Entre clavos y reproches

La crisis de institucionalidad quedó una vez más en evidencia durante la sesión solemne del Congreso de la República.

El tono del discurso oficial no dejó lugar a dudas: el Presidente se declaró insatisfecho por las críticas de la prensa, se sintió agredido por sus opositores y denunció intentos de desestabilización promovidos por sus enemigos políticos. Además, reclamó un trato respetuoso hacia su esposa y mejor comprensión de los proyectos que están en sus manos.
El informe de su primer año de gobierno ante el pleno del Congreso en presencia de ministros y secretarios de Estado, cuerpo diplomático e invitados especiales, estuvo saturado de reproches, a veces en un tono coloquial poco adecuado a un acto solemne de carácter eminentemente protocolario. La alusión personal a Nineth Montenegro, además, constituyó un desliz imperdonable en un funcionario de tan alta investidura, cuya representatividad debe trascender lo anecdótico y remitirse a los puntos esenciales de su gestión.
Pero así como el mandatario rebasó los límites del estricto protocolo que enmarca esta clase de actos, también lo hicieron los 36 diputados que abandonaron el hemiciclo antes de su discurso. El desaire planificado por los representantes del Partido Patriota y la bancada de Libertad Democrática constituyó un acto más degradante para la institucionalidad que para el propio Presidente. Es posible que no hayan medido la dimensión de su conducta en función de la trascendencia de la sesión solemne –durante la cual se realizaba una ceremonia de juramentación de la nueva Junta Directiva del organismo al cual pertenecen- y actuaron como lo harían en un evento político partidista.
Para quienes observaron el desarrollo del evento, éste careció de solemnidad. Ni el discurso presidencial ni los aplausos estrictamente protocolarios ni la actitud de las bancadas de oposición estuvieron a la altura, como tampoco lo estuvo la organización de la ceremonia.
En las afueras del palacio legislativo, las nutridas manifestaciones populares quisieron dar un mentís a los grandes avances en materia social enumerados por el mandatario y a los invitados no les quedó más que sortear los obstáculos y sacar sus pañuelos inmaculados para no sufrir los efectos de los gases lacrimógenos usados para disolver las manifestaciones.
En suma, esta ocasión reflejó una vez más la peligrosa debilidad de las instituciones, punto vulnerable de la democracia, y aún cuando algunos de los presentes alabaron el discurso presidencial, éste no contribuyó en nada a reducir las fuertes divisiones y carencias características de la política local.

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