El centro del universo no es Wall Street, Londres, Berlin, ni Beijing

El Papa Francisco ha tocado un nervio sensible.

Francisco ha despertado la ira del capitalismo extremo con su carta encíclica Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común. Era previsible que ante los primeros párrafos de su mensaje –de una dureza inusual en estos temas – se produjera una reacción inmediata de rechazo por parte de sectores conservadores cuyos intereses se oponen a la teoría del calentamiento global y a los nocivos efectos de la actividad industrial, agrícola y extractiva de sus compañías.

“Esta hermana (tierra) clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto»”

En las 190 páginas del documento, Francisco no deja lugar a dudas sobre su preocupación por el tema ambiental, al cual considera una cuestión moral y ética. Cita a varios de sus antecesores, entre ellos a Juan Pablo II quien, ya en 1991 insistía en la necesidad de realizar cambios profundos en el estilo de vida y de consumo, así como en las estructuras de poder que condicionan a nuestras sociedades modernas.

La influencia de Francisco -cuyo pensamiento se identifica y extrae la esencia del otro Francisco, el de Asís-, este jefe supremo del catolicismo, un hombre de pensamiento moderno capaz de sacudir las entretelas anquilosadas del Vaticano para ponerse en los zapatos de las clases más humildes para defender las causas fundamentales, sin duda será agriamente criticada por quienes ven peligrar sus privilegios.

Pero la humanidad necesita estas voces de un liderazgo sensato y conducente a los cambios indispensables para no solo preservar al planeta, sino a quienes habitamos en él. Esas naciones, en cuyos centros financieros se ha concentrado el poder mundial, deben comenzar a ceder en sus posiciones de un capitalismo deshumanizante ante la realidad de la catástrofe anunciada por medio de inundaciones, temperaturas extremas, pérdida masiva de especies y de biodiversidad en toda la redondez de la Tierra. El Papa no podría haber sido más claro al señalar que no tenemos derecho a acabar con la vida de otras criaturas, porque esas vidas aparentemente ajenas nos son indispensables para conservar la nuestra.

El centro del universo no está en Wall Street, en Berlín, Londres, ni Beijing. Por lo tanto, las decisiones sobre el futuro de la especie humana, sus condiciones de vida, sus expectativas de desarrollo y todo lo concerniente a las relaciones entre Estados deben responder a las necesidades de los pueblos con pleno respeto a su soberanía. Es aquí en donde tiene pleno sentido el mensaje papal, un mensaje de enorme trascendencia para el momento actual, cuando se pone en la balanza el beneficio económico de unos pocos contra las esperanzas de vida de las grandes mayorías.

elquintopatio@gmail.com

(Publicado en Prensa Libre el 20/06/2015)

El punto ciego

Que el país está en una crisis profunda, es una realidad cuyas abrumadoras dimensiones han trascendido fronteras. No solo por un caso o dos de corrupción descarada, sino cientos y quizá miles de ruptura sistemática de la institucionalidad por medio de actos de corrupción nunca perseguidos, nunca aclarados y jamás procesados desde las instancias de justicia. Y esa es la demanda ciudadana.

Las medicinas y los insumos médicos que no llegan a los hospitales, los pupitres que no llegan a las escuelas y los casos empantanados en las cortes, lo denotan. Las carreteras que se comenzaron a construir y nunca se terminaron mostrando deterioro por causa de la mala calidad de los materiales y el desinterés en los ministerios y otras dependencias por dar un servicio eficiente a quienes acuden a solicitarlos, son los síntomas de una decadencia general de la administración pública.

Las leyes laborales parecen ser optativas. Así, decenas de miles de empleadas y empleados domésticos y de empresas de maquila trabajan en horarios violatorios de sus derechos humanos, recibiendo a cambio salarios y otros beneficios más propios de un sistema de esclavitud que de un contrato por servicios. Y sus demandas se estrellan contra un paredón de influencias y privilegios aparentemente indestructible.

Las estratagemas del poder para silenciar a los valientes comienzan a fallar, pero en el aparato oficial aun quedan muchos recursos para neutralizar los efectos de la ira colectiva. La intimidación por medio de trucos aparentemente legales, pero en realidad violatorios de los derechos humanos, de locomoción, de expresión y de libertad política son medidas extremas tendentes a frenar la caída en picada de la autoridad administrativa más importante del país.

A esa fuerza aun poderosa se opone con un coraje ejemplar una población hastiada del abuso y la mentira, convencida de poseer, al final de cuentas, el poder supremo que le ha sido confiscado por una clase política cuya decadencia ha colocado al país en el listado de los más vulnerables y atrasados del mundo en términos de desarrollo social.

Una posición en las estadísticas que constituye la prueba documental y testimonial del atroz estado de una nación que debería ser modelo de equidad, de riqueza cultural y natural, de empuje empresarial y visión política. Pero en donde se pierde la biodiversidad por ignorancia, negligencia y ambición. En donde se pierde a la juventud en cárteles y pandillas. En donde se pierde a la niñez en el abuso constante de su integridad. Y en donde se pierde la esperanza de todo un pueblo en la ignominia del desprecio de quienes deberían honrarlo porque le deben –gracias a su voto- posiciones creadas para servirlo, pero convertidas en “bolsas seguras” llenas de privilegios y prebendas inmerecidas.

Guatemala ha llegado a un punto ciego desde el cual no se avizora una salida institucional definida y en el cual se apuesta su futuro para los próximos decenios. Pero este momento, por la enorme trascendencia de su impacto en un posible cambio de las reglas del juego, es una victoria ciudadana capaz de dejar una marca indeleble y ejemplar.

elquintopatio@gmail.com (publicado en Prensa Libre el 15/06/2015)

El arte de la mentira

Ocultar información es esencial para los corruptos.

Inherente al ejercicio político, es la habilidad para ocultar información y manipularla a voluntad. Al parecer, en las últimas décadas los deberes de un funcionario electo por la ciudadanía son de cumplimiento discrecional, entre ellos el respeto a la ley de acceso a la información, la honestidad en el desempeño del cargo, la responsabilidad en la toma de decisiones, la visión de servicio a la comunidad. Esos factores -de observancia obligatoria para un empleado público en cualquier país democrático- se han transformado en meros recursos discursivos para uso proselitista, pero nunca parecen haber formado parte de un marco de conducta ética.

Mentir públicamente y luego ser descubierto en la mentira, ha dejado de ser motivo de vergüenza y castigo. Lo hace un presidente de la nación más poderosa del mundo para justificar una guerra genocida, ¿por qué no hacerlo en un país tercermundista? Sobre todo, si no hay consecuencias y la población no manifiesta rechazo contra el mentiroso. Es más, muchas veces ni siquiera reacciona censurando el hecho. Esto demuestra cómo se han ido diluyendo los valores en una frenética búsqueda del poder y la riqueza material.

Sin embargo, esa falta de transparencia tiene sus efectos de largo plazo. Se pierde la credibilidad en las instituciones, y éstas representan el alma de una nación. Son su sustentación jurídica, conformando un todo destinado a dar respaldo a las necesidades y aspiraciones de toda la sociedad. Al perder credibilidad y entrar en una zona de desgaste junto con todo el tinglado democrático, sus fundamentos y perspectivas entran en crisis.

Gobernar con la verdad es una práctica que Guatemala no ha conocido. No, por lo menos, en sus últimos 40 años. El gobierno se ha transformado en un objetivo personal para políticos motivados por una codicia insaciable y una sed de poder nunca satisfecha. Para quienes se han sucedido en el sillón presidencial, el cargo no ha sido un honor sino un triunfo, desvirtuando por completo su esencia y traicionando su misión. Y esto, la ciudadanía lo ha contemplado con la impotente pasividad con la cual se observa el desborde de un río, como si de la fuerza de la naturaleza se tratara.

Este modelo de opacidad política ha de tener, forzosamente, un giro radical. De no cambiar actitudes, procesos, objetivos y conductas, no habrá poder popular que funcione como contrapeso. Es fundamental comprender que la veracidad, la transparencia y la honestidad existen y gobernar de acuerdo con esos principios es posible. Son valores cuyo poder regenerador puede convertir a una nación en crisis en un país en desarrollo.

Pero ello exige un compromiso masivo de todos los sectores y cada uno de sus integrantes: de quienes hoy participan de la corrupción y se benefician con la opacidad de sus autoridades, así como de quienes se han mantenido juzgando y criticando desde las sombras, sin intervenir ni protestar, por inercia o temor. El país merece una limpieza a fondo y esos miembros íntegros y valientes de la ciudadanía, preparados para sacarlo adelante, deberán comenzar a hacerse visibles y a participar en la urgente tarea de reparar los daños.

Publicado en Prensa Libre el sábado 30 de mayo 2015

Cerrar filas

En este momento crítico, la libertad de prensa es esencial.

Una de las peores amenazas contra la democracia y el estado de Derecho es una prensa acallada por el temor a las represalias. Por eso es un tema prioritario cerrar filas y mantener una postura independiente, crítica y solidaria con la ciudadanía, la cual no posee medios propios para tener acceso a las fuentes informativas y quien ahora más que nunca necesita estar informada.

El actual Gobierno no ha sido precisamente el mejor de los aliados de la prensa y mucho menos de los periodistas que cubren las fuentes, restringiendo en innumerables ocasiones el acceso de los reporteros, quienes han visto limitado su campo de acción y su acceso al lugar de la noticia, en una abierta violación a la ley.

Ante esta actitud de secretividad extrema de actos oficiales cuyos detalles deberían ser de conocimiento público, es imperativo oponer y, más aún, imponer el Artículo 35 de la Constitución Política de la República sobre la libre emisión del pensamiento, el cual claramente ordena: “Es libre la emisión del pensamiento por cualesquiera medios de difusión, sin censura ni licencia previa. Este derecho constitucional no podrá ser restringido por ley o disposición gubernamental alguna.” Sin embargo, el equivocado concepto de manejar la cosa pública como si fuera un negocio personal, tan propio de políticos improvisados y marrulleros, ha prostituído por completo sus relaciones con otros estamentos de la sociedad.

Por eso resulta interesante la iniciativa de un grupo de medios y colegas periodistas para crear el foro Periodistas por Guate, el cual reúne a más de 15 medios y organizaciones de Prensa, con el apoyo de diversas instituciones, cuyo propósito es generar un ambiente de mayor seguridad para los periodistas. Esto es especialmente importante para quienes realizan su labor en el interior del país, enfrentando las peores condiciones y sin protección alguna contra las presiones de autoridades corruptas y organizaciones criminales.

Este foro, apoyado por la Cicig, el MP, el Procurador de los Derechos Humanos, la Oacnudh y otras organizaciones y medios informativos, pretende desalentar las acciones violentas contra los comunicadores y defender el derecho de la ciudadanía a estar informada de manera veraz y objetiva. El goce pleno de este derecho es uno de los pilares fundamentales de la democracia, por lo cual también involucra a la población, la cual sin una prensa independiente se encontraría indefensa ante los abusos de quienes detenten el poder.

En una época tan convulsa como la actual, el ejercicio periodístico en libertad constituye una amenaza para aquellos grupos cuyas acciones ameritan investigación, denuncia y procesos administrativos y judiciales. No resulta fácil reclamar por esa violencia contra el ejercicio de una profesión cuya misión es buscar y encontrar la verdad. No es fácil en un país en donde a diario muere asesinada una veintena de seres humanos de diversa condición y origen. No se puede callar cuando las evidencias golpean la conciencia. Ni siquiera cuando se es amenazado de muerte, como sucedió con los colegas de Suchitepéquez. Por eso es preciso cerrar filas, para contribuir desde nuestros espacios a consolidar el esfuerzo nacional por la transparencia y la justicia.

Publicado en Prensa Libre el 25 de Mayio 2015.

¿Cómo nos piden votar con tantos desaparecidos?, pregunta indígena guerrerense a Rigoberta Menchú

http://aristeguinoticias.com/3005/mexico/como-nos-piden-votar-con-tantos-desaparecidos-pregunta-indigena-guerrerense-a-rigoberta-menchu-video/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=como-nos-piden-votar-con-tantos-desaparecidos-pregunta-indigena-guerrerense-a-rigoberta-menchu-video

Atavismos

Las doctrinas religiosas deben actualizarse.

 El hombre se acercó a la mujer que manifestaba frente a casa presidencial y con aire de enojo le espetó: “Ustedes las mujeres deberían estar en su casa atendiendo sus labores domésticas, tal y como lo manda la Biblia, no tienen nada que hacer en la calle”. Luego dio media vuelta y se alejó satisfecho de haber cumplido con un deber superior.

Esto no es novedoso. Basta con asistir a una boda para escuchar cómo los estereotipos sexistas marcan la vida de una pareja desde el momento de su unión, bajo la indiscutible norma espiritual. A partir de allí se establecen las jerarquías, en las cuales la mujer siempre termina en posición secundaria, cuando no se la coloca de entrada en un peldaño inferior al de sus propios hijos en el esquema familiar.

Esta costumbre se repetía también hasta hace algunos años en la boda civil, al leer los artículos del Código relativos a la unión matrimonial, conminando a la esposa a cuidar del hogar, prohibiéndosele trabajar fuera de él sin autorización del esposo. Este Código fue reformado, pero sin duda los viejos ejemplares aun circulan y se utilizan en muchas ceremonias, ante la ignorancia de las parejas sobre la derogación de tales monstruosidades jurídicas.

Por eso, cuando se analiza la violencia de género, resulta evidente que en las estrategias para combatirla y erradicarla no pueden quedar al margen las instituciones religiosas ni los profesionales participantes en la institucionalización de las uniones. Allí debe insistirse en la toma de conciencia y la reeducación de hombres y mujeres sobre derechos y obligaciones. Es un momento oportuno para dejar estampada la igualdad con tinta indeleble. En estos tiempos y ante la violencia imperante, ese compromiso podría constituir un toque de timón hacia la dirección correcta.

Los atavismos tienen la característica de impregnar la vida casi sin sentir, son unos elementos subrepticios capaces de condenar a la miseria a todo un grupo social, escatimándole derechos a unos para otorgárselos a otros. En esos atavismos cargados de prejuicios no existe la justicia. Ni la divina ni la terrenal. Y es desquiciante vivir bajo sus parámetros.

El progreso y la actualización de los roles masculino y femenino, como los percibimos desde un centro urbano desarrollado y de costumbres cosmopolitas, no es igual al de la aldea perdida en la montaña en donde los hombres no permiten a su mujer parir por cesárea “porque ya no estará completa”. Y peor aún, en donde el personal de salud muchas veces respeta más la voluntad del esposo que la vida de su mujer.

Esas ideas primitivas de autoridad y dominio masculino inciden en los índices de violaciones sexuales y abuso en el seno de la familia. El concepto arcaico de “jefe” de hogar determina implícitamente una jerarquía sacralizada por las doctrinas religiosas y reproducida por la sociedad. ¿Por qué no se habla de “socios” en la complicada aventura de una vida en pareja? ¿Por qué no se educa en el concepto de equidad desde la más tierna infancia? ¿Por qué se sigue sacrificando un lechón cuando nace un varón y se instala una atmósfera de frustración cuando la recién nacida es una niña? Esos perversos atavismos nuestros…

Miedotenango

¿Por qué la sociedad se encierra en su burbuja?

 Parece que la violencia criminal no fuera suficiente motivo para sacudir la modorra social. Cada nuevo hecho de violencia provoca un cierto burbujeo que dura lo que permanece la noticia en los medios, ni un día más. Luego, se calma; cada quien regresa a su rutina mascullando frustración y finalmente todo se disuelve en la nada, hasta el estallido noticioso de un nuevo crimen excepcionalmente perverso.

Las muertes por asfixia, ataque armado o tortura, violación y desmembramiento coexisten con las cuentas por pagar, el precio de la gasolina y las dificultades para encontrar estacionamiento. Parecen ser parte del estilo de vida en Guatemala y los países vecinos, con los cuales comparte esta horripilante costumbre de vivir bajo amenaza.

Pero los seres humanos no son inmunes a este ataque psicológico constante. En unos, la atmósfera de incertidumbre –(¿viviré lo suficiente para amanecer mañana?)- se manifiesta en un tono de agresividad que impregna toda su vida diaria, dirigido contra quienes le rodean: su familia, sus amistades, sus compañeros de trabajo y, sobre todo, los transeúntes o automovilistas que se cruzan en su camino, como aquel pasajero de bus que vació la tolva de su pistola matando a un hombre inocente solo porque el piloto no aceleró lo suficiente. En otros, en cambio, se convierte en puro y simple miedo de salir a la calle.

El denominador común es la impotencia. Habría que analizar a fondo cuáles son los mecanismos que liberan este sentimiento tan agobiador de no encontrar respuestas ni salidas a una situación extremadamente adversa. Pero no cabe duda de que una persona atrapada por la falta de satisfacciones a su necesidad de seguridad se convierte en un ser desequilibrado en más de un sentido.

Con estas características no hay sociedad que avance hacia sus objetivos, si es que los tiene. Se transforma en una comunidad humana apática, frenada por la atmósfera de intimidación en la cual transcurre su vida diaria y cuya visión de futuro –algo indispensable en todo conglomerado social- está siempre en duda. La familia normal en estos días invierte la mayor parte de su energía en protegerse de las amenazas, latentes o explícitas, en lugar de desarrollar su potencial y avanzar en sus logros con cierta certeza de que su vida no está en peligro.

Lo curioso es la manera como este ambiente ya pasó a ser normal. Quienes disfrutan de algún reducto seguro en el cual sus hijos salen a jugar sin peligro o tienen la dicha de pasear sin temor a ser asaltados, se consideran privilegiados. Eso que antes fue norma es ahora la excepción y todos aprendieron a aceptarlo como parte de su realidad.

No es extraño, entonces, observar una fragmentación cada vez más acentuada en la sociedad. Aun cuando se producen pequeñas explosiones de rechazo al estado de cosas, son apenas burbujas más grandes y ruidosas, sin llegar a la envergadura de una protesta colectiva ni una demanda de cambio. ¿Salir a las calles a manifestar el repudio contra la corrupción y la violencia? No. Eso aquí no sucede.

(Publicado en Prensa Libre el 26/01/2013)

El mundo perdido

La Humanidad está en retroceso, empujada por su propia voracidad.

 “No existió el genocidio”, dicen. “No hay que detener el desarrollo”, dicen. “Las organizaciones sociales son retrógradas y se oponen a la inversión privada, ¿qué tienen en contra de la minería y las hidroeléctricas?” “¡En ellas está el futuro!” Perversa manera de disfrazar la cruda realidad de la apropiación de las riquezas del planeta para el enriquecimiento de un puñado de empresas sin rostro humano.

El mundo que conocimos desaparece ante nuestros ojos. Sus bosques, su agua, su fauna y la riqueza del subsuelo ya tienen dueños, mientras las comunidades humanas que habitan los territorios son exterminadas por la violencia armada -y legalizada además por gobiernos corruptos- o simplemente por el hambre y la destrucción de sus medios de subsistencia.

Los escenarios varían, van de uno a otro continente. En Tanzania los hacendados avanzan con su maquinaria arrasando todo a su paso, tal como sucede en la Amazonia brasileña y en el gran territorio del Petén. Las reservas naturales y las grandes extensiones de bosques, algunas de cuyas funciones son proveer de oxígeno al planeta, depurar su atmósfera y brindar un hábitat adecuado a millones de especies de fauna y flora, se han convertido en el objetivo económico de los grandes consorcios explotadores y su exterminio crece de manera exponencial.

Pero esto, aun cuando no es nuevo, ya está marcando de manera directa la vida de los habitantes con sus efectos sobre el clima y la salud humana debido a la manipulación genética e industrial de los alimentos como una de las estrategias comerciales más exitosas de las últimas décadas, y por un desmedido afán de privatización.

Hoy, en un simple plato de pollo o cocido -alimento recomendado por ser saludable hace más de 20 años- una persona podría consumir altas dosis de hormonas, preservantes, colorantes y antibióticos cuyo efecto sobre el cuerpo se desconoce debido a la falta de controles de los organismos sanitarios de los países, así como gracias al magistral trabajo de cabildeo de las grandes empresas con los sectores políticos y su generosidad para conseguir una legislación que las proteja.

Ese es apenas un ejemplo. La industria de alimentos y el cartel farmacéutico mundial son el epítome de la deshumanización de la industria, cuyas estrategias se dirigen de manera explícita a la acumulación de riqueza y poder y no a propiciar la salud y el bienestar de la población de la cual obtienen esos inmensos beneficios.

La adición de vitamina A en el azúcar y de yodo en la sal constituyen medidas obligatorias por ley, destinadas a prevenir enfermedades de enorme impacto para las grandes masas de población de bajos ingresos. Sin embargo, ¿se sabe con certeza si esas medidas aun se respetan o algunos productores se ahorran ese gasto por su impacto en sus ganancias? En cuanto a sus consecuencias, tampoco existe en la sociedad una gran preocupación por conocer los efectos de la falta de esos nutrientes en la población infantil, cuyos indicadores de desarrollo revelan el abismo de carencias en el cual crecen las nuevas generaciones ¿Que el genocidio no existe? Por lo visto, eso depende de las interpretaciones.

 (Publicado en Prensa Libre el 21/01/2013)

Un día aciago

Seis cuerpos sin vida, seis mujeres asesinadas y un país a la deriva.

 Los datos de la violencia en Guatemala parecen indicar que las estadísticas deben analizarse por períodos prolongados para establecer una curva más o menos real. Si se tabulan anualmente, como ha sucedido hasta ahora, esas ínfimas oscilaciones a la baja tienden a utilizarse para justificar políticas y hacer creer en la consecución de avances.

Pero en esto de las estadísticas también existen problemas de fondo. Sin un organismo oficial confiable, capaz de proporcionar la información real sobre los indicadores de país, se carece de una herramienta vital para diseñar políticas públicas y establecer prioridades sobre distintos temas de gran impacto social, como son los de seguridad y justicia.

Sin embargo, cuando se habla de femicidio no se trata de un simple asunto de números. Detrás de la violencia contra la mujer existe toda una cultura de opresión no reflejada en cifras. De hecho, la inmensa mayoría de abusos jamás se denuncia ni mucho menos es sujeto de sanción. Es ahí precisamente en donde reside uno de los grandes obstáculos para el avance de la democracia y la igualdad de derechos para el mayoritario segmento de la población femenina.

El vil asesinato de dos niñas, capítulo estremecedor para cualquier persona decente, pone una vez más en evidencia la falta de protección de la niñez en Guatemala. Y entre esa niñez desprotegida, son las niñas las más vulnerables. En ellas se refleja la imposición del patrón patriarcal de esta sociedad, al remitirlas al último peldaño de la escala del valor humano. Porque ellas no solo sufren abuso y carecen de mecanismos legales efectivos para defenderse por ser menores, sino también experimentan la discriminación adicional por su condición femenina, socialmente desvalorizada y, por tanto, relegada a una posición de completa marginación.

Una de las medidas políticas más urgentes es un masivo ataque contra la criminalidad que tiene a la población en vilo. Pero no mediante ejecuciones extrajudiciales como sugieren algunos ciudadanos indignados, sino por medio de la investigación oportuna y la aplicación efectiva de la justicia. Si estos individuos supieran que les espera un castigo seguro, sin duda lo pensarían dos veces antes de cometer las atrocidades a las cuales ya se han habituado, tanto como se han habituado a la impunidad.

El miedo de esta sociedad se hace más y más evidente a medida que avanzan los días. Ya se levantan voces exigiendo la pena de muerte, sugiriendo linchamientos y otras medidas de violencia extrema a través de las cuales se percibe un profundo escepticismo sobre la eficacia de las fuerzas de seguridad y de los administradores de justicia. La población ha dejado de creer en sus instituciones y ese constituye un portal propicio para la anarquía y las desviaciones oportunistas de los sectores de poder.

El miércoles fue un día aciago. No solo por los asesinatos de estas dos criaturas inocentes aun sin identificar, sino por el significado detrás del hecho mismo como una declaración de guerra, como la ratificación del poder supremo del crimen organizado sobre la vida y la muerte de la ciudadanía. 

(Publicado en Prensa Libre el 19/01/2013)

Sutileza lingüística

El uso de las palabras correctas sigue siendo una ciencia oculta.

 Crimen pasional. Esa fue la conclusión preliminar de los investigadores en los asesinatos de una pareja en Amatitlán. También se desliza el concepto en la investigación asesinatos de mujeres, así fue en el crimen de monseñor Gerardi y en el polémico escándalo Rosenberg. De fácil uso, la palabrita se cuela recurrentemente en los reportes policiales pero también en las notas de prensa sin ser objeto de cuestionamiento alguno.

La excusa del crimen pasional está muy bien elaborada. Sirve de maravilla para justificar un hecho de sangre -la muerte de un ser humano- facilitándole al criminal el pretexto de haberse encontrado bajo el efecto de fuerzas superiores que lo llevaron a cometer el asesinato aun en contra de su voluntad. Los celos, la rabia extrema, el despecho, aparecen como impulsos irrefrenables ante las cortes de justicia.

Bien adornados por los abogados defensores, estos motivos muchas veces logran desviar las sentencias, reducir penas y culpas para, finalmente, librar a un asesino sádico de pagar por su crimen.

El problema, sin embargo, no es solo el manejo irresponsable y descuidado de los conceptos por parte de las fuerzas del orden y los investigadores del sector judicial, también lo es la relajada actitud de los medios de comunicación al aceptar, sin mayores reservas, esa clase de explicaciones por parte de sus fuentes informativas. 

El reportero rara vez cuestiona tales afirmaciones y no obliga a sus fuentes ni a sus lectores a profundizar en el análisis. Entonces la nota se traslada a la sociedad con un deformante concepto cuya validez quedó obsoleta ya desde el siglo pasado.

En la mayoría de femicidios, la primera versión es el crimen pasional. Aun si se aceptara esa definición -lo cual no debería suceder- queda en la oscuridad el tipo de pasión al cual se refiere el suceso en cuestión. Por ello es mejor recurrir al diccionario en el cual pasión es definida, entre otras acepciones, como “cualquier perturbación o afecto desordenado del ánimo” (Drae, 21.a edición) y no necesariamente como un amor intenso e incontrolable que empuja al individuo a cometer un acto irreflexivo aun en contra de su voluntad, como se pretende hacer creer a un público ávido de emociones.

Crímenes perversos como la tortura, violación o asesinato de una mujer nunca son crímenes pasionales motivados por el amor, un sentimiento noble cuya ausencia es la nota más evidente en la escena del crimen. El uso común de esta explicación, por lo tanto, debería ser erradicado para siempre del lenguaje jurídico y policial por inexacto y contradictorio con los hechos investigados.

Utilizar las palabras correctas no es cosa fácil, pero en ámbitos cuyos límites son precisos y de enorme relevancia para la aplicación de la justicia, este debe ser un requisito obligatorio para todos sus representantes, desde el primer agente de policía que llega a la escena del crimen hasta el juez que dicta la sentencia.

No se debe permitir a los criminales el privilegio de disimular sus actos de violencia detrás de un sentimiento noble. Es así como se burlan de la justicia y hacen mofa de sus víctimas. 

(Publicado en Prensa Libre el 12/01/2013)

Me gustaba WordPress, pero…

…me está resultando tan difícil editar aquí (detesto ese laguito de la foto) que ya me empiezo a cansar de buscarle la manera. ¿Alguna idea?

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/11/actualidad/1357936622_311971.html

Excelente noticia, ahora hay que tratar de conseguirla.

Lastre político

Un enorme fardo de frustraciones es la herencia de años de violencia.

La nota decía: “Antropólogos de Guatemala encontraron al menos 500 osamentas de indígenas masacrados durante la guerra civil, tras 11 meses de excavaciones en un antiguo destacamento militar donde ahora funciona un comando de operaciones de paz de la ONU”. Un destacamento militar como muchos de los instalados a lo largo y ancho del país, dedicados a ejecutar las tácticas de combate antisubversivo en el marco de la Guerra Fría, entre otras funciones.

La noticia no tuvo repercusiones excepcionales en la sociedad guatemalteca. De hecho, no mereció primeras planas, declaraciones oficiales, demanda de explicaciones por parte de la sociedad ni el indicio de alguna protesta ciudadana. Tampoco parece haber seguimiento mediático. Muy poco ruido para tantas osamentas de indígenas masacrados durante un operativo militar en una de las regiones más castigadas por el conflicto armado.

500 osamentas, un niño abandonado bajo el cadáver de su madre en una carretera solitaria, una cabeza humana hallada en un mercado de la zona 5 de Mixco, todas noticias dispersas marcando el tono para 2013. Pero ya la costumbre ha sentado sus reales apagando la protesta y consolidando la resignación como un valor más que como una actitud. Anestésico imprescindible para vivir.

Quizás, entonces, la designación de un militar, kaibil, de la línea más dura, estratega de la contrainsurgencia y amigo fiel del poder económico sea congruente con esa realidad ya delineada como un estado indefinido de posguerra del cual Guatemala no puede escapar.

¿En dónde queda entonces el deseo de reconciliación si no es en puras quimeras? ¿Qué reconciliación puede surgir en una sociedad tan profundamente dividida y temerosa de todo lo que represente involucramiento y lucha por sus derechos? La democracia exige participación ciudadana como requisito para su propia existencia. Sin ella, el quehacer político se sustenta de autoritarismo y abuso de poder, perdiendo su esencia y cualquier esperanza de desarrollo en un marco de respeto por los derechos humanos.

Los crímenes llamados “comunes” también forman parte de esa herencia de violencia política en la cual Guatemala se ha visto inmersa durante tantas décadas como precio por su tremenda debilidad frente a otras potencias y organismos mundiales desde los cuales han emanado directrices políticas y económicas que definieron su ruta. Esos crímenes comunes, esa delincuencia callejera, es producto directo de las desigualdades sociales y las fallas institucionales derivadas de la corrupción y la carencia de un concepto de nación.

Este escenario, por lo tanto, tiene una continuidad perfecta en el tiempo y conforma un complejo sistema de vasos comunicantes. Cuando se produce un acto de corrupción en una dependencia del Estado, tiene impacto directo en algún programa de desarrollo no ejecutado, en algún presupuesto reducido y en la pérdida de oportunidades para algún segmento de la población totalmente ajeno al motivo de su desgracia. Y eso, en cualquier sociedad, constituye un terrible lastre político casi imposible de sobrellevar.

Una brizna de genialidad.

Una brizna de genialidad.

La brújula rota

La vida política y social del país parece haber perdido la ruta.

Entre los mayores problemas provocados por la anarquía y el desorden desde los ámbitos institucionales están la pérdida de confianza y de oportunidades de crecimiento. Guatemala sufre ese síndrome. Parece haber perdido la brújula con la cual definió, en algún momento, la ruta hacia la reconciliación entre sus diferentes sectores y la búsqueda de desarrollo sostenible en un marco de respeto por los derechos humanos.

Las instituciones fundamentales de una nación, aquellas cuyo papel se centra en la defensa de las normas constitucionales y la imposición de un marco valórico común a toda la sociedad, han colapsado de manera pública y notoria.

El Congreso de la República se ha transformado en un mercado en el cual se transa la riqueza y el futuro del país con total descaro e impunidad y el organismo encargado de administrar justicia, cuyas funciones están claramente definidas por ley, parece un conjunto de compartimientos estancos en donde cada quien maneja sus asuntos a su manera.

Mientras eso sucede en dos de los pilares de la democracia, otras instancias acusan una absoluta falta de control por parte de la ciudadanía. El ejemplo perfecto es la comuna capitalina, cuya máxima autoridad ignora por completo que existe un mecanismo llamado rendición de cuentas. Y ese cuadro se repite una y otra vez en ministerios y municipalidades, gobernaciones y secretarías. Algo así como una red de influencias orientadas de manera exclusiva a satisfacer intereses particulares con total desprecio por la gran masa poblacional de la cual obtienen su riqueza.

Pero no solo en los grandes despachos se produce esta pérdida de visión y dirección. También en las pequeñas organizaciones dirigidas por personas ineptas y carentes de ese concepto de bien común indispensable para tomar las decisiones correctas. Uno de los casos ejemplificadores es la administración del Parque Zoológico La Aurora, recinto destinado a conservar, proteger y exhibir a la fauna en condiciones adecuadas, con el propósito de brindar a la población un medio de educación y entretenimiento saludable y constructivo, con un fuerte concepto de respeto por la naturaleza.

Sin embargo, el Parque Zoológico se está transformando en una nueva Plaza Obelisco o, peor aun, algo así como el salón popular La Flor de Chinique, en donde la música estridente y la parranda desenfrenada marcan la pauta. La salud de los valiosos ejemplares de fauna refugiados en el parque no es un tema de interés para los genios del mercadeo cuyas pésimas decisiones y su evidente ignorancia violan todos los preceptos conservacionistas.

Así se podría enumerar a muchas dependencias del Estado cuyo desempeño presenta gravísimas deficiencias. Para no ir tan lejos en el tiempo, dar una mirada a la desorganización y falta de estructura en la celebración del B’aqtun, oportunidad de oro desperdiciada por las autoridades de turismo y de cultura, quienes no tuvieron los alcances para realizar un evento de transcendencia mundial, el cual hubiera significado un importante logro para la imagen del país en el exterior. La pregunta es ¿quién tiene el timón de esta nave?