Periodismo y Segundo sexo

Hace tiempo escribí este breve ensayo para presentarlo en el Centro Cultural de España en Guatemala. 

La conjunción idealizada de la dualidad mujer y periodismo –vale decir mujer-periodista, periodista-mujer- ha tenido una secuencia muy definida en la
historia reciente.  Hace unos quince a
veinte años, estos atributos raramente reunidos, periodista-mujer, hacían soñar
a más de una joven y también protestar a más de un hombre.  Esto, en la actualidad, ya no se ve con la misma intensidad. 
Aunque ha sido bastante cuestionada y otro poco desacreditada, es
innegable que la profesión del periodismo se ha ido banalizando a lo largo de
la década de los 90, hasta convertirse en una batalla por la conquista de
mercados más que una cruzada por el establecimiento de una red de información
objetiva. 
Al mismo tiempo que la prensa perdía su prestigio y esa aureola de
poder y gloria que la adornó en sus inicios, desaparecían gradualmente los
mitos que, entre el siglo diecinueve y el último cuarto del siglo veinte, habían
acompañado su nacimiento y su evolución.
Al mismo tiempo, lo que podría parecer una infortunada coincidencia, la
tarea periodística comenzó a feminizarse a un ritmo acelerado.
Con el tiempo, se fue desvaneciendo la imagen del macho intrépido, fumador,
bebedor y donjuan al más puro estilo de Clark Gable o Humphrey Bogart, que
arrastraba su equipaje hasta el otro lado del mundo y entraba con la
misma soltura a un gran hotel parisino que a una pensión de quinta categoría en
un barrio marginal de Calcuta.
Esto ya no es así.  Ahora el
periodista, cuando sale a cubrir un reportaje importante, ya no tiene estadías
de un par de semanas de lujo en el extranjero, su periplo se reduce a
un viaje relámpago de un par de días, viajando en clase económica y
precipitándose a realizar la tarea para enviar lo antes posible los archivos de
imágenes, de texto y de sonidos a su editor, desde una habitación de hotel de
modestas tres estrellas mientras mastica, sin saborearla, una hamburguesa
fria…
El tiempo disponible, así como su aureola de héroe, se reduce cada día
más, al igual que los medios con que cuenta para realizar su labor.  Cuando regresa a su escritorio, encuentra
compañeros y compañeras indiferentes a su éxito, acaparados por su propio ritmo
de trabajo e inmersos en las luchas de poder internas de la redacción. Una
redacción que ya no es más machista que cualquier otro sitio de trabajo, pero
que continúa siendo dirigida por hombres, con referencias masculinas, con mitos
y realidades heredados de un pasado discriminatorio a más no poder, aceptado y
atesorado como un valor objetivo.
A pesar de la creciente presencia de mujeres en las lides
periodísticas, el gran público no alcanza a percibir que estamos muy lejos aún
de la paridad hombre-mujer dentro de esta actividad, y que las consecuencias de
la disparidad son mucho más importantes y trascendentales de lo que parecen a
simple vista, ya que afectan tanto el contenido de los medios de comunicación
como su influencia en el público que recibe la información.
Por ejemplo, en todos nuestros países, excepto algunos casos muy
excepcionales y difíciles de explicar,  existe una
proporción absolutamente desventajosa entre hombres y mujeres en los medios de
comunicación, ya sean de prensa, radio o televisión.  Y la mujer que logró apoderarse de un pequeño
espacio hace no más de dos o tres décadas, fue marginada y destinada a cubrir
las fuentes que, según los hombres de la prensa, les eran afines. Esto es: cultura
y sociales.  Hubo quienes lograron saltar
las bardas y colarse por entre los escritorios colmados de hombres en las salas
de redacción, pero se enfrentaron a su enorme desventaja numérica que,
indudablemente, repercutía en una marginación real a nivel profesional.
Si las mujeres aún son afectadas por el
estereotipo que las relega a los temas tradicionalmente considerados femeninos,
tales como sociedad, educación y familia, los límites a su participación en
otros temas son abolidos con más y mayor frecuencia y rapidez.  Bastiones masculinos como la política y la
economía comienzan a ser cubiertos por mujeres, con un desempeño profesional
sin tacha.
Sin embargo, no todo han sido
conquistas favorables al sexo femenino, ya que también en estas situaciones de
aparente equidad, se establece una situación de desventaja muy sutil, aunque
absolutamente real. 
Los directores de medios han
descubierto que les resulta mucho más productivo contratar a mujeres para
ciertos puestos tradicionalmente ocupados por hombres, debido a que de ellas se
espera que traten de probar que son buenas periodistas y den, de esta
manera muy poco ortodoxa, un producto más abundante y mejor que el que logran
conseguir de los hombres.
En los países desarrollados, un ejemplo
cercano es lo que sucedió con los medios europeos durante la guerra del golfo y
en pleno desarrollo del conflicto armado en Bosnia. Los empresarios del gran
periodismo del viejo continente descubrieron que vendía mucho más una mujer con
un micrófono en la mano y los misiles resonando a sus espaldas, que el tradicional
reportero a quien todos esperan ver, una vez más, cumpliendo con su obligación
y, por ende, desprovisto del halo de heroísmo que puede adornar a una mujer
atrevida e indiferente al peligro.  Por
lo tanto, mientras las periodistas esperaban a que se les diera la oportunidad
por igual capacidad, sus jefes volvían a utilizarlas como un recurso
mercadológico disimulado bajo un tinte de equidad.
Lo que resulta sumamente interesante,
luego de esta manipulación de la participación igualitaria de hombres y mujeres
en los trabajos periodísticos, es que no importando los motivos por los cuales
las mujeres hayan hecho su entrada en los medios, éstos se han beneficiado de
un hecho indudable. 
Y es que la mujer tiene una visión
diferente a la del hombre, probablemente más humana y más sensible a los
acontecimientos de su entorno social. Y que esa visión se transmite a la
audiencia y que la audiencia, de alguna manera misteriosa, comienza a ser más
vulnerable al dolor de sus semejantes y, por ende, responde al estímulo de la
noticia en forma más participativa.
No es coincidencia que en una época de
conflicto armado, de muerte y violencia, hayan sido mujeres las que hayan
abierto las puertas cerradas de la denuncia y hayan reclamado a sus muertos y
desaparecidos. 
Organizadas en asociaciones y grupos, a
veces solas y aisladas, han hecho oir su voz con una valentía que ha encontrado
eco en los medios de comunicación, también a través de mujeres que hablan con
la libertad que les da su atávico sentido de justicia y su manera de valorar la
vida humana.
Pero existe el otro lado de la moneda. Como
en todo, también en la incorporación masiva de la mujer al periodismo. Y se
revela en el hecho de que algunas periodistas exploten su glamour y manipulen
su feminismo con ventaja para conseguir más audiencia o una mejor posición en
los medios.  Y esto recibe una
cualificación peyorativa más que por el hecho en sí – ejecutado
tradicionalmente por sus colegas hombres- por tratarse de mujeres y, por lo
tanto, porque estas mujeres actúan en abierto desafío a los estereotipos que
someten su imagen ante el juicio público, transformándolas en madres, esposas y
mujeres trabajadoras de conducta ejemplar y moral a toda prueba.
También se hace la objeción de que la
mujer tiene menos ambición por alcanzar puestos de poder que su contraparte
masculina,  y manifiesta una clara
tendencia a permanecer más independiente y, por ello, a comprometerse menos en
términos de posición política o administrativa.
Sin embargo, estos también son
estereotipos que impiden hacer una apreciación objetiva de la mujer como
elemento dinámico del proceso informativo, ya que no se le permite desarrollar
su profesión y escoger sus prioridades con la misma libertad de que gozan sus
colegas hombres, toda vez que ella está supuesta a demostrar un nivel superior
para acceder a un mismo puesto, generalmente con una remuneración más baja.
Las universidades son otro parámetro
interesante de la creciente incorporación de la mujer en los medios de
comunicación.  Sus niveles de
profesionalización, generalmente superiores al de sus colegas hombres, así como
el creciente interés en participar activamente en la vida social y política de
su país, han llevado a miles de jóvenes a inscribirse en las carreras de
ciencias de la comunicación de las universidades, igualando y, en algunos casos
superando a sus compañeros en número y en resultados académicos.
De esto se deduce que, a pesar de las
limitaciones con que se encuentra la mujer ante las posiciones cerradas del
periodismo masculino, no pasará mucho tiempo antes de que logre conquistar
espacios importantes y posiciones de dirección en los medios de comunicación,
sin que se le puedan oponer pretextos válidos a su capacidad y a su necesidad
de expresión, contenida por muchos siglos de silencio obligado.
En resumen, aquel papel deslucido y
tristón de la mujer relegada –también en el periodismo- a tareas propias de su
sexo, de lo que Elena Poniatowska, escritora y periodista, se lamentaba durante
su conferencia en la Antigua, empieza a quedar en la historia. 
Hoy la mujer periodista es exactamente
eso: mujer y periodista.  Comunicadora de
su propia visión de la realidad, como un contrapunto válido y enriquecedor de
la visión masculina, cuyo lenguaje pervivió como una forma única de
comunicación en una sociedad necesitada del aporte del otro ojo, el nuestro,
para completar la perspectiva del mundo que nos rodea.

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