La reina del volante

Este relato de ficción pertenece a la sección VIDA DIARIA de este blog.

Pocas veces me sentí tan discriminada. El día mismo que mi papá llegó a casa con su primer auto recién sacado de la agencia –los anteriores habían sido de segunda mano, porque siempre los heredaba de mi abuelo- me di cuenta de que en el terreno del automovilismo yo tenía todas las de perder.

Recuerdo que ese día mi hermanito José Francisco, de 10 años, miraba desde la ventana de su dormitorio cuando papá estacionó el refulgente auto rojo frente a la casa. Por supuesto, al segundo siguiente se encontraba encaramado en el asiento delantero, moviendo el volante con frenético entusiasmo mientras a mi papá se le caía la baba… “¿Han visto cómo Panchito ya sabe manejar?” decía sin poder disimular su orgullo masculino. Esa tarde la pasaron juntos revisando una y otra vez los detalles del tablero y abriendo y cerrando el capó.

Yo tenía catorce años y, por supuesto, no solo alcanzaba perfectamente los pedales sino hasta me había aprendido de memoria el reglamento de tránsito con la esperanza de que me enseñaran a manejar y me permitieran tener mi primera licencia. Pero obviamente había calculado mal mis privilegios de hija mayor y entonces comprendí que las cosas no eran iguales para todos en casa.

Cuando sugerí que también quería “probar” el auto, recibí una mirada de incredulidad y la cruda explicación de que “esas cosas no son para jovencitas” y tendría que esperar a ser mayor para manejar. Además, por si esa respuesta no fuera suficientemente descalificadora, encima me enteré de que “las mujeres no nacieron con aptitudes mecánicas” y lo más recomendable sería esperar a conseguir un marido que se responsabilizara por mi seguridad automotriz.

A todo esto y sin reparar en su terrible falta de delicadeza paterna, mi padre se dedicó todos los sábados a introducir a José Francisco en los secretísimos arcanos del auto, explicándole con santa paciencia el uso de las manijas, los pedales, los botones, las palancas y todo cuanto conformaba ese mundo perfecto y exclusivamente masculino.

Pasaron los años y en efecto mi primer auto usado provino de mis ahorros cuando conseguí un trabajo mientras iba a la universidad. Mi hermanito, a todo esto, había terminado con el primer “nuevo de agencia” la noche que lo sacó sin permiso para ir a estrellarlo contra un árbol en medio de una transitada avenida cerca de casa. Cuando intenté insinuar que eso pasaba por haberle dado tanta libertad, solo me gané un regaño por insensible y una conferencia acerca de las razones de José Francisco para estrellarse en un árbol en lugar de arrollar a la viejita inventada que atravesaba la calle. En fin, el jovencito había evitado un desastre mayor.

Ese no fue el último, claro está. Hubo otros choques grandes y pequeños perdonados con esa extraña solidaridad que hace a los padres convertirse en cómplices de las irresponsables aventuras de sus hijos varones.

Para mí las cosas fueron bastante mejor. No bebía y tampoco hacía carreritas en los bulevares; y no porque no me dieran deseos de hacerlas sino porque mi pobre pichirilo no hubiera podido. Entonces, mi récord de accidentes se mantuvo en cero durante años.

Por otro lado, cuando me casé había acumulado ya suficientes horas de manejo como para ganarme una medalla al mérito acarreando a mi mamá al súper, al médico y al salón, recogiendo a mis hermanas de sus clases de ballet y corriendo de la oficina a la universidad, de ésta a la casa y de ahí a reunirme con mi grupo de estudio para terminar el día agotada. Total, una verdadera reina del volante.

Ahora echo una mirada retrospectiva y me doy cuenta de que si aprendí a manejar a los dieciséis fue gracias a mi abuela transformada a sus sesentas en una redomada feminista ansiosa de llevarle la contraria a mi papá y de reivindicar mis derechos. Ella me pagó las clases, me sirvió de coartada y me convenció de mis habilidades mecánicas; pero, sobre todo, de mis maravillosas y nunca suficientemente ponderadas capacidades para enfrentar con entereza los rígidos esquemas mentales de mi sociedad.

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