Tedio

Otro pedacito de mi pequeño mundo literario, algo que algún día estamparé sobre papel reciclado con lomo cosido.

El agua corría sin ruido. Angela metió los dedos en el remolino grasiento y dejó que fluyera hacia el agujero negro de la reposadera. Hacía calor. El sudor le corría por la espalda sin que hiciera nada por evitarlo.

Escuchó desde la cocina el portazo y supo que había llegado. No tenía que imaginar mucho para saber de su ceño fruncido y ese gesto de desgano que supuestamente era parte de su carácter, pero que en realidad reflejaba un profundo aburrimiento y un rechazo visceral a este compromiso de por vida que le llegó como castigo, una tarde que se sentía particularmente solo y sin nada qué hacer.

La gota de sudor resbaló por encima de su nariz afilada y transparente fue a hundirse en el agua jabonosa. El calor la martirizaba y no ayudaba para nada en su estado de ánimo ambivalente, por eso trataba de imaginarse en una piscina de agua fresca y un largo gin and tonic en su mano enjoyada, como tratando de espantar la imposibilidad de escapar a este horno de barrio pobre donde había tenido que enfrentar la realidad de su vida mediocre y sin futuro.

En los cinco años que llevaban viviendo juntos, se fué haciendo evidente entre los dos un extraño desapego que no tenía un origen definido. Angela casi podría marcar las fechas en que los gestos habían desaparecido. Primero, los abrazos espontáneos, luego los besos profundos, ésos que al principio la dejaban inerme y trémula, deseando más. Mucho después había venido el silencio y las frases sueltas que trataban de justificar el precario vínculo que aún insistían en llamar relación. Que hubo cambios en la oficina, que Fulano había ganado la plaza de gerente, que me siento agotada por la ida al mercado o que casi me roban el bolso en el camino de regreso. Naderías que intercambiaban con plena conciencia del vacío que se había instalado entre ellos.

Al secarse las manos, pensó en cómo había cambiado su vida, pero desechó la idea por inútil. Ya no había nada que hacer al respecto. Se acercó silenciosamente al cuartito que hacía de recibidor y contempló la chaqueta colgada en una silla –“¡cómo odio esa manera de arruinar el poco atractivo de este hoyo inmundo!”- y aspiró la estela de humo que flotaba en el ambiente. “Debería dejar esa porquería”, pensó para sus adentros, sintiéndose aún más impotente.

Cinco años atrás, Angela era una mujer joven y atractiva, entusiasmada hasta el deliro por una incipiente carrera literaria que, estaba convencida, la llevaría a la cumbre. Aún no sabía a qué cumbre, pero eso era lo de menos. Se rodeaba de gente interesante, asistía a conferencias y reuniones literarias, se sentia interiormente viva y exteriormente interesante, porque muchas veces se lo habían dicho, medio en serio y medio en broma, en medio de alguna discusión sobre la poesía moderna.

Había sido una de esas tardes, tomando el té con sus amigos de la universidad, en una vieja cafetería que se puso de moda por algún esnobismo ya olvidado, donde lo vió por primera vez. No es que le llamara tanto la atención, pero poco a poco se fue acostumbrando a sus frases breves y a sus prolongados silencios y comenzó a sentirse atraída por este hombre pálido que parecía sacado de otra época, una aún más decadente.

Al principio sus salidas eran esporádicas, pero pronto se fueron convirtiendo en una necesidad perentoria, en una exigencia vital. Se casaron sin mayor pompa una mañana de invierno. “Todavía recuerdo el frío y la lluvia sobre mi vestido verde musgo. Estaba tan feliz que hasta me pareció romántico cuando el taxi nos dejó en medio de un charco.”

Durante los primeros meses, se convenció a sí misma de que todo marchaba a la perfección. Había vivido con la certeza de que tenía un lugar en el mundo, y que su realización estaba en seguir el camino marcado por sus sueños. “Si no escribo, muero”, había sentenciado con arrogancia años antes.

Los problemas comenzaron cuando Rogelio decidió que se mudaran a la provincia, porque la compañía lo destinaba a una de sus sucursales. No iba a ganar más, pero seguramente gastarían menos. No había cafés de moda ni necesidad de vestir elegante para salir en las tardes. Tampoco era probable que asistieran a conferencias o a conciertos en ese agujero rebosante de tedio en medio de plantaciones de maíz. Así es que después de dejarse convencer de que la mudanza era “por un tiempo corto, lo suficiente para ahorrar y garantizar nuestra independencia”, aceptó su destino con la secreta convicción de que a lo mejor la tranquilidad del campo le vendría bien a su inspiración, después de todo podía ser que ésta fuera una señal del destino.

Descubrió su error el día en que Rogelio le habló de sus obligaciones. Hasta entonces, nada la había hecho suponer que se había casado con un hombre profundamente convencido de que la vida de ambos dependería de sus decisiones inapelables. Para Angela fue como descender de la nube de la igualdad, esa fantasía de su vida urbana de estudiante y aprendiz de intelectual, para caer en una especie de prisión voluntaria en la que ella misma se había atado las cadenas.

Angela comenzó a vislumbrar la realidad a los pocos meses de haberse instalado en uno de los barrios obreros que habían surgido en la periferia del pueblo, producto del desarrollo la industria de la maquila en algunas provincias que presentaban serias crisis de desempleo. Se dió cuenta de que había entrado de lleno en un mundo regido por los prejuicios, los estereotipos sexistas y la absoluta carencia de perspectiva, según la cual a ella le correspondia el papel de fuerza de trabajo doméstica y donde su marido tenía por derecho ancestral el privilegio de dar las órdenes y de ser obedecido.

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