Dinero negro

Las riquezas mal habidas, algo en qué pensar.

A partir del debate generado en las redes sobre el asentamiento de familias damnificadas en una propiedad localizada cerca de Hacienda Nueva, en el municipio de San José Pinula -a la cual se le aplicó la ley de extinción de dominio- surge como línea tangencial el tema de las riquezas mal habidas y cómo esos nuevos potentados se deslizan con tanta facilidad en el tejido social de ciertos grupos de élite.

La decisión de entregar una propiedad de lujo a los vecinos de El Cambray II ha sido rechazada por algunos vecinos de San José Pinula, quienes al parecer no tuvieron iguales reparos respecto del propietario anterior, a pesar de sus obvios antecedentes delictivos. En fin, la discusión tiene otras aristas, como por ejemplo el acceso a servicios básicos para un grupo tan numeroso de nuevos habitantes. Sin embargo, predomina la impresión de tratarse más de un asunto de “clase” y potencial depreciación de propiedades, que de logística.

No cabe duda sobre el poder mágico del dinero y su capacidad intrínseca para disfrazar al mafioso con traje de empresario de éxito y al criminal con aire de miembro honorable de la comunidad. A partir de su ingreso en las elevadas esferas del millón de dólares, a ciertos individuos se les conceden atributos que jamás soñaron poseer. Entonces sus hijos ya ingresan en los mejores centros de estudios y los bancos se pelean por el privilegio de manejar sus inversiones. Las tiendas de grandes marcas reciben, sin arrugar el ceño, los fajos de efectivo en dólares por la compra de suntuarios inaccesibles para el resto de los mortales, pese a la ley que prohíbe ese tipo de transacciones.

La duda se instala, entonces, en quienes observan esos derroches desde la distancia, preguntándose cómo es posible la aparición de esas inmensas fortunas sin despertar mecanismos automáticos de fiscalización por parte de las entidades responsables. Y mientras se levantan torres de apartamentos de lujo y se construyen chalets en balnearios circulados por muros y garitas, mientras fluye el dinero en conciertos privados de artistas famosos para celebraciones familiares, quien ve este desfile desde lejos se hace las preguntas lógicas: ¿pagarán impuestos por todo ese lujo, tanto quienes lo dan como quienes lo reciben? ¿estarán conscientes los banqueros sobre el origen de ese dinero?

Algunos analistas han comentado que la aparente solidez económica del país se sostiene sobre un colchón de dinero negro. La situación geográfica de Guatemala no contribuye en nada a despejar esas dudas, por ser el paso obligado de la droga hacia el norte, a lo cual se debe añadir una debilidad institucional endémica provocada por la corrupción y la fuerza de las organizaciones criminales que se han incrustado en ellas.

Por lo tanto, una tarea de limpieza de la economía se percibe como un objetivo imposible de alcanzar en el mediano plazo, al depender de una depuración del Estado, una cacería implacable contra el crimen y la voluntad política de arriesgarse a realizar semejante hazaña. Tamaño desafío requerirá la participación de la ciudadanía, en un magno esfuerzo por la reinvindicación de sus valores.

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Diálogo inconcluso

“Su cuerpo aún estaba tibio de vida.”

Ixcanul sumerge al espectador en un tiempo y un espacio al cual no está acostumbrado. La brillante realización cinematográfica presenta una secuencia incansable de imágenes de un lirismo extremo, que de pronto chocan en vibrante contraste con el retrato de la dura realidad de la vida rural de las comunidades indígenas. Una obra cuya esencia trasciende lo estético para obligar al espectador –quien ya no lo es del todo- a cuestionar muchos estereotipos cuya pertinencia cae en pedazos durante los minutos que dura la cinta.

La historia de Juana resulta ser, al final de todo, la historia de millones de niñas alrededor del mundo. Negados sus derechos a ser, a decidir y a soñar, su futuro queda atrapado en una red de condiciones y acuerdos que en nada la incluyen, pero determinan su destino. Entre la línea argumental y el telón de fondo –el implacable Ixcanul, el volcán- se desarrolla una serie de situaciones que la tocan de cerca y retratan, a su vez, otras historias: la explotación laboral en el campo, la migración forzada por falta de oportunidades, el robo de niños, la miseria y, como una constante, la exclusión de los pueblos indígenas.

También en las ciudades domina el Ixcanul. También en estos centros de convergencia de la migración interna existen las patologías sociales que nos colocan muy abajo en la lista del desarrollo. Los jóvenes –especialmente indígenas y provenientes del campo- quienes buscan un mejor futuro en los centros urbanos, caen también en una vorágine que los atrapa, porque se encuentran solos y desprotegidos en un ambiente violento y hostil.

Un ejemplo es este relato de uno de tantos sucesos cotidianos: “El disparo había sido certero, casi al centro del pecho. Su cuerpo aún estaba tibio de vida y en su mano sostenía una botella de refresco que el asesino le pidió procurando acortar la distancia. Escuché la voz de su hermano mayor, solo entendí que decía “mamá” porque hablaba en lengua, pero adiviné lo demás “mi hermanito está muerto”. Sin duda, vendrá otro joven como él desde alguna aldea lejana, sin saber lo que aquí sucedió.”

Esto me trajo a la memoria una de las últimas escenas de Ixcanul, cuando los padres de Juana se enfrentan con las autoridades, estrellándose contra un muro de incomunicación por no hablar español. Una escena cruel que refleja la impotencia de quien no puede hacerse escuchar en su propia tierra ante sus propias instituciones. Esto, que en la cinta dirigida magistralmente por Jayro Bustamante nos impacta por su rudeza, es la experiencia vivida a diario por indígenas de todas las etnias, ante una estructura ladina dominante en centros de salud, escuelas, alcaldías y servicios públicos creados para servir a toda la población, sin discriminación y sin prejuicios.

Ixcanul debería ser proyectada en los centros de estudio. Su mensaje, aun cuando universal, viene con especial dedicatoria a quienes observan desde la distancia las injusticias, la explotación, el racismo y la violencia avalándolos con su silencio y su apatía. Si la democracia descansa sobre el diálogo y el consenso, es indispensable romper las barreras y empezar a comprendernos entre nosotros.

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Un camino difícil

El diálogo intergeneracional es indispensable para avanzar.

Nada más estimulante que un encuentro con las generaciones que vienen después que nosotros, en especial cuando la distancia es significativa en términos de edades, experiencia y visión del mundo. Así fue el vivificante encuentro con un grupo de 5 jóvenes estudiantes de la Universidad de San Carlos el sábado recién pasado.

Es evidente que a veces el peso de una trayectoria prolongada y desafiante, en muchos aspectos, tiende a aislarnos en una actitud de “misión cumplida”, y de ese modo observamos desde una distancia segura lo que hemos construido o dejado de construir para quienes vienen después. Sin embargo, es un hecho que estamos dejando sobre los hombros de las jóvenes generaciones una carga importante de esfuerzo para reparar muchas de las deficiencias que hoy han colocado al país en la lista de los más vulnerables e inseguros del mundo.

Uno de los aspectos más desafiantes para la juventud de hoy es haber heredado un ambiente político desacreditado. Su primera experiencia como electores viene acompañada de un enorme bagaje de dudas y decepciones, ante un sistema que ya reconocen como un obstáculo para el desarrollo del país y frente a la disyuntiva de actuar como ciudadanos responsables o esperar a que las cosas mejoren algún día no tan lejano.

Una conversación relajada y amistosa con una taza de café me hizo reflexionar sobre el peso delegado a esta nueva ciudadanía pujante y cargada de sueños. Porque aun cuando se haya producido en los meses reciente un despertar del pueblo contra los vicios inveterados de las castas dominantes –tanto en la administración del Estado como en la economía- el camino restante será arduo y de largo aliento, para llegar por fin al momento de reconstruir las bases de la democracia en un clima apto para el desarrollo de esta nación.

El mes de octubre –con la celebración de los días de la niñez y de la niña- es propicio para tomar conciencia de la responsabilidad que nos corresponde asumir sobre las condiciones de vida actuales. Preguntarnos por qué la mayoría de la población está privada del acceso a la educación básica y, por consiguiente, lejos también de obtener alguna especialización técnica o profesional que le brinde las oportunidades de crecimiento y disfrute de una mejor calidad de vida.

Es el momento de comprender que las nuevas generaciones, las cuales ya vienen con todas las desventajas de un subdesarrollo inducido por los abusos del poder y la debilidad de las instituciones del Estado, tendrán en sus manos instrumentos insuficientes para la labor que les espera más adelante.

Es prioritario, entonces, reparar las deficiencias provocadas por la corrupción, el clientelismo político y el abuso de los recursos disponibles, aprovechando la coyuntura actual para exigir un trabajo legislativo probo y efectivo, así como el redireccionamiento de las políticas públicas para hacer de ellas un motor de desarrollo incluyente y adecuado a las condiciones del país. El entusiasmo ciudadano por hacer valer sus demandas debe incluir también una toma de conciencia sobre el difícil futuro a enfrentar por quienes regirán al país por los próximos 50 años.

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De penas y olvidos

Los casos de niñas embarazadas no me dejan dormir

Las penurias de este país están todas entrelazadas en nudos apretados de carencias, abusos, impunidad, injusticia. Es imposible abarcarlo todo en un párrafo limitado a los parámetros editoriales, pero al darse una vuelta por las áreas marginales y observar con ojos limpios de prejuicios y una mente abierta para no clasificar lo inclasificable, quizá podríamos ser capaces de comprender esa parte de la maraña social que nos es tan ajena en apariencia, pero cuyos efectos nos tocan a diario.

Allí se refleja el monumental desprecio de los gobernantes -y también de los gobernados con poder- por la integridad y los derechos de las personas cuyo trabajo aporta una cuota significativa en los indicadores económicos del país, aporte que por supuesto no se refleja en su calidad de vida. Esas desigualdades colocan una alarmante etiqueta sobre el nombre de Guatemala en los foros internacionales y en indicadores de desarrollo cada vez más bajos.

Entre las manifestaciones de estas deficiencias del sistema que rige a la nación están la mortalidad materna, la desnutrición crónica infantil, el escaso acceso a la educación y a los servicios de salud, pero por encima de todo eso el fenómeno perverso de la venta de niñas para ser utilizadas como objeto sexual a través de matrimonios precoces, en redes de trata de personas y como esclavas domésticas en hogares de todos los estratos socio económicos.

Siento un dolor enorme cuando veo a esas criaturas inteligentes, inocentes, bellas y abandonadas que son las niñas de Guatemala, entregadas a hombres adultos como parte de una transacción inhumana pero aceptada como algo normal. Las truecan por una vaca, por una cuerda de terreno, por unos cuantos quetzales. Su destino es un bien mercantil sin mayor importancia, pero la ruindad del trato trasciende la vida entera de esas víctimas infantiles y acaba no solo con sus ilusiones, también con su integridad física y psicológica.

Guatemala no es el país ideal para la niñez y la adolescencia, aun cuando una gran parte de su población pertenece a ese segmento. Tampoco es justo afirmar que la corrupción político gubernamental es la única responsable de ese estado de cosas, porque la esclavitud doméstica de las niñas –muy especialmente rurales e indígenas- es una tradición altamente apreciada en los hogares citadinos, desde siempre.

Por eso me duelen las niñas de Guatemala, porque han sido sacrificadas en aras de un sistema de vida que no las alcanza ni las favorece en nada. Porque los patrones de las fincas, los padres de familia, sus hermanos, sus vecinos o sus maestros las consideran todavía parte de su propiedad y, por consiguiente, creen tener el derecho de someterlas. De ahí los embarazos en niñas y adolescentes, un denigrante signo para una sociedad que se considera a sí misma democrática, solidaria, patriota y decente. Los embarazos en niñas son una muestra en pequeño de los alcances masivos de las violaciones sexuales, una de las más perversas manifestaciones del machismo imperante en nuestros días. Hay una deuda acumulada por décadas y es tiempo de pagarla con educación, salud y respeto. Pero, sobre todo, con la correcta impartición de justicia.

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(Publicado el 10/10/2015 en Prensa Libre)

La solidaridad no basta

El Quinto Patio

Después del primer impulso viene la reflexión.

El derrumbe de un cerro sobre más de 150 viviendas en el caserío de El Cambray II nos ha golpeado a todos, como cada vez que sucede una tragedia de dimensiones catastróficas. Así ha sido ante la violencia de los terremotos, los huracanes y las frecuentes erupciones volcánicas cuyas consecuencias permanecen multiplicándose en un remanente de pobreza y privaciones en cada una de las víctimas. La solidaridad, claro está, surge de inmediato como un torrente de empatía hacia quienes lo pierden todo, pero poco a poco la cotidianidad se traga el impulso y solo va quedando el recuerdo y un temor lejano que luego se apaga.

Sin embargo, la inevitabilidad de los golpes de la naturaleza –cada vez más recurrentes- no significa, necesariamente, muerte y destrucción. Nuestro planeta nos ha demostrado en innumerables ocasiones las múltiples variantes de sus descargas de energía y esa dinámica, ampliamente estudiada por la ciencia, se manifiesta con una cierta periodicidad. Esto debería darnos un mensaje contundente sobre la necesidad de prevenir.

En nuestra mente han quedado grabadas las dolorosas escenas de muerte en El Cambray II. Los sobrevivientes experimentan hoy una de las peores pesadillas que puede vivir un ser humano, empeñados en la triste contabilidad de las pérdidas humanas y materiales cuyas cifras aumentan a cada minuto. Ante ese espectáculo de devastación, la ciudadanía ha actuado con esa maravillosa generosidad que la caracteriza, en una reacción inmediata ante el dolor ajeno.

Pero la lección aprendida es que la solidaridad no basta. La población debe asumir que El Cambray II ha sido un ejemplo de lo que no debe volver a suceder, una evidencia de la importancia de incidir en las políticas de ordenamiento territorial y en el cumplimiento de las normas, tanto por parte de las autoridades como de los vecinos. Conred ha identificado zonas de riesgo en las cuales habita más de medio millón de seres humanos. Las autoridades locales –alcaldes y gobernadores- tienen en la definición de sus funciones la evaluación de los proyectos habitacionales de modo de reducir las probabilidades de que ocurra esta clase de tragedias, pero eso queda en papel.

Las políticas públicas en temas esenciales como educación, salud, alimentación, vivienda y acceso al trabajo, constituyen la plataforma sólida sobre la cual se asienta el desarrollo de un país. Los ejemplos de corrupción revelados estos últimos meses nos enseñan que en Guatemala la pobreza es producto de la manipulación indecente y ofensiva de la riqueza colectiva. En un país tan rico, no hay razón para tanta pobreza. Los efectos de ese desequilibrio están a la vista: autoridades negligentes e ignorantes sobre los alcances de sus acciones. Familias enteras obligadas por sus circunstancias y carencias, a instalarse en donde nadie más quiere vivir. Respuesta nula de los responsables directos, protegidos por un sistema diseñado para entorpecer cualquier demanda ciudadana para exigir respuestas claras y la correspondiente imputabilidad en la línea de autoridad. El Cambray II ha dejado un mensaje en donde no hay lugar a dudas.

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Vida de riesgo

elperiodicoFoto: elperiódico.com.gt

Las catástrofes naturales y otras amenazas no tan naturales.

Guatemala es un país de alto riesgo en todos los aspectos posibles: ambiental, político, económico y social. Entre esas amenazas, su vulnerabilidad ambiental lo vuelve un potencial crisol de desastres naturales, muchos de ellos acentuados por los fenómenos derivados del calentamiento global, pero otros provocados por una atávica falta de visión institucional y el consecuente abandono de políticas y medidas básicas de prevención. Por encima de todo ello, la ausencia de un sistema capaz de prever los riesgos y anticiparse a sus consecuencias por medio de normas y controles diseñados de acuerdo con las características de cada posible situación.

Este cuadro, el cual afecta con fuerte énfasis a los grupos poblacionales de menores recursos, está relacionado evidentemente con la corrupción y la falta de especialización técnica y profesional de quienes detentan el poder para tomar decisiones en los despachos oficiales. Si a esta falta de ética política –nadie debería aceptar un cargo para el cual no está preparado- se suma el caprichoso camino que toman los fondos públicos por medio de negociaciones clientelistas, resulta fácil comprender que una época normal de lluvias tenga el poder de transformarse en un escenario de muerte y desolación.

En este país golpeado de manera recurrente por catástrofes naturales, los cuerpos de socorro, carentes de apoyo y con asignaciones presupuestarias ridículas, muchas veces se ven obligados a recurrir a la solidaridad de la ciudadanía con el fin de reunir fondos para adquirir los implementos esenciales para realizar su labor humanitaria. Los hospitales nacionales, por su parte, ejemplifican de manera indiscutible la poca atención brindada por el Estado a la salud de la población, dadas las deficiencias de sus instalaciones, colapsadas por falta de mantenimiento, además de sus bodegas vacías de medicamentos y otros insumos esenciales para la atención sanitaria. Es lógico, entonces, que hospitales y centros de salud se vean copados ante la menor situación de emergencia. Solo la idea de un posible evento catastrófico –como un terremoto de gran intensidad- resulta una idea terrorífica por esa carencia absoluta de certeza institucional.

En Guatemala, la población ha debido velar por su propia seguridad en muchos sentidos. Cuando tiene recursos se blinda contra la violencia delincuencial por medio de muros y alambradas, garitas de seguridad y una conducta suspicaz hacia todo lo que le rodea. Si no posee los recursos, se encomienda a las fuerzas celestiales para enfrentar la realidad sin volverse paranoica. Esto también es parte del panorama general de negligencia y abandono estatal, entre cuyas prioridades el bienestar físico, psicológico y emocional de la ciudadanía ocupa el último lugar, si es que en efecto ocupa alguno.

El diseño y la implementación de sistemas de prevención ante posibles catástrofes debe ser uno de los pilares fundamentales de la nueva administración. Destinar los recursos a salvaguardar la seguridad de las personas, aun cuando le parezca una idea surrealista, es su más elemental obligación y es preciso hacérselo saber con absoluta claridad.

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Los primeros 5 años

La ventana de oportunidad para lograr un ser saludable es demasiado breve.

Cinco años pasan volando. Para un recién nacido, sin embargo, es la única ventana de oportunidad para alcanzar un desarrollo pleno del cerebro y una buena base de crecimiento para su cuerpo. Si durante ese período fundamental no recibe los nutrientes y los estímulos cerebral y psicomotriz necesarios, la ventana se cierra y nada puede revertir el daño ocasionado por esas carencias.

Aun cuando esto parece pertenecer al ámbito familiar, en realidad es el germen de una sociedad más saludable, productiva y emprendedora. Es el pequeño centro de un potencial universo de logros académicos y mentes creativas, capaces de cambiar la etiología de uno de los problemas más acuciantes de esta sociedad, que es la miseria llevada al extremo de genocidio.

Uso a propósito el polémico término genocidio, consciente de las reacciones que puede provocar. Sin embargo me atengo a la definición del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, el cual literalmente acota que genocidio es el “Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. De acuerdo con esta definición, las decisiones “intencionales” que conduzcan a la privación de alimento y otras condiciones mínimas de bienestar para la población de entre 0 y 5 años de edad, por razones político administrativas, serían imputables. Ahí entran todos los actos de corrupción, las transferencias de fondos de programas de alimentos a otros de índole electoral y una larga serie de manipulaciones presupuestarias cometidas por todos los gobiernos de turno.

Existen innumerables propuestas desde los Estados, así como de organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales en el sentido de dar prioridad a la niñez y entrarle de lleno al combate a la desnutrición crónica. Pero de la propuesta a la realidad concreta y palpable, hay una enorme distancia y estas instancias han de estar conscientes de los alcances políticos de sus intenciones.

Atacar de lleno las causas de la desnutrición debe empezar por cambiar las prioridades de la mayor parte de los programas de gobierno de nuestro continente -así como de otros países con altos indicadores de pobreza extrema- con el propósito de paliar los efectos de una política económica centralista y orientada a beneficiar a una clase llena de privilegios. Para revertir esa situación no solo hay que luchar contra la Hidra de mil cabezas bien afincada en las asociaciones gremiales del sector privado, sino también enfrentar el descontento de grandes grupos de la sociedad que se verán afectados por un incremento en impuestos y una serie de consecuencias derivadas de los ajustes en el precio de la canasta básica alimentaria.

La lucha no es fácil, pero el objetivo es vital para el desarrollo y el progreso social y educativo de nuestros países en los próximos años para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos y anunciados por la ONU el viernes pasado. No es políticamente responsable perder a otra generación en el analfabetismo, la desnutrición y el ambiente degradante en el cual viven actualmente millones de niñas, niños y adolescentes. Por ello, invertir en la niñez y la adolescencia sería una de las mejores inversiones a futuro, pero sobre todo la decisión más correcta.

El Artículo 4o es un mandato, no una sugerencia

Si el Estado no garantiza el respeto de los derechos, ¿quién?

El sábado recién pasado, en estas mismas páginas editoriales, Carolina Escobar Sarti nos presentó un retrato de la dramática situación de las niñas en Guatemala. Discriminación, abuso y marginación las agreden desde la cuna, mientras la sociedad contempla impávida la destrucción de estas vidas que apenas comienzan a asomarse al mundo, llenas de ilusiones. Asco da constatar esa realidad y más repugnancia aún observar la actitud de los legisladores al ratificar, desde la oscuridad de sus curules, la condena sexual para millones de niñas manteniendo en 14 años la edad mínima de matrimonio para ellas. Un acto absolutamente perverso.
No nos tapemos los ojos, seamos consecuentes con el discurso ético con el cual solemos enjuagarnos la boca a diario y luchemos contra esta injusticia. Empecemos por recordar el Artículo 4º. De la Constitución Política de la República de Guatemala, el cual reza textualmente: “Libertad e Igualdad. En Guatemala todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos. El hombre y la mujer cualquiera que sea su estado civil, tienen iguales oportunidades y responsabilidades. Ninguna persona puede ser sometida a servidumbre ni a otra condición que menoscabe su dignidad. Los seres humanos deben guardar conducta fraternal entre sí.”
Entonces, si este es el mandato constitucional, queda en franca evidencia el irrespeto de estos diputados por la Carta Magna que han jurado respetar y defender. Porque no es posible ratificar, con fuerza de ley, la discriminación, el abuso sexual, el machismo y la amenaza de vida para un sector minoritario carente de poder y recursos para defenderse de un sistema diseñado en función de otros intereses.
El viernes se divulgó la campaña de la Onu por los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. De los cuales, 8 de ellos mencionan de manera implícita o explícita la igualdad y la inclusión de todas y todos para alcanzar una vida plena con educación, un hábitat saludable y protegido, oportunidades para el desarrollo personal y todo aquello que merece cualquier ser humano sobre el planeta. Mientras tanto, un Congreso de la República colocaba una lápida sobre el futuro de las niñas de Guatemala.
Ya lo comentó Carolina en su columna, pero veamos de nuevo las cifras compartidas por la Osar: 4,431 niñas embarazadas de entre 10 y 14 años, entre Enero y Agosto. Y en el rango de 15 a 19 años, 64,398 adolescentes embarazadas, la mayoría por violación perpetrada por hombres de su entorno cercano, de los cuales una tercera parte es el padre biológico. Ahora es el momento de extrapolar esta realidad a nuestro propio entorno, el entorno familiar en donde nos creemos tan impolutos y quizá así comprendamos la dimensión de este crimen.
Una sociedad con miras al desarrollo integral de su pueblo no puede ni debe tolerar este abuso contra el germen mismo de su comunidad. Es –además de una actitud francamente deplorable- un crimen de lesa humanidad.
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embarazo en niñas 10-14 años (enero-agosto 2015)

Una vida digna

Guatemala no cumple objetivos mínimos de desarrollo.

Hace ya 15 años, los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas acordaron establecer una agenda de desarrollo, la cual consistía en 8 objetivos básicos a cumplir por los Estados, especialmente en los países con mayores desigualdades y atrasos en sus políticas sociales. Entre estos Guatemala, con elevadísimos niveles de desnutrición crónica infantil, falta de acceso a la educación, mortalidad materna, mortalidad infantil por enfermedades prevenibles, acceso al agua y otros servicios básicos, además de problemas asociados.

Guatemala no cumplió. Durante estos 15 años el Estado de Guatemala, en manos de una clase política claramente deficiente en la implementación de políticas públicas y con una notable incapacidad de ejecución de los fondos asignados a proyectos de inversión social –cuando los han asignado- contribuyó de manera significativa en la profundización acelerada del subdesarrollo, la pobreza y la falta de recursos en las áreas más vulnerables con el consiguiente efecto en la calidad de vida de la población de menores ingresos. Así también se ensanchó la distancia entre ricos extremadamente acaudalados y pobres de miseria absoluta.

Los efectos de la corrupción en todos los estamentos de la administración pública, actuando en estrecha sociedad con quienes obtienen los mayores privilegios en el sector privado, ha marcado el tono político desde tiempos de la Colonia. Esta falta de visión de nación ha representado un retroceso sostenido para aquellos grupos humanos menos favorecidos, conformados en su mayoría por la población indígena marginada, sectores campesino, femenino, infantil y juvenil, cuyas voces difícilmente resuenan en los espacios de decisión.

Hoy la ONU le plantea al Estado un nuevo reto, con los Objetivos de Desarrollo Sostenible cuya ruta pasará –de acuerdo con las palabras de Amina J. Mohammed, Asesora Especial del Secretario General sobre la planificación del desarrollo después de 2015- por “la posibilidad de acabar con la pobreza para 2030, transformar vidas y encontrar nuevas formas de proteger al planeta al mismo tiempo.”

En esta nueva oportunidad para subirse al tren del desarrollo, Guatemala cuenta con una ciudadanía más activa, capaz de involucrarse de manera decidida en la toma de decisiones de sus autoridades. Esto debería traducirse en un giro drástico de la gestión gubernamental, así como una revisión inmediata y exhaustiva del presupuesto de ingresos y egresos del Estado,, sincronizando los objetivos con este nuevo reto, el cual viene a sentar las bases de una oportunidad dorada para corregir políticas en función del interés colectivo.

La población merece recuperar la voz y sumarse a las acciones tendentes a elevar sus indicadores de desarrollo social. La riqueza del país permite soñar en grande sobre el futuro de una niñez y juventud que hoy se debaten entre la miseria, la violencia criminal, los embarazos precoces, la falta de educación y las privaciones de todo tipo. Es hora de ofrecer a las nuevas generaciones una vida con dignidad, con perspectivas de crecimiento en un ambiente seguro y bajo el amparo de un Estado correctamente administrado.

(Publicado el 26/09/2015 en Prensa Libre)

Francisco en Cuba

El Papa y su cruzada por la paz.

Francisco pasará a la historia como uno de los personajes clave de este siglo. Su inesperado ascenso a la máxima posición jerárquica de la Iglesia Católica y su compromiso con la justicia social lo han elevado a un nivel de popularidad excepcional, no solo entre el pueblo católico, sino incluso entre fieles de otros credos y entre agnósticos, quienes ven en él a un auténtico líder.

Su viaje a Cuba y su mensaje dirigido a enfatizar la trascendencia del entendimiento y la amistad entre los pueblos, le han otorgado el título adicional de “Papa del deshielo”, debido a su papel como mediador en la reciente reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Esta gira papal tiene una connotación distinta a las de sus antecesores, Francisco se ha bajado del boato para caminar entre la gente como uno más. Y esa actitud sencilla ha sido su mejor herramienta para divulgar su llamado a la paz y la concordia.

Durante su homilía, Francisco recalcó con énfasis en el valor de servir a los demás, haciendo una clara referencia a la importancia del ser humano por sobre las ideas –o ideologías- lo cual lleva un trasfondo dirigido a consolidar el deshielo de las relaciones entre aquellos dos países antagónicos, pero sobre todo a llamar a la apertura de un régimen poco tolerante a las disidencias.

Los 3 viajes papales de los últimos 18 años a la isla caribeña, en donde el catolicismo experimentó fuertes limitaciones debido a la declaratoria oficial del ateísmo como política de Estado en los años 60, han tenido el efecto de suavizar notablemente las relaciones entre Cuba y el Vaticano, aun cuando sus efectos no han sido notables en el incremento de la feligresía.

Sin embargo, esta última jornada trajo a un pontífice mucho más político, más cercano como latinoamericano y argentino, trajo a un hombre sencillo en su actuar y en su manera de enfrentar la realidad de los desafíos sociales y políticos de la actualidad. ¿Cuál será el efecto de su paso por Cuba, cuáles serán los cambios provocados por una homilía cuidadosamente dosificada para no levantar resquemores ni conflictos a pesar de la firmeza de sus conceptos? Es difícil predecirlo, pero en la isla los nuevos aires –provocados algunos de ellos por el nuevo clima de las relaciones entre los dos países- podrían traer una interesante etapa de renovación política.

El llamado de Francisco resonando en medios internacionales y redes sociales, fue el de “servir a las personas, no a las ideologías”. Es un llamado que encaja de maravilla no solo en Cuba, también en todos nuestros sistemas políticos, los cuales siempre han estado sólidamente orientados a servirse de los ciudadanos para favorecer a sus intereses particulares; y muy especialmente oportuno para el momento que vive Guatemala.

Finalmente, Francisco pidió que recen por él. Es una frase recurrente en sus apariciones y muy del caso para un Papa que ha arrojado chorros de luz en los oscuros pasillos vaticanos, en los herméticos códigos de silencio sobre sus abusos y su histórica falta de contacto con quienes conforman la esencia de su misión. Por eso, sea o no católico, le recomiendo hacerlo.

(Publicado el 21/09/2015 en Prensa Libre)

Crónica de un día de mercado

mercadoEl regateo es el folclor de las compras: color en las frutas y en los trajes; el ama de casa “hace mercado” como una ceremonia.

Ya van a dar las seis. La claridad comienza a filtrarse por las rendijas de las ventanas cerradas, pero todo está en movimiento adentro de la casa. Hoy es día de mercado. Terminamos el café caliente y salimos a esperar la camioneta, cargados con bolsas vacías.

Pese a la temprana hora, la camioneta va llena. Al fin, llegamos. Bajamos a empujones y nos dirigimos al mercado. Sorteando canastas, logramos introducirnos por una de las entradas y comenzamos a “hacer mercado”.

Hacer mercado es toda una ceremonia. Antes de comprar, se recorren todos los puestos preguntando precios y averiguando hasta dónde se puede regatear. También se comparan las calidades. Luego, se comienza la compra propiamente dicha con sus correspondientes tira y afloja: “quince la libra, seño…” “Ocho le doy…” “No, señito, así no me sale a cuenta, lo menos ¡diez!” “Va pues, deme dos…”

II

A las ocho la mitad de nuestras bolsas están llenas. No llevamos canastas porque para subirlas a la camioneta son incómodas, pero así y todo apenas podemos con el peso de las papas, las naranjas, los elotes y los aguacates.

La compra de las papas fue difícil. Hay en puestos de verduras, pero también tienen los que venden granos, todos a diferentes precios.

Las vendedoras de hortalizas son más “regatonas” y los amigos que tienen su puesto de granos ni siquiera se molestan en rebajar el centavo. “No, seño, los precios son fijos”. A esta hora, el mercado está que revienta de gente. Por allá una señora gritando que le robaron la cartera, pero solo agita a quienes están cerca de ella. A los demás les tiene sin cuidado y siguen su ruta de canasto en canasto. Se acerca una niña y ofrece llevarnos las bolsas. No tiene más de ocho años y es vivaracha y aguda. Le entregamos parte de la carga y le pedimos que nos siga por los pasadizos repletos. Nos detenemos frente a un puesto de fruta algo más grande que los demás.

Alli relucen las naranjas como si las hubieran encerado. Hay buena manzana y chicos maduros. Las pitayas están algo pasadas, pero se encuentra una que otra entre el montón. Hay un aroma penetrante en el ambiente, es una mezcla de piña y melón que nos abre el apetito y nos obliga a comprar unas enchiladas que pasaron vendiendo justito en ese momento.

III

De las frutas nos fuimos a las verduras. Necesitábamos lechugas. Había para regalar aunque los precios no eran un regalo. Pero estaban tan tiernas y crujientes que compramos cuatro para la semana. Comprando estábamos cuando advertimos un gran canasto lleno hasta los bordes de hojas de espinaca de un verde brillante. A estas alturas, ya nada cabía en las bolsas y como teníamos una ayudanta para cargar, decidimos ir por un canasto.

Los puestos de cestería están en otra sección. Se notan desde lejos… canastas, cunas y elefantes de mimbre cuelgan desde el techo en una maraña que parece desmoronarse.

El que queríamos estaba por allá arriba, pero la venderora nos tranquilizó y sacó una larga pértiga con su gancho en la punta, con lo que nos alcanzó nuestro canasto sin dificultad después de descolgar una bandeja, dos ristras de paneritas de colores y un sapo.

Después de todo eso casi ni nos atrevíamos a chistar por el precio, pero el regateo es regateo y forma parte de las reglas establecidas. Después de unos minutos salimos con nuestro flamante canasto a la mitad del precio inicial, más seis individuales y un revistero para mi sobrina que se casa en estos días.

El olor a comida que nos llega a través del canasterío es imposible de resistir. Las cocinas están justito detrás de nosotros así es que vamos a ver qué encontramos de bueno. Hay rellenitos de plátano, chiles rellenos, chilaquiles, tacos, torrejas, enchiladas y atoles de todas clases. Todo huele de maravilla y olvidando las recomendaciones –“no comas nada en la calle… nunca se sabe”- nos dimos una fantástica hartada acompañada de un enorme vaso de atole de elote bien caliente.

IV

Mi tía nos había encargado un delantal. “M’hija –me dijo- ya no tengo un delantal decente para cuando llegan visitas”. Por lo tanto, había que pasar por la sección vestuario. Aquí sí se utiliza el espacio. Entre los mostradores con ropita de bebé y los ganchos con vestidos que cuelgan del techo, hay pilas de ropa interior para damas en rosado, verde, violeta y amarillo, ribeteadas de encaje. Las prendas pasan de mano en mano y las eventuales compradoras analizan hasta los menores detalles antes de decidirse. ¿Delantales? “Más allá, seño, pero aquí tengo algo chulo para usté, doñita, mire…”

Continuamos tratando de deslizarnos entre señoras gordas que se prueban blusas y jovencitas que suspiran ante un juego de prendas íntimas en color azul cielo con encaje rosado. Dos puestos más allá hay delantales pero son de tela típica y mi tía los prefiere con bordados en los bolsillos.

Por fin salimos con el encargo y volvemos sobre nuestros pasos, tirando en la prisa una gran caja con collares de fantasía.

V

En casa adoran las flores. A todo el mundo le gusta ver los floreros rebosantes de crisantemos, claveles, margaritas, rosas, cartuchos, violetas o nardos. Pues de todo había en el mercado. Bajo la imagen de la Virgen, en una esquina del edificio, están las floristas. Aunque no es tan temprano, hay muchas que ni han echado la bendición. Tuvimos suerte y salimos con dos preciosas docenas de claveles rosados y unas ramas de eucalipto. Los claveles están frescos y tienen tallo largo. Unos están algo reventados pero la rebaja fue buena. “Póngales una aspirina en el agua –me recomendó la florista- le van a durar toditita la semana”.

Mi tía va a estar feliz, ella todavía cree que la aspirina compone hasta huesos rotos… La carga se está poniendo pesada y nosotros ya queremos regresar a casa, pero faltan las hierbas y la carne.

VI

Si estuviéramos en los tiempos de la Inquisición, lo más probable es que hubiéramos mandado a la hoguera a las viejitas que venden hierbas. No solo saben recomendar  las que ayudan a la digestión o curan la taquicardia, sino además conocen a fondo las combinaciones que quitan el mal de ojo, la harán retener a su marido o, si las usa con perseverancia, le darán la felicidad y la fortuna.

Siempre hay hierbas desconocidas y siempre se encuentra la que uno necesita. Hierbas secas en pequeños atados de a diez len, hierbas frescas en canastas que guardan la fragancia y la pátina del tráfico oloroso… albahaca, laurel, tomillo, perejil, culantro y hierbabuena.

Es el único toque de color. El verde fresco y húmedo. Todo lo demás, incluyendo a la vendedora, ha adquirido un tono pardo, ceniciento, completamente uniforme. Parece como si todas las hojas se pusieran de acuerdo, pero cada una guardara su olor distintivo.

Aquí también compramos pimienta entera y chiles secos de esos que hacen salir fuego y malas palabras.

VII

La carne ya es otra historia. Mi tía pidió un conejo para escabecharlo, dos libras de panza –en el mercado se consigue la mejor- y unos cuantos bistecs de hígado… “Ah, y si encuentran riñoncitos, pero que estén tiernos y rosados”.

Casi sin transición pasamos del verde parduzco al rojo. Todo es rojo: los delantales, el mesón, la mercadería y hasta la cara del carnicero. Terminamos comprando una costilla de marrano especial para la cena del viernes (a la parrilla y bien adobada) y conseguimos unos riñoncitos de ternera que son una maravilla. En cuanto al conejo hoy no había, pero sí una linda gallina de patio. “¿De patio?” “Sì, seño, yo mismo las crío”. La enorme gallina sin más ni más fue a sumergirse en un rincón del canasto, comenzando así su camino a la olla y a probar el talento culinario de mi tía.

VIII

Todo está listo. Hay que irse antes de que las lechugas se marchiten y las flores desfallezcan con tanto olor a culantro. Salimos igual que como entramos, a puros empujones. La chica que nos llevaba parte de la carga continúa tan fresca como al principio y nos sonríe con sus blancos dientes reluciendo en el marco de su carita morena. Parece que se burlara de nuestro cansancio y del sudor que nos cae a gotas.

En la parada de la camioneta nos abandona a nuestro destino cuando más la necesitamos. Después de discutir sus “honorarios” transamos amigablemente y nos despedimos hasta la próxima. La camioneta no pasa, pero viene un ruletero. ¿Cabremos con todo esto? El chofer nos mira con ironía y dice a su ayudante: “Cerrá la puerta de la limusina, vos, que con esto se nos llenó… -y dirigiéndose a mí, con una sonrisa burlona que revela un colmillo de menos- pase, seño, solo que tendré que cobrarle dos pasajes más por los bultos”… ¡Ah, si él supiera cómo comen en casa! estos paseos al mercado terminan siendo una excursión de importancia vital para la supervivencia de la familia.

Finalmente y tratando de no aplastar los tomates que nos costaron carísimos nos acomodamos  lo mejor que podemos y comenzamos el triunfal regreso a casa.

(Primer premio reportaje Asociación de Periodistas de Guatemala, 1983)

La Patria robada

El patriotismo no solo se siente, también se ejerce.

Nada más oportuno para hablar de Patria –así, con mayúsculas- cuando se ha vivido una etapa cargada de alegrías y frustraciones pero, sobre todo, en la cual ha prevalecido una toma de conciencia colectiva sobre la importancia de asumir un papel activo en el presente y el futuro del país. Septiembre suele ser un mes folclórico lleno de color, aromas, sonidos y por encima de todo ello, una visión distorsionada y superficial del concepto de patriotismo.

La patria, esa palabra tan rimbombante como irrespetada, no reside en símbolos ni ceremonias cuyo origen se ha perdido en la memoria y han sido transformados en rituales vacíos de contenido. Patria es la comprensión profunda de la responsabilidad de cada quien en la construcción de una sociedad incluyente, unida por los mismos ideales, solidaria y vigilante del cumplimiento estricto y justo de sus leyes y postulados.

La patria reside en el hogar y el aula escolar, desde donde se transmite el conocimiento y los valores cívicos de cada generación de ciudadanos. Es en esos ámbitos primordiales en donde se cultiva la identidad de una nación, nutriendo el cuerpo y la mente de la niñez y la juventud, con una visión impregnada de esa mística propia del apego a la tierra en donde se nació, pero partiendo de un sentido de pertenencia responsable y activo.

Por esto resulta pertinente decir que se han robado la patria. Se la llevaron en valijas llenas de dinero a cuentas secretas en los bancos de islas paradisíacas hasta donde no llegan las normas internaciones. Se robaron la patria en groseras evasiones de una riqueza inconmensurable, escatimada a sus auténticos dueños: el pueblo. Se la han llevado para engrosar los bienes de alcaldes y concejales, ministros y secretarios, diputados y magistrados cuyo deber supremo está consignado en una Carta Constitucional, tan traicionada como la patria misma.

Niños y niñas que cantan el himno de memoria con un fervor y una inocencia conmovedores, no comprenden su significado. Si lo comprendieran, llorarían del desencanto y buscarían explicaciones a tan flagrante inconsecuencia. Sus aulas, champas inhabitables, no reflejan ese amor patrio como tampoco lo hacen sus viviendas precarias ni su dieta alimenticia carente de los nutrientes indispensables para garantizarles un desarrollo saludable.

Se roban la patria cada vez que saquean las bodegas de los hospitales nacionales, a donde acuden los más necesitados. Se la roban también cuando aplican la justicia de manera selectiva y brindan un trato privilegiado hacia quienes han destruido la confianza de la población, robándose la patria. La injusticia en el trato según clasificaciones arbitrarias de la sociedad, es una ofensa añadida a la injuria de las privaciones, la discriminación y el racismo perpetrados durante siglos por quienes presumen de ser patriotas.

La patria no es un espacio geográfico ni son los volcanes arrullados por el revoloteo del quetzal sobre un cielo azul. Patria son los seres humanos, la naturaleza que los acoge y un sistema capaz de garantizar su derecho a la búsqueda de la felicidad.

(Publicado el 14/09/2015 en Prensa Libre)

El próximo desafío

La madurez política solo se adquiere con el tiempo.

Se percibe a través de los medios, las redes sociales y las pláticas de salón, un gran temor en la ciudadanía sobre el futuro inmediato de la nación. Al parecer, se desprende un convencimiento de que el país entra en una etapa de repetición de los viejos esquemas y las mismas costumbres en el manejo de los asuntos de Estado, otro eslabón en la cadena de la corrupción institucionalizada desde hace más tiempo del que es posible recordar.

Lo que resulta evidente después de analizar el comportamiento de políticos y electores, es que las causas de ese mal endémico no van a cambiar de la noche a la mañana, ya que los verdaderos motivos detrás del clientelismo político están enraizados desde hace mucho tiempo, habiéndose consolidado con una legislación diseñada para ello, siendo solo afectados de manera tangencial por el negocio de la droga y las consecuencias de sus operaciones.

Sin embargo, es importante destacar que la ciudadanía no ha permanecido estancada en su nicho de silencio. Algo hizo reventar la burbuja y de pronto surgen voces e iniciativas cuyo potencial de incidencia se verá en los próximos meses y los siguientes 4 años, cuando una nueva administración tome el control de los asuntos de Estado. Esas nuevas voces son de una población mayoritariamente joven, dueña de un espacio generacional que le permitirá actuar en distintos ámbitos con una energía más saludable y menos condicionada por los viejos parámetros de la política. Aún así, parece persistir un escepticismo bastante razonable entre la ciudadanía activa, aquella cuya participación durante las manifestaciones frente al Palacio de Gobierno en una sucesión excepcional de actos de protesta, marcó un salto cuántico en la actitud de la población respecto de sus autoridades, a nivel nacional.

Los políticos tradicionales se acomodan después de los remezones provocados por las protestas. Da la impresión de que, después de todo, han logrado conservar importantes cuotas de poder en el Congreso de la República y en otras instituciones clave, lo cual representará un obstáculo a vencer para la consecución de los cambios requeridos en función de alcanzar un pleno imperio de la democracia y estado de Derecho.

Esta nueva etapa, iniciada a partir de las revelaciones de corrupción en las altas esferas del Gobierno, demanda una nueva visión de los asuntos públicos desde la participación ciudadana, cuyo despertar contribuyó a provocar una sucesión de hechos de enorme trascendencia, como el antejuicio y posterior renuncia del Presidente y la Vice Presidenta -actualmente ligados a procesos penales por delitos cuya gravedad excluye cualquier medida sustitutiva-, así como las investigaciones sobre supuestos delitos cometidos por candidatos a puestos de elección, funcionarios electos y representantes de otros sectores.

Esto recién empieza, dicen los hashtags en las redes sociales. Y así parece ser. Apenas empieza y continuará en la medida que el Ministerio Público, la Cicig y el sistema de justicia actúen como hasta ahora. Pero, sobre todo, si la ciudadanía sigue alerta y no se duerme en sus laureles.

(Publicado el 12/09/2015 en Prensa Libre)

Éxodo

Un desafío será detener la emigración desde las causas.

Ayer la población se levantó temprano, con la ansiedad natural previa a un gran evento. Aun cuando las elecciones han estado rodeadas –y contaminadas- de toda clase de incertidumbres, es innegable su poder para generar un sentimiento de patriotismo, participación y orgullo. Largo, demasiado sin duda, fue el tránsito desde las tiranías militares instaladas a partir de elecciones fraudulentas y oscuras hacia comicios mucho más creíbles, por lo menos desde el punto de vista logístico, y esa esperanza prevalece.

Este evento electoral ha estado matizado por el rechazo más que por la simpatía. La intención de votar en contra se ha manifestado con fuerza y por lo menos en los centros urbanos mejor informados, la conciencia de evitar aplanadoras en el Congreso se había instalado en las redes sociales y en las concentraciones de protesta. Escribo esta columna mucho antes de cualquier resultado, pero podría apostar a que en esta nueva administración habrá sorpresas en las bancadas, así como también existirá mayor fiscalización hacia las autoridades electas.

Sin embargo, el ambiente cívico predominante no ha logrado hacerme olvidar el éxodo de cientos de miles de personas procedentes de los países arrasados por la guerra en el Medio Oriente. Rechazados por la mayoría de países y expuestos a morir en medio del Mediterráneo o en la aridez del desierto, estas caravanas exhaustas y expuestas a toda clase de abusos han cruzado fronteras con la única esperanza de sobrevivir.

El horror de los conflictos bélicos no nos es tan ajeno, los países industrializados cuyo poder en las instancias internacionales es decisivo, han creado un mundo peligrosamente orientado hacia la extinción. El éxodo de Medio Oriente que hoy conmociona al planeta ha sido provocado por la codicia de la extrema riqueza, una fuerza planetaria indetenible fincada en los centros financieros de Estados Unidos y Europa.

Lo que viven en estos momentos los europeos con la crisis migratoria es un monstruo creado por ellos mismos a partir de políticas que han marginado a los intereses humanos y los derechos de las personas, ante un capitalismo deshumanizante y extremo. Y eso también sucede en la frontera sur de Estados Unidos, con otra crisis migratoria que empuja desde el sur a miles de migrantes incapaces de sostenerse en sus países, por las extremas carencias provocadas por el mismo sistema económico centrado en el poder corporativo.

En un momento crucial para Guatemala, cuando la ciudadanía se enfrenta a una elección que marcará pautas políticas fundamentales, un aspecto esencial es recuperar la sensatez y crear las condiciones para retener a esos migrantes por medio de creación de empleos, educación y la recuperación de la inversión social hacia los niveles mínimos necesarios.

Esa juventud que abandona el país por falta de oportunidades, también escapa de una guerra, quizá menos cruenta que la de Siria o Irak, pero cuyas estadísticas fatales colocan a las naciones centroamericanas entre los países más inseguros del planeta. Es ahora el momento de darle la vuelta a las prioridades y empezar por sentar bases para un posible desarrollo.

(Publicado el 07/09/2015 en Prensa Libre)

Una nueva visión

Difícil será procesar el enorme cúmulo de hechos recientes.

El entusiasmo colectivo ha llevado al país a experimentar uno de los momentos más intensos de su historia reciente. Y no en el sentido negativo, como ha sucedido con demasiada frecuencia durante los últimos años, sino marcado por un renacer de las esperanzas de cambio. El despertar ciudadano tenía que surgir algún día –nadie sabía cuándo- pero los excesos y abusos de la administración de Otto Pérez Molina y su círculo, gatillaron la indignación reprimida durante décadas de corrupción y deterioro del país.

Lo que viene será, sin duda, uno de los mayores desafíos a los que se han enfrentado la institucionalidad y la sociedad en su conjunto. Viene un cambio de estructuras, modos de gobierno, fiscalización y sobre todo la readecuación mental de todo un pueblo hacia la participación activa y la toma de conciencia respecto de la responsabilidad de todos en la conducción de la política nacional. Sin embargo, para comprender la envergadura del reto será imprescindible iniciar un proceso de reflexión y estudio profundo de la problemática desde las bases mismas de los distintos sectores, con el fin de arrancar un proceso de educación cívica y un mapeo del papel jugado por cada ciudadano en este proyecto de nación, ejercicio indispensable en la nueva etapa que comienza. Esta será la parte difícil.

La ciudadanía no está acostumbrada a participar y aun cuando esta vez sus acciones fueron determinantes para lograr algo tan impactante como la caída del gobernante y los demás funcionarios de su entorno, ese hecho no garantiza un giro radical y permanente de actitud hacia la participación activa y sostenible en los asuntos de política gubernamental. La necesidad de fortalecer la participación ciudadana ha quedado en evidencia, pero existe también una tendencia al acomodo provocada por décadas de gobiernos corruptos, autoritarios unos y negligentes otros, pero todos ejerciendo un poder basado en la secretividad y el clientelismo.

Romper los hábitos es una de las tareas más difíciles para un ser humano, pero se complica mucho más en sociedades altamente segmentadas, con una conflictividad creada a partir de la discriminación, el racismo y la marginación de grandes sectores condenados a la pobreza extrema. La irresponsabilidad de los gobernantes –y han sido todos desde el inicio de la era democrática- ha dado, hasta ahora, el resultado de profundizar el subdesarrollo con el propósito de tener un pueblo fácilmente manipulable, tal y como se aprecia en algunos sectores durante las campañas proselitistas con la compra de votos a cambio de bolsas de alimentos, estrategia perversa que pone en evidencia la ruindad de la clase política.

La nueva visión de nación es un ejercicio esencial al cual se deberán aplicar todas las fuerzas vivas del país. Esta visión, sin embargo, deberá surgir no de los centros de poder, sino desde lo más profundo de esa Guatemala joven, rural y urbana cuya marginación la ha tenido condenada al silencio, pero la cual por fin ha alzado la voz para dejar muy claro que no está dormida, no está sometida y tampoco está dispuesta a callar.

(Publicado el 05/09/2015 en Prensa Libre)