Mujer y trabajo

El quinto patio

Mujer y trabajo
Es hora de reconocer oficialmente el aporte de la mujer a la economía nacional a través de un trabajo por lo general no reconocido, mal pagado y sin prestaciones laborales.

A las mujeres se nos ha intentado convencer, desde la infancia y quizás antes de eso, de que la subordinación es inherente a nuestro sexo. Que vinimos a este mundo a servir a otros, a complacer a otros, a dar vida a otros gracias a esa graciosa condición de servidumbre pegada a nuestros cromosomas.
También se nos ha vendido la idea de que permanecer en casa al cuidado de los hijos es un absoluto privilegio, por lo cual esa labor constante no debería considerarse un trabajo y mucho menos ser reconocida como aporte efectivo en los indicadores de productividad y desarrollo del país. Y lo hemos creído. De hecho, el reconocimiento del estatus de ama de casa como actividad productiva ni siquiera aparece en la agenda de líderes ni activistas.
Cuando se entrevista a una mujer –no importa el ambiente, estrato social o nivel económico- y se identifica como ama de casa, lo primero que surge de ella misma, en un primer impulso, es su declaración de mujer “no trabajadora”. A menos que pertenezca a ese 5 por ciento de la población cuyo nivel le permite delegar todo trabajo doméstico en personal contratado para ese fin, la mayoría de las mujeres cumplen una jornada de más de doce horas y ejecutan, sin feriados ni vacaciones, todas las funciones necesarias para mantener un hogar organizado. No sólo mantienen a sus niños limpios, educados y alimentados, sino también se hacen cargo de lavar, planchar, cocinar, barrer pisos y limpiar ventanas, coser ropa y hacer malabares para ajustarse a un presupuesto mínimo que ni siquiera les deja margen de ahorro.
Estas mujeres “no trabajadoras” sostienen aquello que a los políticos les encanta mencionar como la célula base de la sociedad y el sustrato de la cultura nacional: el hogar. Pero cuando las cosas se ponen difíciles, son las primeras víctimas del infortunio y pasan a engrosar las filas de la pobreza al no tener acceso a ningún programa de previsión social, reinserción laboral –para qué, si nunca han trabajado- o compensación por desempleo. Su existencia pasa inadvertida en todas las estadísticas y cuando llegan a la edad del retiro, su única esperanza es haber conservado a un marido o a unos hijos que las mantengan durante la vejez.
En este Día del Trabajo, es justo dar un reconocimiento a las amas de casa del campo que trabajan tanto o más que los hombres pero que no reciben pago alguno; a las amas de casa de los barrios marginales que contribuyen con la economía del hogar gracias a un trabajo informal no reconocido en las cifras oficiales y a todas las demás que constituyen un importante contingente de ciudadanas productivas, cuyo aporte al desarrollo nacional es un hecho incontestable.
elquintopatio@mac.com

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