Esto sucedia en el 99

El comercio de niñas y niños es una de las actividades más rentables de las organizaciones de traficantes que actúan al amparo de su increíble poder económico.

NIÑOS PARA LA VENTA
Cualquier niña o niño podría caer bajo sus garras. Ni siquiera es necesario que sea un pequeño abandonado, sino simplemente alguien que carezca de formación y criterio suficientes para defenderse de las maniobras de reclutamiento creadas por el crimen organizado.
Promesas de una vida mejor, de un estatus social atractivo, de una aventura prohibida y quizás de grandes beneficios económicos encandilan a pequeñas víctimas que ni siquiera imaginan el destino que les espera al ingresar a las redes de prostitución. Pero no sólo se utilizan estos métodos. También, y cada vez con mayor frecuencia, se practica el secuestro para engrosar las masas de niñas y niños que se destinarán como carne de matadero a satisfacer los instintos de millones de hombres ávidos de sexo y pornografía.
Si esto sucediera en estratos sociales de cierto nivel, el escándalo no hubiera dejado que fructificara el negocio. Pero las víctimas son por lo general niñas y niños de escasos recursos, provenientes de familias que apenas tienen cómo subsistir, hijos de padres que no cuentan con los contactos indispensables para que las autoridades respondan a sus llamados de auxilio y que, por lo general, desconocen los alcances de la ley porque apenas pueden leer y escribir.
Esto sucede en todos los países del tercer mundo, pero en los últimos años Guatemala ha adquirido un deshonroso sitio entre los que presentan mayor incidencia de tráfico de menores y pornografía infantil. ¿Por qué? No cabe duda de que para encontrar una explicación plausible a esta inconcebible situación, es indispensable profundizar en las condiciones en que vive la mayoría de los habitantes de las áreas marginales, rodeados de miseria e insertos en un contexto en el que se disputan el territorio el tráfico de drogas, el contrabando, la prostitución y el latrocinio. Y en el que, para terminar de rematar el cuadro, no existe un mínimo de asistencia educativa ni de seguridad para la población menor de quince años, que sufre con mayor fuerza el embate de las bandas organizadas.
La prostitución infantil no es un fenómeno aislado del panorama general de la criminalidad. No es una actividad independiente, sino que representa un macabro “side line” del negocio en el que se disputan el liderazgo el tráfico de drogas, el secuestro y el robo de vehículos. Por lo tanto, para combatirlo y acabar con esta lacra, es preciso tener la voluntad de acabar también con aquello que le proporciona recursos y oxígeno, y de paso aplastar las férreas estructuras del tráfico de influencias que ha constituido uno de los peores escollos para alcanzar el desarrollo en nuestros mal administrados países.
Ya no es cuestión de que las niñas y niños son el futuro de la patria. Eso quedó atrás cuando se convirtieron en algo más cercano a la esperanza de supervivencia de la democracia misma.

Otra de esas que permanecen en un album olvidado

Hoy estuve viendo fotos antiguas

Y a proposito de las elecciones…

Niños y candidatos
Otro eslabón de una interminable cadena de políticos ávidos de alimentar sus ambiciones con las terribles carencias de la gente.

Hay temas que jamás se tocan en una campaña y otros que, si los políticos tuvieran una pizca de vergüenza, jamás deberían abordar si no tienen la voluntad de trabajar en ellos una vez asumido el cargo. Uno de éstos es el de la infraestructura escolar y de salud.
Apenas ayer, escondido entre cientos de mensajes-basura que entran a mi correo electrónico, llegó uno que reproducía noticias del interior del país. En él se menciona específicamente el lamentable estado de algunas escuelas como la de San Juan Atitán, Huehuetenango, la cual se encuentra a punto de colapsar por el deterioro ocasionado por las lluvias, más una falla en el terreno donde se encuentra. De ahí, dicen, evacuaron a más de 500 alumnos.
Y continúa la nota describiendo el desastre de otros establecimientos escolares a punto de hundirse bajo el peso de sus paredes húmedas, sus grietas nunca reparadas, la desidia de los gobiernos que se alternan en el poder que sólo dan más a quienes más tienen, olvidando que el piso se les hundirá –igual que las escuelas- por la peligrosa presión de la injusticia social.
Los candidatos no parecen darse cuenta del impacto negativo que causa su actitud triunfalista, sus besos en las mejillas de niños hambrientos, las palmadas en la espalda de los caciques de pueblo y sus caminatas blindadas de guardaespaldas armados hasta los dientes, mientras se caen las escuelas.
Todos los presidentes de los últimos veinte años han pasado por lo mismo y ninguno, ni siquiera aquellos aparentemente comprometidos con el rescate de la patria y las obras sociales, los derechos humanos o la lucha por consolidar la tan manoseada y nunca vista democracia, han movido un dedo por cambiar de raíz la miseria en la cual se desenvuelve el trabajo de los maestros y donde mueren las esperanzas de miles de niños.
Sin embargo, han cerrado los ojos cuando sus huestes vacían las arcas nacionales, han autorizado transferencias obscenas de dinero a un ejército cuya razón de existir es un tema pendiente de discusión nacional, voltean la cara para no comprometer su lealtad hacia una clase poderosa que continúa evadiendo impuestos, pero niegan recursos a los programas de salud sexual y reproductiva, a los planes de construcción y reparación de escuelas y de centros de salud, así como a todo aquello que represente un paso adelante en el desarrollo general de la nación.
Por eso es repugnante verlos repartiendo besos a diestra y siniestra. Porque es una escena repetida, absurda y barata, ofensiva para quienes, como esos niños de San Juan Atitán, Huehuetenango, perderán su escuela y se quedarán sin nada.

Carolina 2005

Ahora que aprendi


No tenía idea de cómo subir imágenes. Pero aprendí, como aprendí a hacer un blog -no conocía ni siquiera el término hace un par de años- y como aprendí a usar los misteriosos recursos de mi Treo 650. Pero eso no es lo más importante. Mi convicción de tener un espacio para mi propio placer, eso sí es importante. Aquí podré compartir (conmigo misma, si es que nadie descubre dónde estoy) lo que nunca escribí, lo que nunca dije por no ofender la acentuada sensibilidad de mis vecinos de planeta.
Ya veremos…

Mientras tanto, otra imagen de las que tanto me gustan. El volcán Osorno, de nuestro último viaje al sur de Chile.

Carolina 2006

Presentacion anterior

Mi absoluta ineficacia para utilizar adecuadamente y con suficiente certeza todos los recursos del blog, me hicieron perderme en un laberinto de links e instrucciones que me dejaron totalmente idiotizada. Eso significa que sin duda he dejado dos blogs en el universo informático, uno de los cuales se quedará en ese limbo (perdón, Benedicto, pero para mí aún existe esa masa nubosa de forma indefinida) de donde no creo poder recuperarlo.
Así es que ahora que me decidí a darle vida al otro, copiaré una breve presentación que hice para mi primera aventura blogística.

El título de este blog es el mismo que ha llevado mi columna de opinión durante más de quince años. Sin embargo, mi ejercicio del periodismo escrito ha llegado ya al cuarto de siglo, representando la actividad central de mi vida y el canal a través del cual he expresado con mayor claridad mi pensamiento.

Hoy he decidido lanzar palabras a esta intrincada red informática la cual, vista desde mi perspectiva, parece un laberinto lleno de sorpresas y de vericuetos oscuros. Pero ahí voy y espero tener la suficiente paciencia y entereza para mantener y acrecentar esta oportunidad de comunicación. Al fin y al cabo, se me brinda gracias a esa misma tecnología que ha entrado solapadamente y sin esfuerzo en mi escritorio y en mi vida para darme las herramientas que necesito en función de un trabajo que traspasa a diario todas las fronteras físicas.

En este blog publicaré artículos sobre los temas más dispares. Muchos de ellos, anclados en la realidad que nos rodea en América Latina, pero impregnados de una casi ridícula esperanza de cambio. Otros más lúcidos, simplemente describen el mundo pequeño de la corrupción y la mediocridad que se ha entronizado en estas repúblicas de tercero y cuarto mundos. En cualquier caso, espero recibir comentarios y quizás entablar uno de esos diálogos abiertos provocados por el intercambio de ideas entre seres humanos que no siempre tienen que coincidir en todo.

Mi derecho a no estar

Este ha sido uno de los artículos más lúcidos que escribí en 1999, hace ya un tiempo prudente como para releerlo…

05/07/1999

No sólo hemos perdido parte del espacio vital, sino estamos siendo
invadidos por aparatos que ponen en serio peligro nuestro derecho a la
privacidad.

Al principio fue el teléfono. El desquiciante riiing riiing, insistente e impositivo, nos obligaba a contestar aunque no quisiéramos, porque quizás era urgente aunque en el fondo sabíamos que lo más probable es que se tratara de una llamada sin importancia y sólo nos quitaría tiempo. Ahora ya no es únicamente el teléfono. Es el localizador electrónico que suena todo el día y, cuando no lo estamos oyendo, de todos modos sabemos que ya debe tener una larga fila de mensajes en espera de respuesta. Y además el celular nos persigue porque se lo permitimos. El aparatito
que al principio, cuando comenzó la moda, nos daba estatus, porque… ¡no tener uno era inconcebible!, ahora nos condiciona la vida entera.
Si damos el número, en el fondo sabemos que nos comprometemos a estar localizables las veinticuatro horas del día para cualquier insignificancia
que se le antoje al depositario de tal desproporcionada muestra de confianza. Si no lo damos, al menos otorgamos el privilegio de ser localizados a través del biper como una concesión de segunda categoría, o al número directo de la oficina que, a estas alturas de la intimidad comunicacional, a nadie le parece interesante.
Pero la cosa no se detiene ahí. También está la sutil intromisión del correo electrónico, el cual ya tenemos en casa y en la oficina porque hay que revisarlo con suficiente frecuencia para que no se nos vaya a escapar ni un solo mensaje, pese a que ya nos han incluído en listados de información sobre compras de helicópteros franceses por Internet, en otras ofreciendo información sobre la legislación de los esquimales y alguno con
noticias frescas de la asociación de pescadores con arpón. No quiero decir con esto que el correo electrónico sea malo, en absoluto. Reconozco que nos permite mantenernos en contacto con mucha gente a la que no le escribíamos desde que dejó de funcionar el correo, y eso ya nos remonta a la prehistoria.
Es, simplemente, que el email se ha transformado en una peligrosa dependencia comunicacional más a la cual tendremos que encontrarle pronto el antídoto, antes de ser engullidos por completo. Ahora resulta que ha salido al mercado un servicio nuevo, con todo este hermoso abanico de comunico-condicionantes en un solo flamante paquete de alta tecnología. Así, nos pondremos a la punta de la vanguardia –aunque aún no tengo una idea muy clara de para qué queremos estar en esos superpoblados extremos del espectro- y podremos recibir mensajes de biper, correo electrónico y teléfono celular y encima, contestar a todos los que nos llaman, conocidos o desconocidos, simplemente accionando un diminuto teclado incluído en el mismo mágico aparatito.
¿No será mejor comenzar a recuperar el espacio privado y simplemente dosificarnos, como lo hacíamos cuando la fiebre llegaba a un nivel normal de dependencia? Quizás si volvemos a contestar el teléfono en casa y en la oficina, a las horas normales para estar en casa y para trabajar en la oficina, logremos recuperar la cordura.

Mirada retrospectiva

¿Recuerdan lo que sucedía en diciembre de 2003, después de las elecciones generales? Echen una miradita al panorama de entonces y vean cuánto se parece al actual.

Las imágenes de 2003 son un resumen de los desafíos de 2004

Es de suponer que la segunda vuelta transcurrió en calma y que ya comenzó la cuenta regresiva para la transmisión de mando (escribí esto el sábado a mediodía). Hoy ya hay nuevo presidente. Algunos estarán deprimidos, otros muy felices, pero lo importante es que Portillo y el FRG se alejan, transformándose en un lunar más de la negra historia nacional de la corrupción y el abuso.
Durante estos días la prensa se ha dedicado a resumir en imágenes y breves reseñas lo más importante del año que termina. Ahí hemos podido ver reflejada la violencia imparable contra las mujeres, contra la sociedad civil, contra el estado de Derecho, contra la niñez y contra los derechos humanos en general. También ha quedado impreso el ambiente de tensión internacional, la guerra en Irak y las estratagemas de Bush para apoderarse del mundo, mientras Europa trata en vano de alcanzar un protagonismo digno de su antigua reputación de continente colonialista.
Pero además de lo que hace el hombre contra sí mismo y sus semejantes, es profundamente preocupante el daño irreparable que le está ocasionando al ambiente en que vive, al planeta que alguna vez fue verde y ahora luce desértico y agotado.
Dicen que los grandes avances de la Humanidad están hechos de pequeños pasos. Por eso es de vital importancia que el gobierno que asumirá el 14 de enero comprenda que sus acciones, aunque parezcan insignificantes dentro del contexto mundial, tienen un impacto decisivo en el corto y mediano plazo sobre la calidad de vida y las perspectivas futuras de este país.
De ahí que es imperioso llamar la atención de los futuros funcionarios para que analicen cuidadosamente y con un criterio absolutamente apegado al interés nacional, todos los contratos, acuerdos y tratados en que se haya comprometido al Estado durante los últimos cuatro años, ya que muchos de ellos, si no la mayoría –como los contratos de exploración petrolera- son una condena a muerte para las posibilidades futuras de Guatemala y sus habitantes.
Siempre creí que la vocación de esta tierra maravillosa está en el turismo, en el cultivo de bosques y en la exportación de productos de alta calidad como las flores, las artesanías, el café y las hortalizas, entre muchos otros. Su desarrollo económico y social, por lo tanto, depende de una visión integral de su potencial agrícola, industrial y comercial pero no con una perspectiva segmentada para favorecer a pequeños grupos de poder, sino con políticas incluyentes que permitan a los futuros gobernantes cumplir promesas en las cuales probablemente nunca creyeron.
elquinto@intelnet.net.gt

Estoy de regreso…

No imaginé cuán personal es la creación de un blog hasta que recorrí muchos de ellos en toda la red. Al final de cuentas, es una especie de conversación multitudinaria en diferido… Nadie -o muy pocos- se conoce, pero todos intentan comunicarse y el resultado es una inmensa torre de Babel en cualquier idioma, con toda la diversidad de conceptos, ideologias y humores posibles. ¡Excitante!

Iré desgranando algunos de mis antiguos artículos. Quise condensarlos en una especie de libro, hasta que me dí cuenta de que eso no sería más que un plagio de mí misma y una fenomenal oda al ego. No sé todavía si he renunciado al ego o a la idea del libro, pero sin duda lo dejaré para más adelante, cuando esté verdaderamente aburrida de leer mis propios pensamientos.

Hoy exploraré en mis archivos y sacaré algunas cosas de entre mis cachivaches…

Ser mujer

Desde antes de nacer, ella está condicionada por normas y leyes dictadas por los propietarios del sistema social, en su contra.

Al hablar de los derechos de las mujeres, una de las primeras ideas que viene a la mente es su prolongada lucha por conquistar derechos civiles básicos, en los dos siglos anteriores a éste. El derecho a la ciudadanía fue uno de ellos. Votar. Algo aparentemente tan elemental como acudir a un centro de votación y emitir un voto para elegir libre y democráticamente a sus autoridades, representó una batalla encarnizada durante generaciones.
Ser electa para un cargo público fue otro derecho conquistado luego de grandes luchas y la constante ridiculización de quienes se oponían. Ser admitidas en las universidades, sobre todo en algunas facultades en las cuales la prohibición para que las mujeres ingresaran constaba en sus estatutos, como una cuestión de honor.
Y por supuesto, los derechos a disponer de sus bienes, a heredar y a ejercer una profesión con independencia de su estado civil, aún se encuentran coartados para ellas en muchos países que presumen de democráticos y libertarios. Basta con repasar el código civil de Guatemala y los humillantes párrafos que, aún hoy, los oficiantes tienen la obligación de leer en voz alta durante la ceremonia del matrimonio, para darse cuenta de las enormes contradicciones entre el discurso político y la dura realidad.
Por eso es importante tomar distancia, recordar la historia y, a partir de ahí, observar los esfuerzos de la Iglesia Católica –una de las instituciones más represivas en lo que respecta a los derechos de la mujeres- y de los políticos, hombres y conservadores, por evitar que la mujer tenga acceso a su plena libertad.
Esto que les asusta tanto, significa simplemente tener igualdad ante la ley como lo manda la Constitución Política de la República, enmendar aquellas leyes discriminatorias que atentan contra su dignidad de seres humanos, legislar adecuadamente para facilitar su acceso a la educación y a la información sobre salud sexual y reproductiva, eliminar toda forma de acoso sexual y castigar a quienes atenten contra ellas, tanto en el ámbito público como privado.
Parece sencillo y evidente, pero ya en pleno siglo veintiuno y en un país supuestamente democrático, son hombres con sotana y funcionarios de corbata quienes deciden, por sí y ante sí, si una mujer puede tener el control de su propio cuerpo, si ella puede o no tener acceso a la información que le atañe, si se la condena o no a engrosar las elevadas filas de muertas por parto o víctimas de violación o si, por puro prejuicio, se le vedarán todos esos derechos y se la condenará a otros veinte años de oscurantismo, con el único objetivo de mantener el control social, político y económico con la fuerza de una dictadura de hecho.

La fuerza de la costumbre

El ambiente de inactividad produce una relajación inducida, capaz de hacernos olvidar lo duro de nuestro entorno.

Hoy están de regreso. Con suerte hicieron el trayecto por carretera sin demasiados atascos, sin accidentes evitables, sin desperfectos mecánicos prevenibles, sin sufrir la tortura de viajar en un bus sobrecargado conducido por algún irresponsable.
Porque en Guatemala nada está garantizado, las leyes no se respetan y los reglamentos del tránsito sólo sirven para adornar los anaqueles de las escuelas de automovilismo. Las licencias de conducir –todos lo saben- se compran en el centro de la ciudad por la módica suma de 300 quetzales, idénticas a las originales.
Por todo eso es mucho más saludable quedarse en casa, disfrutar del silencio de los barrios -mientras no sea interrumpido por alguna alarma de incendio- y leer todos esos libros pendientes que acumulan polvo en las libreras.
La pereza, como el ocio, sólo son pecado para ciertos fanáticos religiosos. Ambas son, en realidad, el caldo de cultivo de la creatividad y el espacio legítimo del cual nos debemos apoderar en cuanto tenemos la oportunidad de hacerlo. Hacer nada y hacerlo bien. Dejar a la mente divagar a su antojo, concentrarse en relajar cada músculo del cuerpo y sentir esa exquisita sensación de flotación capaz de lanzarnos de cabeza al sueño profundo.
Estos son los lujos que insistimos en negarnos por temor a parecer negligentes o por la simple fuerza de la costumbre, que dicta en nuestra conciencia una necesidad compulsiva de ser productivos, aunque no haya necesidad alguna de producir.
La Semana Santa es un breve período de tiempo –demasiado breve, sin duda- que con los años ha ido tomando cuerpo y ha definido toda una manera de actuar. En sus dos vertientes, la religiosa y la otra (no sabría cómo llamarla) la sociedad guatemalteca ha construido tradiciones y costumbres que se sobreponen unas a otras, adquieren nuevos matices pero nunca pierden el sabor de antaño.
Parte de ello es también el temor a dejar la casa vacía, porque casi existe la certeza de que al regreso la encontraremos, efectivamente, vacía. Y la incertidumbre de permitir que los hijos adolescentes se vayan a las casas de descanso de familiares y amigos, porque los accidentes en carretera terminan engrosando una larga lista de víctimas fatales.
Pero llega este lunes y, si hemos sido afortunados, ni robaron en casa ni murió nadie en el intento de pasar unos días en la playa. Sólo nos esperan las noticias frescas con las estadísticas de rigor y un dejo de nostalgia por tener que abandonar la hamaca, los libros y esos deliciosos momentos de abandono, que no se comparan con nada.

Tatuajes ocultos

Es asombroso cómo los policías convierten a las víctimas en delincuentes, con un simple comentario al pasar.

La ley no los autoriza para dar declaraciones, emitir opiniones personales o adelantar resultados de una investigación que ni siquiera se ha iniciado. Sin embargo, nunca falta la frase concluyente por medio de la cual el uniformado, observando el cadáver con esa actitud relajada que da la costumbre, lanza la sentencia definitiva: “Esto debe ser una venganza”.
De ahí parte, además, una secuencia de hechos que van definiendo una manera estereotipada de ver las cosas, de empaquetar todos esos asesinatos inexplicables de madres, hijas, novias, esposas y hermanas cometidos en la tienda, a la salida de la universidad, dejando a los niños en la escuela o al regreso del trabajo, como si fueran parte del cotidiano. Al final, la sociedad no tiene más remedio que defenderse de la agresión y cierra ojos y oídos porque ya no quiere saber de tanta violencia.
El problema es que no sirve de nada bloquear los sentidos, porque así lo único que se logra es convencer a los criminales de que nadie puede detenerlos. Lo peor está en esa certitud de los criminales, la cual les garantiza tanto la impotencia de la comunidad como la ineficacia de las autoridades.
Las mujeres muertas van sumando a la cuenta de una justicia inoperante. Ahí están sus ojos vacíos, su sangre desparramada en las calles y un sistema incapaz e indiferente, cuyas autoridades se vuelcan en una frenética competencia por ganar su sitio en las planillas de los partidos políticos, de cara a las próximas elecciones.
El policía continúa desarrollando su absurda teoría frente al cadáver, frente a los hijos y a los familiares que no comprenden nada porque nada los preparó para un horror semejante. “Tenemos que revisarla para ver si tiene tatuajes”, repite, como si un tatuaje le diera sentido al crimen.
Y los reporteros corren a repetir la absurda declaración de un policía ignorante, multiplicando así el estigma, para satisfacer a esa masa que se nutre de violencia, quizás como una manera de evadir su propia realidad.
Con tatuaje o sin él, la víctima –esa mujer-madre, esa mujer-hija o hermana o abuela o cualquier cosa, menos criminal- seguirá la secuencia inevitable del trámite interminable de sus seres queridos para recuperar el cuerpo y darle sepultura, su lucha contra una burocracia sin sentido, los ruegos inútiles para que le asignen un fiscal al caso, la resignación en medio del dolor cuando al final aceptan que no existe tal caso y luego, cuando ya el duelo es una sombra instalada en ese hogar deshecho, la aceptación de que jamás se hará justicia.

Mujer y trabajo

El quinto patio

Mujer y trabajo
Es hora de reconocer oficialmente el aporte de la mujer a la economía nacional a través de un trabajo por lo general no reconocido, mal pagado y sin prestaciones laborales.

A las mujeres se nos ha intentado convencer, desde la infancia y quizás antes de eso, de que la subordinación es inherente a nuestro sexo. Que vinimos a este mundo a servir a otros, a complacer a otros, a dar vida a otros gracias a esa graciosa condición de servidumbre pegada a nuestros cromosomas.
También se nos ha vendido la idea de que permanecer en casa al cuidado de los hijos es un absoluto privilegio, por lo cual esa labor constante no debería considerarse un trabajo y mucho menos ser reconocida como aporte efectivo en los indicadores de productividad y desarrollo del país. Y lo hemos creído. De hecho, el reconocimiento del estatus de ama de casa como actividad productiva ni siquiera aparece en la agenda de líderes ni activistas.
Cuando se entrevista a una mujer –no importa el ambiente, estrato social o nivel económico- y se identifica como ama de casa, lo primero que surge de ella misma, en un primer impulso, es su declaración de mujer “no trabajadora”. A menos que pertenezca a ese 5 por ciento de la población cuyo nivel le permite delegar todo trabajo doméstico en personal contratado para ese fin, la mayoría de las mujeres cumplen una jornada de más de doce horas y ejecutan, sin feriados ni vacaciones, todas las funciones necesarias para mantener un hogar organizado. No sólo mantienen a sus niños limpios, educados y alimentados, sino también se hacen cargo de lavar, planchar, cocinar, barrer pisos y limpiar ventanas, coser ropa y hacer malabares para ajustarse a un presupuesto mínimo que ni siquiera les deja margen de ahorro.
Estas mujeres “no trabajadoras” sostienen aquello que a los políticos les encanta mencionar como la célula base de la sociedad y el sustrato de la cultura nacional: el hogar. Pero cuando las cosas se ponen difíciles, son las primeras víctimas del infortunio y pasan a engrosar las filas de la pobreza al no tener acceso a ningún programa de previsión social, reinserción laboral –para qué, si nunca han trabajado- o compensación por desempleo. Su existencia pasa inadvertida en todas las estadísticas y cuando llegan a la edad del retiro, su única esperanza es haber conservado a un marido o a unos hijos que las mantengan durante la vejez.
En este Día del Trabajo, es justo dar un reconocimiento a las amas de casa del campo que trabajan tanto o más que los hombres pero que no reciben pago alguno; a las amas de casa de los barrios marginales que contribuyen con la economía del hogar gracias a un trabajo informal no reconocido en las cifras oficiales y a todas las demás que constituyen un importante contingente de ciudadanas productivas, cuyo aporte al desarrollo nacional es un hecho incontestable.
elquintopatio@mac.com