Una nueva visión

Difícil será procesar el enorme cúmulo de hechos recientes.

El entusiasmo colectivo ha llevado al país a experimentar uno de los momentos más intensos de su historia reciente. Y no en el sentido negativo, como ha sucedido con demasiada frecuencia durante los últimos años, sino marcado por un renacer de las esperanzas de cambio. El despertar ciudadano tenía que surgir algún día –nadie sabía cuándo- pero los excesos y abusos de la administración de Otto Pérez Molina y su círculo, gatillaron la indignación reprimida durante décadas de corrupción y deterioro del país.

Lo que viene será, sin duda, uno de los mayores desafíos a los que se han enfrentado la institucionalidad y la sociedad en su conjunto. Viene un cambio de estructuras, modos de gobierno, fiscalización y sobre todo la readecuación mental de todo un pueblo hacia la participación activa y la toma de conciencia respecto de la responsabilidad de todos en la conducción de la política nacional. Sin embargo, para comprender la envergadura del reto será imprescindible iniciar un proceso de reflexión y estudio profundo de la problemática desde las bases mismas de los distintos sectores, con el fin de arrancar un proceso de educación cívica y un mapeo del papel jugado por cada ciudadano en este proyecto de nación, ejercicio indispensable en la nueva etapa que comienza. Esta será la parte difícil.

La ciudadanía no está acostumbrada a participar y aun cuando esta vez sus acciones fueron determinantes para lograr algo tan impactante como la caída del gobernante y los demás funcionarios de su entorno, ese hecho no garantiza un giro radical y permanente de actitud hacia la participación activa y sostenible en los asuntos de política gubernamental. La necesidad de fortalecer la participación ciudadana ha quedado en evidencia, pero existe también una tendencia al acomodo provocada por décadas de gobiernos corruptos, autoritarios unos y negligentes otros, pero todos ejerciendo un poder basado en la secretividad y el clientelismo.

Romper los hábitos es una de las tareas más difíciles para un ser humano, pero se complica mucho más en sociedades altamente segmentadas, con una conflictividad creada a partir de la discriminación, el racismo y la marginación de grandes sectores condenados a la pobreza extrema. La irresponsabilidad de los gobernantes –y han sido todos desde el inicio de la era democrática- ha dado, hasta ahora, el resultado de profundizar el subdesarrollo con el propósito de tener un pueblo fácilmente manipulable, tal y como se aprecia en algunos sectores durante las campañas proselitistas con la compra de votos a cambio de bolsas de alimentos, estrategia perversa que pone en evidencia la ruindad de la clase política.

La nueva visión de nación es un ejercicio esencial al cual se deberán aplicar todas las fuerzas vivas del país. Esta visión, sin embargo, deberá surgir no de los centros de poder, sino desde lo más profundo de esa Guatemala joven, rural y urbana cuya marginación la ha tenido condenada al silencio, pero la cual por fin ha alzado la voz para dejar muy claro que no está dormida, no está sometida y tampoco está dispuesta a callar.

(Publicado el 05/09/2015 en Prensa Libre)

Los arrepentidos

Investigación y análisis, indispensables antes de votar.

Los errores cometidos en la elección de autoridades no se deben dejar pasar sin extraer de ellos lecciones valiosas. El arrepentimiento de nada sirve si se repiten los esquemas aprendidos –votar por los (o las) mejor preparados para los debates, los mejor vestidos, los más acaudalados o las caras más retocadas- porque conducen en línea recta hacia otro sonado y lamentable fracaso.

Guatemala ha pasado por esto muchas más veces de lo soportable y luego los votantes, con rabia y frustración, vuelven a votar bajo premisas semejantes, sin tomarse el tiempo para leer e investigar más a fondo para no tragar el anzuelo de las promesas y los regalos de campaña. ¡Pero claro! a eso le apuestan una y otra vez los partidos políticos cuyos representantes han alcanzado las primeras posiciones en los puestos de elección popular: mantener a la población encandilada con sus promesas, desinformada, sometida a un analfabetismo político que ya ha cruzado generaciones.

Durante los acontecimientos más recientes, marcados por una multitudinaria exigencia ciudadana y una actitud de masiva participación política, da la impresión de que estas elecciones –de realizarse el próximo domingo, tal como están programadas- deberían constituir una respuesta a la mentira electorera y los vicios recurrentes de los partidos políticos. Se supone que la lección ha sido aprendida y quienes acudan a las urnas sabrán elegir mejor a sus autoridades.

Entregar el voto sin realizar el ejercicio indispensable de reflexionar sobre la base de información confiable y bien documentada, es una especie de suicidio ciudadano. Es una ruleta rusa que ya ha cobrado demasiadas víctimas mortales a través de la violencia criminal, la carencia de servicios de salud, la pobreza extrema, la desnutrición infantil, la muerte materna, el hambre de los mil días, la pérdida de recursos, la contaminación de las fuentes de agua y se podría seguir contando las innumerables maneras de perder la vida sin que alcanzara el papel.

El destino de este país está en manos de un pueblo que ha pasado por muchas decepciones pero sigue de pie, intentándolo de nuevo. Esta vez el milagro sería ver cómo el derroche obsceno de algunos candidatos cae en el vacío. Ver cómo la ciudadanía pone a trabajar su memoria y hace cuentas de cuánto de esa inversión publicitaria deberá pagar el Estado a partir de enero en beneficios y prebendas, contratos, comisiones por compras sin licitación o, simplemente, el robo abierto y descarado del tesoro nacional por parte de un novato recién investido.

No hay cartel ni spot de televisión que no arrastre una deuda por pagar. Por eso, en lugar de creer que lo más visible y lo más colorido es lo mejor, es indispensable pensar en la enorme trascendencia de ese voto cuya suma con el de otros podría marcar ese giro esencial hacia la ética política y, eventualmente, cambiar para siempre el destino de la Nación. Hoy son muchos los arrepentidos por haber creído en promesas vacías y en campañas sonoras y espectaculares. Está en sus manos que eso no vuelva a suceder.

(Publicado el 31/08/2015 en Prensa Libre)