Tatuajes ocultos

Es asombroso cómo los policías convierten a las víctimas en delincuentes, con un simple comentario al pasar.

La ley no los autoriza para dar declaraciones, emitir opiniones personales o adelantar resultados de una investigación que ni siquiera se ha iniciado. Sin embargo, nunca falta la frase concluyente por medio de la cual el uniformado, observando el cadáver con esa actitud relajada que da la costumbre, lanza la sentencia definitiva: “Esto debe ser una venganza”.
De ahí parte, además, una secuencia de hechos que van definiendo una manera estereotipada de ver las cosas, de empaquetar todos esos asesinatos inexplicables de madres, hijas, novias, esposas y hermanas cometidos en la tienda, a la salida de la universidad, dejando a los niños en la escuela o al regreso del trabajo, como si fueran parte del cotidiano. Al final, la sociedad no tiene más remedio que defenderse de la agresión y cierra ojos y oídos porque ya no quiere saber de tanta violencia.
El problema es que no sirve de nada bloquear los sentidos, porque así lo único que se logra es convencer a los criminales de que nadie puede detenerlos. Lo peor está en esa certitud de los criminales, la cual les garantiza tanto la impotencia de la comunidad como la ineficacia de las autoridades.
Las mujeres muertas van sumando a la cuenta de una justicia inoperante. Ahí están sus ojos vacíos, su sangre desparramada en las calles y un sistema incapaz e indiferente, cuyas autoridades se vuelcan en una frenética competencia por ganar su sitio en las planillas de los partidos políticos, de cara a las próximas elecciones.
El policía continúa desarrollando su absurda teoría frente al cadáver, frente a los hijos y a los familiares que no comprenden nada porque nada los preparó para un horror semejante. “Tenemos que revisarla para ver si tiene tatuajes”, repite, como si un tatuaje le diera sentido al crimen.
Y los reporteros corren a repetir la absurda declaración de un policía ignorante, multiplicando así el estigma, para satisfacer a esa masa que se nutre de violencia, quizás como una manera de evadir su propia realidad.
Con tatuaje o sin él, la víctima –esa mujer-madre, esa mujer-hija o hermana o abuela o cualquier cosa, menos criminal- seguirá la secuencia inevitable del trámite interminable de sus seres queridos para recuperar el cuerpo y darle sepultura, su lucha contra una burocracia sin sentido, los ruegos inútiles para que le asignen un fiscal al caso, la resignación en medio del dolor cuando al final aceptan que no existe tal caso y luego, cuando ya el duelo es una sombra instalada en ese hogar deshecho, la aceptación de que jamás se hará justicia.

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