El verdadero líder

(Publicado el 16/05/2009 en Prensa Libre)

Un verdadero líder debe ser respetuoso de los principios y valores inherentes a su posición, en todos los actos de su vida.

El liderazgo no es algo que se compra en el mercado. Se construye a través de una conducta personal coherente, un actuar intachable y un irrestricto respeto por los derechos de los demás. Por eso no puede otorgarse esa calidad a un dictador ni a un personaje de dudosa reputación, quienes podrán quizás presumir de caciquismo pero jamás de liderazgo.
En circunstancias como las que atraviesa Guatemala, lo peor que pueden hacer las autoridades es creer que ser líder es asumir una actitud revanchista, usando el poder y los recursos públicos para generar confrontación entre ciudadanos, sólo porque algunos sectores manifiestan su descontento con la actual administración y exigen cambios.
La Constitución de la República, al garantizar la libertad de acción (Artículo 5°), limita cualquier acto de persecución oficial contra las personas, en tanto las opiniones y acciones de éstas no infrinjan la ley, por mucho que estas acciones y opiniones molesten a los funcionarios en el poder.
Por ello, la detención de un joven técnico en informática por haber enviado un tweeter con un mensaje alusivo a Banrural –operativo ejecutado con todo el escándalo mediático propio de los canales afines al oficialismo- resulta una maniobra desproporcionada y más parece un mensaje de intimidación dirigido a la sociedad, además de una abierta amenaza a la libertad de expresión.
El Presidente tiene problemas y uno de ellos es su falta de asesores calificados. Millones de televidentes observaron con estupor la entrevista en CNN con la periodista Patricia Janiot, quien durante varios minutos lo mantuvo contra las cuerdas asestándole uno tras otro los golpes certeros de preguntas directas que el mandatario guatemalteco apenas logró responder.
Durante los últimos días, las decisiones desde su despacho se han vuelto más y más confusas, alimentando un fuerte rechazo en amplios sectores de la sociedad que exigen justicia. Pero esta demanda de transparencia ya no sólo se refiere a los casos Musa y Rosenberg, sino a todos aquellos que reflejan la negligencia, el tráfico de influencias, la corruptela política, las oscuras transacciones en el Congreso, la sospechosa conducta de fiscales, jueces y magistrados y todo el entorno que envuelve la cosa pública.
De haberse cumplido siquiera una parte mínima de las promesas de campaña –por ejemplo, aquellas relativas a justicia, seguridad y transparencia- ni él ni sus allegados se verían envueltos en semejante resaca política. Quizás lo único positivo de toda esta debacle sea el despertar de una sociedad harta de muerte, mentiras y corrupción.

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