Palmaditas en el hombro

Esa costumbre de repartirse medallitas a discreción es muestra de una gran pobreza intelectual y ética.

Recién apagado el escándalo provocado por la imposición de la Orden del Quetzal a Castro, y ya se avecina una polémica por otra repartición de condecoraciones, esta vez del Ejército a un grupo de veinte diputados.
Esto de repartirse medallitas a diestra y siniestra suena muy a graduación de primaria. ¿Será un premio por lo bien que estos políticos han tratado a la institución armada? Lo cierto es que veinte representantes del pueblo en el Congreso de la República recibirán su condecoración por motivos no muy divulgados.
Es importante recordar que el Ejército, así como el Congreso de la República, son instituciones del Estado. Y el Estado debe actuar en función del beneficio de la población a la cual sirve y no distraer su tiempo y su atención –los cuales de por sí representan una fuerte inversión de fondos públicos- en darse mutuamente palmaditas en el hombro cada vez que sus estrategias terminan en decisiones consensuadas.
Esta actitud de mutua complacencia tiene, además, su lado oscuro en la opacidad de la información que las entidades entregan al público, el cual termina por aceptar los hechos sin conocer sus detalles, en circunstancias que todo homenaje o reconocimiento otorgado por el Estado debería justificarse de manera transparente.
Es evidente que estamos acostumbrados a ese tratamiento tipo feudal en las decisiones que afectan tanto a los actos oficiales como al destino de las condecoraciones y de los fondos públicos. Los funcionarios de turno se han convencido a sí mismos –y esto viene por tradición- de su potestad de hacer uso discrecional de todo lo que le rodea en el ejercicio de su cargo, tal y como si se tratara de propiedad privada. De ahí vienen los abusos en la asignación de presupuestos, en la repartición de puestos a amigos y familiares, en la concesión de contratos a empresas recién creadas por sus allegados y en toda clase de decisiones que afectan tanto al dinero de los contribuyentes como a la integridad institucional de la Nación.
Si las condecoraciones del Ejército tienen una sólida justificación, es algo que debería explicarse con claridad meridiana. El Congreso y sus diputados tienen una pésima reputación en la sociedad guatemalteca. Aún cuando algunas y algunos representantes escapan medio indemnes de esta calificación, difícilmente se cuenta a 20 con suficientes méritos y una trayectoria intachable que merezcan reconocimiento especial.
Esta clase de decisiones tan superficiales como repartir condecoraciones, únicamente profundizan el escepticismo y el resentimiento en sectores de la sociedad que apenas sobreviven, precisamente por la negligencia de sus representantes políticos.

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