Invierno y verano

Hay que poner atención al anuncio de que este año habrá un invierno riguroso. 

Guatemala es el único país en el mundo que pasa del verano al invierno en cosa de días o, como sucede este año, los vive en forma simultánea. Mientras la gente disfruta sus breves vacaciones de verano en las playas o en cualquier sitio donde haya mucho para comer, beber y suficiente agua para nadar bajo el sofocante sol de la época, las autoridades del Insivumeh anuncian que el invierno ya se instaló formalmente en la bocacosta y en el suroccidente del país.

Estas aparentes incongruencias se deben a la inveterada costumbre chapina de llamar invierno a la época de lluvias, la cual se desarrolla en pleno verano. El invierno formal, aquel definido por la posición geográfica de Guatemala, es generalmente seco y se caracteriza por ser la época más fría del año.

Este año, de acuerdo con los pronósticos de los expertos, la época pluvial viene cargada de malos augurios. Si creemos en las predicciones, el exceso de agua podría provocar inundaciones en varios departamentos de la Costa Sur, la mayoría de ellas causadas por el arrastre de sedimentos en ríos y el asolvamiento de sus cuencas, a lo cual se suman los resabios de la destrucción ocasionada por la tormenta Ágatha.

Este año, como todos, se anuncian desastres que casi siempre ocurren. Pero esta vez la falta de fondos en el presupuesto de la Nación, la ausencia de medidas de prevención y la poca inversión estatal en infraestructura, más el desinterés de las autoridades por resolver problemas nacionales, vuelve el panorama negro.

¿Quién le pondrá atención a los miles de niños desnutridos cuando vengan los primeros guacalazos violentos a ocupar las primeras planas? Triste, pero así es la cosa. Las noticias compiten y el tema de la crisis nutricional que acaparó la atención general hace una semana pasará a la historia, una vez más, hasta que venga una nueva ola de infantes muertos en las zonas más vulnerables de Guatemala.

Entonces el foco de atención se dirigirá hacia una situación que, por conocida, no es menos impactante: los efectos devastadores de un clima inestable sobre un país que carece de los recursos mínimos para defender a la población de sus rigores. Las entidades encargadas de atender emergencias no están preparadas –ni en recursos ni en infraestructura- para eventos de gran magnitud y si ya existe hoy una crisis nutricional severa, se puede colegir cuánto se acentuará con los efectos de los primeros desastres provocados por las lluvias.

Las autoridades de gobierno tienen la obligación de proteger la salud de la población y garantizar que los recursos se administren de manera eficiente, evitando el despilfarro en publicitar los magros logros de su gestión, tema que a nadie le interesa.

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