Apología de la violencia

Las organizaciones de la sociedad civil exigen el fin de la violencia, pero la mayoría de la gente calla y se acostumbra a vivirla.

La única manera de escapar de la agresividad constante experimentada a diario y a través de todos los elementos cotidianos como son la delincuencia, la corrupción, el tráfico, la publicidad, la miseria, la contaminación y hasta el timbre del celular, parece ser el acostumbramiento. Una especie de sopor inducido por el instinto de supervivencia que nos hace ver las cosas menos crudas de lo que en realidad son.
En Guatemala se ha instalado ya el uso de crear espacios reservados en los cuales las personas se creen a salvo de esa realidad que les asalta cada mañana a través de las noticias. Así es como algunos se blindan colocando obstáculos para vehículos extraños en la entrada de sus colonias o se organizan para patrullar de noche, en una nueva versión urbana y clasemediera de las Patrullas de Autodefensa Civil. En esa misma línea, otros simplemente dejan de consumir noticias prefiriendo no enterarse de la realidad para hacerse la ilusión de que ésta no existe.
El problema es que nada de eso tiene el menor efecto frente a la violencia ya incorporada al ambiente cotidiano, infiltrándose en los hogares, en las escuelas y en los centros de trabajo como un virus indestructible contra el cual el Estado y la sociedad se han declarado impotentes desde hace ya varios años.
Uno de los problemas mayores, por lo tanto, son las tácticas para no enfrentarse a los hechos y, por ende, la falta de compromiso. Mientras la población no se rebele en contra del estado de cosas y actúe para exigir el respeto a sus derechos fundamentales, tanto por parte del Estado como de instituciones y otros sectores de la sociedad civil, no será posible realizar avance alguno en la lucha contra la violencia.
Un ejemplo de esto es el manejo confidencial de información que debería ser conocida y analizada públicamente, como es el caso del presupuesto de ingresos y egresos de la Nación y su ejecución en cada una de las dependencias beneficiadas con estos fondos.
La secretividad es una de las fallas fundamentales en un sistema que pretende enmarcarse en el estado de derecho. En esos manejos turbios aparecen no sólo la falta de controles institucionales, sino también la corrupción de todo el aparato estatal y privado, ya que en estos negocios no sólo hay funcionarios públicos involucrados. También hay una extensa red de cómplices fuera de los ministerios y municipalidades.
Este escenario es también el trasfondo de la violencia. Se diseñan los planes de un gobierno en función de muchos factores, entre los cuales nunca parece tener prioridad el desarrollo del país ni el bienestar de sus habitantes. Es la primera debilidad estructural de un sistema político viciado y sin perspectivas de cambio.

La costumbre de morir

Mañana será el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, creado con la intención de detener este flagelo mundial.

Así es la costumbre. El marido que te golpea hasta hartarse, porque de otro modo no aprenderás nunca. Después de la paliza más te vale componerte y sonreír, balbucear que aquí no ha pasado nada, que estás bien y contenta mientras le preparas la comida y soportas sus insinuaciones de repetir la dosis si te muestras resentida.
Como es la costumbre, las leyes no te protegen. ¿De qué, si al final de cuentas así ha sido desde que el mundo es mundo? El problema es que los hematomas constantes, las fracturas en las costillas y las patadas en el vientre ya te han dejado secuelas que te aguantas porque no te deja ir al hospital para no correr riesgos.
Un día al susodicho se le pasó la mano y te lanzó contra la pila. Te rajaste el cráneo pero no te diste ni cuenta. Ya estabas muerta. Como nadie llamó a la policía, mejor te fueron a tirar a un terreno baldío para evitar los escándalos. Ahora eres XX en La Verbena.
Como es la costumbre, ni siquiera hubo investigación. “No hay denuncia y a lo mejor la mujer se escapó”, le dijeron en la comisaría a la única vecina valiente –porque además era tu amiga- quien fue a dar aviso de tu desaparición a pesar del miedo. Y jamás regresaste, por supuesto, ni se supo de tu entierro de oficio.
Es la costumbre. Tu mamá te lo explicó muy claramente antes de casarte: “obedece en todo como una buena esposa y no tendrás problemas”. Pero tuviste la pésima idea de querer ser diferente y terminar tus estudios de la universidad para conseguir un buen trabajo.
Ingenua de ti, hasta lo decía el Código Civil, niña terca, no puedes trabajar a menos que tu esposo lo autorice. ¿Ya ves? Ahora no podrás trabajar ni estudiar y ni siquiera ver crecer a tus hijos porque tu propietario, según las leyes de la República y de la costumbre, te mató.
En qué momento cambiaron las cosas, ni siquiera lo recuerdas. Fue antes de la boda cuando te pegó una cachetada fenomenal por alguna razón insignificante. Celos, quizás, o probablemente la necesidad de demostrarte quién manda. El dolor y la humillación fueron tan violentos que no protestaste.
Hoy hablan de tus derechos, pero ya no estás ahí para escuchar el discurso. De todos modos, ni siquiera han investigado tu muerte porque no parece importarle ni a la sociedad ni a las autoridades. La primera, por no exigirlo y la segunda por desentenderse de tu muerte y de todas las demás. Después de todo consuélate pensando allí donde te desintegras, que eres una entre 3 mil desde que doblamos la página del milenio.