Los victimarios

Aplicar la justicia es imperioso, pero jamás será suficiente. Este país necesita una revisión profunda de su cultura y su escala de valores.

¿Qué hace su hija de 7, 8 u 12 años de edad? Probablemente va al colegio, juega y hace travesuras como cualquier niña de su edad. Sin embargo, no “cualquier” niña de su edad vive en un hogar cuya estructura le brinde la seguridad y el entorno favorables para su desarrollo en condiciones normales.
A muchas niñas y niños en esa importante etapa de su vida –a demasiados, de acuerdo con las estadísticas- les ha tocado sobrevivir en un ambiente hostil, carente de los elementos indispensables para ofrecerles aquellos beneficios prometidos por la Constitución Política de la República, por la Convención de los Derechos de la Niñez, por cientos de documentos nacionales e internacionales cuyos textos les garantizan en un lenguaje institucionalmente categórico salud, educación y alimento, protección y bienestar.
Sin embargo, en Guatemala violan y asesinan a estas niñas de 7, 8 y 12 años con la silenciosa complicidad de todos nosotros. No ha habido marchas con playeras blancas, no se han publicado declaraciones en campos pagados de los grandes grupos de poder ni partidos políticos. Ni siquiera han colgado listones. La tragedia de sus familiares apenas merece un comentario y pasará a las páginas de atrás porque entre tanta muerte, tanta sangre innecesaria, no hay tiempo ni espacio para darle seguimiento.
¿Cuál es la relación entre este vil asesinato y la amenaza de asfixiar a la Escuela Normal Central para Varones hasta obligarla al cierre? Muy sencillo. El crimen es una de las consecuencias de políticas erráticas atentatorias contra el desarrollo de una juventud que ya no tiene opciones y a la cual estamos empujando hacia el borde del barranco. En esto, como en otros temas de enorme trascendencia para la educación de la niñez y la juventud, la sociedad calla y permite, creando el sustrato propicio para que las organizaciones criminales se adueñen de amplios sectores de la juventud, transformándola en bandas de seres amorales y adictos a la violencia.
Es difícil hablar de los victimarios de Wendy, Diana y Heidi y no evocar la pena de muerte. Sin embargo, ellos son el producto de una sociedad machista condicionada a despreciar de tal modo a las mujeres que las investigaciones de los crímenes en su contra terminan –ante la indiferencia general- en la criminalización de las víctimas. ¿Qué culpa van a descubrir los fiscales en la vida de estas tres niñas inocentes? Quizás la incipiente pubertad de una de ellas como el factor desencadenante del brutal ataque. Entoces, el mensaje es claro: las mujeres mueren así por su condición femenina y sus victimarios –sociedad incluída- continúan ciegos ante esta evidencia.

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