El campo de batalla

Tendemos a olvidar que no jugamos ajedrez con novatos. Las organizaciones criminales van algunos pasos más adelante.

La peligrosa combinación de delincuentes de altos vuelos con funcionarios corruptos es la fórmula ganadora para el crimen organizado. Ante eso, es poco lo que puede hacer una sociedad a menos que se organice adecuadamente y enfrente la realidad sin buscar la justificación de su debilidad, porque es superior numéricamente y tiene los mecanismos legales y legítimos de defensa que le otorga el sistema democrático.
Estos grupos están conscientes de las debilidades estructurales de nuestra comunidad y las aprovechan. Conocen la voracidad de la clase política, su falta de consistencia ideológica, su oportunismo y su temor a perder privilegios, entonces ahí golpean: convencen, negocian y compran. Si alguien se opone extorsionan o, simplemente, asesinan.
Su habilidad llega tan lejos como para infiltrarse sin obstáculos significativos en los sistemas financieros –Guatemala es uno de los países con mayores índices de lavado de narcodólares- y aún en aquellos sectores de élite que se consideran socialmente impermeables. Es decir, la inteligencia de quienes tienen mucho que perder si el sistema reacciona, supera en mucho a la del medio en el cual se instalan.
Ellos han detectado nuestras debilidades y las usan sin cortapisas. Además de estudiar la mente primaria de algunos políticos bien ubicados, se han dado a la tarea de identificar los puntos vulnerables para golpear y hacer daño. Uno de esos lados flacos es la profunda y arraigada vocación patriarcal de esta sociedad, acostumbrada a relegar a la mujer a un segundo plano y a ignorar sus derechos. Esta patología se traduce en el convencimiento de que la mujer es propiedad privada y se puede disponer de ella a voluntad.
Es probable, entonces, que el femicidio, con una tasa importante de asesinatos cometidos con una saña sólo comparable con la crueldad de las guerras más primitivas, se haya transformado en una constante como resultado de una estrategia puntual de ataque en una confrontación eminentemente territorial.
Al parecer, y debido a esa cultura machista carente de todo concepto humano, las mujeres somos un trofeo de guerra. No importa la edad ni la condición social, la mujer es un blanco fácil, es una víctima propiciatoria en esta lucha a muerte por conquistar una plaza llena de oportunidades de enriquecimiento ilícito, una plaza donde la justicia no existe, un terreno fértil para acumular bienes mal habidos ante la mirada impotente de toda la sociedad. En este escenario, no existe posibilidad de cambio si no se produce una transformación profunda de nuestros patrones culturales.

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