En espiral descendente

Publicado el 04/06/2011

Una revisión de las propuestas de la campaña anterior sería enriquecedora. 


Al escuchar los argumentos de los distintos candidatos para justificar su presencia en las papeletas, se retrocede al pasado en múltiplos de cuatro. Quizás la única diferencia entre los postulados de los candidatos precedentes fuera un esfuerzo más consistente por parecer coherentes, aunque en ningún caso destacaron por su brillantez intelectual.

Es patético observar cómo todos –incluso la señora Torres, quien ha jugado un papel protagónico durante esta administración- alegan inocencia y pretenden tener la fórmula para acabar con los males de Guatemala. Aun cuando han tenido la plataforma necesaria para ejercer una oposición informada ante la gestión gubernamental, aparecen como observadores pasivos del descalabro actual.

Ninguno de ellos puede arrogarse el derecho de fingir ignorancia, ni de colocarse del lado de las víctimas, especialmente si han sido partícipes en los procesos de negociación que afectan las finanzas y el estado general de la administración pública. Han sido legisladores, han sido co-gobernantes, han sido políticos activos y han estado del otro lado de la mesa de discusión como representantes del sector privado.

Esto ha sucedido antes de manera recurrente. Llega un candidato a la palestra con las fórmulas mágicas para acabar con la corrupción, ofrece el respeto irrestricto a los derechos humanos o promete todo lo contrario: la mano dura. Suben al estrado con arrogancia y manosean los colores patrios como adueñándose de una soberanía que jamás han podido defender. Se bañan en agua bendita después de haber tenido el poder de erradicar los males que hoy juran combatir y distribuyen sagrados mandamientos que no son capaces de respetar ni en su propia casa.

Algo que la población debe comprender en su completa dimensión es que ningún candidato ha sido totalmente ajeno a la descomposición actual. Todos ellos han tenido un lugar privilegiado en el quehacer político de esta nación, lo cual incluye al actual mandatario, quien intenta desesperadamente sacudirse la responsabilidad echando la culpa a sus antecesores.

Esta actitud no es nueva ni será la última vez que se vea en un gobernante, pero es conveniente tenerla en cuenta antes de marcar la papeleta. La campaña actual está jalonada de acusaciones e insultos, descalificación de contrincantes y promesas vagas, nada que pueda considerarse de altura para un evento cívico de tal magnitud. Lo que denota este circo es un desprecio absoluto a los valores humanos, un retroceso más a los tiempos oscuros del totalitarismo y una amenaza al sistema democrático, a partir del momento que todos violaron alegremente la ley al iniciar una campaña anticipada. La espiral sigue descendiendo y la ciudadanía, a poco más de 3 meses, no sabe por quién votar.

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