conservadora, rompió esquemas allí en donde los había y lo hizo con gracia y propiedad. Se rodeó siempre de personajes tan fascinantes como ella, intelectuales y artistas de renombre cuya amistad conservó durante toda la vida. Para esta mujer excepcional, los grandes desafíos fueron siempre invitaciones para emprender nuevas aventuras y en su editorial demostró cómo era capaz de superarlos. Sara Facio y Cristina se volcaron a la tarea de elevar el arte de la fotografía a la categoría que merecía en una época cuando esta actividad se consideraba apenas poco más que un simple oficio.

Las primeras obras realizadas en La Azotea demuestran el enorme trabajo de investigación y rescate efectuado por ambas, en una lista de títulos y de exposiciones de gran impacto en el ambiente cultural. Ahí figuran pioneros de la fotografía como Martín Chambi de Perú, J. J. Yas y J. D. Noriega de Guatemala, Grete Stern y Alejandro Witcomb de Argentina y luego un largo listado de nuevos valores latinoamericanos y caribeños cuyas obras eran, hasta entonces, desconocidas por el gran público.

Las cualidades humanas e intelectuales de Cristina le abrieron las puertas de un mundo tan diverso como enriquecedor. Tan definida en su pensamiento político como en su sensibilidad social, entabló amistades de todos los colores del espectro, compartiendo sus inquietudes con apertura y tolerancia, cualidades suyas que la acompañaron siempre. Así fue como en sus recorridos por Guatemala encontró las puertas abiertas para fijar en imágenes los aspectos más diversos de la cultura y las costumbres de este país. De allí nació una de sus obras, Actos de Fe en Guatemala, realizada en colaboración con Sara Facio con textos de Miguel Ángel Asturias y Manuel José Arce.

Pero no todo sobre María Cristina Orive es una historia de vida profesional. Ella fue una amiga maravillosa para quienes tuvimos el privilegio de tenerla cerca, de compartir la mesa y disfrutar largas pláticas sobre cualquier tema que nos llamara la atención. Su exquisitez no tenía parangón y eso también se reflejaba en el círculo que la rodeó durante la mayor parte de su vida. Intelectuales y grandes artistas como Sara Facio, Vera Gregg, Miguel Ángel Asturias, María Elena Walsh, Manuel José Arce y otros nombres de gran relevancia en el mundo cultural contribuyeron en gran medida a enriquecer sus experiencias y a dotarla de una visión universal del mundo, perceptible en cada una de sus obras.

Para conocer más a fondo a la Cristina fotógrafa, hay que dar una mirada a su obra, en donde reside la verdadera esencia de su pasión por su país y su gente, una fuerza siempre presente en sus imágenes. Su importante legado para la fotografía latinoamericana es una herencia cultural de enorme relevancia, por lo cual su nombre merece inscribirse en los anales de la historia cultural de Guatemala como una de sus más relevantes figuras.

María Cristina Orive fue una mujer adelantada a su época, rebelde, generosa y excelente interlocutora.

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María Cristina, su biografía

Cristina Orive

MARIA CRISTINA ORIVE

La Antigua Guatemala 1931-2017

Nació en La Antigua Guatemala en 1931. Estudió Humanidades en su país, Estados Unidos de América y Francia. Ejerció el periodismo oral y escrito en Guatemala en Radio Faro y en el diario El Imparcial. En 1957 se traslada a Paris, donde vivió 14 años y trabajó en la Radio Televisión Francesa (ORTF); también, ya como fotógrafa, para la agencia ASA Presse.

En 1971 inicia su periplo por América Latina como corresponsal de las agencias Sipa y Gamma Presse. Sus trabajos – fotos y artículos – se publican en diarios y revistas del mundo entero: Paris Match, Life en español, Stern, ABC, entre otras.- Sus reportajes más célebres fueron la entrevista al Sr. Pérez Alfonzo, creador de la OPEP, Torrijos en Panamá, la visita de Fidel Castro a Chile, entrevista a Salvador Allende, la caída de Isabel Perón en Buenos Aires.

En 1973, funda en Buenos Aires, – junto a Sara Facio – LA AZOTEA, primera editorial fotográfica de América latina. Durante sus viajes por el Continente investiga sobre fotografía histórica, acerca de los libros fotográficos que han sido publicados en los diferentes países para una exposición en México D.F. En 1978 fue socia fundadora del Consejo Latinoamericano de Fotografía, México 1978.Al año siguiente es miembro fundadora del Consejo Argentino de Fotografía en Buenos Aires. Así, conoce a fotógrafos en actividad-maestros y principiantes- para incluirlos en las publicaciones de la editorial. Los libros de LA AZOTEA han sido premiados en la Argentina, México, Venezuela y Francia.

Ha sido invitada a exponer fotografías, dictar talleres y conferencias en congresos y coloquios tanto en América latina, como en Europa. Entre otros: Les Rencontres Internationales de la Photographie en Arles, Francia, 1978 y 1992; en Italia (Venecia, Caserta y Milano); Foro de Editores en el Centro Pompidou, Paris; en la Feria del Libro de Frankfurt, Alemania.

Es autora, con Sara Facio, de las fotografías en color de Actos de Fe en Guatemala, con textos de Miguel Angel Asturias. Ha realizado la selección de fotos e introducción de los libros Sandra Eleta, Portobelo; La Antigua Guatemala, J.J.Yas, J.D.Noriega; Luis González Palma. Todos de LA AZOTEA.

A partir del 2000 viaja continuamente a la Antigua Guatemala y finalmente se radica allí, donde colabora con el Centro Cultural El Sitio presentando exposiciones de fotógrafos guatemaltecos y extranjeros. Es secretaria de la Fundación Cultural Duane Carter que administra La Biblioteca, como la llaman los cerca de 3,000 usuarios mensuales que la visitan provenientes de las escuelas y universidades de la Antigua Guatemala, sus alrededores y de la misma capital.

Sus trabajos integran colecciones privadas y de museos. Ha donado importantes 0bras al Museo Nacional de Bellas Artes y otros Museos de la Argentina.

Figura en la Enciclopédie des Photographes, Suiza; Dictionnaire Mondial de la Photographie, Larousse, París ; Canto a la Realidad, Madrid ; Diccionario Espasa Fotografía, Madrid.

azotea@laazotea.com.ar

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Un golpe mal calculado

La ciudadanía enfrenta otro de esos momentos históricos que marcan el rumbo.

Las cualidades de un gobernante se pueden medir desde el momento inicial de su asunción al poder. En esa situación de privilegio se sientan las bases de la relación entre gobernantes y gobernados, por lo cual resulta indispensable leer las señales que delatan la trayectoria futura. En el caso de Guatemala, la sombra de personajes oscuros tras el presidente y su renuencia a transparentar sus acciones ha provocado serias dudas sobre quienes están al mando. En el transcurso de los meses, esas dudas se fueron volviendo realidad a través de decisiones opuestas a las expectativas ciudadanas y el incumplimiento de promesas de campaña.

Poco capacitado para gobernar –nunca fue político y, de hecho, nunca esperó llegar a serlo- el actual mandatario parece haber dejado el mando en manos de otros, cuyas intenciones e intereses los llevan a romper la iniciativa más trascendental emprendida en el país para erradicar, de una vez por todas, el cáncer de la corrupción que atraviesa y contamina la economía, la gestión política y la vida misma de los guatemaltecos.

Durante su visita intempestiva a la sede de la ONU en Nueva York para pedir la remoción del Comisionado Iván Velásquez Gómez de su cargo como jefe de la Cicig, el Presidente no mostró su autoridad sino más bien cayó en el bochorno de exhibir sus temores frente a la comunidad internacional, haciendo ese fútil intento para evitar que su partido político y él mismo sean investigados por delitos de financiamiento electoral ilícito. La reacción del Ejecutivo hace pensar en un dicho popular que reza “a explicación no pedida, culpabilidad manifiesta”.

Al actuar con arrogancia, el mandatario confirma su falta de pulso político y comete no uno de sus usuales errores, sino uno de proporciones catastróficas al plantar la duda sobre su apego a la ley y sus intenciones futuras, dejando en evidencia que sus amigos en la sombra no se detienen en escrúpulos para buscar fortalecer el poder y la impunidad a toda costa, sacrificando los pocos avances que el país ha experimentado en su consolidación de la democracia y el estado de Derecho. Da la impresión de que el mandatario no ha calculado bien los alcances de este golpe certero a su credibilidad. A partir de ahora el escenario es otro y podría ser él quien termine siendo el más afectado por la resaca de esta ola política.

El sábado la ciudadanía se manifestó con un fuerte espíritu cívico. Sin violencia pero conscientes de la necesidad de patentizar su repudio por las acciones del Ejecutivo contra la institucionalidad encarnada en las investigaciones realizadas por la Cicig y el Ministerio Público, muchos ciudadanos se plantaron frente a la Casa Presidencial para expresar su protesta. La respuesta fue un comunicado en el cual el Presidente exige a Iván Velásquez que abandone el país de inmediato luego de haberlo declarado non grato. Es decir, condena al silencio y a la oscuridad todo intento de transparentar y someter ante la justicia los actos delictivos y a quienes los han cometido amparados por el poder. Lo cual no solo despierta dudas sobre su participación en esos hechos sino reduce su autoridad para dirigir los destinos de un país en profunda crisis moral.

Los malos consejeros son tan peligrosos como un mal aconsejado. Es oportuno recordarle al Presidente que fue electo bajo un sistema electoral tan deficiente como clientelar y como expresión de rechazo contra otros postulantes aparentemente peores. Es decir, su supuesto triunfo se inscribe dentro de un esquema político débil, diseñado únicamente para servir de amparo a la corrupción.

El país necesita con urgencia los talentos de un auténtico estadista. El sistema y sus leyes electorales deben cambiar.

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El incesto, un delito oculto

Será imposible calcular la dimensión del delito de incesto al menos que se denuncie.

Esta es una de las razones del porqué el incesto es uno de los crímenes más impunes y difíciles de erradicar. Sucede en la intimidad del hogar, un ambiente exento de vigilancia externa gracias a un condicionamiento social que lo considera el ámbito amoroso, seguro y educativo por excelencia. Este prejuicio es un castigo adicional para sus víctimas, condenadas al silencio absoluto por miedo y vergüenza. Hablar de incesto, por lo tanto, resulta extremadamente difícil aun cuando los delitos sexuales ya comienzan a ser debatidos en foros públicos y círculos familiares, aun cuando los perpetradores de esta clase de violencia deben enfrentar la acción de la justicia y la exposición pública de su conducta.

Si todas las víctimas de incesto hablaran, el coro sería ensordecedor. Quienes se han atrevido a exponer públicamente su tragedia resultan ser una minoría insignificante en comparación con quienes la ocultan. Las experiencias compartidas hablan de una patología social y no de actos aislados, como se suele –o se desea- creer. Niñas, niños y adolescentes son presa fácil de un depredador que los tiene a su alcance día y noche, en la soledad de un hogar supuestamente seguro. Cuando el hecho es revelado por la víctima, se estrella contra el conflicto de familiares más preocupados por el alcance social de la vergüenza que por el derecho del menor a ser protegido de su victimario.

Uno de los estereotipos frecuentes alrededor de este delito, es la creencia de que lo comete alguien desequilibrado por el alcohol o de conducta violenta. En la realidad, el depredador sexual puede ser una persona amable, respetable y cariñosa, por lo cual su víctima –especialmente si es muy joven- sufre una gran incertidumbre, por creer que la violación es también un acto de amor. Esto convierte al incesto en uno de los delitos más perversos y destructivos contra un ser humano indefenso.

Las consecuencias del incesto alcanzan y atraviesan a generaciones completas. Al ser cometido por personas del círculo familiar, cuenta de manera casi automática con un pacto de silencio cuyas repercusiones son devastadoras para las víctimas, pero también para quienes conocen el drama y lo callan. En este escenario amparado por un sistema patriarcal dominante, se colocan sobre la balanza la respetabilidad de la familia y la integridad del o la menor afectado, resultando por lo general más livianos los derechos de las víctimas en este juego de apariencias.

Quienes son presa de un padre, un hermano o un tío agresor muchas veces callan por miedo a la incredulidad de quienes deben protegerlos, agravándose todavía más el profundo daño psicológico y la sensación de indefensión, sentimientos cuyo efecto durará todo el resto de su vida manifestándose en patologías como baja autoestima y relaciones de codependencia. La sociedad tampoco ayuda al imputar toda la culpa a quienes padecen esta situación aparentemente irremediable en el seno de su hogar.

¿Cuál es la salida, entonces, a un fenómeno de tales dimensiones? Educación, vigilancia, justicia y sobre todo asumir que la denuncia de una niña, un niño o un adolescente es verdadera. La reacción automática de rechazo ante una verdad cruda como el incesto es un golpe adicional contra la integridad de un ser humano incapaz de defenderse e incluso de comprender aquello que le afecta. Quitar los obstáculos a la expresión libre es un paso vital en la lucha contra el secretismo de los delitos sexuales, no importando su naturaleza. La protección de la niñez no es un asunto negociable.

El silencio es el peor castigo para una víctima de delitos sexuales, no importando quien sea el agresor.

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El recurso fácil de la tiranía

La concentración del poder es una enfermedad que solo se cura con justicia y democracia.

Una auténtica democracia tiene un sistema de pesos y contrapesos gracias al cual se produce un equilibrio saludable entre la voluntad del pueblo soberano y la de sus representantes en los estamentos del Estado, del gobierno y de las organizaciones del sector civil; un sistema en el cual no existen polos de poder absoluto contra cuyos excesos la ciudadanía sea impotente por no contar con los mecanismos para intervenir. Ese ideal de democracia parece no existir. De hecho, actualmente se vive un anti sistema impuesto por los países dominantes, caracterizado por extrema codicia, abuso y privilegios destinados a convertir a un pequeño círculo de políticos y empresarios en auténticos emperadores.

El mundo actual, por lo tanto, es un campo abierto a disposición de esos centros de poder absoluto desde donde emanan los parámetros que definen el presente y el futuro de los pueblos. A partir de esta forma de colonización política y económica se da paso a una forma de colonización ideológica tan perversa, como para abolir todo concepto de nación entre ciudadanos deslumbrados por el consumismo y las promesas de un “american way of life” instalado como su ideal de vida. La perspectiva de una vida más fácil no es gratuita; implica la renuncia a ciertos valores como la independencia, la identidad, la preservación de la cultura y la visión de nación como pilar básico para un desarrollo integral.

A este complejo escenario se suma, entonces, el peligro de tener a un hombre poco instruido, de innegable tendencia racista, xenófobo y, para colmo, irreflexivo, a cargo del gobierno más poderoso del planeta, de cuya fuerza gravitacional está cautivo nuestro continente. Las decisiones emanadas desde la Casa Blanca –la mayoría de las cuales responden a intereses específicos de esa nación- pesan como leyes en prácticamente todos los países dependientes de su enorme poder, al punto de deberle todas y cada una de las operaciones y estrategias que han desequilibrado nuestra institucionalidad y han impedido la construcción de democracias sólidas e independientes a lo largo y ancho de América Latina.

Esta preeminencia del poder del imperio estadounidense sobre nuestros pueblos reviste la mayor gravedad ante el nuevo cariz que ha tomado la administración de la Casa Blanca, reflejado en un resurgimiento de los movimientos extremistas –Ku Klux Klan, entre otros- amparados por el discurso de odio emanado por su máximo líder. El permiso que el presidente Trump tácitamente otorga a estos fascistas al no condenar de manera explícita sus actos de violencia constituye un aval a sus desmanes y repercute en un serio riesgo para los ciudadanos e inmigrantes latinos y de otras culturas y etnias que habitan en ese país.

Este año hemos presenciado el resurgir de una tiranía reeditada y fortalecida por un pensamiento xenófobo y racista. A ello se suman las amenazas de invadir Venezuela, un país soberano, las cuales no son ajenas a esta nueva tendencia imperialista carente de visión política. Sin importar si el resto de países latinoamericanos está o no de acuerdo con el gobierno venezolano, todos –sin excepción alguna- deberían pronunciarse de manera clara y tajante para rechazar cualquier intento de invasión. Por respeto a la dignidad de los pueblos del continente y a los valores de las democracias, sólidas o no, que tanta sangre y dolor le han costado a los pueblos americanos, es imperativo recuperar esa dignidad que hoy suele estar opacada por la corrupción, la codicia y la falta de visión de nuestros líderes.

América Latina debe cuidarse de las decisiones de un gobernante tan volátil como Trump.

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Los pequeños emigrantes

Solos o en grupo, se internan en el peligroso y desconocido territorio de las fronteras.

¿Qué los impulsa a emprender una aventura semejante? Estudios sobre el tema abundan en proporción inversa a las soluciones, dejando la puerta abierta para que miles de niñas, niños y adolescentes intenten o, peor aún, logren traspasar los límites de su aldea, caserío, ciudad y país en búsqueda de algo mejor, de un futuro más promisorio que el ofrecido en su propia tierra. Son los niños emigrantes, aquellos privados de toda posibilidad de desarrollo en uno de los países más ricos del continente.

Sacrificar a la niñez en aras de la corrupción ha sido una de las políticas recurrentes durante todos los gobiernos de la era democrática de Guatemala. Es importante mencionar esto último porque durante las dictaduras los dados estaban echados, pero las promesas a partir del renacer democrático se centraron de tal modo en los derechos de la niñez, como para haber construido una de las plataformas nutricionales, educativas, recreacionales y sociales perfectas para el desarrollo integral y óptimo de las nuevas generaciones. Por supuesto, nada de eso ha sucedido. Desde el minuto siguiente a la toma de posesión de un nuevo gobierno, el olvido de la niñez ha sido el tono oscuro de todas las administraciones.

Institutos clausurados, escuelas abandonadas, maestros mal pagados y peor capacitados ha sido la marca país durante generaciones. Una universidad estatal que un día fue símbolo de alta calidad académica cayó bajo el mismo círculo de corrupción, con obvias consecuencias. La desnutrición crónica infantil se disparó hasta cubrir con su sombra a enormes sectores de la población menor de 12 años y la carencia de políticas públicas destinadas a reparar esos agujeros negros brillan por su ausencia. El sistema de salud pública, también cautivo de grupos criminales, sobrevive en condiciones paupérrimas por falta de un presupuesto que se deslizó hacia los bolsillos de unos pocos.

Entonces, ¿cómo es posible criminalizar a la niñez emigrante como si para ellos emigrar fuera una travesura llevada al extremo? Porque esas niñas, niños y adolescentes, quienes cruzan las fronteras en condiciones horrendas de riesgo e indefensión son tratados como delincuentes en todos los puntos del trayecto. Explotados, violados, hambrientos y desprotegidos por las autoridades –las mismas que los agreden- carecen de toda garantía de supervivencia cuando por el contrario, deberían ser objeto de la mayor protección.

La prioridad ahora es evitar esa emigración de niñez abandonada. Para lograrlo, la sociedad y el gobierno en pleno tienen la obligación absoluta de corregir los errores que han llevado a Guatemala a convertirse en uno de los países con menor calidad de vida del mundo por causa de la violencia, la corrupción y la desidia de quienes detentan el poder en los sectores de decisión política y económica. La vergüenza de ser una de las naciones “productoras” de emigración infantil ya debería haber hecho reaccionar a la ciudadanía. Pero esta se ampara en la ignorancia de la verdadera dimensión de la tragedia para no actuar, dejando el destino de sus descendientes en manos de los menos calificados.

La niñez y la juventud son los únicos recursos posibles de reciclaje de un país, son el nuevo inventario de talentos, constituyen un tesoro potencial de productividad y desarrollo cuyo desperdicio demuestra cuán poco interesa a las generaciones actuales el futuro de su patria. El tiempo de rescatarlos ya ha vencido y ahora es una tarea de la mayor urgencia actuar con conciencia, empatía y responsabilidad. No es un asunto de caridad, es un tema de derechos humanos.

Los habitantes más abandonados son quienes tomarán las riendas del país, es preciso rescatarlos.

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@carvasar

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Bajo la sombra de la mentira

Nunca fue más evidente la incapacidad política, la bajeza humana y la pérdida de valores.

Mientras un ex presidente recluido en prisión por haber creado una de las organizaciones más sofisticadas para defraudar al Estado exige “trato humanitario” en sus esfuerzos por convencer al juez de concederle arresto domiciliario, miles de guatemaltecos sufren toda clase de carencias por el saqueo de la riqueza nacional durante su mandato y viven en la más profunda miseria por falta de oportunidades.
¿Hubo para ellos “trato humanitario”? No debía haberlo. Lo pertinente debió ser un modelo justo y equilibrado de administración del poder desde una visión de nación, cuyos objetivos primordiales fueran el desarrollo de todos, para todos.
Sin embargo, no fueron solo la pareja gobernante de la anterior administración –junto con su círculo cercano de depredadores- los únicos responsables de la situación caótica e irremediablemente perversa en la cual se debate la población. Antes y después el cuadro permanece inalterable con sus vacíos, sus deficiencias y sus hábiles estratagemas para mantener un estatus imposible de transformar sin el concurso de quienes se benefician de él. Lo cual, por deducción lógica, es casi imposible de lograr por las vías del diálogo y el consenso, ambas herramientas condenadas al desuso no solo en los círculos políticos, también en los centros de decisión económica cuya palabra es decisiva y no deja espacio a disenso alguno.
En este escenario, por lo tanto, hay grandes sectores de la ciudadanía cuya existencia solo es tomada en cuenta por los círculos de poder cuando el tema se trata de violencia, racismo, criminalidad o pobreza extrema. Es decir, cuando el dedo acusador apunta a los menos favorecidos tal cual fueran ellos los culpables de todos los males del país. Criminalidad, prostitución, hambre, vienen siendo sinónimos de una Guatemala dolorosa para quienes pretenden conservar una imagen más pulida de su país. Es entonces cuando se inicia la frenética búsqueda de excusas para justificar una realidad inaceptable, pero sostenida a la fuerza por un sistema al cual las clases más privilegiadas se han adherido como lapas a la roca.
La ciudadanía no quiere entrar en razones. No se ha apropiado del ejercicio ciudadano para actuar, pero ni siquiera lo ha hecho para pedir explicaciones a sus representantes políticos. Por un lado, quizá ignoran su poder porque nunca leyeron la Carta fundamental en donde figuran sus derechos. Pero también porque es muy cómodo esperar la intervención de otros para resolver los problemas que les afectan de manera directa. Con esa actitud respaldan de manera tácita los abusos cometidos en su contra y en contra de la integridad de la nación.
Guatemala vive en una mentira constante. Vive la mentira de una democracia que no existe en plenitud porque un puñado de adictos al poder ha tomado el control absoluto de las decisiones más importantes para su presente y su futuro. Vive también la mentira de un equilibrio económico sostenido por uno de los sectores más maltratados de todos: los migrantes. Estos guatemaltecos, cuya vida consiste en trabajar duro para enviar remesas, son quienes en realidad sostienen a un país que los desprecia y cuyas autoridades ni siquiera intentan protegerlos de la marginalidad y las deportaciones. Entre ellos, muchas niñas, niños y jóvenes obligados a emigrar por causa de la violencia y la miseria, ambas lacras provocadas por la codicia y el latrocinio de sus gobernantes.
Guatemala no puede desarrollarse bajo la sombra de la mentira, para alcanzar el desarrollo y la paz debe iniciar un proceso de cambios profundos contra toda oposición.

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Las empresas no sostienen la economía, son los migrantes despreciados por un país que los abandonó.

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Como un salto en el vacío

En Guatemala, la adolescencia es una etapa de grandes desafíos. No todos la superan.

Al salir de la niñez, los seres humanos ingresan en un mundo tan plagado de amenazas como de posibilidades. El color del espectro dependerá, entonces, no solo del nuevo entorno sino de cómo se ha vivido la niñez desde el momento del nacimiento; si fue una feliz llegada al mundo o estuvo rodeada de pobreza, amenazas y violencia. Si durante el transcurso de los primeros años hubo amor o una carencia profunda de nutrición emocional y física, elementos indispensables para garantizar el desarrollo adecuado del nuevo ser. De acuerdo con los Informes de Desarrollo Humano de los años recientes, en Guatemala la niñez es uno de los segmentos poblacionales más castigados por la pobreza y el abandono. Del universo infantil, las niñas son quienes sufren mayores carencias y abusos.

La idea de una adolescencia feliz es -en los países con mayores deficiencias en su manejo de los asuntos públicos, como Guatemala- una burla desde todo punto de vista. Las políticas educativas dependen de la voluntad de sectores opuestos al desarrollo humano, porque su atención y esfuerzos están centrados en obtener los mayores beneficios posibles del manejo de los haberes del Estado y de las riquezas nacionales. Una sociedad educada, preparada y potencialmente fuerte en términos de ciudadanía representa una amenaza que no figura en los planes de quienes detentan el poder.

Lo anterior, deslizado muy hábilmente como política de Estado, ha representado la eliminación de institutos vocacionales para jóvenes que emergen de una niñez con baja cobertura educativa y programas inadecuados para enfrentar los desafíos de un mundo cambiante. De ese modo, sus aspiraciones de alcanzar sueños de vida capaces de eximirlos del triste destino de integrar huestes de desempleados, se ven aniquiladas incluso antes del intento.

Las cantidades obscenas de dinero de las arcas públicas desviadas hacia los bolsillos de quienes han hecho feria del presupuesto de la nación revela de manera inequívoca que esa estrategia de oscurantismo educativo es efectiva, porque produce una especie de vacío entre los operadores político/económicos y el resto de la población cuya capacidad de reacción ha sido prácticamente abolida, incluso entre sus estratos más privilegiados. Ante la cruda realidad de la corrupción y el crimen organizado, la ciudadanía parece preferir el estatus a un cambio radical cuyas consecuencias son impredecibles. Y los tiburones, satisfechos, aprovechan el temor de sus víctimas nutriéndose de su sangre.

De ahí que sea conveniente apagar el fuego juvenil incluso antes de prender. Quitarles la savia, rodearlos de obstáculos para su desarrollo y mantenerlos en un estado de perenne frustración en donde cualquier oferta de trabajo mal pagado les parezca una puerta al paraíso, son estrategias puntuales sacadas de un tratado de la más vil ideología de la explotación. La juventud se debate, entonces, entre lo poco legítimo a lo cual tiene acceso y la abundante oferta de organizaciones criminales, cuyos intereses prevalecen por encima de los objetivos comunes de una población abandonada.

Surgir de una niñez plagada de carencias -para el 60 por ciento de la ciudadanía- malnutrida, violentada y sin perspectivas, para ingresar de golpe en una etapa de adolescencia y juventud más amenazante aún, es la vida diaria de miles de guatemaltecos. Niñas madres a los 12 años, niños sicarios capaces de asesinar por dinero, jóvenes transformados en monstruos por una sociedad que prefiere aplicarles la pena de muerte a luchar por ofrecerles educación y trabajo, es la fórmula perfecta para el fracaso.

Jóvenes enfrentados a un mundo que los rechaza y los margina, es componente toral de la crisis.

@carvasar

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Como rueda de molino

La catarsis a través de las redes no sirve para combatir la corrupción.

Dar vueltas y vueltas a los argumentos de siempre por medio de plataformas mediáticas y redes sociales, es una táctica muy básica para calmar la ansiedad y tranquilizar la conciencia ante la inacción y la aceptación tácita de un estado de cosas inconcebible -por viciado y criminal- en donde la impunidad prevalece a pesar de los pesares. Está bien aplaudir cada intervención de don Iván Velásquez, el Comisionado de la Cicig cuyas apariciones provocan gran expectación. Sin embargo lo que no está bien es observar sus denuncias desde la posición de espectador de una obra ajena, algo a lo cual no se le debe participación alguna, una obra cuyo desenlace corresponde al trabajo de otros, al interés de otros, al riesgo de otros.

Ante el desfile interminable de nombres de empresas e individuos cuya participación en escandalosos actos ilegales, cuya envergadura ha llegado al extremo de poner al Estado en peligro de colapso, da la impresión de observar un organismo vivo invadido por la metástasis y sin perspectivas de sobrevivencia. Algunos son individuos poderosos, miembros de familias acaudaladas pertenecientes a la “alta sociedad” guatemalteca, reputada por su habilidad para incidir en el rumbo de la política gracias a sus generosos aportes financieros durante las campañas. Otros pertenecen a la casta de los recién llegados, cuya habilidad para saquear los fondos públicos ha sido amparada por un sistema diseñado a propósito para garantizar la impunidad.

Mientras tanto, quienes trabajan para acabar con esta monumental obra de relojería construida para el goce de unos pocos, lo hacen en solitario y luchando contra toda clase de corrientes subterráneas de sobornos, amenazas y resquicios legales cada vez más descarados y perversos. Son como el burro empujando la rueda del molino; no logran avanzar porque una y otra vez regresan al punto de partida en su esfuerzo por hacer el quite a las trampas y a los innumerables recursos diseñados ad hoc para inmovilizar los casos y entorpecer las investigaciones.

Del mismo modo como sucede con los casos emblemáticos de corrupción y saqueo de los fondos públicos, sucede con otros miles de casos entrampados en los tribunales gracias a un sistema podrido cuyo objetivo es claro y preciso: nunca lograr una sentencia, jamás permitir el imperio de la justicia. El eterno juego de los abogados corruptos acostumbrados a manejar la ley a partir de sus vacíos y de las oportunidades creadas para evadirla. Por ello, si a pesar del poderoso tinglado construido para hacer frente a los escándalos de corrupción resulta casi imposible avanzar, hay que imaginar qué sucede cuando un ciudadano entre millones plantea una denuncia de cuyo resultado depende su integridad, sus bienes y su vida. Nada. El expediente, si al final de mucho logra avanzar, es archivado durante años hasta que el denunciante desista por cansancio, aumentando así su ya firme convicción de que en el país no hay justicia.

Hay que soltar al pobre burro de la rueda y dejar su camino libre para reconstruir un sistema caracterizado por ser paralizante y anquilosado. Es imprescindible la depuración del ejercicio profesional para arrojar luz sobre los rincones oscuros, allí en donde se cuecen los negocios sucios, para construir una nueva plataforma de confianza y ética que garantice una administración de justicia transparente para toda la ciudadanía y no solo para unos pocos. Un sistema capaz de dar esperanza de cambio y eficacia para un país en profunda crisis y con un débil y tambaleante estado de Derecho.

La justicia bien administrada no debería ser un sueño inalcanzable, sino el objetivo real de la ciudadanía.

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Las chicas malas del Hogar Seguro

Cualquier cosa se puede decir. Lo que no se dice es el porqué de la marginación.

Las hipótesis más descabelladas de labios de las autoridades echan raíces profundas en el imaginario colectivo, vale decir en la muy voluble y bien ponderada “opinión pública”. Esto sucede con las niñas quemadas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, dependencia estatal de acogida a niñas, niños y adolescentes con problemas de asistencia y resguardo. Este Hogar está a escasos kilómetros de la capital de Guatemala y hace 4 meses fue el escenario de un horrendo acontecimiento dejando a más de 40 niñas convertidas en cenizas, otras mutiladas, otras embarazadas por violación, todas con su vida destrozada para siempre. Como en toda tragedia inexplicable, se suele aprovechar el poder -en cualquiera de sus formas- para cambiar versiones, descalificar a las víctimas y reducir el impacto negativo de las malas decisiones emanadas por quienes lo detentan. Así ha sido a lo largo de la Historia y así continuará siendo.

Para quienes ven al toro desde la barrera resulta casi gratificante aceptar las versiones oficiales, dado que ello los exime de asumir posiciones incómodas. Si las chicas eran mal portadas entonces el desarrollo de los acontecimientos era inevitable. Mal portadas significa rebeldes, ariscas, soeces, desafiantes. Mal portadas, ingratas y violentas al negarse a aceptar su situación y pretender cambiar las cosas. Mal portadas al estilo de las novelas de Charles Dickens, mal portadas bajo los códigos de una sociedad tan indiferente a su condición como lo ha sido con respecto a su destino. En fin, esas chicas malas se lo labraron solas.

La otra cara del asunto es el escenario completo. Es decir, ¿qué llevó a esas criaturas que al nacer eran unos angelitos caídos del cielo a transformarse, supuestamente, en producto desechable? ¿En qué momento se produjo la metamorfosis, si es que realmente hubo alguna y no estamos simplemente asumiendo lo que no es? Al buscar respuestas estas convergen en las carencias de siempre, producto de la infame manipulación de la riqueza para acrecentar los capitales de unos pocos para privar a todos los demás de las oportunidades de desarrollo que han generado con su trabajo mal pagado, todo ello coronado por la indetenible corrupción de las clases política y económica.

En ese cuadro de costumbre campea a sus anchas el crimen organizado, el cual ha invadido todos los espacios y se ha beneficiado largamente de la inercia del Estado y la ciudadanía. Esas niñas malas, quienes de acuerdo con la voz oficial estaban bajo cuidado de psicólogos y personal especializado en cuidado de niñas, niños y adolescentes, no supieron agradecer tanto beneficio y se amotinaron en un acto de inconcebible rebeldía. Por supuesto, no se dice que entre ese personal especializado había ex militares entrenados, había quienes aprovechaban su poder absoluto para abusar a su antojo de las niñas malas y nadie en ese antro de horror era capaz de sentir la menor empatía por esos seres tristes y abandonados a una suerte macabra.

El período de la adolescencia no es fácil. No lo es para las niñas y niños nacidos en un ambiente apropiado, mucho menos para quienes fueron a parar a las zonas marginales en un hogar desintegrado y con todas las carencias del catálogo. No existe un solo ser humano capaz de conformarse con la miseria sin rebelarse contra su suerte. No existe tampoco uno que acepte la violencia como forma de vida sin intentar escapar de ella.

La pretensión de acusar a las niñas de mentirosas, afirmar que sus violaciones y embarazos son imaginarios, negar la existencia de las redes de trata es abusar de la paciencia de quienes poseen un mínimo de sentido común y algo de capacidad de raciocinio. Esas niñas no nacieron para ser un producto gratuito para el comercio sexual, todas ellas tienen derechos y es obligación de la ciudadanía exigir que sean respetados.

No existe un ser humano capaz de conformarse con la miseria y la violencia sin intentar salir de ella.

Elquintopatio@gmail.com

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Otro libro, otra ventana

Un libro puede abrirte el universo y darte una plataforma para elevar el vuelo.

Cada vez que abro un nuevo libro siento esa emoción tan particular que precede a lo desconocido. Conozco la sensación desde niña, cuando tomaba un volumen de la colección Zigzag y me iba a refugiar bajo el hueco de la escalera para leer sin que nadie me estorbara. Ahí desfilaban los grandes maestros de las letras y aunque yo no entendía las complejas divagaciones de esos increíbles escritores rusos, alemanes, latinoamericanos o de lugares remotos que ya no recuerdo, caía bajo el influjo inevitable de ese desfile de seres imaginarios en escenarios fantásticos.

Libros, muchos libros han enmarcado mis espacios desde entonces. Están en todos lados como un acompañante indispensable siempre dispuesto a abrir sus páginas para retomar su vida y compartirla conmigo. Por eso comprendo los esfuerzos de los editores guatemaltecos por afianzar desde hace ya 17 años uno de las pocos escenarios de convergencia para quienes escriben, producen, leen y creen en la literatura como fuente de saber, de crecimiento y desarrollo para las sociedades. La Feria Internacional del Libro en Guatemala es un sitio de encuentro fundamental y merece todo el apoyo de la ciudadanía porque solo una sociedad informada, educada y abierta al saber, es capaz de transcender y evolucionar.

Filgua ha dedicado sus programas de actividades a toda clase de público. Sin embargo, ha cargado su acento en la niñez guatemalteca, uno de los sectores más abandonados no solo en cuanto al goce de sus derechos, al acceso a la educación y a una niñez protegida, sino también a la diversión sana y constructiva. Cada año, esta Feria brinda amplios espacios para intercambio con escritores de distintos países del mundo y una agenda diversa gracias a la cual es posible tener acceso a un mundo literario rico en novedades y pródigo en ofertas.

En su presentación, los organizadores afirman que “desde su origen, Filgua ha sido un espacio en el que se combinan la exhibición y venta de libros con un extenso y amplio programa de actividades culturales dedicadas al esparcimiento, la educación, la capacitación continua de profesionales del mundo del libro y la promoción de la lectura.” Y así ha sido. Por los salones de la feria desfilan la curiosidad, el interés y el saber en proporciones iguales. Y al final, cuando cierra sus puertas y se despide hasta el año próximo, queda el eco de muchas voces y la satisfacción de la labor cumplida.

Guatemala necesita desesperadamente afianzar estas actividades cuyo objetivo es echar raíces culturales en una sociedad carente de espacios propicios para ello.

Filgua es una oportunidad para crecer y divertirse en familia. El jueves 13 de julio abrirá sus puertas y durante 10 días la población tendrá este refugio de amistad y convivencia para todas las edades. Esta Feria es organizada por la Gremial de Editores y la Asociación Gremial de Editores de Guatemala, más un aporte financiero del Estado por medio del ministerio de Cultura y Deportes. El trabajo y esfuerzo de estas organizaciones ha mostrado cada año mejores resultados y un creciente interés de la población por aprovechar su oferta cultural. Esto se ha traducido en mayores demandas de espacios para exhibición y venta de libros con ofertas cada vez más tentadoras para el público. Entre las novedades para esta edición 2017 de Filgua, habrá eventos de homenaje a Miguel Ángel Asturias, por el cincuentenario de su Premio Nóbel y otras muchas actividades cuyo centro esencial es la promoción de la lectura y del intercambio productivo de experiencias entre los principales protagonistas de la ocasión: los autores y sus lectores. Filgua te espera.

Si tomas un libro y comienzas a leer, una ventana se abre para poner a volar tu imaginación.

@carvasar

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Marielos y los dinosaurios

No es un regreso a los años 70. En realidad, nunca fueron plenamente superados.

Las estrategias de intimidación contra quienes trabajan por avances tan importantes como el establecimiento de un mejor sistema de justicia y contra la impunidad, nunca han desaparecido. Todo lo contrario, parecen intensificarse a medida que comienzan a verse los primeros resultados del esfuerzo de la población civil por defender sus derechos por medio de acciones concretas. Por una razón lógica derivada de su influencia, algunas de las víctimas favoritas de tales campañas son los miembros de la prensa nacional, con especial énfasis en quienes no se dejan corromper.

A ese honorable grupo de colegas pertenece Marielos Monzón, cuya trayectoria ha destacado por su valentía y una incansable búsqueda de la verdad. Por eso mismo, ha sido objeto privilegiado de quienes desean –y necesitan- callarla por medio de amenazas directas o veladas, incluyendo su nombre en listados de supuestos enemigos políticos, acusándola de hechos criminales cometidos cuando ella era apenas una niña que comenzaba a vivir, todo ello por esa inveterada incapacidad de jugar limpio, característica fundamental de estos grupos extremistas.

Aun cuando quisiéramos pensar en las amenazas políticas como cosas del pasado, la realidad nos demuestra lo contrario. Los dinosaurios existen. Excepto el de Augusto Monterroso, los demás nunca se fueron. Ahí se quedaron agazapados rumiando su fracaso político y añorando los tiempos aquellos cuando la abominable organización criminal de la “mano blanca” gobernaba desde las alturas del poder. Hoy ni siquiera plantean propuestas racionales sino simplemente destilan odio y resentimiento por los juicios contra algunos de los suyos por crímenes tan espeluznantes como genocidio, desapariciones forzadas y masacres en denuncias bien fundamentadas con pruebas concretas. Eso no lo van a perdonar y lo demuestran amenazando a una mujer dedicada al análisis, la denuncia y a practicar un periodismo basado en la ética y la verdad.

La solidaridad con Marielos no es un gesto de empatía personal -aunque la aprecio y respeto como profesional y como mujer íntegra- sino un acto de supervivencia gremial. En pleno siglo veintiuno, superada la frontera de la pacificación después de 36 años de conflicto bélico entre hermanos y en plena construcción de un estado de Derecho, es inaceptable esa agresión cuya finalidad es acallar a la prensa. Marielos es integrante de un gremio cuya existencia misma constituye un peligro para aquellos sectores cuya intención es volver a reinar con sus métodos represivos y dictatoriales. Pero además de Marielos, hay muchas mujeres y hombres comprometidos con un periodismo limpio y transparente, cuyos nombres podrían, eventualmente, aparecer en esos listados de muerte.

Marielos Monzón acudirá a la Fiscalía de Delitos contra Periodistas a depositar su denuncia y esperamos que esa dependencia actúe con celeridad y eficacia para identificar a los responsables de las amenazas contra su integridad. Lo hace no solo por seguir un protocolo institucional definido por las normas legales, sino por hacer visible un hecho repudiable cuyas consecuencias trascienden con mucho su situación personal para afectar a toda la comunidad periodística, cuya labor está consignada entre los derechos humanos fundamentales de una sociedad democrática.

La libertad de expresión figura entre los derechos amenazados por estos grupos clandestinos cuyo poder económico les permite disponer de muy variados mecanismos de intimidación contra quienes piensan diferente. Es deber de la ciudadanía demostrarles que esos tiempos ya pasaron a la historia.

Por carecer de razones recurren a intimidación, amenaza o eliminación de quienes piensan distinto.

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@carvasar

 

 

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Ni con agua bendita se quitan las manchas

Solo se puede mejorar la imagen gubernamental tomando las decisiones correctas.

La campaña de imagen contratada por el gobierno de Guatemala a una empresa extranjera es, en realidad, una medida desesperada para manejar la grave crisis de credibilidad de la actual administración. En apariencia, se trata de una estrategia para consolidar lazos entre el gobierno y las instancias legislativas estadounidenses, además de maquillar la desteñida imagen oficial, pero revela de manera tajante la incapacidad del equipo diplomático para cumplir con los requisitos mínimos exigidos para desempeñar tan importantes cargos, como es la consolidación de las relaciones con otros Estados sobre la base de un mejor posicionamiento del país en el plano internacional y un conocimiento profundo de los atajos para conseguirlo.

En realidad, lo que se ha contratado es una “diplomacia paralela” en manos de personas ajenas a los intereses nacionales, quienes ofrecen sus servicios con el único objetivo de aprovechar las debilidades de un gobierno extranjero para conseguir un jugoso beneficio económico.

De quién haya surgido la idea de gastar –porque no es inversión- más de 14 millones de quetzales en semejante iniciativa, no ha sido revelado. Sin embargo, dado que el mandatario prefiere rodearse de representantes del sector privado incluso para asistir a eventos internacionales de enorme relevancia estratégica y diplomática, es de suponer la influencia de los empresarios en este generoso derroche de recursos del Estado. Pero, ¿cuál es el interés de intentar lo imposible? Una hipótesis es la necesidad de mejorar la imagen desgastada de un gobierno desorientado y poco transparente, quizá para reforzar el andamiaje que le permita llegar hasta el final mientras en el trayecto se filtran proyectos de privatización de servicios públicos, como por ejemplo la salud, a espaldas del pueblo.

Un operativo ambicioso y de dudoso resultado como una campaña de imagen con intenciones de arrojar un poco de neblina hacia el verdadero estado del Estado, solo muestra una peligrosa debilidad institucional y escasa visión respecto de la ruta más indicada para reparar la desviación experimentada por las propuestas de campaña y las políticas públicas en sectores fundamentales como salud, educación, seguridad y vivienda.

La población sabe bien cuánta mentira hay en las propuestas que llevan a un candidato a la primera magistratura de la nación. A cualquiera de ellos, como ha sido obvio a lo largo de los años. Sin embargo, toda iniciativa ciudadana para cambiar las reglas del juego en los estamentos electorales y de partidos políticos se ha estrellado estrepitosamente contra el muro legislativo de los beneficiados con las actuales leyes, lo cual ha impedido el acceso de mujeres y pueblos originarios a espacios de decisión que les atañen directamente, por ejemplo en donde se bloquean las leyes de paridad e inclusión, así como las políticas públicas en educación y salud sexual y reproductiva, ambas de enorme impacto para la población.

Ante el estado de la nación, no hay jabón suficientemente efectivo para remover las manchas profundas de la corrupción, la incapacidad administrativa y el clientelismo. Es imposible restituir algo tan delicado y frágil como la confianza ciudadana con un contrato que únicamente beneficia a una empresa extranjera cuya magia tiene sus límites. Ni siquiera bañándose en agua bendita lograrían los burócratas y dignatarios en el poder, sacar a relucir brillos que no poseen, menos aún si su interés está evidentemente dirigido a blindarse contra la fiscalización ciudadana y garantizarse las ganancias más abundantes que les sea posible obtener antes del fin de su mandato.

Las deficiencias en el manejo de la cosa pública no desaparecen con una campaña de imagen.

Elquintopatio@gmail

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La plaza y los dineros malgastados

La inmensa riqueza de Guatemala desaparece como agua por la alcantarilla.

La semana pasada estuvo tormentosa. No solo por los aguaceros de la temporada sino por la abundancia de sucesos de impacto como la solicitud de extradición de la ex vice presidenta, la interminable cadena de asesinatos cuya constante ha llegado a anestesiar nuestra sensibilidad al punto de formar parte de la rutina, decomisos de droga y destrucción de enormes plantíos de amapola en el contexto de un estado de sitio.

A lo anterior se sumó la iniciativa de los diputados de aumentar sus ingresos decidiendo por sí y ante sí –con el aval otorgado por su situación de legisladores- un privilegio más y, por tanto, una mancha adicional en su ya lamentable trayectoria. Pero ante esta última afrenta contra el pueblo de Guatemala no hubo siquiera intento de plaza. Esas reacciones ciudadanas tan admirables del 2015 estuvieron ausentes, calladas como la tumba misma de la democracia y, a pesar de los esfuerzos de pequeños grupos de ciudadanos conscientes y preocupados por la apatía del resto, nada parece sugerir un nuevo despertar.

La mayoría de integrantes del Congreso de la República son resultado de movidas opacas en las filas de los partidos políticos. Parientes y amigos sin la menor experiencia ni capacidad profesional son piezas insertas en los listados de candidatos gracias a una ley electoral diseñada para el efecto. Es decir, el mito de la representación ciudadana en la institución más emblemática de una democracia es, en este convulsionado territorio, apenas un mal chiste. En épocas de campaña se suele ver el desfile de amigas y amigos de subordinados del poder –porque la verdad pura y simple es que tampoco lo detentan- con las ínfulas propias de quien no tiene nada que lucir. Entonces los electores se ven enfrentados a una selección realizada totalmente a sus espaldas y con la cual deberán sobrevivir los siguientes cuatro años, si bien les va.

Pero el mayor de los problemas viene cuando estas personas toman decisiones definitivas. Es decir, sus firmas sobre un documento oficial sellan el destino de un pueblo indefenso y cautivo de los abusos del poder político y económico. Y es aquí en donde se crean las condiciones para desviar la riqueza nacional, cuyo destino justo y necesario es la ejecución correcta de un presupuesto basado en políticas públicas acertadas e incluyentes, en inversión social y en mejorar las condiciones de vida de un país al cual le han robado hasta el concepto de nación.

En Guatemala todo merece una plaza, pero esta permanece vacía. Plaza por las niñas en situación de riesgo, vilmente asesinadas en un hogar seguro administrado por el Estado. Plaza por la ofensa implícita en el incremento salarial auto recetado por los integrantes del Congreso. Plaza por las pésimas condiciones de la red hospitalaria, cuyas instalaciones no han recibido siquiera un retoque, mucho menos insumos ni condiciones dignas de trabajo para su personal. Plaza por los adultos mayores, a quienes se les agrede con pensiones de miseria y discriminación en todos los aspectos de su vida. Plaza por la niñez sometida a las redes de trata, cuyas operaciones son amparadas por un sistema permeado por organizaciones criminales. Plaza por los privilegios empresariales concedidos a fuerza de sobornos y presiones ocultas. Plaza por las niñas, adolescentes y mujeres violadas y asesinadas. Plaza por la infancia desnutrida.

Los recursos de un país pertenecen a su gente, ese axioma no aplica cuando está administrado bajo un sistema lleno de resquicios legales por donde se cuelan las malversaciones, las concesiones arbitrarias y los contratos oscuros. Para arrojar luz en esos rincones es preciso realizar cambios de fondo. Y plazas, muchas plazas.

La plaza permanece vacía, aun cuando existen abundantes motivos para rebasar sus límites.

Elquintopatio@gmail.

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El privilegio de vivir

Rodeados de maldad y violencia, quisiéramos refugiarnos en el limbo del no saber.

Más de una vez me han criticado por exhibir y denunciar la violencia en mis redes sociales y más de una vez he visto cómo el afán de no saber, modera y neutraliza el impulso natural de las personas sumergiéndolas en una aceptación muda de lo inaceptable, en un silencio ominoso capaz de sepultar su instinto de supervivencia como si el horror del crimen impune fuera una maldición inevitable, impuesta por alguna fuerza superior.

La exhibición de la realidad no es el juego irresponsable de periodistas y comunicadores sensacionalistas. Cuando ponemos la violencia frente a la sociedad –esa que nos acecha a cualquier hora del día sin haber mediado provocación alguna- es para poner el tema en el tapete, esculcarlo y desmenuzar sus diversas manifestaciones con el fin de despertar la conciencia ciudadana y sacudir esa manera tan particular de evadir el bulto a la que todos nos hemos adaptado.

La necesidad de aislarnos del entorno para encontrar un pequeño espacio de felicidad y realización personal no nos excusa de nuestra responsabilidad ciudadana ante la catástrofe humanitaria en la cual estamos inmersos, ni nos libera del papel de guardianes de un entorno en constante degradación. Las precarias condiciones de vida de la inmensa mayoría de seres humanos, los menos privilegiados, no responden a un proceso natural condicionado por su capacidad reproductiva como algunos pretenden justificar, sino a estrategias muy bien elaboradas para hacer de esas grandes masas un recurso de mano de obra barata incapacitada para rebelarse y exigir derechos.

En nuestro planeta nada ha sido casual ni producto de procesos naturales. Pequeños círculos de poder político y financiero han provocado las peores catástrofes ambientales de manera intencional con el único fin de aumentar su riqueza, llevando a regiones enteras a un estado irreversible de degradación, matando toda posibilidad de renovación en enormes territorios explotados hasta el límite con el propósito de extraer sus tesoros.

La maquinaria financiera mundial se ha blindado de tal modo que sus instituciones se han vuelto intocables y manejan el poder de llevar a la quiebra o empeñar los recursos de las naciones más débiles con un simple acuerdo, una sanción, una deuda impaga. Esa estructura perversa se consolida en el tiempo quitándole la sangre y las oportunidades a los sectores más desprotegidos a nivel global, propiciando conflictos bélicos sobre pretextos inexistentes o basados en más explotación, más riqueza para sus arcas, más proliferación de armas en manos de dictadores amparados por el gran capital.

Si tuviéramos la voluntad de abrir los ojos y ver, se produciría un cambio de perspectiva desde el ámbito personal con el potencial de sacar de su modorra a una ciudadanía capaz de promover una transformación de la polaridad y un retorno al camino de la democracia. Estamos rodeados de secretos de Estado, del ocultamiento de asuntos de interés público y de mentiras oficiales; pero no hay un contrapeso ciudadano capaz de romper esa distorsionada forma de ejercer el poder. Esto sucede porque no queremos saber para tener la libertad de disfrutar una realidad propia, íntima y ferozmente resguardada. No importa si afuera de ese ámbito personal se viola, se asesina y se acaba con los sueños de otros menos afortunados.

El privilegio de vivir no es gratuito, estamos encadenados a un sistema y ese sistema está integrado por otros como nosotros, con sueños similares y similares formas de concretarlos. Esa es una razón poderosa para unir esfuerzos y visión de futuro; para derribar los muros que nos separan.

Solo derribando los muros que nos separan podremos retomar el verdadero poder ciudadano.

@Carvasar

 

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La cultura del verbo

Cuán fácil es opinar para resguardar lo propio y despedazar lo ajeno.

Una de mis experiencias más dolorosas ha sido observar a través de la televisión las horrendas escenas en donde aparecen los cuerpos quemados de 41 niñas en un hogar de refugio para menores, administrado por el Estado de Guatemala. Entonces pienso en quienes lo vivieron de cerca, en esos policías y monitores apostados frente a las puertas del salón en llamas porque quizá algún superior en el mando les dio la orden de no abrirlas. Pienso en los verdaderos responsables de esas muertes tan crueles como injustas y me pregunto si serán capaces de conciliar el sueño o de mirar a sus hijos a los ojos con la mirada limpia y la conciencia en paz.

La fecha del criminal acto de violencia contra esas niñas no podía ser más icónica. Fue el 8 de marzo de 2017, el Día Internacional de la Mujer, cuando perdieron la vida en un escenario más propio de los ritos de la Inquisición que de una sociedad moderna, supuestamente democrática, aparentemente solidaria y con un gobierno regido dentro de un marco de Ley. Desde entonces se han sucedido incontables publicaciones de artículos, comentarios, opiniones e hipótesis para explicar lo inexplicable y justificar uno de los hechos cuyas consecuencias pudieron poner en jaque a todo el aparato de gobierno.

En los días posteriores algunas cabezas cayeron y con ellas también el silencio. En una especie de concierto moralista teñido de racismo se comenzó a perpetrar la seguidilla del crimen, señalando a las niñas muertas de ser culpables de su propia destrucción. En declaraciones de las autoridades, en redes sociales e incluso en medios de comunicación formales se las acusó de conflictivas, pandilleras, rebeldes, drogadictas y prostitutas. Aun cuando las investigaciones han ido abriendo las espesas cortinas tras las cuales se ocultaban los crímenes cometidos contra ellas por redes de trata, no se las reivindicó de manera consecuente con su calidad de víctimas inocentes de un aparato perverso cuyos tentáculos continúan aferrados a estructuras intocables.

El verbo es poderoso y también lo es la moralina cruel de sociedades marcadas por el desprecio contra quienes viven una realidad de pobreza, exclusión y racismo. Las palabras impresas o emanadas a partir de la propia idea de una verdad supuesta, resultan altamente inflamables en un contexto de estereotipos arrastrados durante generaciones y cuya persistencia es considerada una forma de cultura. Las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, asesinadas de la manera más injusta y dolorosa posible de imaginar, experimentaron la marginación desde mucho antes: desde el día de su ingreso en un mundo hostil en donde se les negó la oportunidad de educarse, desarrollar sus capacidades en un ambiente propicio y, en definitiva, de vivir la infancia feliz a la cual todo niño tiene pleno derecho.

La publicación de un intento de reparación tardía al esclarecer los motivos por los cuales las menores habían ingresado a ese antro de tortura y explotación no ha sido suficiente para limpiar el lodo con el cual fueron salpicadas desde el inicio. Se requieren más palabras y mejores hechos, como por ejemplo una declaración formal y una explicación desde las esferas desde las cuales emanaron las órdenes para someterlas al encierro. Se requieren acciones preventivas para evitar nuevos crímenes contra tantas víctimas inocentes que aún permanecen en esos hogares estatales. Se requiere la demanda de la ciudadanía para ejecutar acciones de reparación del sistema de protección de la niñez. En fin, se requiere un profundo acto de conciencia en palabras, pero también en acciones.

Las palabras son poderosas y mal empleadas pueden herir como la espada más afilada.

Elquintopatio@gmail

@carvasar

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Sony World Photography Award 2017

http://www.telegraph.co.uk/news/2017/03/27/sony-world-photography-award-2017-winners-runner-ups/jianguo-gong-china-winner-open-culturetaken-wuhan-city-hubei/

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La verdad detrás de la máscara

Todos los trucos para disimular, engañar o convencer, ocultan una mentira.

Cuando un gobernante se siente acorralado por el fracaso de su gestión, su primera reacción es denostar, atacar o amenazar a la Prensa y luego -como un acto absolutamente contradictorio- buscar apoyo de expertos en estrategias de comunicación para iniciar una campaña capaz de restaurar su empobrecida imagen pública. ¿En dónde se realiza esa campaña? Obviamente a través de los mismos recursos usados por sus detractores: prensa y redes sociales.

Lo que no han logrado entender los políticos en funciones es que nada puede reparar el daño de una mala gestión gubernamental más que acciones puntuales para retomar el rumbo perdido, si es que alguna vez hubo un rumbo correcto. En caso de no haberlo, regresar a los discursos de campaña y desde ahí cumplir lo prometido a la ciudadanía. Es una norma básica de ética política, un valor esencial para transformar una administración mediocre con un giro histórico hacia el desarrollo sostenible en un marco de justicia social.

Sin embargo, al parecer es más fácil utilizar una máscara para ocultar la verdadera naturaleza de las intenciones de un político en el poder. Desde un extremo al otro del planeta, esta costumbre se ha legitimado como una de las tácticas más recomendadas para regir los destinos de una nación. Mentir, mentir y mentir porque algo queda fue el valiosísimo consejo de Goebbels dedicado a gobernantes, políticos y empresarios expertos o novatos, cuyos objetivos estén basados en la explotación de una masa humana condenada a nunca conocer la verdad. La realidad es cruel: esa forma de manipular hechos y actitudes ha generado inmensos beneficios a quienes manejan los hilos de la historia.

Pero no todo resulta como ha sido planificado y eso queda ilustrado en otra frase tan común como la anterior: “la mentira corre rápido, pero la verdad siempre la alcanza”. Esto sería la salvación para muchas naciones en vías de desarrollo que padecen esta dura realidad, si no fuera porque antes del surgimiento de esa ansiada verdad hay un período de oscuridad de duración indeterminada durante el cual la mentira reina aprovechándose de las circunstancias, con el resultado de acabar con el patrimonio de un país entero y plantar en plena democracia las raíces de una auténtica dictadura disfrazada de estado de Derecho.

Una de las grandes mentiras de un sistema diseñado para controlar el poder de manera desleal ha sido, precisamente, convencer a la ciudadanía sobre la pertinencia de cierta certeza jurídica. Es decir, de la validez indiscutible de leyes emanadas por instituciones legislativas generalmente corrompidas por medio de presiones, de dinero y de la promesa de otras fuentes de beneficios. Esto requiere un proceso de reflexión muy profundo para romper el pensamiento estereotipado de que todas las leyes son justas o todas llevan una buena intención. En realidad, como sucede con los textos de historia, las leyes han sido escritas por los vencedores en batallas regidas por intereses ajenos al bienestar general.

Las máscaras, así como las campañas de imagen pública para desviar la atención o reducir el impacto de una mala gestión, son elementos transitorios cuya efectividad depende de muchos factores. El más importante de ellos es el nivel de conciencia de una ciudadanía informada, por ello es esencial el desempeño ético de otras instituciones capaces de establecer un equilibrio saludable en este juego de adivinanzas y ocultamientos. Allí es en donde la configuración de partidos políticos incluyentes y solidarios y una prensa ética juegan un papel fundamental.

No todas las leyes son justas, no todos los gobernantes son éticos, no todo es lo que parece ser.

Elquintopatio@gmail.com

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Desde las alturas del Olimpo

Nunca más evidentes las distancias sociales como cuando se cree en las diferencias.

Cuando recién llegada a Guatemala me invitaron a una cena, decidí que lo mejor para halagar a mis anfitriones sería lucir una exquisita prenda bordada por una mujer del altiplano, región en donde me había encandilado el derroche de color y delicadeza de los textiles indígenas. Craso error. Al recibirnos, la señora de la casa me miró de arriba abajo y con un tono condescendiente me dijo: “Querida, como eres extranjera, te voy a explicar que “eso” no se usa en nuestros círculos”. Dicho lo cual dio media vuelta y me guió hacia el salón en donde estaban las demás señoras. Las que no se mezclaban con los hombres porque la política no era cosa de mujeres. Eran los años 70, bajo el gobierno del general Carlos Arana Osorio.

Yo venía de Chile, un país tan democrático como para exasperar a la Casa Blanca, la cual no tardó en imponerle un dictador. Mi discurso era otro, era una participación igualitaria en temas de interés común, era una inmersión total de la juventud en la política nacional, era un fervor democrático que ni siquiera se discutía. Esa noche tuve mi primer encuentro con los estrictos códigos de la sociedad conservadora de este país y, por supuesto, no sería el último. Han transcurrido muchos años y nada ha cambiado.

Los estratos sociales se ilustran con mucha precisión en la pirámide maya, cuyos escalones extremadamente elevados fueron diseñados para desanimar a quien pretenda escalarla. El color de la piel, los ojos y el cabello, la manera de vestir y caminar, la estatura corporal y la estructura ósea –todo ello producto de mezcla de razas y calidad nutricional desde la infancia- configuran a esa nación extraña, ajena y distante cuyos cuarteles están fincados en zonas residenciales, con ramificaciones bien protegidas a lo largo y ancho de las mejores tierras agrícolas de Guatemala. La repartición del país se consolidó bajo una visión colonial de conquista, pensamiento instalado en el inconsciente colectivo de una sociedad que ni siquiera lo discute, quizá por el inmenso desafío que representa un cambio de dirección.

Escuchar el discurso hegemónico de las clases dominantes (perdón por el cliché) nos traslada a otro país, un país en donde el indigenismo es una amenaza contra el desarrollo económico, un país en donde los derechos de propiedad son superiores al derecho a la vida, un país en donde, finalmente, poseer equivale a ser. Es una especie de nación encapsulada gracias a su enorme poder material, pero rodeada de muros opacos que le impiden ver las dimensiones descomunales de su error. Esa falsa sensación de seguridad y pertenencia, ofensiva para el resto de la ciudadanía, se ha desplegado en toda su gloria durante los recientes sucesos en el Congreso de la República entre bandos contrarios, por la aprobación o rechazo de las reformas a la Constitución Política de la República.

La rabia y la soberbia de quienes temen perder privilegios y hegemonía –lo cual, si hablamos claro, equivale a pasar a formar parte del común de los ciudadanos- resulta tan intolerable para las clases dominantes como para haberse tomado la molestia de acudir en carne y hueso a un Congreso que desprecian para enfrentarse a ese contingente de ciudadanos cuyas pretensiones amenazan la estabilidad de un estatus histórico.

El desafío para quienes aspiran a consolidar la democracia y convertir a este país en un miembro íntegro de la comunidad internacional, con perspectivas de desarrollo basado en justicia social y el pleno imperio de la Ley, equivale a refundar el Estado. El tinglado de privilegios, exenciones fiscales, concesiones dudosas y preferencias frente a las Cortes no es más que una herencia de tiempos pasados y políticas caducas.

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Violencia, nuestra marca de identidad

La indiferencia ante el sufrimiento ajeno parece ser la marca de identidad de nuestra especie.

No es necesario escarbar demasiado para ver las manifestaciones de esa fascinante estructura de instintos e impulsos, deseos y rechazos propios de nuestra naturaleza imperfecta. Estamos constituidos de odios y amores, dependencias y apetitos, girando en torno a un egoísmo difícilmente controlable. ¿Qué nos impide actuar como seres primitivos, sino el miedo a las consecuencias? El amplio panorama de la historia pasada y presente es un gran tratado sobre la violencia y el ansia de poder, pero especialmente sobre los mecanismos de represión -más o menos efectivos- sobre una Humanidad abandonada a sus deseos.

Las religiones han cumplido su papel: el miedo al castigo y a la perdición del alma ha actuado como un disuasivo poderoso sobre grandes masas, pero el mensaje de amor nunca ha sido suficientemente efectivo como para modificar el impulso atávico de destruir a quienes piensen o actúen diferente, porque esa defección representa una amenaza para la hegemonía de un grupo social sobre otro. De ahí las guerras santas con su orgía de sangre y su mensaje de odio. Es entonces cuando surge la duda de si el primer acto humano está condicionado por ese terrible sentimiento.

En qué momento de la historia se produjo la marginación de la mujer resulta difícil de determinar, en parte porque el relato del pasado está ya teñido con una visión patriarcal. Pero el hecho es que esa marginación se fue perpetuando y fortaleciendo al punto de convertirse en un valor social indiscutible, incluso, para la población víctima de tales prácticas. Contra la mujer resulta fácil ejercer violencia. Es físicamente más débil y psicológicamente ya viene programada desde la niñez para someterse a la voluntad masculina. Los impulsos de liberación son ridiculizados por la colectividad con el propósito de detener ese afán independentista, lo cual impacta profundamente en la psiquis y en la autoestima de ese importante segmento de la población.

Únicamente por eso y por esa inclinación natural a destruir al otro que en apariencia caracteriza a nuestra especie, es posible entender la pasividad ciudadana ante el asesinato de niñas y mujeres, las violaciones sexuales, la práctica “hogareña” del incesto, la falta de atención a sus necesidades básicas de protección, educación y salud. Allí es en donde mejor se identifica el odio ancestral que plasma su impronta en nuestros actos cotidianos. En ese desprecio por la vida misma es en donde podemos vernos en un espejo de alta definición, sometidos a la fuerza de prejuicios y atavismos heredados.

Cuando miramos alrededor y vemos tanta destrucción y tanto silencio de los justos, se agolpan las preguntas sobre cuándo se produjo la pérdida de los principios y valores de la sociedad, pero también si esos principios alguna vez existieron o simplemente no había desafíos que pusieran ese hecho en evidencia. Hoy, entre tanta agresividad, crimen impune e indiferencia, es imperativo retomar el tema y cuestionarse con seriedad y compromiso cuál es el papel de la comunidad en este escenario de dolor y muerte. Estamos rodeados de maldad y hemos sido incapaces de reaccionar para detenerla. Si la comunidad es tan devota y amante de la paz como aparenta en las redes sociales y en sus círculos personales ¿cómo es posible permanecer impávida ante el horror que la rodea? ¿O es que su discurso de amor al prójimo solo funciona como un maquillaje para disimular su insensibilidad y falta de empatía? Solo por medio de un despertar de la conciencia será posible revertir esa tendencia autodestructiva y reparar profundas carencias.

 

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Se perdieron el rumbo y la empatía

 

La pérdida de valores y de sensibilidad humana es el mayor de los problemas

Cuando a la solidaridad y la empatía se anteponen el interés personal, la preeminencia de un sistema de creencias políticas o religiosas y la búsqueda del éxito -expresado fundamentalmente en términos materiales- resulta indefectible la pérdida de sensibilidad humana ante los otros, dado que la energía se enfoca en la consecución del bienestar individual por encima de todo. Esto no es algo propio de uno u otro territorio, sino un fenómeno presente en toda comunidad humana y en distintos grados, dependiendo de sus niveles culturales y educativos.

Es usual creer que quienes menos poseen presentan actitudes más agresivas y crueles que quienes han tenido el privilegio de gozar de bienestar económico y acceso a la educación en sus distintos niveles. Eso no es así, por lo general las comunidades más pobres suelen ser también las más solidarias. A ellas las une su proximidad cotidiana, sus necesidades compartidas y una visión más real de sus carencias. Pero también de ellas surgen los mayores desafíos, por medio de generaciones de jóvenes privados de oportunidades de todo tipo y ávidos de encontrar un camino hacia su desarrollo. Entre esos caminos, sin embargo, se encuentran algunas de las rutas más peligrosas para la estabilidad de una nación.

Es evidente que la violencia presente en el mundo actual ha transformado a las relaciones humanas. El contexto global, aun cuando parece lejano y ajeno, influye de manera cada vez más importante sobre las naciones más débiles. La creciente tensión mundial y los conflictos en países de la región inciden en un pesimismo colectivo y en una visión superficial de los motivos de las crisis internas, como si estas pudieran resolverse con fórmulas importadas.

Pero es importante entender que los sistemas sociales, diseñados para controlar a los pueblos y someterlos a un marco valórico definido por los centros de poder político y económico, no solo se expresan en términos legales sino también en una estratificación rígida de la sociedad a partir de la privación de derechos de los sectores más vulnerables y, por ende, de menor incidencia en las decisiones. Esta manera de crear divisiones es una marca de identidad en los países menos desarrollados y muy particularmente en aquellos cuyo fuerte porcentaje de población indígena, campesina, joven y pobre permite a sus centros de poder una mayor hegemonía, de manera muy puntual en la criminalización de la pobreza y sus demandas, así como en la marginación de sus nuevas generaciones y la eliminación de sus líderes.

Guatemala no es la excepción. Los muros elevados por las clases política y económica para impedir el acceso a la educación a grandes sectores de la ciudadanía han tenido, entre otras de sus variadas consecuencias, una migración de la juventud marginada hacia actividades delictivas, la huida de miles de jóvenes hacia otros países en busca de oportunidades y, sobre todo, una creciente ruptura del tejido social. Esto último, expresado en el discurso de odio y racismo cuyo impacto se percibe a través de distintos medios con una fuerza descomunal. Los incidentes de agresiones, asesinatos y enfrentamientos entre grupos muestran la peligrosa decadencia de una sociedad intolerante e incapaz de ver a sus semejantes como semejantes. Es decir, una absoluta pérdida de empatía y solidaridad, provocada por lacras estructurales impresas en un sistema de valores caduco e inhumano cuya principal característica es el desprecio por la vida y la incapacidad de ir más allá de lo evidente para analizar, con toda la honestidad posible, los orígenes de sus carencias.

 

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La Tierra y sus habitantes

El planeta sufre un deterioro amplificado por nuestra dejadez.

Cerca del Día de la Tierra, incendios devastadores acabaron en Guatemala con grandes extensiones de bosques peteneros. La dimensión del problema tomó por sorpresa a un Estado mal equipado y poco eficaz, por lo cual nada pudo evitar la inmensa pérdida de vida en ese hermoso territorio. Los incendios forestales son muchas veces eventos naturales y propician el crecimiento de nuevos bosques, en un ciclo de vida ya programado por la naturaleza. Pero no siempre es así, muchos de ellos –como los recientes en El Petén- son provocados por manos criminales con motivos ajenos al interés nacional y arrasan bosques nativos llenos de vida silvestre y especies en peligro de extinción, solo para explotación agrícola o crianza de ganado en grandes extensiones de áreas protegidas.

El tema ambiental enfrenta un problema de imagen y comunicación. El hambre y la guerra, las enfermedades y otros males comunes hacen que, entre toda esa miseria, la defensa del medio ambiente parezca un asunto secundario, algo que puede esperar; una actividad para quienes no tienen nada mejor en qué ocupar su vida. Sin embargo, la Tierra -este hogar nuestro comprobadamente redondo- y todo lo que en ella sucede, tiene impacto de un extremo al otro. Los gases de efecto invernadero producidos por la industria china provocan inundaciones en la Amazonia, la deforestación de este territorio tiene efecto sobre el clima de Europa y así se cruzan y convergen hasta transformar bosques en páramos desiertos o destruir ciudades por la crecida de las mareas.

El tema de la degradación ambiental y el calentamiento global, en donde nos sumergimos a una velocidad creciente, no es un asunto secundario entre los temas de mayor impacto dentro de la política internacional. Todo lo contrario, representa un llamado de atención sobre el peligro de acabar con los pocos recursos de supervivencia disponibles para la humanidad, la cual aumenta en número experimentando a la vez un deterioro creciente de su calidad de vida. Los distintos ecosistemas comienzan a mostrar los efectos de una administración humana deficiente, codiciosa y agresiva contra la vida en los mares y en los continentes, al construir un sistema depredador cuya única finalidad es la acumulación de riqueza para un puñado de naciones industrializadas y sus compañías multinacionales.

En realidad, para reducir el impacto de la presencia humana en la destrucción del entorno natural y la ruptura del equilibrio ecológico, solo haría falta sensibilidad y educación, pero sobre todo políticas globales adecuadas a la realidad. A nivel local, las medidas represivas no son efectivas si las personas carecen de conocimiento y, por ende, de conciencia sobre la importancia de proteger a las especies, de reciclar lo reciclable, de amar su territorio al punto de conservar sus características naturales con el único propósito de hacer posible un estilo de vida amigable con el planeta.

Un proceso educativo indispensable para retomar el control de la protección ambiental debe acudir a las fuentes de la relación del ser humano con su entorno natural en las culturas antiguas. Esa fue una fuente permanente de sabiduría, un inacabable tratado de medicina, una rica veta de conocimientos que ayudaron a las comunidades a crecer y desarrollarse, muchas veces en paz y armonía. Las crisis ambientales de la actualidad podrían considerarse la consecuencia lógica de la ruptura de esa armonía con la naturaleza. El ser humano ha desafiado con su irracional arrogancia las leyes del universo y se empeña en la insensata tarea de destruir la fuente de su propio sustento.

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El efecto sanador del arte

En toda escuela debe enseñarse arte, aun en la más alejada del desarrollo

Escribir, pintar, cantar, tocar un instrumento musical o ejecutar un paso de danza son formas de comunicación esenciales para el ser humano de cualquier lugar, etnia o condición. Es simplemente una manera de crear, imaginar y disfrutar de la belleza como el camino más recto para ejercitar las distintas funciones del cerebro, especialmente durante las primeras fases del crecimiento en la infancia. La importancia del arte como forma de complementar otros aprendizajes prácticos tales como comer, caminar, hablar o desempeñar funciones básicas, ha sido poco apreciada en los programas de enseñanza y esa carencia se refleja en todas las manifestaciones sociales y culturales de una comunidad.

Íntimamente vinculada con las habilidades matemáticas, la música es una de las artes menos difundidas entre la población infantil, considerándosela una especie de juego sin mayor trascendencia. Es decir, una actividad innecesaria dentro de un plan de enseñanza basado en la competencia, en el desafío, en el desarrollo de capacidades de emprendimiento o en la ruta hacia profesiones liberales lucrativas y, por ende, mejor vistas por la sociedad. En esta línea de pensamiento, entonces, se prefiere impulsar las actividades deportivas dejando la práctica de las artes relegada a un papel tan ínfimo como marginal.

¿Cuántos padres y madres prefieren dar a sus hijos un instrumento musical, un libro o una caja de acuarelas para demostrarle cariño? Por supuesto muy pocos, en la actualidad los sentimientos se manifiestan a través de objetos mucho más sofisticados como tabletas, juegos de vídeo, celulares inteligentes o computadoras, con el propósito evidente de encajar en la tendencia del mercado. Entonces viene el asombro por el modo tan habilidoso como los infantes se sumergen en un mundo digital en donde pocos padres tienen la posibilidad de ejercer un control efectivo sobre la calidad de los contenidos accesibles a sus hijos a través de esa puerta abierta a lo desconocido.

¿Y el arte? Conozco casos de madres ávidas de iniciar a sus hijas e hijos en esa maravillosa aventura –algo inaccesible en el pensum del sistema educativo- para lo cual acuden al Conservatorio Nacional de Música o a la Escuela Nacional de Danza –entre otros centros de enseñanza artística- en donde enfrentan la decepcionante y dura visión de edificios en ruinas, carentes de lo esencial para realizar el cometido para el cual fueron creados. El ministerio del cual dependen abandonó hace ya mucho a estas escuelas, cuyo papel es vital para el desarrollo integral de la juventud.

Basta echar una mirada a países del lejano Oriente como China, Japón o Corea para darse cuenta del papel fundamental de la práctica de actividades artísticas en su evolución social y cultural. En esas naciones cada establecimiento educativo –en sus aldeas, pueblos o ciudades- posee una importante área de enseñanza de las artes como un eje alrededor del cual se construyen las capacidades lingüísticas, matemáticas y científicas que más adelante conformarán el conjunto de habilidades de su estudiantado. De estos países procede la crema y nata de los científicos, intelectuales y artistas más relevantes de la actualidad, cuyo desempeño destaca en las universidades, empresas y centros culturales más prestigiosos del planeta.

Pero esa no es toda la función del arte. También es un ejercicio sanador para una sociedad enferma de miedo, sumida en el desánimo y la decepción. El arte es la ruta hacia un crecimiento personal que además de satisfacer un afán estético, constituye la expresión más trascendental del ser humano.

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El impoluto dedo acusador

Es aterrador el linchamiento moral desde una sociedad cargada de prejuicios.

La decisión de poner bajo arresto domiciliario a los funcionarios señalados por el Ministerio Público por su responsabilidad en la muerte de las 41 niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, ha de resultar satisfactoria para una buena parte de la ciudadanía. Esta suposición –personal, claro- se basa en comentarios abundantes en medios digitales y redes sociales en donde se vierte toda clase de opiniones. Ese interesante escaparate provisto por las nuevas plataformas tecnológicas ha dejado ver, sin censura ni moderación, las más implacables manifestaciones de desprecio por la vida de las niñas y el papel de sus madres señaladas como únicas culpables por su triste destino.

¡Cuán agradable y purificador ha de ser extender –desde la trinchera de una intachable moral- la mano impoluta para condenar a los otros! Porque no cabe duda de que el juicio lapidario ha de surgir de una práctica cristiana transparente desde la cual se asume el derecho de señalar a los semejantes sin mediar el necesario filtro de la empatía. Es ilustrativo detenerse frente a esa vitrina y observar el flujo oscilante de la opinión pública, cuyo vaivén demuestra la persistencia de la visión patriarcal y clasista de una sociedad cuyos valores continúan íntimamente ligados a sus prejuicios, porque quizá eso ayude a entender mejor cuáles son los profundos fosos culturales que separan a la comunidad.

Para arrogarse el derecho de emitir una sentencia como aquella tan recurrente de “las madres tienen la culpa por la conducta de sus hijas” o “esas niñas no eran ningunas princesas” es preciso, primero, hacerlo desde una sólida autoridad moral y, segundo, conocer a fondo las circunstancias por las cuales esas niñas fueron separadas de su familia para ser internadas en un sitio lóbrego y carente de las condiciones mínimas para resguardar la vida y la seguridad de los niños, niñas y adolescentes.

Las instituciones actúan bajo la premisa del quehacer burocrático per se. Es decir, no hay sentimientos involucrados ni la sensibilidad humana necesaria para responder a las necesidades de un sector que –como la infancia- sufre de un profundo abandono y una total falta de personalidad jurídica. Por lo tanto, las decisiones de jueces y autoridades están teñidas de un cierto desprecio y, por supuesto, de una distancia patriarcal suficientemente amplia como para convertir esas situaciones de enorme complejidad en simples casos a resolver con una orden judicial.

Las niñas del Hogar Seguro, al igual como todas las demás niñas, niños y adolescentes de innumerables “hogares seguros” dependientes de una institución del Estado, son apenas poco más que objetos desechables. Resulta evidente el incordio que representan para un Estado poco solidario y, sobre todo, al cual no se le exige responder por sus acciones. Las 41 niñas víctimas de una muerte atroz pasarán a contabilizarse como un “episodio”, tal como ha sucedido con los estudiantes de Ayotnizapa en México, un tropiezo del sistema.

Uno de los comentarios más crudos y certeros que he escuchado después de la tragedia del 8 de marzo, fue de una mujer: “el 9 de marzo todos fingieron que les importaba” y así parece haber sido. Una ficción, un estallido de emociones tan breves como breve es la noticia. Así es como funciona la sociedad, por capítulos, para no sentir demasiado ni involucrarse en donde no le alcanza la empatía. Además, las niñas tenían familia y eso facilita el desprendimiento emocional, aquel mecanismo tan útil para seguir hacia delante sin volver los ojos para no sentir el peso ominoso de la violencia que nos persigue a todos.

 

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El fantasma de la justicia

Ya empieza a olvidarse uno de los actos más crueles perpetrados contra la niñez

Está ahí como una promesa, en una incertidumbre constante y el temor de un retroceso abierto hacia el estado de impunidad. Por eso los ataques al titular de la Cicig y a la Fiscal General. Por eso la descalificación de la labor de Norma Cruz en su cruzada por la justicia para casos de violencia contra niñas, niños y mujeres. Por eso las campañas en redes sociales desde centros estratégicos especializados en arrojar humo y basura a destajo con el propósito de desviar la atención e influenciar a la ciudadanía.

Por eso Norma Cruz confiesa su frustración al constatar que ni siquiera por la trágica muerte de 41 niñas se han podido evadir los obstáculos en la investigación y seguimiento de las atrocidades cometidas en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Es una frustración compartida por muchas personas conscientes de que ahí también opera el tráfico de influencias a favor de gente poderosa con palancas efectivas para frenar la labor de la justicia. Esto debería hacer sonar muchas alarmas, porque lo sucedido en ese y otros hogares administrados por el Estado no es un hecho aislado sino una constante, denunciada en distintas ocasiones por diferentes entidades nacionales, internacionales y de prensa.

El abuso físico, sexual y psicológico contra niñas, niños y adolescentes bajo la custodia del Estado por orden judicial es una aberración; por lo tanto una investigación seria, profunda y minuciosa debería ser una de las principales prioridades del gobierno. Sin embargo, este no solo ha actuado con total indiferencia sino se ha blindado contra cualquier demanda de respuestas e información. Si lo sucedido en ese hogar hubiera acontecido en cualquier otro establecimiento como un colegio privado, universidad, empresa o institución y las víctimas hubieran sido adultos, el escándalo sería mayúsculo. Pero eran niñas marginadas en un sistema que ni muertas les concede el valor humano que les corresponde.

Por supuesto, hay quienes se manifiestan públicamente por la justicia para las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, pero son una minoría. Esas menores bajo la protección del Estado son todavía vistas por la sociedad como potenciales delincuentes y aun cuando se haya explicado la diferencia entre estar en conflicto con la ley y estar bajo resguardo del Estado, incluso algunos medios de comunicación cometen el error de etiquetarlas del modo equivocado. Como si eso no bastara, también se etiqueta a sus familias como “disfuncionales” y a sus padres como irresponsables, sin tomarse la molestia de considerar las particularidades de cada caso. Sumado a eso, los motivos de los jueces para institucionalizarlas también deberían pasar por un proceso de evaluación para establecer su pertinencia y los alcances de esas decisiones.

Durante los días posteriores a la terrible e impactante muerte de las 41 niñas parecía imposible pensar que el sistema de justicia no actuara rápido y eficazmente para determinar causas, analizar evidencias, establecer líneas de investigación y finalmente llevar a los responsables ante la justicia. Pero el fantasma de la justicia pasó raudo y al calmarse las aguas, ha vuelto la costumbre inveterada del sistema de ir poniendo trabas a los reclamos de las familias y prolongar lo más posible la acción de la justicia, quizá esperando el olvido general de este horrendo episodio. El Estado y sus instituciones deben actuar de inmediato no solo para investigar lo sucedido el 8 de marzo, sino para evitar todo acto de violencia sexual y física, pero sobre todo combatir el tráfico al cual se sospecha han sido sometidas cientos de víctimas en estos “hogares seguros”.

imperativo y urgente combatir con decisión a las redes de trata, amenaza constante contra la niñez.

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La burbuja tras las rejas

Las constantes crisis actuales traen reminiscencias de pasadas dictaduras

Es muy lindo vivir en democracia. Tener la suficiente libertad de pensamiento como para opinar abiertamente sobre cualquier cosa, desde las anécdotas más banales hasta los temas profundos de la sociedad; caminar por las calles sin temor a sufrir una muerte no programada en la agenda del día y sobre todo aceptar con absoluta certeza la pertinencia de las leyes que rigen la comunidad, con la convicción de haber sido dictadas por representantes íntegros. Algo así sería el ideal democrático presente en el imaginario colectivo desde el día aquel cuando se depuso la última dictadura y se envió a sus cuarteles al último gobernante militar.

La realidad ha sido muy distinta. Se rompieron cadenas, pero sobre todo de las gavetas por donde fluía la riqueza nacional y quedaron intactos los hilos de las estructuras de poder -invisibles para la ciudadanía- cuyos representantes continuaron como si nada, dando las órdenes correspondientes y recibiendo los correspondientes privilegios. Mientras tanto, se continuó celebrando elecciones y jugando al teatro de la democracia en escenarios cada vez más apolillados y endebles.

Las consecuencias de tales debilidades, ingredientes del sistema impuesto desde la mayor potencia mundial, han ido cobrando su cuota de corrupción, miseria y violencia. Los agujeros burocráticos por donde se cuelan los valores institucionales propios de una democracia activa y funcional, son enormes y tienden a ensancharse cada cuatro años. Hoy los grandes pilares sobre los cuales se sostiene todo el proceso tambalean en medio de una absoluta ausencia de autoridad. Desde esa perspectiva y haciendo un recuento de decisiones erráticas, ausencia de políticas públicas, persecución y eliminación de líderes comunitarios, marginación de los pueblos originarios, abandono de la niñez y violaciones constantes de las normas jurídicas sobre las cuales debe ejercerse el poder, la nación parece haber perdido la ruta y encontrarse en franco retroceso. Sin embargo, en medio de esta pérdida de rumbo también se han producido grandes avances y es preciso reconocerlos y aplaudirlos.

En la actualidad por fin se menciona y se combate la violencia contra las mujeres, tema oculto durante toda la historia anterior del país. Se persigue la corrupción y las estructuras criminales enquistadas en el Estado se encuentran acorraladas frente a la acción de la justicia. La ciudadanía ha comenzado a tomar conciencia y de una forma gradual ejerce su poder ciudadano, adormecido durante décadas por el temor o la indiferencia. Pero ese despertar no basta para cambiar la polaridad de las fuerzas opuestas a la vida en democracia, porque aun cuando en teoría se goza de libertades civiles, el grueso de la población vive un encierro real tras toda clase de sistemas de protección para no ser víctima de la delincuencia. La vida transcurre tras las rejas en una burbuja a punto de reventar, frágil como una pompa de jabón y también así de inútil.

Un análisis del costo real de la violencia y de la corrupción –su promotora y cómplice- arrojaría cifras groseras de pérdida económica y menoscabo de oportunidades de desarrollo para el país. Solo un recuento de niñas, niños y adolescentes privados de educación, alimentación y salud, se traduce en una desoladora perspectiva de pérdida de capacidades productivas como consecuencia de la desnutrición crónica y de la marginación social, todo un panorama devastador para el futuro. No queda otra opción más que salir de la burbuja para enfrentar la dura realidad.

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Un llamado a la cordura

Cuando perdemos la capacidad de comprender al otro, hemos perdido también todo sentido de comunidad.

Vivo conectada a las redes sociales. Se ha transformado en un escenario paralelo que fluye simultáneo y cercano, pero a la vez inalcanzable. En esos espacios todo sucede: las frustraciones, las alegrías, sentimientos íntimos, acontecimientos importantes de personas desconocidas; y aquellas nimiedades… esas insignificancias absurdas que no merecen ser compartidas. Todo adquiere un tono de realismo imposible de comprobar, pero rebota y se multiplica inevitable y constante en la línea del tiempo.

Pertenezco a esa generación de las cosas concretas, reales, que se podían tocar y cuya existencia era innegable. El teléfono era un aparato para transmitir el sonido de la voz humana y estaba conectado por medio de cables y postes y centros de control, construidos de materiales tangibles. A quienes vienen conmigo en este viaje les ha tocado el inmenso privilegio de vivir el salto tecnológico y, con algunas excepciones, adaptarse a él. Poco a poco, hemos ido asumiendo estas nuevas formas de comunicación hasta fundirnos del todo en el nuevo modelo.

Esta reflexión, sin embargo, viene a colación para llamar la atención sobre la dicotomía entre los grandes avances de la tecnología y la ciencia con la creciente pobreza cultural convertida en un sello de las nuevas generaciones. Aun cuando el título alude al lenguaje, mi pensamiento se dirige a aquellas formas de comunicación no verbales, a los gestos y modos, a la progresiva pérdida de calidad humana de una sociedad cuyo objetivo principal está centrado en el bienestar individual, muchas veces –demasiadas, quizá- obtenido a costas del colectivo.

Lo veo en la calle, en los medios, en las redes sociales, aun cuando en estas últimas suele predominar un cierto protocolo de cortesía. Es esa caída vertiginosa hacia un estado de violencia como no se había visto antes; la rabia y la frustración transformadas en actos de agresión, en asesinatos a mansalva, en femicidio y en un incontenible y constante abuso contra la niñez. Es la pérdida de control sobre los impulsos más primarios del ser humano y una tolerancia general hacia estas manifestaciones de odio, manifestada por medio de la pérdida del más esencial sentido de comunidad, componente indispensable para la supervivencia.

El lenguaje social nos indica cuán bajo hemos caído en la preservación de nuestra integridad como entes conectados en un entramado de valores colectivos. Nos hemos aislado para no saber del otro, para ignorar cuán cerca tenemos la experiencia de la pérdida. Salimos de una larga etapa de oscurantismo pero nunca nos libramos de la venda sobre los ojos. De ese modo evitamos el compromiso de asumir el desafío de buscar caminos hacia la integración social, hacia la búsqueda de objetivos comunes y hacia la consolidación de una democracia débil y moribunda.

No solo toleramos el abuso, también intentamos justificarlo cuando afecta a seres más débiles y vulnerables. Para ello usamos un discurso delator de nuestra falta de empatía con los menos privilegiados, pero también de la profunda ignorancia sobre los motivos que han llevado a una parte de la sociedad a perder la ruta e internarse en el crimen para sobrevivir.

Nuestro lenguaje no ha perdido nada de su esencia racista, expresado de formas múltiples: desde la rudeza del insulto hasta la sutileza diplomática de la falsa generosidad. Nos creemos buenos por naturaleza y desde esa plataforma juzgamos y condenamos a otros, sin la menor idea de la distancia astral entre ambas realidades porque hemos perdido la capacidad de empatía, cualidad indispensable para vivir la sociedad y construirla cada día desde la nobleza de la comprensión.

 

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La Línea

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El liderazgo significa humanidad

17218705_1612987958730879_5321049773212947293_oUna nación sin liderazgo y sumida en la violencia es la actual marca país.

Rosa Julia Espino Tobar, Indira Jalisa Pelicó, Daria Dalila López Meda, Achly Gabriela Méndez Ramírez, Yemmi Aracely Ramírez Siquin, Jaqueline Paola Cantinac López, Siona Hernández García, Josselyn Marisela García Flores, Mayra Haydée Chután Urías, Skarlet Yajaira Pérez Jiménez, Yohana Dasiré Cuy Urízar, Rosalinda Victoria Ramírez Pérez, Madelin Patricia Hernández, Sarvía Isel Barrientos Reyes, Ana Nohemí Morales Galindo, Ana Rubidia Chocooj Chutá, Jilma Sucely Carías López, Yoselin Beatriz Ventura Pérez, Grindy Jasmin Carías López, Mari Carmen Ramírez Melgar, Keila Rebeca López Salguero, Kimberly Mishel Palencia Ortiz, Nancy Paola Vela García, Estefany Sucely Véliz Pablo, Lilan Andrea Gómez Arceno, Mirza Rosmery López Tojil, Ana Roselia Pérez Sinay, Grisna Yamileth Cu Uluan, Melani Yanira De León Palencia, Luisa Fernanda Joj González.

En este listado aún faltan 10 niñas a quienes el Inacif intenta identificar porque el daño en sus cuerpos es de tal magnitud que ni siquiera sus familiares han podido reconocerlas. Triste destino el de la niñez y la juventud, cuyo porvenir está definido por una política pública que los ignora, por una decisión financiera más inclinada a beneficiar a los empresarios con una exención de impuestos que a un sector de la población que nada recibe por parte del Estado y, como lamentable corolario, por el estigma que la propia sociedad ha impreso sobre los más pobres y desvalidos.

Pasada la tragedia provocada por la actitud agresiva y autoritaria de hombres con poder sobre niñas indefensas, los funcionarios responsables se refocilan haciendo señalamientos contra las víctimas y sus familiares para evadir la culpa y dar vuelta a la hoja. Sin embargo, esta hoja pesa demasiado como para cerrar un capítulo de vergüenza que ha dado la vuelta al mundo y ha señalado a los políticos guatemaltecos como incompetentes y carentes de humanidad. Solo falta ver cómo los representantes del pueblo aprovechan la confusión y el dolor de la ciudadanía para aprobar leyes con el propósito de liberar a los corruptos en prisión, prevenir que algo semejante les pueda suceder a ellos mismos y regresarlo todo a foja cero.

Es imperativo entender, de una vez por todas, que la niñez es responsabilidad de la sociedad en su conjunto. Es preciso ver en este horrendo episodio el panorama completo: un sistema podrido hasta sus raíces, cuya deuda más grande es haber privado a la niñez de toda oportunidad de desarrollo durante generaciones. Un marco general de negligencia institucional incapaz de acudir en respuesta a las constantes denuncias de abuso, tortura, maltrato y violaciones a los derechos de la niñez, cuya actitud está sesgada por un desprecio atávico por los sectores más pobres y vulnerables.

No hay palabras para describir el dolor ante tanta crueldad, ya todas han sido dichas. Ahora solo resta mantener el tema en agenda porque más de 5 mil niños, niñas y adolescentes permanecen aún institucionalizados en un contexto de abandono y riesgo constante a su integridad física y emocional. Es importante señalar que desde el momento de su acogida en un refugio creado para ese propósito, el Estado es responsable de todos y cada uno de ellos. A ello se suma su compromiso explícito en tratados y convenciones internacionales para el cuidado y la protección integral de la infancia, firmados y ratificados por el Estado, documentos hasta ahora vacíos para una casta política cuyos intereses se alejan cada día más de los del pueblo que les entregó el poder. Guatemala está de luto, sin un camino a seguir y sin un líder capaz de marcarlo.

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Miradas íntimas de Juan Manuel Díaz Puerta

Por Carolina Vásquez Araya para el catálogo de la exhibición en Galería El Túnel.

17097968_1455229371165975_1910248181057249595_oDifícil describir la obra de Díaz Puerta desde el limitado espectro de la mirada personal. Hay que nutrirse de referencias para abarcar en toda su dimensión los alcances de su pensamiento y la profundidad de sus intenciones. Hombre de pocas palabras, el artista se expresa por medio de un lenguaje visual de un refinamiento obsesivo en el detalle y en la búsqueda incansable de soluciones técnicas para expresar complejas escenas que fluyen entre los sueños y la realidad.

El carácter realista de la obra que presenta en esta exhibición Juan Manuel Díaz Puerta, es un abierto desafío a las tendencias pictóricas desarrolladas durante el siglo XX y los inicios del actual, con su libertad absoluta en forma, color y textura. Representa también un reto a un mercado del arte determinado por rutas estrictas, marcadas muchas veces por la moda. Sin embargo, tampoco responde a los cánones del arte naturalista del siglo diecinueve ni a un mero ejercicio de precisión técnica. La de Díaz Puerta es una íntima mirada al objeto de sus deseos, una disección meticulosa de sus formas, sus estructuras ocultas, su movimiento, su textura y su color. Nada deja al azar y su trazo va definiendo, por medio de una observación profunda, la esencia misma de sus modelos humanos, animales o paisajísticos.

Esta muestra representa un giro interesante de su temática hacia la búsqueda de soluciones novedosas en el manejo de la paleta cromática y un estudio minucioso de la dinámica propia de las formas.

 

Acrobacia estética, una propuesta audaz

Un recorrido por el conjunto de su obra -desde sus inicios en los años ’80- nos presenta a un artista cuya primera aproximación al arte parece haber estado marcada por una fascinación absoluta por la forma en su más estricto sentido. Aunque sus dibujos presentan una gran precisión en el uso de los materiales con los cuales plasma escenas de un realismo casi fotográfico, siempre está implícita cierta intencionalidad que trasciende al objeto y define un estilo personal. Este estilo, cuya permanencia a lo largo de su carrera se consolida en un acento único y reconocible, ratifica un virtuosismo técnico surgido del trabajo y la disciplina casi monásticos, pero también de una auténtica vocación y el placer de la realización última.

En las diversas etapas de su carrera artística, Juan Manuel Díaz Puerta va de un universo a otro con la facilidad de un acróbata. Si nos adentramos en la pureza de líneas en sus dibujos arquitectónicos en blanco y negro para dejarnos caer frente a la enorme fuerza cromática de sus paisajes del altiplano andino o, para mayor contraste aún, ante las manadas de elefantes sumergidas en la atmósfera onírica de un ambiente salvaje, se nos plantea el desafío adicional de interpretar hacia dónde van sus intenciones, en dónde reside ese poder de ubicuidad conceptual que lo domina.

El poder expresivo, capaz de trascender el marco limitado de las telas, es la impronta personal de este artista incansable. No importa cuál sea su tema, logra provocar en el observador una reacción de asombro y curiosidad, sensaciones capaces de iniciar un proceso dinámico de interacción entre el artista y su público. Ninguna obra de este pintor pasa inadvertida, ninguna deja indiferente a quien la observa y eso no es cuestión de gustos, sino de sensibilidad estética. Díaz Puerta tiene el poder de obligarnos a abrir accesos a su mensaje y entablar un diálogo enriquecedor y desafiante.

La energía en la materia

Juan Manuel Díaz Puerta es un maestro en el arte de convertir un paisaje en un conjunto de elementos con vida propia. Tal es el alcance de su maestría en el uso del color y la forma, que una primera aproximación a su obra es insuficiente para aprehender sus múltiples significados y, mucho menos, captar los recursos mediante los cuales ha creado imágenes de una fuerza indiscutible. Existe en sus temas todo un universo digno de explorar. En las formas y texturas subyace mucho más que el mero impacto visual de un paisaje ideal, ahí encontramos un lenguaje sutil que nos remite a la intimidad misma de su lenguaje plástico.

Las transparencias, el movimiento de las aguas, la vitalidad de los bosques y la fuerza de la roca han sido interpretados por el artista de un modo singular. Sus trazos no dejan lugar a vacilaciones. Son claros, rudos o sutiles, pero siempre de contornos definidos y perfectamente identificados. Si nos acercamos para apreciar el detalle, nos encontramos con un conjunto de formas abstractas unidas en perfecta secuencia. Si nos alejamos, esas formas se van concatenando en un movimiento perpetuo y entonces vemos la marea, los reflejos y las turbulencias con precisión absoluta.
Una barca que descansa sobre una mancha de arena, como descansando de una misteriosa travesía, contiene una poderosa sensación de soledad. La presencia -o ausencia- humana está maravillosamente sugerida en este paisaje de exquisita armonía estética. Una paleta reducida a tonos grises le otorga, finalmente, la atmósfera onírica y el acento poético a esta obra magnífica. Este es, como sus demás obras, el resultado de una trayectoria de intenso trabajo y entrega absoluta a una misión de la cual somos ajenos, pero los beneficiarios finales.
El recorrido por esta muestra cuya esencia ha sido, al final de cuentas, una travesía por la visión intimista del artista, deja abiertas muchas expectativas y nos permite esperar más de la paleta experta de Juan Manuel Díaz Puerta. Su sensibilidad y maestría en el desarrollo de su obra pictórica permiten predecir nuevos desafíos en la incansable búsqueda de otros universos.

Guatemala, 22 de febrero de 2017.

 

 

 

 

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La buena educación

Cuando era niña se me enseñaba a nunca contradecir a los mayores.

Las sociedades están integradas por seres humanos diversos, nacidos en ambientes diferentes de padres únicos y en condiciones particulares, desde las cuales se van modelando carácter y personalidad. La niñez es, en realidad, una etapa de la mayor vulnerabilidad durante la cual las personas son entrenadas para pensar, comportarse y creer de una manera definida por los adultos de su entorno. En ese proceso inciden madres, padres, familiares cercanos, vecinos, maestros y líderes espirituales.

Nadie escapa a este “modelaje” iniciático en el cual se imprimirán, como hoja en blanco, una serie de códigos, ideas, conceptos y actitudes como espejo de otros códigos, ideas, conceptos y actitudes heredados de generaciones pasadas y así hasta el infinito. Sin embargo, cuando se inicia la etapa escolar comienza un proceso de re evaluación de todo lo aprendido. Una gran oportunidad para corregir y perfeccionar el conocimiento acumulado. Es como cuando a una escultura se le quita la materia sobrante y se le agrega la que hace falta. Es un período de grandes experiencias, cuando las mentes ávidas de información absorben todo lo que se pone a su alcance y también cuando la calidad del educador y del entorno son vitales para fijar el interés del alumnado y optimizar los resultados del ejercicio pedagógico.

Resulta pertinente, entonces, preguntarse qué sucede cuando los docentes carecen de la preparación adecuada para impartir clases en el sistema educativo de un país. Cuando estos profesionales de la educación no llegan siquiera a aprobar las pruebas de aptitud básicas para optar a una plaza en ese sistema. Es de suponer, entonces, la existencia de una falla fundamental cuyo origen –estructural, por cierto- procede de políticas públicas deficientes y opuestas a priorizar la calidad educativa. Esta falta de atención a una de las bases fundamentales de todo proceso de desarrollo priva a la niñez de una formación intelectual mínima y acorde con estándares internacionales. Es decir, se provee de un sistema inservible con el único objetivo de presentar estadísticas más o menos aceptables ante una comunidad mundial crítica.

El producto de semejante sistema no puede ser otro que una serie de generaciones incompletas desde el punto de vista académico, cuyo potencial se desperdicia por razones diversas, ninguna de las cuales considera las devastadoras consecuencias que ello implica. No se propicia el análisis, los procesos de intercambio intelectual, los proyectos de investigación y tampoco se conduce a las nuevas generaciones hacia la búsqueda de respuestas a los grandes temas actuales. Estas deficiencias vienen aparejadas con una formación deficiente desde el ámbito familiar, lo cual deviene en comunidades humanas en donde las variantes del pensamiento se consideran una afrenta y suelen ser reprimidas al separarse de la norma.

La tendencia, entonces, es producir generaciones de humanos aptos para trabajos rutinarios en los cuales permanezcan durante toda su vida sin pretender cambios. Personas cuyas capacidades sean anuladas en función de un sistema productivo diseñado para ciudadanos obedientes y no deliberantes, como disciplinados soldados de una mega industria multinacional. Allí vemos, entonces, a una valiosa juventud desperdiciada sin oportunidades de crecimiento intelectual por falta de recursos, pero sobre todo por la ausencia de un Estado capaz de identificar en ella el enorme potencial de desarrollo y bienestar para la nación. Esta es la realidad en países gobernados por élites incapaces de aflojar las riendas para que el garañón abandone el trote y pueda galopar.

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Las voces silenciosas

De nada sirve una voz de alerta cuando no hay quién la escuche.

No sé cuál síndrome podría calzar, pero a mi mente vienen algunos cuyas características incluyen gran tolerancia al dolor, una constante tendencia al ensimismamiento, disminución de la atención, de la memoria y otras funciones indispensables para el desempeño normal de una persona o de un grupo social. He buscado todas las posibles razones para tanto silencio colectivo y me propuse interrogar a personas cercanas para recibir alguna luz capaz de explicarme el porqué de su apatía. Durante este ejercicio, una y otra vez he recibido similares respuestas: “no leo periódicos”, “cancelé mi suscripción”, “ya no te sigo en Facebook porque a diario publicas asesinatos y esas cosas”, “no veo televisión local, me deprime”, “no creo en la política”, “esto nunca va a cambiar”, “no necesito enterarme” y así por el estilo.

Hasta que ¡por fin! veo abrirse una fisura por la cual se desliza el concepto preciso: “la alienación de tipo social se encuentra estrechamente vinculada a la manipulación social, la manipulación política, la opresión y la anulación cultural. En este caso, el individuo o la comunidad, transforman a punto tal su conciencia de manera de convertirla en contradictoria con lo que se espera normalmente de ellos.” Así descrito, me parece reconocer de inmediato el síndrome que explica el silencio y el encierro voluntario, la resignación ante lo aparentemente inevitable y, sobre todo, la respuesta ante el miedo y la amenaza, protagonistas de nuestro entorno.

¿Por qué perdemos la memoria? ¿Qué motiva nuestro afán de olvidar un pasado cuyos elementos permanecen vivos y golpean con fuerza demoledora a las causas sociales, a la justicia y a las oportunidades de desarrollo de una nación? Me parece posible identificar allí el punto neurálgico, ese centro del dolor al que deseamos aislar para no sufrir, ese pequeño aleph protegido con uñas y dientes para no volver a experimentar la dura sensación de fracaso. Entonces, cual mecanismo psicológico natural, dadas las circunstancias, nos volcamos hacia las neblinas mediáticas del entretenimiento, del chisme y la fanfarria política para por lo menos creer en nuestra voluntad de participar. Sin embargo la mentira no dura indefinidamente y, poco a poco, volvemos a la concha sólida de la cotidianidad mientras las amenazas del pasado toman cuerpo.

Este síndrome devastador para la integridad de una sociedad se presenta en relación directa con su capacidad de negación; las actividades rutinarias pueden durante un tiempo enterrar sus miedos más profundos, pero solo hasta que las amenazas comiencen a hacerse realidad con una fuerza potenciada por el silencio. De fenómenos colectivos caracterizados por el “no querer saber” hemos visto a lo largo de la Historia el surgimiento de sistemas oscurantistas capaces de anular la voluntad de las grandes comunidades humanas, convirtiéndolas en cómplices de su propia desgracia, de la destrucción de sus logros más queridos y de todas sus libertades.

Para semejante mal, la cura es el examen de conciencia. Uno capaz de sacar de los armarios los cadáveres ocultos, iluminar los rincones y sacudirle el polvo a leyes y normas cuyo imperio se debe restablecer. La discusión, el debate y el reconocimiento de problemas comunes es un ejercicio valioso por ser la única vía para encontrar soluciones de beneficio colectivo. Desde ese punto de convergencia resulta posible combatir el ostracismo individual y transformar la dinámica social en un factor efectivo de cambio. De lo contrario se comete una especie de pecado de abstención, cada día más caro y destructivo.

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Los futuros líderes

Las debilidades del sistema marginan y condenan a la niñez.
Imagine que nació en donde la mayoría de niñas y niños aterrizan en este planeta: una choza humilde con piso de tierra y un techo que cada invierno sale volando. Unos padres frustrados, cansados y carentes de las herramientas educativas capaces de ofrecerle una salida a sus múltiples problemas. Un sistema de gobierno orientado a favorecer a un grupo pequeño de políticos y empresarios cuyos objetivos están cada vez más alejados de las urgentes necesidades suyas y de su núcleo familiar.
Sus requerimientos de alimentación, vestuario y atención sanitaria, obviamente, serán insatisfechos y, al haber nacido de una madre malnutrida y sin idea alguna sobre los pasos necesarios para llevar adelante una crianza adecuada, sus opciones de salir bien librado de esa primera etapa de su vida son bastante escasas. Pero supongamos que ya pasó ese valladar y tiene edad para asistir a la escuela. En su vecindario, asentamiento, caserío o como se llame el sitio en donde vive, ese lujo no existe. Para recibir clases deberá emprender una larga caminata afrontando riesgos desconocidos, como sufrir un accidente o ser capturado por alguna de las numerosas bandas delictivas dedicadas al tráfico de personas.

Al llegar a la escuela -de haber tenido la fortuna de superar el temor y la travesía- se encuentra con un escenario nuevo, un espacio parecido a su propio hogar: piso de tierra, techo volátil. Una maestra o maestro impotente para satisfacer, dada la pobreza de recursos didácticos, las necesidades de un alumnado lleno de expectativas. Y así pasan los años de una niñez considerada en cada período de campaña “el futuro de la Patria”, “la esperanza del porvenir”, “la nueva generación de líderes”.

Esta “nueva generación de líderes “, sin embargo, ya ha perdido un alto porcentaje de su potencial intelectual y físico debido a la falta de una correcta alimentación desde el momento de la concepción. Los nutrientes indispensables para el desarrollo de su cerebro, músculos y huesos no figuran en la frugal dieta a la cual se acostumbró su pequeño cuerpo, un menú reducido de acuerdo a las escasas posibilidades económicas, agravado por falta de información sobre nutrición y un ambiente poco propicio en términos de higiene y sanidad. Este cuadro ya tiene nombre, se llama “desnutrición crónica” y también ha sido profusamente analizado y publicado en sesudos informes de expertos contratados por poderosas organizaciones. También se refleja en una estadística que aumenta cada año a pesar de los “importantes avances” publicitados por los diversos ministerios e instituciones creadas ad hoc.

Imagine ahora cómo un país, cuya joven población sufre semejante abuso, podría algún día alcanzar el desarrollo. No hay que ser tan ambicioso y esperar un desarrollo tipo europeo, eso ni pensarlo. Quizás, aspirar a un desarrollo modesto capaz de proporcionar un bienestar mínimo al grueso de la niñez y juventud, con énfasis en la satisfacción de sus necesidades nutricionales y educativas. Nada imposible para una sociedad consciente y responsable, con visión suficiente como para comprender en dónde están sus prioridades.

El drama de la niñez y la juventud no tiene visos de terminar en países gobernados por una casta de políticos, cuya consigna es sacar el máximo provecho del poder para afianzar los privilegios de sus financistas y así asegurar el futuro económico de sus próximas generaciones. En tanto sea ese el objetivo y no exista una visión de nación con la voluntad firme de cambiar esa perspectiva, el colapso general será inevitable.

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El mundo al revés 

Largas filas de seres humanos a punto de congelarse en los campos europeos dejan en clara evidencia el pasmoso retroceso en el respeto y la preeminencia de los derechos humanos a nivel mundial, así como la anulación práctica y visible de todo tratado internacional firmado con el propósito de colocarlos en el primer lugar de las prioridades de los Estados. Mujeres, hombres y niños desplazados de sus países de origen por guerras provocadas y financiadas con el único objetivo de apoderarse de sus riquezas, es el más inmoral de los escenarios.
Pero de acuerdo con los cánones del libre mercado, esa estrategia de dominación se traduce como liderazgo, política económica, uso inteligente de los recursos disponibles, aunque sus legítimos propietarios den la vida por protegerlos. Es lo que sucede en los países en vías de desarrollo con sus riquezas minerales, hídricas y vegetales, algo que probablemente muchos de ellos no quisieran haber tenido para evitar el peligro de ser invadidos por las naciones más poderosas.
Pero no son solamente las caravanas humanas presentes en las fronteras europeas, también nuestro continente sufre de esa migración indetenible hacia el norte, con miles de personas cuyo futuro está centrado en alcanzar el sueño americano. Ese sueño muchas veces frustrado en el camino por obra y gracia del crimen organizado y la extenuante travesía por uno de los desiertos más hostiles del planeta.
Un comentario del artista Juan Manuel Díaz Puerta durante una interesante conversación hacía énfasis en lo absurdo de pretender dividir a los continentes por colores: negros en África, “cafecitos” en América Latina, blancos en las potencias occidentales, como si aquel fuera el contexto ideal para regresar al supuesto ideal de la pureza racial, un concepto siempre presente pero reeditado por fuerzas políticas de corte fascista que empiezan a invadir las posiciones más relevantes. Es el mundo al revés. Es el regreso del nacionalsocialismo con toda la fuerza de su política represiva y estratificadora.
Las migraciones han existido desde el surgimiento de la Humanidad, millones de años atrás. El ser humano, al igual que todas las especies animales, busca los recursos de supervivencia y, para ello, se establece pero también emigra cuando no encuentra lo necesario en su lugar de origen. Es parte de la naturaleza, por eso una interpretación extrema de las leyes del capitalismo nunca podrá eliminar ese derecho ancestral.
La crueldad de las políticas anti inmigrantes —en Europa como en Estados Unidos— castiga con toda su fuerza a una población eminentemente pacífica. La inmensa mayoría de migrantes son mujeres, ancianos y niños, las primeras víctimas de la violencia de las guerras. Esas conflagraciones los han arrojado a una tierra de nadie, sin esperanza alguna de encontrar al fin un sitio para vivir en paz. Los migrantes son, ni más ni menos, el saldo humano de operaciones bélicas planificadas y perpetradas por los países más poderosos con el fin de extender su dominio y apoderarse de toda la riqueza de las naciones más débiles. Para ello cuentan con la complicidad de gobernantes locales, venales y corruptos, capaces de entregar su patria a la voracidad de las grandes corporaciones y los gobiernos que las cobijan.
La migración humana dio origen a la diversidad cultural y en ella reside la esencia misma de la evolución humana. Detener ese flujo para buscar la pureza étnica como el objetivo último o para protegerse de una amenaza terrorista provocada, al fin de cuentas, por esas mismas políticas racistas, resulta la más absurda de las ironías.

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Ni una menos: el 8M

Los movimientos masivos de protesta se han convertido en el único mecanismo posible de incidencia para las minorías alrededor del mundo. Aun cuando las mujeres somos mayoría en términos demográficos, nuestra presencia en los escenarios de toma de decisiones es mínima y muy pocas veces determinante. Esto se refleja en un alto grado de vulnerabilidad para aquellas mujeres que por razón de su sexo han sido marginadas, abusadas y violadas en sus derechos humanos a través de distintas formas de violencia, tanto individual como colectiva.

Es muy complejo el entramado de poder mediante el cual se ha elevado una muralla de obstáculos para evitar el empoderamiento femenino. Una de las estrategias más recurrentes ha sido manipular la cultura y las tradiciones, sacralizándolas para conseguir de este segmento la complicidad indispensable con el fin de reproducir los patrones machistas desde el seno del hogar y desde la más tierna infancia. Esto, porque apoderarse del enorme poder de las mujeres para la transmisión de ideas y actitudes a través de la relación con sus hijos e hijas ha sido una de las mayores victorias de la cultura patriarcal.

Pero los tiempos cambian y también las personas. Lo que antes era correcto y deseable ha pasado a formar parte de una larga lista de conceptos para analizar, desmenuzar y, en muchos casos, descartar. La situación de desventaja para este inmenso conglomerado de seres humanos obligados a aceptar la subordinación, al extremarse ha estallado en un grito sonoro de ¡No más! No más embarazos de niñas, no más muertes maternas evitables, no más feminicidios, no más desnutrición crónica, no más violaciones sexuales, no más matrimonios infantiles, no más salarios desiguales ni discriminación por sexo.

Estas son algunas de las muchas y poderosas razones para la convocatoria a una gran marcha por los derechos de las mujeres a realizarse el 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, la cual ya ha sido recibida con entusiasmo en más de 30 países alrededor del mundo. Una marcha pacífica –porque las mujeres somos portadoras de paz y de vida, no de guerra y muerte- capaz de poner en agenda los temas de los cuales hemos sido tradicionalmente excluidas. Levantar la voz en una fecha simbólica es una manera de dar a conocer al mundo la fuerza y la pertinencia de nuestras demandas y esa voz debe ser escuchada por el bien de toda la sociedad.

Ser mujer y vivir en una sociedad machista es algo que pocos hombres son capaces de comprender. Ser mujer campesina, indígena, pobre e iletrada es como el último sótano de esa pirámide de derechos humanos repartidos en cuotas. Por este y muchos otros motivos de la más elemental justicia, es imperativo respetar su derecho a manifestarse, a elevar sus voces, a decir aquellas verdades celosamente ocultas por una sociedad permisiva hacia el abuso contra la mujer y los más desamparados.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y El Caribe, Cepal, cada día mueren asesinadas por razón de su sexo 12 mujeres en los países latinoamericanos y caribeños. Esta estadística muestra solo casos en los cuales no se encontró ningún otro motivo posible para la eliminación física de una mujer. En nuestros países, en donde la violencia doméstica es una norma de vida, son muchas más las muertes no contabilizadas cuyo origen reside en la discriminación por sexo, como las ocurridas durante partos mal atendidos, trata de personas, negación de servicio de salud por carencia de insumos o abortos clandestinos,. ¡No más! ¡Ni una menos!

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Las líneas divisorias

Órdenes ejecutivas con dedicatoria a los países del sur.

La construcción de muros en la mente del presidente de Estados Unidos no se limita únicamente a las portentosas vallas de hormigón que pretende plantar en la frontera con México. La abundante imaginación de este mandatario va mucho más allá, al reinventar las restricciones para el ingreso de ciudadanos de otros países por razones de religión, cultura y origen étnico con la excusa de provenir de países en conflicto y en donde existe presencia de organizaciones terroristas. Sumado a eso, el señor Trump elevó, con su sola presencia, el ambiente de temor y angustia entre millones de inmigrantes en suelo estadounidense -originarios de otros países- cuya permanencia pende de un hilo sean o no indocumentados.

En realidad, si el estatus legal no ha sido un valladar para impedir el ingreso de ciudadanos originarios de Irán, Irak, Siria, Yemen, Somalia, Libia y Sudán por considerarlos un peligro para la seguridad interior, nada le impide generar una prohibición para el ingreso de ciudadanos de otras regiones. Miles de pasajeros fueron detenidos y algunos deportados de inmediato a sus países de origen el sábado pasado en los aeropuestos de la Unión, mientras otros fueron sometidos a intensos interrogatorios.

La mayoría de estos pasajeros viajaban con visa e incluso se impidió el ingreso al país de muchos que ya poseen el estatus de residente. Los argumentos a favor de la medida por parte de algunos políticos y analistas de medios de comunicación, no lograron neutralizar el ambiente de rechazo generado por este drástico operativo, incluso entre algunos funcionarios del régimen, quienes temen una reacción masiva de protesta. Este incidente –si se le puede llamar así- también debe ser tomado en cuenta por los países ubicados al sur de la frontera con México.

Trump está cumpliendo una a una sus promesas. La guerra contra el terrorismo islámico convertida en una “guerra santa” para erradicar todo vestigio de amenaza terrorista de su territorio, aun cuando muchos de los atentados en suelo estadounidense han sido cometidos por sus propios ciudadanos. Luego, el rescate de la economía declarando “América para los americanos” y el desafío que ello implica con una especie de resaca de la producción industrial y los puestos de trabajo con el objetivo de crear una nación endógena, cuyos estándares en términos de ciudadanía estarían orientados a un estricto sistema de selección para favorecer a los inmigrantes originarios dominantes, vale decir la población caucásica.

En Estados Unidos, lo latino siempre ha sido visto de lado. Para una gran mayoría de estadounidenses lo latino se reduce a México y todo lo ubicado al sur de ese país, sin mayores distingos. Y dado el enorme flujo de inmigrantes indocumentados desde nuestros países, el estereotipo se ha ido consolidando. Sin embargo, Estados Unidos se ha enriquecido con el aporte de científicos y profesionales, artistas y artesanos, gente honesta que ha cultivado sus campos y construido sus edificios, todos originarios del sur.

Ante los movimientos cada vez más agresivos de la Casa Blanca por cerrar compuertas, los gobiernos de América Latina deben reaccionar con energía y certeza con el objetivo de garantizar un trato digno y justo a sus ciudadanos, quienes han emigrado para buscar un futuro mejor y alimentan con sus remesas las arcas de sus países. Que el presidente de Estados Unidos tenga o no derecho a cerrar los accesos a los inmigrantes es una cosa. Que tenga derecho a vejarlos y tratarlos como criminales, es otra. Es momento de demostrar una postura solidaria con esos conciudadanos, algo ausente hasta la fecha.

elquintopatio@gmail.com

Blog de la autora http://www.carolinavasquezaraya.com

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El efecto Trump

Pocos líderes han logrado generar tantas manifestaciones de rechazo.

Desde Sydney a Los Ángeles, desde Londres a Nueva York, con ecos en Guatemala, México, Chile y otros países en los 5 continentes, las voces de millones de personas –en su mayoría mujeres- se unieron para manifestar su rechazo a la explícita posición misógina, racista y discriminatoria del nuevo habitante de la Casa Blanca. No esperaron a que Donald Trump desempacara sus valijas para hacerle ver que no importando la distancia, la vigilancia sobre sus políticas será constante.

Los temas más preocupantes para las manifestantes del 21 de enero se refieren a las actitudes carentes de empatía del nuevo presidente estadounidense con las minorías, en especial sus intenciones de cambiar leyes que representan conquistas importantes, como las que permiten el aborto y garantizan programas de asistencia en programas de salud sexual y reproductiva, el matrinonio igualitario, los programas para establecer controles de prevención contra el cambio climático, la contaminación y la degradación del ambiente y otros de beneficio social.

Trump parece haber alcanzado el sueño de su niñez sin reparar en que la presidencia del país más poderoso del mundo no es un juego de niños. Llegó con un discurso agresivo y descalificante hacia sus antecesores, convencido de haber logrado, junto con el palio presidencial, la omnipotencia. Craso error, porque aún con las desigualdades y precariedad en la cual vive el grueso de la población mundial, existe un contrapeso natural en las decisiones emanadas desde las principales potencias. Este poder se manifiesta no solo en convenios y tratados firmados y ratificados por las distintas naciones, sino también en la voz de ciudadanos cada vez más conscientes de sus derechos.

Este cambio de mando y de tendencia política, aun con ser relativo –el Departamento de Estado nunca ha bajado su bandera expansionista ni su agresiva política económica- muestra a un mandatario decidido a transformar su territorio en una fortaleza inexpugnable, hostil hacia los inmigrantes y abiertamente orientada a proteger sus intereses comerciales contra viento y marea, no importando cuáles sean las consecuencias para los países socios en esos tratados de intercambio. Sin embargo, lo que se veía fácil y posible en promesas de campaña con el objetivo de seducir a una población decepcionada de la política tradicional, en la realidad será una lucha a brazo partido contra intereses mucho más poderosos, fincados en complejos acuerdos entre compañías multinacionales y países productores de mano de obra barata cuyos intereses trascienden la visión de nacionalismo reeditada por Trump.

Para los países ubicados al sur, la situación es amenazante. Los mayores receptores de remesas de inmigrantes muchos de ellos residentes legales, pero también miles de indocumentados que trabajan en todo el territorio estadounidense, son los países del triángulo norte de Centro América y la nueva administración constituye una alerta roja para sus gobiernos, los cuales ya deberían comenzar a diseñar sus estrategias de negociación.

De no hacerlo, y de no hacerlo correctamente, la política anti inmigrantes de Trump podría generar una repatriación masiva de ciudadanos centroamericanos, quienes de paso perderían todo lo ganado durante su estadía en Estados Unidos. Esto, porque al ser indocumentados y carecer de estatus legal, el manejo de sus bienes es precario e inseguro. Al darse un movimiento de tal magnitud, la mayor fuente de divisas de algunos de estos países, como Guatemala, se reduciría drásticamente con las graves consecuencias que eso implica para los sectores más necesitados.

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Avances y retrocesos

Un informe presidencial más optimista de lo razonable…
Un mandatario satisfecho, una ceremonia deslucida y acerbas críticas por los resultados del primer año de gestión dejaron un regusto amargo a una ciudadanía decepcionada e incrédula. A pesar de las sonrisas y los gestos ampulosos, está claro que con un frágil 20 por ciento de aprobación el camino se presenta complicado y la recuperación de la confianza de los electores -quienes desde hace tiempo muestran señales de arrepentimiento- se ve lejana en el horizonte.
Pero en realidad la popularidad es lo menos importante. Mucho más relevante es el hecho de que durante esta gestión la prometida transparencia ha estado ausente y las reacciones oficiales frente a los señalamientos de corrupción han evidenciado que ese propósito nunca fue tomado muy en serio por quien dirige los destinos del país. Tal y como comentan los medios internacionales, el mandatario parece haberse quedado sin guión, si es que alguna vez lo tuvo. La opacidad y el autoritarismo han sido los grandes pecados contra los cuales la población se rebeló en 2016 y parece dispuesta a repetirse el plato en los primeros meses de este año.

Hablar de avances es casi un gesto de arrogancia por parte del gobierno. Incluso cuando existen pasos concretos en la dirección correcta en algunos ministerios, las condiciones de vida de las grandes mayorías constituyen la evidencia más palpable de la debilidad de la actual administración y esta deberá tomar muy en serio las críticas sobre la ausencia de un plan estratégico coherente y propositivo, fractura peligrosa en la estuctura administrativa del Estado.

Un 80 por ciento de la población rural infantil en estado de desnutrición deja en ridículo cualquier alarde de éxito en el desempeño del equipo de gobierno. A eso hay que contrastar el déficit en atención escolar para la población menor de 18 años, la cual sobrevive en una marginación permanente en todos los aspectos más importantes de su desarrollo. Por eso, los discursos protocolarios en estos actos de una solemnidad vacía de contenido hieren de muerte las esperanzas de los más necesitados, al ver cómo sus gobernantes se palmean la espalda unos a otros, se felicitan por sus logros y se muestran satisfechos, dando por sentado que la población, desde sus hogares, los aplaude.

El desconocimiento de la realidad no es tan profundo en los ámbitos del poder como la conciencia de que para cambiarla sería preciso destruir los andamiajes de la corrupción y la impunidad, hazaña que pocos políticos parecen estar dispuestos a emprender. Al fin y al cabo, las reglas del juego fueron dadas precisamente para proteger esos nudos cuyos amarres se aprietan con cada relevo. De ahí que los esfuerzos de algunas instancias, como el MP y la Cicig suelen verse entorpecidos por resquicios legales creados ad hoc para ese artero propósito.

Lo más doloroso en este escenario es ver cómo las prioridades están trastocadas y los sectores más desprotegidos y vulnerables estarán en peores condiciones el año siguiente, el que le sigue y muchos más, a menos de reformular todo el plan de gobierno en función de lograr un equilibrio saludable y justo en sus políticas públicas y la ejecución de los programas más urgentes.

Pero esas aspiraciones deben surgir de un profundo acto de reflexión de quienes gobiernan la nación. Porque de nada sirve la retórica del discurso si más allá de los muros del Palacio o del Congreso los niños mueren de desnutrición y las madres de parto mal atendido, mientras sus hijos vagan por no tener escuela.

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Sin clientes no hay trata

¿Es cultura, hábito social, negocio rentable? ¿Todo lo anterior?

El escándalo reventó en El Salvador porque en un caso de prostitución infantil estaba involucrado un locutor conocido como “el Gordo Max”, personaje popular en el mundo del entretenimiento en ese país. Los detalles del arresto y los cargos contra este y otros 3 capturados por los mismos delitos han recorrido las redes en una ola de indignación alimentada por el hecho de tratarse de hombres de un alto perfil público. Pero esto sucede a diario en todos nuestros países y únicamente levanta polvo dependiendo de quiénes son los involucrados. De no ser mediáticos, estos delitos pasan inadvertidos o simplemente no despiertan la menor de las reacciones.

Hace algunos días comentaba con una activa usuaria de las redes sociales acerca del escaso impacto de las alertas por desapariciones de niñas, niños y adolescentes. El sistema de alerta Alba-Keneth, una herramienta de enorme valor para la protección de este sector de la población, no parece haber alcanzado -a nivel mediático- la relevancia necesaria para elevar su efectividad en la búsqueda de menores desaparecidos, pero no por ser ineficiente en sí mismo, sino por la actitud pasiva de la sociedad, a la cual esas desapariciones no afectan de manera significativa. Esto se aprecia con mayor claridad en los sectores de cierto nivel económico con acceso a la internet, porque aun cuando las alertas circulan profusamente por las redes sociales y compartirlas depende de mover un dedo, este mínimo gesto muchas veces no se produce.

Cada día pasan por mis redes varias de esas llamadas desesperadas. Me pregunto siempre cómo se sentirán esos padres y madres cuyos hijos de pronto no regresaron a casa de la escuela, de la tienda de la esquina, de la casa de su abuela o del campo de fútbol de la colonia. Esa angustia de no saber en dónde está, qué le sucedió, por qué alguien quiso arrancarlo de la protección de su familia y con qué propósito. Y entonces me imagino esa ruta de la angustia, la desesperación de no saber, la impotencia de ver pasar las horas y depender de esa llamada de auxilio que es la alerta Alba-Keneth, sin la cual las probabilidades de recuperar a su ser querido se reducirían únicamente al resultado de la búsqueda por las instituciones encargadas.

La sociedad, sin embargo, muestra escasa empatía con el dolor de esas familias, pero no porque sea esencialmente perversa sino porque se ha acostumbrado a considerar estos hechos como una parte de la vida y de la cultura en un país en donde los prejuicios tienen un fuerte acento cuando se trata de delitos sexuales, ante los cuales surge de manera automática el filtro del machismo para transformar a las víctimas en protagonistas activos y consensuales de los delitos que los victimizan. Por lo tanto, la desaparición de un niño, una niña o una adolescente pasan a formar parte de la mezcla, en el mismo crisol, con la trata, la pobreza, la violencia doméstica, las violaciones sexuales y el drama de la migración.

La sociedad debe reaccionar, abrir los ojos y comprender que todo delito de carácter sexual contra un menor debe castigarse por igual, exista o no consenso por parte del menor. Aunque el origen de esta cruel forma de abuso se remonta a tiempos remotos, no debe considerarse parte de la “cultura” y mucho menos del derecho de adultos sobre la vida de menores indefensos. Las condiciones de vida de un importante sector de la población han sido el perfecto caldo de cultivo para que estos abusos se practiquen sin castigo y sin reacción social, de lo cual sacan buen provecho las organizaciones criminales dedicadas a este tráfico maldito.

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Vientos de enero

El cambio de calendario siempre trae un soplo de renovación…

Las redes sociales se han convertido de manera inevitable en termómetro del ambiente político y social. No escapamos a esa fuerza indetenible de la comunicación digital, avasalladora e impertinente. Ahí está, metida en los más recónditos rincones de la geografía propia y la ajena, transformando actitudes y colocándonos en la difícil posición de determinar cuándo y dónde se esconden el fraude y la mentira.

Esta realidad cada vez más imponente de la información globalizada nos obliga a caminar más rápido y con paso firme para no quedar en una vergonzosa obsolescencia. Sabemos que tras esas redes se esconden potencias capaces de incidir en el destino de la Humanidad –tal como sucedió en la elección del gobernante estadounidense- pero no tenemos la menor posibilidad de evitar los golpes emanados de esas interferencias, la mayoría orientadas a consolidar el poder de las potencias económicas y políticas en desmedro de las libertades y la supervivencia de millones de habitantes alrededor del mundo.

Sin embargo, empieza enero y tendemos a creer que todo puede ser mejor. Elaboramos una honesta lista de propósitos, convencidos de ser capaces de realizarlos y en ese loable esfuerzo olvidamos la lista incumplida de años pasados. Pero no importa porque los 12 meses vienen nuevos y relucientes, listos para hacer de ellos algo productivo. Esta vez, he optado por hacer la lista al revés: lo que no deseo para el nuevo año.

-Niñas y adolescentes embarazadas: Nuestra niñez ha sufrido suficiente el abandono de todas las fuerzas capaces de transformar su vida de miseria en una de opoortunidades. Ya es tiempo de corregir esa inmensa deuda social y política con las nuevas generaciones. Este propósito debería ser la primera prioridad del Gobierno, el cual se ha mostrado indolente, permisivo con la corrupción e incapaz de elaborar programas y políticas efectivas contra este flagelo.

-Alertas Alba-Keneth: Guatemala no puede continuar siendo un paraíso para los traficantes de seres humanos. El país aparece en todos los medidores internacionales de desarrollo como uno de los más atrasados en los temas de trata y abuso sexual, especialmente contra niñas, niños, adolescentes y mujeres adultas. Existe un problema estructural, no tratado a fondo, por el círculo perverso del tráfico de influencias y organizaciones criminales infiltradas en las instituciones del Estado.

-Desnutrición crónica: El año recién estrenado debería marcar el fin del más vergonzoso de los indicadores nacionales. La desnutrición crónica de la niñez configura un panorama devastador en las futuras generaciones de población adulta, la cual ya viene sistemáticamente privada de capacidades intelectuales y físicas. El resultado es una nación con un porcentaje alarmante de personas con capacidades limitadas, marcando de ese modo un freno rotundo a las perspectivas de desarrollo social, económico y cultural del país.

-Un gobierno tradicional: Ya es tiempo de que los sectores político y económico comprendan el alcance de sus decisiones y tomen partido por el lado correcto. Una ciudadanía cautiva en un sistema de poderes a los cuales no tiene acceso, es una ciudadanía castrada en sus más elementales derechos. Observar las actitudes soberbias de quienes detentan posiciones políticas o económicas de relevancia demuestra su pobre concepto del significado de democracia y su escasa capacidad de asimilar la magnitud de su responsabilidad. Es imperativo abandonar esas poses para sumarse al esfuerzo colectivo por hacer de este un mejor país, aceptar la temporalidad del poder y escribir un mejor capítulo para la historia.

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El enigma del mañana

Los humanos tendemos a crear ilusiones a partir de nuestras carencias. Así como inventamos historias románticas desde relaciones patológicamente opresivas, también construimos fantasías democráticas a partir de sistemas estructurados a propósito para negar a la ciudadanía toda posibilidad de incidencia. Esto no sucede solo a nivel local, es una realidad global a la cual nos acostumbramos por pura necesidad de compensar nuestra impotencia.

Al arrojar una mirada hacia tierras lejanas con víctimas abstractas de conflagraciones ajenas –gracias a medios internacionales que nos comparten la visión oficial de los conflictos- nos hacemos la idea de vivir en un reducto de relativa seguridad. Lo que no vemos es la garra posada con firmeza sobre nuestras decisiones y nuestra independencia nunca asumida. Con la ingenuidad propia de quienes desconocen los entretelones de la historia verdadera, es decir, la de los intereses corporativos en todo acto de política internacional, nos han terminado por convencer una y otra vez el discurso y la promesa.

Hemos visto ciudades destruidas por ejércitos en pugna. Hemos leído sobre otras tierras arrasadas en donde millones de mujeres y niños son violados o descuartizados por las bombas de fabricación estadounidense, rusa o de cualquier país industrializado cuyo poder descanse sobre el poderío bélico. Con esa indignación de buenos ciudadanos comentamos sobre el horror de guerras ajenas que no nos tocan, creyéndonos inmunes. En los noticieros observamos horrorizados a miles de seres humanos emigrando hacia Occidente, como si no lo viviéramos en carne propia en la ruta hacia el Norte.

Sin embargo, los aires de la globalización también traen residuos de pólvora. Lo que nuestros países vivieron durante la Guerra Fría es la versión “vintage” de los conflictos actuales en Siria o Palestina. También pusimos nuestra cuota de muertos por cada intento de instalar gobiernos independientes. No fueron disputas de carácter político sino groseras invasiones –unas más solapadas que otras- con el castigo adicional del embargo de la riqueza de nuestros países. Las primaveras democráticas resultantes de la caída de las dictaduras no lograron madurar lo suficiente como para crear sistemas democráticos sólidos, basados en el manejo de los recursos nacionales con una visión de progreso y bienestar para toda la población.

Las corporaciones nunca lo hubieran permitido. De hecho, la mayoría de gobiernos terminaron cediendo el dominio de sus mayores industrias y fuentes de ingreso y quienes se negaron a hacerlo comenzaron a sufrir el acoso de Estados Unidos y sus aliados. Con la alegre complicidad de gobernantes corruptos y sus grupos afines en los sistemas jurídicos, políticos y financieros, los candados se fueron cerrando sobre una riqueza a la cual nunca más tuvieron acceso sus legítimos dueños. Hoy una mayoría abrumadora de la población de América Latina vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema. La niñez y juventud han perdido de manera progresiva las oportunidades de acceso a educación de calidad y alimentación apropiada para su desarrollo.

Este escenario, sin ser tan extremo como las áreas en guerra de Medio Oriente, sí nos coloca en la lista de las naciones invadidas cuyo progreso se detuvo en un punto sin retorno por obra y gracia de intereses que ni siquiera logramos imaginar. Los abusos cometidos por los países desarrollados contra los más ricos pero más débiles, quedarán inscritos como los peores crímenes en la historia de la Humanidad.

Blog de la autora http://www.carolinavasquezaraya.com

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Reflexiones de la época

A pesar de que con el transcurrir de los años he perdido el interés por esta festividad, la Navidad siempre me pareció una hermosa celebración de familia y, mientras mi hija estuvo en casa, realicé los mayores esfuerzos por hacer de esos momentos algo digno de recordar. Ahora ella repite los ceremoniales de fin de año con sus propios hijos y estoy segura de que en algún rincón de su mente revive las sensaciones de su niñez. Esta experiencia no es única ni original, en millones de hogares alrededor del mundo hay una familia reunida alrededor de un símbolo navideño, aun cuando no profese religión alguna.

En Guatemala, un país en donde predomina el cristianismo, los ritos alrededor de la fecha del nacimiento de Jesús son múltiples y variados. Las casas se adornan profusamente con ristras de manzanilla, agujas de pino, ramas de pinabete, musgo, patas de gallo y grandes puñados de barbas de viejo para acolchonar los pesebres. Todo muy tradicional y muy apreciado, hasta cuando nos ponemos a reflexionar sobre el nivel de depredación implícito en esa bella decoración navideña.

El pinabete (Abis guatemalensis) es una especie endémica de Guatemala y crece en las zonas montañosas, en donde prolifera la extracción de madera, los incendios forestales (algunos provocados para extender los campos de siembra) y el corte de los arbolitos durante los últimos meses del año con vistas a venderlos como adorno para la Navidad. Cuando no se corta el árbol sino solamente sus ramas, de todos modos el ejemplar se degenera y al poco tiempo muere. Al efectuar esta operación justo en época de producción de semillas, las perspectivas de conservación y reproducción de ejemplares se ve seriamente afectada. Esta costumbre ha obligado a las autoridades a declararlo en peligro de extinción.

Por su parte, las barbas de viejo (Tilandsia usneoides) una especie de bromelia cuyo hábitat son las ramas de los árboles, preferentemente en ambientes húmedos y temperados, también se ha convertido en símbolo de esta temporada. Su uso como adorno durante las festividades decembrinas, así como la pérdida de su hábitat por la incontrolable deforestación que sufre Guatemala, la han colocado en la lista de especies en peligro de extinción junto con las patas de gallo (Lonicera etrusca) y el musgo, especie también en peligro, natural de las escasas áreas de bosque nativo que aún quedan en el país.

Por eso es importante llamar la atención de la población para restringir el uso de estas valiosas especies y de ese modo detener su acelerado proceso de extinción. Para quienes profesan alguna fé, no importa cuál, es oportuno recordarles que en toda doctrina espiritual el respeto por la vida es la piedra sobre la cual se fundan sus principios y valores. Entonces resulta incongruente mantener una tradición atentatoria contra la existencia de especies cuya función, en este planeta tan agredido, es proveer el sustento vital a un ecosistema del cual depende también la supervivencia humana.

A la irresponsabilidad de quienes, a pesar de las prohibiciones de las autoridades, insisten en cortar ramas de pinabete o arrancar las barbas de viejo para comercializarlas en los mercados, se suma la ligereza de quienes acuden a comprarlas aún a sabiendas de la ilegalidad de ese comercio. Detener ese tráfico de especies en extinción es responsabilidad de todos, porque la salvaguarda de nuestro entorno natural no responde a exigencias arbitrarias, sino a medidas de protección sustentadas científicamente y respaldadas por una legislación ad hoc para sancionar a quienes las violen.

Una Navidad feliz no puede depender de la destrucción de un entorno privilegiado por su diversidad y belleza.

 

Elquintopatio@gmail.com

 

 

 

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El poder de la denuncia

El miedo, la apatía y la complicidad son algunos de los mayores obstáculos para establecer un sistema eficaz de administración de justicia capaz de conducir al país por un proceso generador de cambios profundos. En un sistema degradado por la infiltración de la corrupción y la delincuencia en esferas gubernamentales y en otras instituciones de fuerte incidencia política y económica, se supone la existencia de un alto grado de omisión de denuncia. Esto, por razones obvias, constituye un freno a la administración de justicia y un elemento paralizante en muchos otros aspectos de la vida nacional.

La ciudadanía se ha habituado al abuso y es neutralizada por el temor y la costumbre. Paga con impotencia los costos de la corrupción como un mal necesario y su única vía de escape es el comentario amargo en su círculo cercano. Multas de tráfico por faltas inexistentes, pago de impuestos excesivos y a capricho del vista de aduana, revisiones ilegales del vehículo en una calle solitaria, el consejo malicioso del funcionario de “soltar unos billetes”, amenaza de muerte para detener acciones legales por violencia intrafamiliar o por exigir la pensión alimenticia son casos recurrentes, silenciados por el temor.

Ese tipo de violencia es la gran amenaza contra el ejercicio libre y consciente de la democracia. Los políticos no se percatan de sus propios errores y se revisten de una autoridad prestada –porque no les pertenece- con la cual administran el tesoro del Estado en medio de la euforia de quien se siente dueño y señor del territorio. Quienes pertenecen a este círculo o se aproximan a él por distintas razones, también respiran ese aire enrarecido que nubla el entendimiento y sucumben ante las tentaciones del poder.

Así ha vivido la Guatemala actual veinte años después de la firma de la paz, un acontecimiento cuyas promesas de transformación del sistema de injusticias, inequidades y racismo nunca se cumplieron a cabalidad. Muchas de las crisis actuales devienen de la pérdida de dirección en las intenciones originales de enfocar los esfuerzos en el desarrollo, la inclusión de los pueblos originarios, la equidad entre hombres y mujeres, los objetivos en salud y educación. Esta tarea de reorientar a las fuerzas políticas exige a la ciudadanía detenerse a pensar en el camino recorrido, en cuánto falta por alcanzar y cómo es posible eliminar los motivos que llevaron al país a embarcarse en un conflicto armado prolongado y destructivo.

El ambiente de violencia es la consecuencia de haber perdido la ruta correcta, haber creído que con una firma en el documento se superaban las causas de la pugna entre sectores, se allanaba el camino al diálogo y quizá también se iniciaba una época de reparación de los daños.

Pero un pensamiento sin acciones no sirve para nada. Un cambio de reglas sin la voluntad de cumplirlas solo ha conducido a ensanchar la distancia entre las expectativas y la realidad.

La ciudadanía tiene ahora la tarea de involucrarse activamente en la reorientación de sus objetivos y metas. La denuncia, aunque parezca un acto insignificante ante la enormidad del problema, es la herramienta más efectiva para ir empoderando a una población-víctima, durante mucho tiempo impotente ante el acoso y el abuso de criminales grandes y pequeños, refugiados en sus intocables centros de control. La denuncia libera y abre un camino hacia el imperio de la ley. Quizá durante algún tiempo las instituciones encargadas de la investigación e impartición de justicia sean incapaces de procesar tanta demanda ciudadana, pero el efecto poderoso de una sociedad consciente de sus derechos socavará los cimientos de quienes se amparan en la impunidad y los privilegios.

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“…para inspirarse no hay mejor entorno que nuestros países en crisis constante”

Con Navi Pillay, Premio Nóbel

Pressenza: Quisimos entrevistar a otra columnista permanente de nuestro medio, la chilena Carolina Vásquez Araya, radicada en Guatemala desde hace años.

Pressenza: ¿En qué valores te formaste, cuáles resultaron ser para tí los temas más importantes, intransables, que buscan abrirse paso a través de tus lineas?

Carolina: Nací y crecí en Chile, un país que en los años 50 y 60 estaba concentrado en sí mismo, en su propio desarrollo y en donde la educación tenía un gran valor, un país hasta cierto punto aislado del resto del mundo y donde el modelo a seguir era Europa y su cultura. De hecho, en mi familia predominaba una visión de futuro en función de las cualidades intelectuales y no se consideraba importante la posibilidad de embarcarse en otras actividades, tales como la tecnología o los negocios. De ese modo, en mi niñez todo parecía girar alrededor de una valoración extrema de ciertos principios, siempre en función de lo que podías lograr por medio de una formación eminentemente académica.
Esa etapa marcó mi visión de las cosas de manera bastante particular, pero también me prestó una perspectiva crítica de la vida y de los acontecimientos, algo muy útil en los tiempos que vivimos. De ese germen fue creciendo un interés particular por los temas culturales, predominantes en mi trayectoria durante muchos años, evolucionando hacia un enfoque mucho más integral de la realidad.

Pressenza: ¿Cómo haces para inspirarte y ponerte ante el teclado con tanta frecuencia?

Carolina: Durante algunos años escribí y publiqué una columna sobre temas culturales de lunes a sábado y no podía –ni quería- dejar de hacerlo. Eso, quizá, más la rutina del trabajo periodístico y la presión de escribir a diario sobre distintos temas, me ayudó a crear un hábito que se fue transformando en una vía indispensable de expresión. Mi columna en un periódico guatemalteco de gran influencia tiene ya 25 años de existencia y hasta finales de 2015 se publicó 2 veces por semana. Desde enero de este año tiene frecuencia semanal.
En cuanto a la temática, para inspirarse no hay mejor entorno que nuestros países en crisis constante. El crimen, la violencia, la discriminación y el racismo, las profundas desigualdades y el abuso de poder de ciertos sectores configuran un escenario al cual no te puedes sustraer. Te invade, te impulsa a sumarte a la denuncia porque de otro modo de nada sirve tu capacidad para elaborar un texto. Es una gran responsabilidad para quienes tenemos el privilegio de ver nuestro pensamiento plasmado en la prensa escrita o en un archivo digital.

Pressenza: ¿De qué modo percibes a quienes te leen con regularidad, recibes algún feed-back, o imaginas a esos lectores? ¿Para quién escribes?

Carolina: Recibo comentarios y por lo general son muy positivos. Cuando alguien reacciona de manera negativa a mis escritos intento comprender el porqué de esa reacción. Todo escrito refleja una visión personal de quien lo elabora y no representa necesariamente el sentir universal de los lectores. De ahí que debo ser extremadamente sensible a las reacciones para no traspasar esa línea entre mi concepto de la verdad y el de los demás. Evitar esa forma de arrogancia resulta esencial para mantener la cordura.

Pressenza: ¿Has publicado alguna vez tus columnas en formato libro, o solamente las difundes por nuestra agencia y por otros plataformas virtuales?

Carolina: Alguna vez, hace ya mucho tiempo, edité un libro con columnas sobre cultura. Ahí lo tengo guardado y jamás terminé el proyecto, nunca lo mandé a imprimir. Han sido muchos años de escribir con una frecuencia tan estricta que prácticamente se ha vuelto un estilo de vida al cual he dedicado mucha energía, pero no estoy segura de que una selección de columnas de opinión tenga valor literario en sí misma. Sin embargo, no dudo de su valor como espejo de una época en la cual han sucedido acontecimientos de enorme trascendencia. Quizá sea ése mi gran proyecto futuro. Desde hace algunos años alimento un blog con mis escritos (http://www.carolinavasquezaraya.com), con la esperanza de que algún día despierte el interés de quienes deseen conocer mi pensamiento.

Pressenza: ¿Qué sería para tí lo más importante, la aspiración mayor a lograr con tus palabras en el año entrante?

Carolina: Durante años he observado la vida política y social de Guatemala y de otros países de nuestro continente, por lo cual puedo decir con total convicción que las palabras no bastan para alcanzar cambios significativos en sociedades tan complejas y trastornadas como las nuestras. Los problemas sobrepasan cualquier iniciativa de cambio en niveles mucho más estructurados, como son los sistemas de justicia, los controles administrativos del Estado, la fiscalización de la recaudación tributaria o la reforma de los sistemas de salud y educación. En este sentido, la prensa solo puede contribuir a informar, analizar y denunciar, pero la verdadera incidencia en los cambios corresponde a la ciudadanía.

Pressenza: Finalmente, Carolina, cómo percibes tu a Pressenza y qué tal ha sido tu relación hasta ahora…

Carolina: Pressenza es ejemplo de una plataforma moderna, orientada hacia un público diverso. El gran valor de un medio digital como Pressenza es su enorme potencial divulgativo y su capacidad para brindar espacio a quienes enfocan su análisis en el desarrollo de nuestros pueblos. Es una plataforma solidaria a la cual agradezco la publicación de mis columnas y le deseo el mayor de los éxitos.

Pressenza: ¿Hay algo más que quisieras decirnos?

A veces, nuestros esfuerzos parecen estériles y en algún momento sentimos impotencia ante la enorme labor que nos espera. Sin embargo los avances existen, se perciben en cambios muchas veces insignificantes pero reales. El solo hecho de expresarnos libremente es un derecho que hace tres décadas no teníamos en la mayoría de nuestros países. Siempre miremos hacia el pasado para redondear nuestra perspectiva y dar sentido a nuestras metas. Gracias, Pressenza, por darme la oportunidad de compartir con ustedes esta travesía.

Pressenza: ¡Muchas gracias a ti, Carolina!

http://www.pressenza.com/es/2016/12/entrevista-carolina-vasquez-para-inspirarse-no-hay-mejor-entorno-que-nuestros-paises-en-crisis-constante/

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Las buenas noticias

Guatemala sigue destacando entre los países menos desarrollados del mundo. Contrastando con su buena posición en cifras macroeconómicas, la miseria en la cual se hunden las oportunidades de progreso futuro y los sueños de sus nuevas generaciones, demuestra sin sombra de duda la persistencia de un sistema feudal de tenencia de la tierra, de los medios de producción, de una legislación orientada a perpetuar los privilegios, todo ello en medio de un entorno corrupto alimentado por quienes se benefician de esa torcida forma de administrar la riqueza nacional.

En realidad, hacen falta las buenas noticias. Aquellas capaces de poner en grandes titulares el logro de los objetivos. No importa de cuáles se trate, si los del milenio o de desarrollo sostenible, de cuya existencia pocos ciudadanos se han enterado. Pueden ser objetivos mínimos, pequeños, locales, éxitos comunitarios cuya suma vaya consolidando avances para los más pobres, pero cuya influencia alcance a sus vecinos y de allí adquieran la fuerza necesaria para generar las transformaciones que el país necesita.

Sin embargo, las noticias más destacadas suelen venir con el tono siniestro del crimen organizado o las intrigas de quienes, desde los centros de detención, trabajan horas extra para recuperar el espacio perdido con la amenaza siempre latente del retroceso. El verdadero tono de la noticia es, hasta cierto punto, inmune a influencias externas. Es como el agua, indetenible. Se cuela a pesar de todo y marca tendencia. El verdadero tono invade la psiquis y define actitudes con su poder subliminal y por más esfuerzos por disimular la realidad, esta se hace presente cada hora del día. La ciudadanía sabe que detrás del discurso optimista está el reflejo de un fracaso político y social innegable.

Las buenas noticias han tardado más de 5 décadas, cuando el proceso de deterioro social se fue afianzando en la pérdida de derechos civiles, en la represión explícita y luego implícita -porque había llegado la democracia, una que jamás alcanzó a madurar- mentras la población se dividía entre pocos ricos y muchos pobres. Así las cosas, imposible evitar pertenecer al tristemente notorio círculo de los países más violentos del planeta, en un deshonroso segundo lugar. Porque con la pobreza viene la frustración, el alcoholismo, el abuso sexual y el feminicidio. Porque en un ambiente semejante, en donde pocos gozan de sus derechos a la educación, a la salud y a la alimentación, la especie humana se voltea en contra de sí misma en una patética regresión hacia los instintos.

Al mencionar los Objetivos de Desarrollo –cualesquiera sean estos- el ciudadano ilustrado se estrella contra una realidad incontestable de racismo, exclusión de grupos bien definidos: mujeres, niños, población rural, población indígena. La pirámide se percibe cada vez más estrecha en la cúspide y más ancha en su base, en donde están quienes producen toda esa riqueza que se va en prebendas, impuestos evadidos, contrabando, sobornos y lujos para la burocracia. Quienes en su vida, estragada por el esfuerzo diario, aún tienen fuerzas para detenerse y observar el escenario político, ven frustradas sus esperanzas de cambio y terminan por aceptarlo como una maldición divina.

Las malas noticias deberían despertar los ánimos de una sociedad dormida, hacerla reaccionar para transformar los engañosos números del subdesarrollo en avance hacia los objetivos elementales planteados por la ONU a nivel mundial. Salir de los listados de la vergüenza, escapar del ojo crítico de la comunidad internacional, pero sobre todo, del de sus propios ciudadanos.

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No hay cambio sin trauma

Se acaba de conmemorar por el Día de la No Violencia Contra la Mujer con el propósito de hacer conciencia sobre este profundo cisma social, cuyas consecuencias impactan en la vida de millones de seres humanos en el planeta. La igualdad de derechos, considerada uno de los temas más conflictivos y menos aceptados por las mayorías, nos remite a la urgente necesidad de emprender una campaña intensa de educación con el fin de romper las barreras de la incomprensión y el odio.

¿Cómo revertir la absurda tendencia de establecer categorías humanas incluso entre hermanos? ¿Cómo propiciar el cambio de mentalidad necesario para transformar una inveterada costumbre de dominio e imposición en una actitud de compromiso y consenso? El machismo y la misoginia inscritos en la mente de las generaciones por un afán derivado de una retorcida idea de la moral, constituyen la condena a la servidumbre, la frustración, la esclavitud e incluso la muerte de millones de niñas, adolescentes y mujeres incapacitadas de ejercer sus derechos, aún en temas tan básicos como su derecho a la propiedad, a la educación o a la salud.

De su libertad, ni hablar. Cercenados sus mecanismos de defensa por obra y gracias de leyes y costumbres discriminatorias, están sujetas a la voluntad y a los términos de otros para sobrevivir. La discusión se centra, entonces, en cómo generar el cambio necesario desde los orígenes del problema. Es decir, desde el mensaje primario de la madre al recién nacido, los códigos secretos durante el proceso de crianza, los gestos y acciones capaces de romper el paradigma de la inequidad entre sexos cuya potencia perdura durante la vida entera.

En sociedades de grandes desigualdades sociales y económicas, como Guatemala, esta es una tarea de orden generacional y de una magnitud difícil de medir. Además del trauma que representa un cambio de paradigmas en cualquier proceso transformador, uno tan radical significa una ruptura de valores anticuados y deshumanizantes derivado de doctrinas enfocadas en la sumisión espiritual de las masas como una estrategia de control político y, por ende, la preservación de las estructuras de poder.

El cambio, por lo tanto, debería generarse desde las bases mismas de la sociedad, como un acto supremo de liberación. El respeto mutuo entre sexos equivale a romper cadenas atávicas de dominación, para hombres y mujeres por igual. La demarcación de roles ha sido un invento humano y la ruptura también debe proceder de una conciencia renovada de otra forma de convivencia. Pero la sociedad actual no está preparada ni lo estará en tanto no exista un sistema de relaciones sociales, económicas y políticas capaz de eliminar barreras entre sectores y procurar la nivelación que conduzca a la construcción de una sociedad educada y solidaria.

Lo que hoy rige la vida de nuestras sociedades deviene de formas de pensamiento opuestas a toda forma de democracia. La violencia de género, la cual por definición afecta a las mujeres de cualquier edad y condición, es una de las muchas patologías de una sociedad cívicamente enferma desde el punto de vista de la incapacidad de grandes sectores para ejercitar sus derechos básicos.

La conmemoración del 25 de noviembre no es más que un recordatorio de nuestra incapacidad de establecer relaciones humanas saludables. Nos indica cuán alejados estamos de proveer a nuestros hijos y nietos de un mínimo nivel de certeza en un cambio positivo. Nos recuerda que miles de niñas, adolescentes y mujeres, hoy son víctimas inocentes de una absurda forma de pensamiento.

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A las cosas, por su nombre

Uno de los mayores obstáculos para el combate de la violencia contra niñas, adolescentes y mujeres adultas es un vacío conceptual cuya dimensión supera largamente cualquier esfuerzo por desarrollar una sociedad igualitaria. La contraofensiva ante las denuncias de violencia de género se apoyan en argumentos como “los hombres también sufren violencia”, equivalente a colocar bajo un mismo rasero dos realidades opuestas, una de las cuales se sustenta en un poder de la masculinidad establecido a través de los tiempos y perpetuado en las sociedades modernas casi intacto.
Pero esto hay que ponerlo en términos mucho más sencillos si se desea permear esa resistencia a la aceptación del fenómeno. Lo primero es explicar por qué los hombres no sufren violencia de género. La definición de este tipo de violencia debería ser suficiente para aclarar el concepto, pero mejor es ir al detalle y obtener un panorama más amplio, remitiéndonos a la generación misma del trato diferenciado entre hombres y mujeres. Es decir, el momento mismo desde el cual se marca la escala de valor: la perspectiva del sexo del nonato.

En todas las civilizaciones antiguas y modernas las expectativas ante el nacimiento de un nuevo miembro de la familia tienden a favorecer al género dominante, es decir, el masculino. Durante el proceso de crianza en el núcleo familiar, a los niños varones se les inscribe en un estatus superior de autoridad y privilegios en comparación con sus hermanas, lo cual refleja como un espejo las relaciones de la pareja. El hombre debe ser proveedor, protector e independiente. La mujer debe ser obediente (mandato dado desde la ceremonia nupcial) y dependiente de la autoridad masculina. Su papel limitado a servir y dedicarse a la crianza de sus hijos.

Es ahí, en ese preciso instante, en donde se plasma el modelo de violencia y discriminación que perdurará durante el crecimiento y desarrollo de la personalidad. Es la convicción de superioridad impresa en un género, contrastada con la inferioridad del otro. La mujer dócil, sumisa y obediente será el prototipo de lo femenino, mientras el hombre fuerte, agresivo y dominante será la contraparte masculina en un modelo supuestamente ideal.

Esta manera de marcar roles no solo constituye una limitación evidente en el desarrollo de las niñas; también encierra a los niños en un chaleco de fuerza muchas veces contrario a su natural evolución, transformando a ambos en seres incompletos y frustrados.

La violencia, entonces, termina por ser una forma casi inevitable de expresión inducida por la visión limitada establecida por estereotipos sociales y culturales de cómo deben ser y manifestarse las relaciones entre ambos sexos, así como la manera “correcta” de definir sus características. Entonces, el dominio de un género por sobre el otro se manifiesta sin más límites que los impuestos por la forma de crianza, la educación y el autocontrol. Las leyes, por lo general, han sido tan permisivas ante la violencia de género como la sociedad en la cual se desarrollan estas relaciones.

La única manera de reducir la violencia de género, por lo tanto, reside en un esfuerzo legal y educativo enfocado en este fenómeno cuya dimensión, precisamente por ser connatural a la cultura imperante, pasa inadvertido para la mayoría. La igualdad de derechos es mucho más que una parte del discurso correcto. Es un cambio de mentalidad y un compromiso incondicional de respetarla en todos los aspectos de la vida. Es comprenderla en toda su enorme complejidad.