La mujer violada

De mis archivos, publicado en Enero de 1998.

Los patrones culturales llevan a justificar al criminal y no a mostrar empatía hacia la víctima. 

            Pocos crímenes se prestan a tantas interpretaciones como la violación de una mujer. Este acto de violencia, humillación y sadismo, practicado por millones de hombres en todos los puntos del planeta, representa la manifestación máxima del machismo y, por lo tanto, es analizado o juzgado de acuerdo a los patrones estereotipados de la cultura patriarcal.

            Basta con analizar las reacciones de sociedades fundamentalmente conservadoras a un hecho criminal como la violación de una mujer o de varias, como sucede con frecuencia en nuestro medio, para constatar que el hecho en sí pierde paulatinamenter sus características de acto criminal al experimentar la manipulación conceptual de quienes actúan y piensan bajo el signo de sus patrones culturales y de una matriz valórica cuya fuerza ha distorsionado los principios fundamentales de la convivencia y el respeto entre los sexos.

            Una sociedad basada en estereotipos sexistas y actitudes moralistas rara vez se identifica con la víctima. Los patrones culturales la llevan a justificar a quien comete el crimen y no a mostrar empatía hacia quien lo sufre. 

            Su propia formación, dentro de la cultura en donde nos hemos desarrollado, conduce a justificar la violación. Y no cabe duda de que al encontrar más de un argumento que permita encontrar alguna razón que minimice el delito cometido, simultáneamente encuentra múltiples motivos para creer que la víctima no lo es tanto y en ella reside una parte importante de la responsabilidad.

            Entre tanto estereotipo e ignorancia, una de las peores es la afirmación de que la violación es un “atentado al recato” de una mujer. Una mujer no tiene por qué ser recatada. Podría no serlo, y el crimen cometido en su contra continuaría siendo el mismo. Es decir, que cuando se intenta analizar una violación desde el punto de vista de la cultura machista, se pretende hacer creer que existe una agresión a la moral femenina… a la integridad no sólo física, sino también espiritual, entendiéndose con eso que la mujer-víctima tiene que ser pura y virgen para ser víctima.

            Nada más falso y nada más deformante. La violación es un crimen, sea cometido contra quien sea. Es un crimen, además, que vulnera en lo más íntimo la autoestima, la integridad física y psicológica de la persona y nada tiene que ver con su experiencia sexual previa ni con su edad o su estilo de vida.

            Es lamentable que personas de un cierto nivel cultural pretendan hacer creer que es más condenable el crimen si es cometido contra una adolescente virgen que contra una mujer madura. No es extraño que, a raíz de la machacona insistencia sobre esas falacias, la mujer violada prefiera callar antes que enfrentar la condena general, que tiende a ponerla en tela de juicio a ella antes que al hechor.

            ¿Qué sucede, entonces, cuando una prostituta denuncia una violación? La respuesta es obvia. Sin duda las autoridades, siempre ubicadas en su papel de juzgadores, dirán que la cosa no es para tanto, dada la experiencia de la víctima.

            En otros aspectos, la violación continúa efectuándose una y otra vez en los procedimientos a los cuales se somete a la mujer agredida para reunir elementos que permitan enderezar una acusación formal contra el agresor.

            La mujer violada, después de haber sufrido un vejamen que la sume en una profunda crisis emocional y física, es obligada a exhibirse, desnuda y vulnerable, ante extraños que la examinarán basados en el principio de la duda. Es decir, si no se deja humillar esta segunda vez, existe la presunción de la mentira y cualquier intento de acusación cae por falta de evidencias.

            Luego, como si esa vejación no fuera suficiente, es la víctima quien debe volver a relatar el hecho y dar detalles de su propia pesadilla ante un auditorio que la observará esperando la contradicción o el tropiezo que brinde la oportunidad de dudar nuevamente.

            Así, la mujer es violada sistemáticamente una y otra vez. Ante las autoridades, ante los medios de comunicación, ante el público, ante sí misma. Indefensa, se somete a los procedimientos legales diseñados por quienes no tienen ni desean tener, obviamente, una idea lejana de lo que es ser víctima de un acto tan abominable, esperando que se haga justicia.

Sobre el arrepentimiento…

De mis archivos, publicado en Diciembre de 1998.

Para que exista un perdón verdadero,  también debe serlo el arrepentimiento. Es, por lo tanto, muy difícil establecer cuándo los sentimientos y actitudes de los involucrados coinciden en una auténtica superación del resentimiento.

Vuelvo al cobijo tranquilizador del diccionario, para confirmar mis sospechas. Ahí dice que cuando uno se arrepiente de algo, es porque le pesa haberlo hecho. Entonces, partiendo de esa idea, se podría suponer que el arrepentido no sólo lamenta su proceder, sino que, en parecidas circunstancias, no volvería a cometer el acto del que se arrepiente. Para hacerlo más fácil: el sujeto se descalifica a sí mismo en aquello que lo lleva a arrepentirse. 

Me gustaría saber cuántas personas que piden perdón han experimentado ese sentimiento. Creo que no muchas. Al final de cuentas, ni siquiera la educación religiosa ha logrado que los feligreses, al confesar sus pecados, se arrepientan efectivamente de ellos. No les preocupa mayor cosa volver a cometerlos porque, después de todo, existe el alivio del perdón, garantizado por la confesión.

Si estamos acostumbrados a mentir a niveles espiritualmente elevados, con mayor razón somos capaces de mentir a nuestros semejantes, si con ello se nos asegura que no habrá más represalias por aquellos actos con que los agredimos.

El arrepentimiento no debería estar condicionado por la severidad del castigo, sino por una auténtica toma de conciencia respecto a los errores cometidos. Es ahí donde se complica el perdón. Para que todo el proceso –arrepentirse, pedir perdón y perdonar- logre el objetivo final de la reconciliación, es absolutamente imprescindible que se cumplan sus etapas y no respondan únicamente a una estrategia política.

Por lo tanto, podríamos afirmar que el arrepentimiento –condición previa indispensable para alcanzar el perdón- también es un acto individual e íntimo, que no responde más que a un examen de conciencia que da como resultado el rechazo de una o varias acciones personales.

Cuando se trata de restaurar la estructura rota de una sociedad marcada por la violencia, integrada por vecinos que desconfían unos de los otros, es aún más importante que esa cadena esté firmemente afianzada antes de cantar victoria y declarar que se ha producido la reconciliación. De otro modo, la paz será frágil y la estabilidad continuará siendo un sueño irrealizable. 

Para complicar aún más el asunto, es necesario tomar en cuenta cómo las sociedades modernas del tercer mundo, han sido condicionadas por una ética basada en los intereses económicos de las potencias de las cuales dependen. Estas son las que, a la hora de los conflictos humanos provocados por sus muy colonialistas políticas, sólo se preocupan por salvar su reputación y abandonan a sus aliados a su suerte, dejándoles el peso de la reconstrucción de sociedades que sufren las consecuencias de sus intervenciones y, en algunos casos, colocándose incluso en el lado contrario del estrado desde donde juzgan, cual severos y prepotentes jueces, el producto de su propia invención.

Los comediantes

Publiqué esta columna en Abril de 1998, pero nunca tan actual como hoy…

La comedia social es el único referente que tenemos a mano para compararnos unos a otros.

             No es exclusivo del sector político. También lo encontramos en los ámbitos académicos, en la calle y, sobre todo, en la vida cotidiana. Es una máscara que nos colocamos para relacionarnos con los demás, y que responde -a veces, con una precisión sorprendente- a lo que deseamos proyectar.

            No existe ser humano social que no haya aprendido, desde la infancia, a utilizar una amplia colección de disfraces que le permitan identificarse con el papel que representa en cada momento de su vida. Generalmente, los escogemos entre aquellos que nos quedan amplios y que nos permiten ocultar los defectos con mayor holgura.

            Existen disfraces de rectitud y honestidad, para los que hay una amplia demanda en determinados grupos de la sociedad. Otros, representan la inteligencia y el talento. Los más, sólo se limitan a imitar las cualidades propias de la burguesía, y nos hablan de conductas apegadas a la tradición y a doctrinas inmutables. Pero en su mayoría, son sólo eso: disfraces para integrarse con mayor facilidad a una sociedad de comediantes.

             Esta necesidad de aparentar lo que no somos, es uno de los factores que nos inhabilita moralmente para juzgar a los demás, deporte que practicamos sin limitación ni escrúpulo alguno, sin haber agotado los medios de análisis y despreciando por completo la necesidad de realizar una prospección objetiva y cuidadosa de la situación sobre la que pretendemos emitir una sentencia, antes de darnos el lujo de abrir la boca.

            Pero más que nuestro papel de juzgadores empíricos, lo que nos distingue es esa manía de aparentar lo que no somos, y peor aún, aparentar que creemos que los demás creen que lo que aparentamos es real. Y los demás, a su vez, aparentan que nuestra manía de aparentar es -no un problema psicosocial- sino una elevada característica de nuestra muy personal personalidad.

            Así nos vamos enredando en apariencias que, a la larga, todos pretendemos confundir con valores humanos y que no son más que pantallas que ocultan precisamente la carencia de esas cualidades tan propias de nuestra especie.

            La trampa está en que la sociedad va tropezando en sus propias mentiras, y va creciendo en función de lo que no es real, y de lo que nunca significará un avance en su desarrollo. En otras palabras, todo lo que consideramos evolución de la humanidad es, en realidad, un proceso de distanciamiento acelerado entre quienes gobiernan y quienes son gobernados, y las virtudes morales nada tienen que ver en el proceso.

            Sería mucho abundar en ejemplos, citar los escándalos de conducta en que han incurrido líderes políticos y religiosos en los últimos…. digamos, cinco años, apenas. Tampoco es necesario insistir en el doble discurso, en la inmoralidad de los moralistas ni en la venalidad de los administradores de justicia. Eso es un tema ya viejo y digerido.

            Lo que sí vale la pena destacar es cómo nos esforzamos en entrenar a los nuevos integrantes de la comunidad. Aquellos que vienen llegando, con su mente abierta y los ojos limpios, y que obviamente aprenderán todo aquellos que nosotros les inculquemos, sin oponer demasiadas objeciones, porque no poseen elementos de juicio para efectuar comparaciones.

            Su enfrentamiento con las  contradicciones de nuestro marco valórico empezará cuando ya se hayan empapado de la doble moral, del lenguaje sexista y de los estereotipos que nosotros ya manejamos con plena soltura y que rige, casi sin sentirlo, todo el universo de relaciones, desde las profesionales hasta las íntimas, sin dejar nada expuesto a la luz incómoda y enceguecedora de la verdad.

            La comedia social es el único referente que tenemos a mano para compararnos unos a otros. Es decir, sólo podemos comparar la máscara del gran ejecutivo con otra máscara igual de gran ejecutivo. Nunca sabremos cuál es, efectivamente, el gran ejecutivo, si es que hay uno. Lo mismo sucede con los artistas de talento, aunque hay que reconocer que en el campo del arte es más complicado esto de simular cualidades inexistentes, que en el mundo de la política o de las finanzas.

            Pero donde todo se deforma, es en la relación diaria, en el discurso que se repite machacando lo que creemos que debemos ser, aceptando ciegamente la careta que los demás nos exigen usar para poder seguir creyendo en las confortables apariencias.  

Maximón

(Publicado en Agosto de 1998)

En mis andanzas por la magia del altiplano…

            Caminamos un rato por el laberinto de casas irregulares, sobre un suelo de tierra extrañamente desigual. Era como si nunca hubieran intentado aplanarlo. Grandes piedras surgían por aquí y por allá, rompiendo la regularidad de la cami­nata y amenazando con torcernos los tobillos.

            Finalmente, alguien nos indicó la casa. Una como otra cualquiera. Metida hasta el fondo en un terreno plano, a veinte centímetros bajo el nivel de la calle. Eso era lo que la hacía parecer tan cha­parra. La precedía un patio delantero, donde correteaban unas gallinas que de­saparecían por las puertas oscuras donde se adivinaba la actividad domés­tica. Era temprano, pero ya había olor a masa y a comal caliente.

            No vimos ninguna señal que hiciera sospechar que allí estaba el san­tuario. Excepto, quizás, los vendedores que se habían instalado alrededor  y que ofrecían candelas de colores, relicarios de trapo, ataditos de papel celofán con semillas y polvo de ajo, botellas con líqui­dos y ungüentos (sospechosos de ser mágicos), montones de estampitas del santo en­marcadas en latón con volu­tas y adornos de plástico, en todos los tama­ños y ramitos de xilca para la limpia.

            A la entrada, sobre una banca de madera desvencijada que había pasado ahí mismo unos cuantos inviernos, dos hombres del pueblo que apenas habla­ban español, nos indicaron con la cabeza que teníamos que avanzar por un corre­dor de tierra apisonada, techado de ma­zorcas que daban al sitio un tono dorado.

            Poco antes, nos habían pedido dos quetzales por persona, quizás porque nuestra cara de extranjeros los había hecho sospechar que nuestro com­promiso espiritual no sería con el santo. Para los locales, es gratis.

            El culto de Maximón no es cual­quier cosa. Abundan las versiones sobre su origen y su connotación pa­gana, pero eso en nada disminuye la enorme in­fluencia que ejerce su presencia sobre los habitantes del altiplano. Creen en él, y le temen. Tejen a su alrededor toda un aura de misterio y poderes que compiten con ventaja contra aquellos de los santos tra­di­cionales, y le confían sus más recón­di­tos pensamientos en quekchí, cakchi­quel, mam o español, que no im­porta porque entiende de todo.

            El cuarto se reducía a cuatro pare­des y una ventana muy pequeña al fon­do. Por la misma puerta por la que en­tra­ba la gente, apenas salía el humo que inva­día el recinto y hacía el aire irres­pirable y la atmósfera irreal.  

            Sentado en una silla de madera, Maximón dominaba la escena. Vestido con su precioso traje de Zunil, soportaba impertérrito el chorro de invocaciones que salían de los labios de sus feligreses. Asistía a este su culto intenso con una naturalidad que subrayaba aún más la carga emocional que invadía la estancia.

            Es frecuente que junto a Maximón se vean más mujeres que hombres. Esa mañana también. Fumando puros, toman­do guaro, quemando candelas y todo eso al ritmo de la cantilena inter­minable de sus dolores y sus angustias y totalmente aje­nas a nuestra presencia que, a estas altu­ras, era más bien una burda intromisión.

            A pesar de que recién comenzaba la mañana, el suelo ya estaba cubierto de cera de roja para el amor, blanca para los niños, azul para la prosperidad, verde para el trabajo, negra para los maleficios, amarilla para la salud. Y nosotros, ex­traños y con la in­cómoda sensación de violar un espacio ajeno, parados en un rincón, aspirando el humo mezclado de vapores de aguardi­ente que volaba por sobre los hombros de los fieles, éramos testigos mudos con los ojos irritados y la piel er­izada de tanta magia, de tanta fé, de tanta intensidad…

            No, no se puede decir que las tradiciones mueren por inanición. Al menos, no todas. No después de haber entrado al santuario de Maximón y haber presen­ciado su modesta pero contun­dente manifestación de poder.

Contra la corriente

De mis archivos. Publicado en Agosto 2003 (Y volvemos a las andadas)…

Los magistrados de la CC pretenden secuestrar a la justicia.

A pesar de que el último fallo de la Corte de Constitucionalidad tiene todas las características de un complot del FRG contra Guatemala, no cabe duda de que en la sociedad estas burdas maniobras han comenzado a crear divisiones y un ambiente de temor por las repercusiones que esto va a tener en los próximos meses. La manipulación de las leyes y la tergiversación del texto constitucional por parte de cuatro magistrados comprometidos con el pretendido candidato del partido oficial deben ser analizados desde cierta distancia, para comprender en toda su magnitud la aberración que se esta cometiendo contra el Estado de Derecho, y como apenas un puñado de individuos es capaz de -literalmente – secuestrar a la justicia, colocando a la nación frente a la disyuntiva de  aceptar un gobierno dictatorial y renunciar a sus anhelos democráticos, o simplemente permitir que las hordas manejadas por el FRG salgan a las calles a sembrar el pánico y a destruir lo poco que le va quedando al país.

En otras palabras, la cosa estaría, según los planes de ciertos estrategas, entre las llamas o las brasas, y no cabe duda de que muchos lo han entendido así.  Por ahora, lo que está sucediendo es un alarde de fuerza que podría transformarse fácilmente en la chispa que encienda la hoguera, que a estas alturas ya tiene suficiente combustible como para arder sin mucha ayuda. Es una lástima que un proceso de democratización que ha durado dieciocho años con muchos altibajos, terminará fracasando en manos de un grupo numéricamente pequeño de individuos incapaces de comprender las dimensiones de sus errores ni la trascendencia de su falta de integridad.  

Ahora, falta ver que sucederá con los demás, con todos aquellos ciudadanos que han participado, en menor o mayor grado, del proceso que ha vivido Guatemala durante las últimas décadas y que han delineado sus planes en un escenario participativo y democrático, sin el cual les sería imposible alcanzar ninguno de sus objetivos.  Habrá que esperar la reacción de otros sectores fundamentales en este proceso, sectores cuyo protagonismo es sólo posible dentro de un Estado de Derecho real y funcional, y en los cuales descansa una porción importante del sistema de legalidad que tanto ha costado alcanzar.

Finalmente, las cartas están sobre la mesa y las apuestas son altas.  Lo que queda por hacer es cualquier cosa, menos esperar a que la suerte decida, porque a estas alturas a nadie le cabe la menor duda de que las cartas están marcadas y el juego tiene un seguro perdedor: el pueblo de Guatemala.  

Los primeros 5

(Publicado en Abril, 2012)

La ventana de oportunidad para lograr un ser saludable es demasiado breve.

Cinco años pasan volando. Para un recién nacido, sin embargo, es la única ventana de oportunidad para alcanzar un desarrollo pleno del cerebro y una buena base de crecimiento para su cuerpo. Si durante ese período fundamental no recibe los nutrientes y los estímulos cerebral y psicomotriz necesarios, la ventana se cierra y nada puede revertir el daño ocasionado por esas carencias.

Aun cuando esto parece pertenecer al ámbito familiar, en realidad es el germen de una sociedad más saludable, productiva y emprendedora. Es el pequeño centro de un potencial universo de logros académicos y mentes creativas, capaces de cambiar la etiología de uno de los problemas más acuciantes de esta sociedad, que es la miseria llevada al extremo de genocidio. 

Uso a propósito el polémico término genocidio, consciente de las reacciones que puede provocar. Sin embargo me atengo a la definición del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, el cual literalmente acota que genocidio es el “Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. De acuerdo con esta definición, las decisiones “intencionales” que conduzcan a la privación de alimento y otras condiciones mínimas de bienestar para la población de entre 0 y 5 años de edad, por razones político administrativas, serían imputables. Ahí entran todos los actos de corrupción, las transferencias de fondos de programas de alimentos a otros de índole electoral y una larga serie de manipulaciones presupuestarias cometidas por todos los gobiernos de turno.

El programa Hambre Cero propuesto por el actual mandatario coincide con otras propuestas de organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales en el sentido de dar prioridad a la niñez y entrarle de lleno al combate a la desnutrición crónica. Pero de la propuesta a la realidad concreta y palpable, hay una enorme distancia y el gobierno debe estar consciente de los alcances políticos de sus intenciones.

Atacar de lleno las causas de la desnutrición debe empezar por cambiar las prioridades del programa de gobierno, con el propósito de paliar los efectos de una política económica centralista y orientada a beneficiar a una clase llena de privilegios. Para revertir esa situación no solo hay que luchar contra la Hidra de mil cabezas bien afincada en el Cacif, sino también enfrentar el descontento de grandes sectores de la sociedad que se verán afectados por un incremento en impuestos y una serie de consecuencias derivadas de los ajustes que hará el sector privado a los precios de los bienes de consumo, con el fin de recuperarse del golpe a sus ganancias.

La lucha no es fácil, pero el objetivo es vital para el desarrollo y el progreso social y educativo de Guatemala en los próximos cincuenta años. No es políticamente responsable perder a otra generación en el analfabetismo, la desnutrición y el ambiente degradante en el cual viven actualmente millones de niñas, niños y adolescentes. Por ello, invertir en la niñez y la adolescencia sería una de las mejores inversiones a futuro, pero sobre todo la decisión más correcta.