“Toda obra es un fetiche” (Rolando Ixquiac Xicará)

Por Carolina Vásquez Araya

“Toda obra es un fetiche” (Rolando Ixquiac Xicará)

Desde hace milenios existe un culto marcado hacia la cultura. Esta se considera uno de los estadios superiores de la Humanidad y de muchas maneras se superpone a la vida misma. La obra plástica, presente en todas las culturas desde el principio mismo del ser humano, cuando tiene la capacidad de trascender se convierte en un fetiche. Sin embargo, ese fenómeno se manifiesta fundamentalmente por su valor estético, el contexto histórico al cual pertenece o, como sucede en la actualidad, su valor de mercado, pero en muy raras ocasiones por el contenido en sí mismo. Eso sucede con la obra de Rolando Ixquiac Xicará. Sus composiciones cuidadosamente estudiadas, la maestría en el manejo del color y el dibujo aparentemente ingenuo cuya fuerte carga emotiva esconde un mensaje contradictorio, cargado de rebeldía, engaña a primera vista y deja ese resabio de placer natural frente a la belleza.

Una estética adorable

Tres lunas, un espacio sideral maravilloso y una negra extraña tratando de lamer un melón conforman, para Rolando Ixquiac Xicará, una escena “adorable”. Una visión que nos identifica como pueblo, como especie, nos hace reflexionar y de paso coloca en un sitio privilegiado de nuestro entorno social a todo un símbolo del racismo, pero encantador desde el punto de vista estético. La complejidad del pensamiento del artista, su innegable habilidad para estampar en un espacio determinado todo un sofisticado universo de formas y conceptos con los cuales comparte su visión del mundo, no dejan lugar a dudas sobre su compromiso estético.

Pero en dirección paralela corre también un lenguaje de denuncia cuyo filo rompe las telas para surgir con toda su potencia detrás de las veladuras de la acuarela o los trazos meticulosos del óleo. Las calaveras, las cruces, las aves huyendo despavoridas de una escena de muerte no se concilian con la primera impresión. Esa “estética adorable” del maestro ya no es tan adorable y nos enfrenta con crudeza al mundo que hemos construido a partir de prejuicios y exclusiones.

La razón del compromiso

Existe, en toda su obra, un leit motiv absolutamente definido: el racismo. Sus personajes vienen desde la experiencia vital de un artista cuyos inicios fueron marcados por la discriminación y por una guerra cruenta y prolongada cuyas víctimas fueron en su inmensa mayoría indígenas como él. Rolando Ixquiac, quien en los años 70 no tenía por qué salirse del esquema trillado del costumbrismo estético, de la paleta vibrante de sus pares, de esa descripción preciosa del entorno rural, se abrió paso a través de una sociedad poco tolerante con las diferencias étnicas y sus pasos lo llevaron a invadir un espacio supuestamente ajeno. Rodeado de un mercado de arte emergente, fue capaz de sentar sus reales en salas de exhibición y subastas a la par de un arte ladino por excelencia.

Sin ser planfetaria -y muy lejos de ello- la obra de Rolando Ixquiac Xicará es testimonial. Lleva la fuerza de la protesta, sin exceder ese fino borde que lo separa del mero discurso, para adentrarse con pleno derecho entre el círculo de los maestros más consistentes de la plástica nacional.

Intencionalidad, no un disparate casual.

Los inicios de Rolando en las labores manuales comenzaron en el taller de zapatería de su padre. Luego, trabajando en un taller de enderezado y pintura adquirió la maestría en el uso de los más diversos materiales, sus colores, texturas y plasticidad. Al ingresar a la Escuela de Artes Plásticas ya llevaba ese valioso camino recorrido, lo cual le facilitó el aprendizaje. Al comenzar a pintar descubrió ese universo maravilloso para el cual ya poseía las habilidades prestadas por sus oficios anteriores. La pintura se convirtió, entonces, en el reducto seguro dentro de una ciudad cuya dinámica le era ajena. Ese punto de partida lo llevó a participar en bienales y salas de exhibición en el país y el mundo.

Ese punto de partida significó la ratificación de su vocación pero, más importante aún, la consolidación de una visión crítica, sociológica y de protesta cuya estética lleva una connotación ética indudable. Sin embargo, la coherencia de su denuncia le significó críticas cuyo trasfondo iba dirigido más a descalificar su técnica que el contenido de su obra, como una manera de matar al mensajero frente a un mercado no proclive a la protesta política en tiempos de conflicto, en una sociedad conservadora y centrada en su condición de superioridad étnica.

De ahí la cuidadosa concepción de temas, la elección de colores emblemáticos y la inclusión de detalles aparentemente insignificantes pero de un gran simbolismo, en toda su obra. Elementos cuya integración en el conjunto proviene de un estudio profundo del mensaje y una revisión exhaustiva del modo de transmitirlo.

La proyección de la obra pictórica de Rolando Ixquiac ha alcanzado a escenarios muy diversos en países cuyo conocimiento de la realidad de Guatemala es casi inexistente. Esa trascendencia se debe, sin duda alguna, a la exquisita factura de sus pinturas, a la composición fluida cuyo ritmo lleva la mirada del observador a abarcar el conjunto sin tropiezos, como un engranaje de arabescos perfectamente estructurado.

La exhibición que hoy tenemos frente a nuestros ojos es una muestra en pequeño de la trayectoria de toda una vida. En ella tenemos el mensaje y también al mensajero, tenemos el testimonio y los complejos modos de retratarlo. El asombro es parte del juego y sin duda su efecto perdurará durante un tiempo en nuestra retina.

Guatemala, 9 de agosto de 2015.

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