Valores desechables

(Publicado el 18/04/2009 en Prensa Libre)

El valor de la vida humana ha bajado de categoría. Hoy se cotiza barato e incluso se presume de no darle mayor importancia. Eso es “cool”.

Al señor ministro sólo le faltó poner su zapato sobre el flanco del “Smiley” para la foto, como hacían los cazadores de leones en África. Su presencia en la escena le presta una trascendencia innecesaria a la captura y al mismo tiempo le resta seriedad a su figura como funcionario de Estado.
Cuesta creer que la policía en pleno haya concentrado su atención en la captura de un asesino de quinta categoría cuyo protagonismo ha sido más que mediatizado, en lugar de convencer a la ciudadanía de que por fin se ha iniciado una labor consistente para detener la inconcebible crisis de seguridad en que vivimos todos. Porque si el “Smiley” es tan poderoso, es plausible conjeturar que también ha tenido su parte en la desaparición de los 82 millones del Congreso, los fondos del IPM, los fondos del IGSS, del Crédito Hipotecario, el asesinato de Víctor Rivera y quizás hasta las masacres perpetradas por los Zetas llevan también su sello de identidad.
No se trata de restar importancia a su captura, pero tampoco se puede sobredimensionar algo que viene siendo como una gota en el océano. Las cárceles y los barrios marginales están abarrotados de pandilleros tanto o más peligrosos que este cuasi adolescente que roba y asesina por diversión.
Así también proliferan los ex militares y ex funcionarios cuyos actos de corrupción constituyen la piedra angular del desastre en el cual se encuentra la Nación en términos de seguridad ciudadana, cuya población está en riesgo permanente por falta de oportunidades y cuya infraestructura de servicios públicos desciende al rango de catástrofe nacional. ¿Por qué no están ellos también en la foto con el ministro? ¿Acaso merecen trato especial como arresto domiciliario con permiso especial para viajar a Miami cuando se sientan muy deprimidos?
La sociedad no necesita más circo. Un plan de seguridad serio y bien estructurado no requiere del escenario del Teatro Nacional para darse a conocer, sólo se necesita voluntad política y medidas puntuales y oportunas, consensuadas con la sociedad y un compromiso de todos los sectores –en especial del Congreso de la República- para tomar en serio el tema a la hora de legislar y establecer las reglas del juego.
El “Smiley” se burla en público de sus captores al confesar sus fechorías con tanto desparpajo. Él sabe, mejor que nadie, las oportunidades que se les presentan a los criminales para salir indemnes de los juicios y de las cárceles. Él convive con la escoria y conoce sus secretos, entre ellos los mecanismos de corrupción en la Policía y el sistema penitenciario. Él sabe que no es importante, porque tampoco es el único ni el peor.

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