Los últimos de la fila

Publicado el 14Mar09
El quinto patio

Que no digan, que no hablen, que no lancen afirmaciones falsas sobre la importancia de la niñez. No en Guatemala.

La mayoría de niñas, niños y adolescentes guatemaltecos vive en un mundo hostil. Su destino los ha colocado en un medio poco permeable a los conceptos de respeto por sus derechos, protección de su integridad y atención a sus necesidades básicas. Para hacérselo aún más difícil, llegan a competir con otros cinco o siete hermanas y hermanos en similares o peores condiciones.
Por eso es difícil hablar de la erradicación del trabajo infantil, cuando los infantes tienen problemas mucho peores que ése. Son traficados abiertamente por medio de redes criminales que operan con la complicidad del sistema. Unos a través de adopciones ilegales y otros simplemente hacinados en vehículos que cruzan las fronteras para convertirlos en cualquier cosa: prostitutas infantiles, esclavos o proveedores de órganos.
En las campañas electorales siempre se los utiliza como recurso emotivo para captar los votos de sus padres y se les promete de todo, desde escuelas de primer mundo hasta una alimentación adecuada mientras dure su escolaridad. Pero así como se incumplen las promesas a los votantes, con mayor facilidad se olvidan aquellos discursos dedicados a la niñez. Al fin y al cabo, ellos ni siquiera votan.
El problema de la niñez y la juventud en Guatemala, es que un porcentaje abrumador de esta población carente de poder, también carece de medios para hacerse oír. El ambiente no les es propicio, la tensión que genera en sus padres la inseguridad y las dificultades para sobrevivir, termina por traducirse en un trato violento en el seno de la familia, comportamiento considerado normal y reservado al ámbito privado.
Por eso resulta tan difícil hablar de niñez en un país donde millones de niñas y niños menores de 10 años ya son adultos por necesidad. Quizás también sea ésta la razón por la cual tantos adolescentes son asesinados, tantos niños mueren por maltrato o negligencia en sus hogares y se hace tan poco por revertir la situación.
La violencia que se vive en el país no es la única causa de la mortalidad infantil. También está la resistencia a cumplir los acuerdos sobre políticas de salud sexual y reproductiva, instrumentos indispensables para comenzar a atender de manera responsable los graves problemas de población, especialmente en los sectores menos favorecidos.
Las niñas, niños y adolescentes representan el segmento más vulnerable de esta sociedad, al no contar más que con la presión ejercida por organizaciones civiles dedicadas a protegerlos y defender sus derechos. El Estado no les ha sido propicio en ninguna de sus instancias; los crímenes cometidos en su contra no llegan a las cortes de justicia y la sociedad prefiere ignorarlos para no complicarse más la vida.

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