Territorio narco


La invasión territorial de los grupos de la droga influye y afecta en las decisiones de los Estados.

Nunca se había visto con tanta evidencia el efecto de la expansión territorial de los carteles de la droga como el año que recién terminó. Se sucedieron las matanzas entre grupos rivales con todas las características de la violencia extrema que caracteriza a estas pandillas: cadáveres decapitados, quemados y con señales de tortura; policías involucrados en el encubrimiento de las huellas y dinero a montones circulando en todos los estratos del sistema judicial.
Lo que se avecina no es para nada esperanzador, los carteles de la droga han alcanzado –en México, Guatemala y otros países del continente- un poder de dimensiones épicas gracias a su ilimitada capacidad económica para comprar toda clase de voluntades y pases de salida en las cárceles a las cuales rara vez van a dar.
El problema, entonces, es ver el cuadro completo y vislumbrar alguna salida. Desde hace muchos años, se discute sobre la posibilidad de que la legalización de la droga permita reducir los efectos del tráfico. Muchos se oponen; unos por razones morales, otros por razones políticas, pero también lo hacen quienes obtienen provecho de esta actividad, ya sea por estar involucrados en ella o por recibir jugosos sobornos.
Sin embargo, cualquier inciativa tendente a eliminar esta fuente de violencia está condenada al fracaso en tanto no se ataque de manera frontal el problema del consumo. Y Estados Unidos, junto con Europa y los países orientales, son los grandes consumidores de todas las variedades posibles de droga. Esto hace que ante una demanda tan intensa, los productores expandan su negocio en todas sus fases, desde la producción hasta la venta al detalle, aceitando los procesos con millones de dólares que impactan pero no se registran en los indicadores económicos de los países.
Legalizar la droga implicaría cambiar por completo el escenario de toda esta cadena. Al mismo tiempo, revelaría la dimensión de sus redes de distribución y haría más accesible la información sobre los procesos de producción.
Pero no existe estrategia posible ni política, ni económica, ni policial contra el poder de los carteles mientras no se realice un operativo multinacional efectivo, blindado contra sus sobornos, entrenado al nivel de sofisticación del cual hacen gala las redes del narcotráfico.
Todo el mundo está en riesgo, pero de manera puntual América Latina, cuyas instituciones son vulnerables a la corrupción en sus más elevados estratos y muy especialmente en sus ejércitos regulares y cuerpos de policía. La amenaza no está latente. Ya está presente y ha tomado posesión de los territorios con una celeridad y eficacia que ya se quisiera observar en los mandos estatales.

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