El nuevo orden

Un golpe artero de quienes desean borrar las huellas del pasado.

 El gobierno, con la publicación del Acuerdo Gubernativo 370-2012,  parece tener la intención de elevar un muro de protección para quienes cometieron violaciones de los derechos humanos en los años 80 y épocas anteriores. Sin embargo, comete un error político y estratégico al provocar una ola de protestas y un renovado impulso de exigir justicia para las víctimas de esos crímenes.

Error de cálculo, quizás, o probablemente se contaba con el adormecimiento general que provocan las fiestas de fin de año en la población. Sin embargo, a pesar de que uno de los argumentos esgrimidos para marginar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos de los casos ocurridos antes del 9 de marzo de 1987 -fecha en la cual el Estado de Guatemala aceptó las funciones de esa Corte- es la no retroactividad, expertos aseguran que esa disposición es inconstitucional y viola acuerdos internacionales.

Esto viene a reforzar la imagen dura de un gobierno que poco a poco se aleja del concepto democrático de participación ciudadana. Estos golpes de efecto del partido en el poder anuncian un nuevo estilo de gobierno muy a tono con el autoritarismo de décadas pasadas, aunque con un ligero toque demagógico, el cual sin duda le es útil para ganar adeptos entre los sectores más conservadores de la sociedad guatemalteca.

El hecho de que al Estado de Guatemala le salga económica y moralmente caro pagar las indemnizaciones dictadas por la CIDH en casos de graves violaciones y crímenes de lesa humanidad, debería servirle a los grupos de poder como lección aprendida para no volver a cometer esa clase de abusos y readecuar sus recursos para consolidar la democracia y el estado de Derecho, en lugar de permitir a sus funcionarios y aliados políticos un enriquecimiento ilícito que solo socava esos pilares institucionales.

Aunque ha sido estimulante la reacción inmediata de la sociedad civil organizada ante la publicación del Acuerdo 370-2012,  aun falta un mayor involucramiento del resto de la ciudadanía en un asunto que al final de cuentas le compete, porque se trata de una decisión de Estado la cual incide no solo en la imagen de país en los ámbitos internacionales. También afecta la reparación del tejido social, gravemente dañado durante un conflicto que diezmó a un sector importante  de la población y dejó secuelas en las actuales generaciones.

La derogación del Acuerdo de marras podría suavizar el ambiente político, pero no bastará para despejar las dudas ya existentes sobre las intenciones políticas de este gobierno. Una vez más, se observa que las promesas de mano dura incluían acciones de corte dictatorial las cuales, en lugar de reducir las tensiones, marcan una ruta divergente con las aspiraciones ciudadanas de construir bases más sólidas para asentar los valores democráticos.

Es evidente que instaurar una democracia participativa y conservar el equilibrio político es extremadamente difícil en un país tan convulsionado. Así como conciliar los intereses de todos los sectores involucrados. Pero, señor Presidente, nadie le dijo que sería fácil.

El nuevo orden

El nuevo orden.

Una denuncia valiente y lúcida. El discurso donde un egresado del Instituto Nacional desmitifica al “primer foco de luz de la nación”

DURANTE SU GRADUACIÓN

Discurso de Graduación 2012 de 4tos Medios del Instituto Nacional

Don Jorge Toro Beretta, Rector del Instituto Nacional. Don Raúl Blin Necochea, ViceRector. Doña Carolina Toha Morales, Alcaldesa de la comuna de Santiago. Padres, apoderados, amigos y compañeros. Autoridades Varias y Vagas. Tengan todos ustedes, muy buenos días.

Antes de comenzar a leer estas líneas, con motivo de la Licenciatura de los Cuartos medios 2012, mi generación, me gustaría pedir perdón. Perdón a quienes después de revisar un discurso que yo envíe semanas atras, me autorizaron y dieron la oportunidad de leerlo aquí frente a ustedes. Disculpas porque las páginas que hoy leeré, son distintas a las de ese borrador. De otra forma no me hubieran dejado hacer este discurso. Disculpas y espero puedan entenderme.

Cuando me embarqué en la tarea de hacer un discurso con motivo de la Licenciatura, me encontraba con más dudas que certezas. ¿Qué digo? ¿Cómo, en cinco minutos, resumir mi paso por este colegio? ¿Cómo, en un discurso, intentar plasmar siquiera en su uno por ciento, la gama de sentimientos que poseo hacía El Nacional? ¿Cómo redactar algo, lo suficientemente digno para tan importante día?

En primera instancia, intenté hacer algo similar a los discursos que he escuchado, como presidente de curso, cada diez de agosto, en las ceremonias de aniversario del colegio. Hacer un breve repaso de la historia del colegio. Mi idea era empezar diciendo que el Instituto Nacional fue fundado como una obra del gobierno de José Miguel Carrera en 1813, tras la fusión de las casas de estudio del periodo colonial. Luego, tras la ofensiva de la Corona española por recuperar sus posesiones en América, e identificando al Instituto Nacional como un símbolo de la soberanía y la lucha por la emancipación, deciden clausurarlo. Bernardo O’higgins, cinco años después, con la Independencia ya asegurada, lo reabre para seguir funcionando, sin interrupción, hasta nuestros días. También pensé recordar que han sido Institutanos, 18 presidentes de la República de Chile. Entre los que destacan nombre como Pedro Aguirre Cerda, José Manuel Balmaceda y, el poco mencionado en los discursos, Salvador Allende.

Pero no. Hoy no vengo a repetir ni recordarles lo que ya todos sabemos. (Para más información leer el artículo del Instituto Nacional en Wikipedia, muy interesante) Ni tampoco vengo a hablar en representación de todos ustedes, ni siquiera represento, como presidente de curso, la voz de mis compañeros. Cosa que no quita, que puedan hacer suyas estas palabras. Así como en la televisión, advierto: Las opiniones vertidas en este discurso no representan necesariamente el sentir de mi curso, familia, amigos ni colegio. Este discurso me represente a mí y solo a mí. Yo soy su único responsable.

Hoy, vengo hablar de aquello que todos como Institutanos callamos. De aquello que la historia oficial prefiere olvidar y dejarlo fuera de lo público. De aquello de lo cual todos somos culpables: las autoridades por ocultarlo bajo el manto de la tradición o el amor a la insignia, los Institutanos fanáticos que avalan y defienden irracionalmente conductas que rozan en lo enfermizo y los Institutanos que reconociendo la enfermedad, no hacemos nada al respecto: ni irnos del colegio, ni intentar cambiar algo.

Cuando entré en séptimo básico y me dijeron que el gran Instituto Nacional llevaba 193 años de vida, saqué la cuenta y pensé que si no repetía ningún año saldría para el aniversario 199. Un año antes del famoso Bicentenario. Hace 6 años me dio tristeza e incluso, un poco en broma un poco en serio, pensé que sería una buena opción repetir para ser parte de la “Generación Bicentenario”. Hoy, con la perspectiva que el tiempo me ha dado, considero como un símbolo de mi paso por este colegio el salir un año antes de la Gran Fiesta: nunca me he sentido lo suficientemente Institutano como para soportar un año entero de chovinismo Institutano. Incluso, fue uno de los argumentos a favor cuando decidí pasar de curso el año pasado, el no estar aquí para el bicentenario. ¿Por qué?

Recuerdo claramente el segundo día de clases del 2007, cuando llegó una profesora, y nos empezó a contar la historia de este colegio, además de decir que del Instituto Nacional han salido 18 Honorables Presidentes De La República, nos comentó que también habían salido de esta institución importantes forjadores de la patria, que cuando nos pasaran Historia de Chile en segundo medio sabríamos. Sin embargo, luego de que en el preuniversitario me pasaran Historia de Chile (en el colegio no la vi más de un mes), reconozco que la profesora obvió el contarnos varios detalles.

Detalles como que entre los 18 presidentes de Chile, no son pocos los que tienen las manos manchadas con sangre de este pueblo. A modo de ejemplo, Institutano fue Pedro Montt Montt, presidente de Chile que dio la orden de asesinar a 3.500 salitreros en el Norte Grande, conocida actualmente como la mayor matanza en la historia de nuestro país (después de los 17 años de dictadura, claro) hablo de La Matanza de la Escuela de Santa María de Iquique. También a mi profesora se le olvidó mencionar que Institutano fue Germán Riesco Errázuriz, presidente de la República en el periodo del auge de la “Cuestión Social” destacando la matanza a raíz de la Huelga de la Carne, la cual dejó un saldo de más de 300 muertos en las calles del centro de Santiago.

Previamente, destacan dos tristes hechos en la historia de Chile en que Institutanos también han sido actores principales. Fue un Institutano Manuel Bulnes Prieto, quien sofocó la Revolución Liberal de la Sociedad de la Igualdad, causando decenas de bajas. Fue Institutano también, Anibal Pinto, presidente de Chile, quien nos condujo a una absurda guerra contra nuestros hermanos peruanos y bolivianos por intereses oligarcas. Esta guerra, la Guerra del Pacífico, causó 3 mil bajas en Chile y más de 10 mil bajas en los países vecinos. Diego Portales también fue Institutano. Para todo el que sepa un poco de historia, cualquier aproximación resultaría vaga en tratar de explicar las obras de él. Prohibió, so pena de cárcel, el participar en chinganas. Instauró una nueva forma de castigo para los “criminales peligrosos”, azotes públicos. Conocida es su frase: “Palos y bizcochuelos, justa y oportunamente administrados, son los específicos con los que se cura cualquier pueblo, por arraigadas que sean sus malas costumbres.”.

Pero, para terminar con este breve, recorrido histórico por la “Historia no contada” de los ilustres Institutanos, quisiera concluir con un deseo: El próximo año hay elecciones presidenciales. Ojalá el número de presidentes Institutanos no crezca hasta los 19. Me daría vergüenza que Laurence Golborne, un Institutano que hasta hace 3 años era Gerente General de Cencosud, (a saber: Jumbo, Paris, Santa Isabel, Costanera Center, entre otros) consorcio que paga $4.072 de patente al año, fuera presidente de Chile.

Más allá de la falsa historia que nos han intentado vender del Instituto, el principal problema que reconozco además funciona como parte básica, casi como un pilar que sostiene todo este aparataje institucional: los mitos y tradiciones. Recuerdo cuando mi curso de séptimo básico conoció por boca de un profesor, una famosa frase que terminó dando vueltas por la cabeza de todos mis compañeros: “Errar es humano pero no Institutano” sin tener estudios algunos de pedagogía, ni pretender hacer un análisis psicológico de la educación, me parece que la pregunta cae de cajón: ¿A qué clase de profesor se le puede pasar por la cabeza decirle eso a niños de 12 años? ¿Por qué intentar separar al Instituano del humano común y corriente? ¿Tan inteligentes somos? Luego de vivir 6 años con esa frase, ¿Cómo se le explica a alguien que obtuvo 500 puntos ponderados en la PSU? Y que salió con un NEM y un Ranking por debajo de la media nacional.

Desde el primer día que pisé este colegio, sentí como todos los dardos y las acciones van dirigidas a un solo objetivo: el éxito. El éxito no como un instrumento para un fin mayor y más noble (la felicidad, por ejemplo). Sino como la meta final de la vida. Un éxito aparente eso sí, un éxito centrado sólo en lo económico: ser puntaje nacional, estudiar una carrera tradicional, casarse, escalar lo más alto posible en la empresa, comprarse una camioneta para pegarle la insignia del instituto en el parabrisas. Como dirían los Fabulosos Cadillacs: “En la escuela nos enseñan a memorizar: fecha de batallas pero que poco nos enseñan de amor”. Amor a lo que hacemos, amor al prójimo, amor a la clase o incluso a la humanidad. No, nada de eso. Sólo buenos puntajes para el día de mañana comprarse la camioneta 4×4.

Frases como esas son las que forman el carácter del general del alumno Institutano: petulante, soberbio, chovinista y exitista. Personalmente, no es ningún orgullo ser el colegio más odiado de los “emblemáticos” (y no me trago el cuento que nos decían los profesores que es porque somos los más inteligentes o los con mejores pololas) es porque de una u otra manera de verdad creemos que nosotros no nos equivocamos: porque somos Institutanos. En este colegio desde que entramos, se nos ha inculcado el valor de la competencia y la discriminación. Las evaluaciones tienen que ser individuales. Para que así, la satisfacción del que se sacó un siete, sea personal. De él solo. Sin embargo en la vida: ¿Qué actividad se puede desempeñar solo? Ninguna. Nos educan en una burbuja idílica.

Cuando miro hacia atrás, pienso: ¿Qué valores aprendí en este colegio? Si todos hemos sido testigos de horrorosas frases estilo: “corran como hombres, no como maricones” “asuman sus consecuencias como machitos” “al colegio se viene solamente a estudiar” o “dejen la población en la casa” ¿Son acaso estas frases las que corresponden a un colegio que se jacta de estar forjado sobre los valores de la ilustración? No lo creo. Apropósito de los mismo, yo personalmente no he sido testigo, y tengo la impresión que es una conducta que va en retirada, pero hasta hace sólo un par de años, era común ver a un respetado y sacralizado profesor de este colegio, echando alumnos de la sala por negro. O suspendiendo aleatoriamente (Hacía formarse a un curso y decía: un, dos, tres: suspendido. Un, dos, tres: suspendido) sólo para demostrar su hipotético poder en este colegio. Ahora bien, de lo que sí he sido testigo, es de tratos abiertamente homofóbicos por parte de profesores hacia compañeros homosexuales: “Este colegio por gente como ustedes está como está, váyanse” y, en la misma línea he sido testigo de de profesores pegándole a compañeros (no combos ni patadas, pero sí empujones)

Estas son algunas de las cosas que hacen que yo no pueda sentirme orgulloso, como me han dicho que tengo que estarlo, de portar esta insignia. No podría sentirme orgulloso de ir en un colegio que la sola idea implica discriminación. Si la educación en Chile fuera buena en todos los establecimientos educacionales ¿Qué motivo habría para la existencia del Instituto Nacional? Ninguna. Si mi antiguo colegio me hubiese ofrecido la misma calidad de enseñanza que el nacional, yo no me hubiera cambiado. Pero me cambié porque no la ofrecía. Entonces, ¿Cómo sentirme orgulloso de haber dejado a 40 ex compañeros pateando piedras en mi ex colegio, para yo venir y “salvarme” de no patear –tantas- piedras? La sola idea suena aberrante.

No puedo dejar de mencionar lo sorprendente que fue para mí ver en la página del preuniversitario Pedro de Valdivia (de los mismos dueños de la Universidad Pedro de Valdivia, la cual tiene preso a su ex rector por el escándalo de las acreditaciones) un aviso que decía que habían firmado un convenio con el Instituto Nacional. El símbolo del lucro en la educación firmando un convenio con el símbolo de la educación pública. Es así como el CEPAIN lleva a la práctica sus comunicados “¿a favor de la educación pública? ¿Quién los autorizó para usar el nombre del colegio, a quién le preguntaron?” Patético.

Para concluir esta katarsis contenida por 6 años, me gustaría compartir con ustedes dos anécdotas que me ocurrieron este año en el colegio.

Corrían los primeros meses del año, cuando equis profesor preguntó en voz alta a todo mi curso: ¿Quién de aquí sabe qué es la comisión Valech o el informe Rettig? Ninguna mano se levantó. Nadie de un cuarto medio humanista del “Mejor colegio de Chile” lo sabía. Y la segunda, casi en la misma línea: El 11 de Septiembre del año que se va, cayó martes. Día en el cual me tocaba por asignatura Historia electivo e Historia Común. En mi interior, cuando me dirigía al colegio pensé que por lo particular de la fecha, y por ser un curso Humanista usaríamos esas 3 horas para discutir respecto al tema. Craso error. Parece que era más importante las Batallas Napoleónicas en historia común y la Ley de oferta y demanda en historia electivo que las bombas de ruido que se escuchaban explotar en el colegio a esas horas de la mañana. Comentando con unos compañeros en el recreo la situación, recordamos que nunca, en los 6 años que llevamos en el colegio nos pasaron el Golpe de Estado (donde, paradójicamente, murió un Presidente Instituano). Es decir, haciendo el experimento que yo sólo sepa lo que me han pasado en el colegio y nada más, no sabría quién fue Augusto Pinochet en la historia de Chile. Repito: Cuarto medio humanista en el mejor colegio de Chile.

Ahora bien (aquí viene la parte emotiva) no podría ser tan hipócrita de sólo quedarme en la crítica. Digo hipócrita porque yo postulé al nacional porque quise y me quedé aquí también porque quise. Y es porque dentro de todo lo yermo aun existen pequeños oasis fértiles. Profesores en los que se puede confiar una palabra más allá de la materia oficial, profesores que entienden la educación más que como un “motor de asenso social” y que conciben al colegio más que como un preuniversitario de 6 años. Profesores de materias “no-psu” que luchan día a día contra el sistema para darle dignidad a su ramo. Y creo que lo logran, sus ramos son los más dignos de todos. Pedro Lemebel, un escritor chileno en una crónica rememorando sus años en el Liceo Manuel Barros Borgoño lo describe mejor que yo, cito: “Pero rescato de ese liceo, las clases progresistas que me enseñaron política, filosofía, literatura, poesía y otras lecturas más allá del horroroso Quijote en papel de biblia que después me lo fumé entero”. No daré nombres, pues sé como funcionan las cosas en este colegio y no quiero que vinculen a ningún profesor con este discurso, pero estoy seguro que ellos saben quiénes son.

Paradocentes que muchas veces te alegran el día con sus saludos y su disponibilidad desinteresada y casi religiosa para ayudarte. Los tíos auxiliares que a las 7.30 de la mañana cuando llegas a la sala y están sólo ellos barriéndola son tu primer “Buenos Días”, tías del Kiosko que nos prestaban microondas cuando a mitad de año dejaron de funcionar los del casino, y en general toda la gente que te conoce por tu nombre y no por tu apellido o número de lista, a todos ellos: gracias, infinitas gracias y espero no se dejen avasallar, porque sepan que tienen todo en contra.

Sin más que palabras de agradecimiento para, como dije anteriormente, lo fértil dentro de lo yermo, palabras de disculpas a los que me dieron la oportunidad de leer un discurso, palabras de desprecio para quienes hacen de este colegio un preuniversitario de 6 años deshumanizador, les digo a ustedes, compañeros de generación: éxito, pero éxito de verdad, del que incluye felicidad y crecimiento personal. Y espero que con estas palabras no haya herido su orgullo Institutano, si fuera así, cumpliría mi deseo: “Sólo espero que el día de mi licenciatura, me reciban con gritos de odio”. Compañeros, hoy, se acabaron los 12 juegos. Muchas gracias

Benjamín Gonzalez, Presidente del 4to F Humanista del Instituto Nacional

Decálogo

Una justicia de calidad debe ajustarse a normas y procedimientos.

 A propósito de mi columna del sábado 29 de diciembre, una ciudadana preocupada por la pobre calidad del sistema de administración de justicia me envió este interesante documento suscrito por las Cortes Iberoamericanas, incluida Guatemala. Es el Decálogo Iberoamericano – Calidad para la Justicia, el cual contiene conceptos básicos para ser acatados como marco de toda actuación en los distintos estratos de los entes jurídicos. He aquí sus principios, cuyos párrafos he editado por motivos de espacio:

I. Reconocer a la persona usuaria como razón de ser de la Justicia. La calidad en el ámbito de la Justicia siempre debe estar orientada al cumplimiento de las expectativas y requerimientos de la persona usuaria. Tiene que dar respuesta a las necesidades de la población con equidad, objetividad y eficiencia.

II. Garantizar el acceso a una Justicia de calidad como derecho universal. En todo Estado Democrático de Derecho, debe garantizarse el acceso a una Justicia de calidad respetando siempre los derechos fundamentales de la población, en especial de aquellos grupos más vulnerables.

III. Desarrollar una debida planificación de la calidad en la Justicia. Deben establecerse planes, metas y plazos con un uso adecuado de los recursos.

IV. Fomentar una Justicia con enfoque sistémico integral. Esta perspectiva implica la necesaria coordinación y cooperación. El trabajar articuladamente permite generar valor al servicio de la administración de justicia.

V. Reconocer en la Justicia la importancia de su capital humano. Deben fortalecerse las

habilidades, destrezas, formación, actitudes y competencias personales en procura de la excelencia del servicio público.

VI. Incentivar el compromiso y el trabajo en equipo en función de la Justicia. Quienes integran toda organización de la Justicia, deben identificarse con la persona usuaria, con sus necesidades y comprometerse a brindar una adecuada prestación del servicio

público. (…) Deberán ser garantes de los valores éticos, la vocación de servicio público, la corresponsabilidad y la transparencia en la función pública.

VII. Establecer la eficacia y la eficiencia como requisitos para una Justicia confiable y de calidad. La concepción de un Estado Social y Democrático de Derecho, lleva intrínseca la existencia de un sistema de Justicia eficiente donde las personas usuarias tengan la garantía de la tutela de sus derechos.

VIII. Realizar la medición de resultados en la gestión de la Justicia. La calidad y la mejora continua requieren de evidencias, es decir, toda acción implementada debe ser comprobada por un registro que la respalde.

IX. Garantizar una Justicia transparente y con participación ciudadana. Una Justicia de calidad debe ser transparente, estar sujeta al escrutinio público y a la rendición de cuentas de sus acciones.

X. Impulsar la mejora continua como fundamento en la gestión de calidad para la Justicia. La mejora continua se fundamenta en la evaluación constante de los resultados que permita ajustar las prácticas de gestión a las nuevas necesidades de la persona usuaria y a su vez, fomentar la innovación y el aprendizaje de las prácticas de gestión.

Justicia, cuándo y cómo

 

El actual sistema de administración de justicia impide el desarrollo. 

Es imposible pretender avanzar en la construcción del estado de Derecho si el sistema de administración de justicia es incapaz de garantizar la transparencia, la corrección en los procesos y un recurso humano inmune a la corrupción, o por lo menos resistente a su poder de seducción.

El año cierra con un incremento en las denuncias de delitos sexuales y delitos contra la vida, pero la efectividad en las investigaciones es insuficiente para frenar el aumento de estos indicadores. El Ministerio Público, aun cuando ha realizado una labor mucho más eficiente en estos últimos años que en muchas décadas anteriores, necesita blindarse contra la influencia y el poder de las organizaciones criminales cuyas acciones tienen un fuerte impacto en el desempeño de fiscales e investigadores.

Para ello es imprescindible el acompañamiento de un Organismo Judicial sólido y probo. Ya se ha visto cómo el tráfico de influencias en este sector continúa ejerciendo una presión nefasta –el caso Siekavizza es su ejemplo más reciente- cuando jueces y magistrados traicionan su juramento para beneficiar a una de las partes violando todos los preceptos jurídicos y éticos.

Un país no puede vivir sin un andamiaje institucional sólido, con una credibilidad más allá de toda duda. Si la ciudadanía conoce la porosidad de las entidades de las cuales dependen las decisiones más importantes de la sociedad, entonces tomará extravíos indeseables con el propósito de asegurarse un resultado que le favorezca. Es así como la debilidad moral de quienes establecen la ruta a seguir corrompe hasta los cimientos a una nación.

Pero la justicia no parece haber sido una prioridad para la ciudadanía guatemalteca, al extremo que la mayoría ignora incluso la estructura misma del Organismo Judicial, así como el funcionamiento y propósito de sus distintas instancias. Hace apenas unos años, no muchos, la opinión pública desconocía la importancia de la elección de su máxima autoridad y eran raros los debates sobre ese tema trascendental, a diferencia de lo que ocurre durante la elección de los presidentes de los otros dos organismos del Estado.

Es imperativo cambiar esa percepción y empezar a observar más de cerca el desempeño de ese pilar fundamental de la democracia y el estado de Derecho para exigirle resultados tangibles. De otro modo, el proceso de revertir los índices de criminalidad no avanzará lo suficiente como para estabilizar el precario equilibrio psicológico en el cual está sumida la población guatemalteca, temerosa de no sobrevivir el día.

La Fiscal General, durante su informe anual, reportó la captura de 250 funcionarios policiales, más 25 funcionarios fiscales y administrativos, señalados de delitos. Pero eso es solo el comienzo de la depuración. La experiencia ha demostrado que no son suficiente las capturas si el sistema judicial no actúa con la transparencia y rigor debidos. Ese pequeño traslape entre dependencias ha demostrado ser el salto cuántico en donde se pierde el valor de la justicia. Por eso la consolidación del sistema debe ser completo, integral, holístico. Es la vida humana lo que figura en el plato de la balanza. 

El negocio de las armas

Connecticut pone sobre el tapete una vieja controversia.

 Sucedió nuevamente en Estados Unidos. Una masacre en un recinto educativo con saldo de 20 niños y 7 adultos convertidos en blancos precisos por Adam Lanza, quien los acribilló con un rifle similar a los utilizados por las tropas estadounidenses en Irak y Afganistán. De acuerdo con reportes del periódico español ABC, Lanza asestó varios disparos mortales a su madre antes de convertir la escuela Sandy Hook en un escenario dantesco.

Ante la tragedia, de inmediato surge el tema del control de armas. Un mecanismo que, de ser implementado, podría reducir la posibilidad de que se produzcan estos actos escalofriantes contra personas inocentes. Y entonces salta a la palestra la NRA (National Rifle Association), poderosa organización cuyo fundamento filosófico es la Segunda Enmienda constitucional, la cual reza: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido.”

De acuerdo con algunos estudiosos del tema, esta enmienda protegía en su momento (1791) el derecho de los Estados a poseer una milicia propia para defensa de su territorio en la época post revolución. Esto, por supuesto, no significaría que cualquier ciudadano pudiera tener las armas que quisiera y usarlas a discreción sino evitar dejar a los Estados a merced de otras fuerzas en un período influido por las revueltas populares al estilo de la Revolución Francesa. Muchas son las interpretaciones que han dado defensores y opositores a este derecho constitucional. La realidad es que aun cuando la industria armamentista estadounidense constituye una importante fuente de ingresos para ese país, la protección de la vida de sus ciudadanos es una obligación fundamental y debería prevalecer.

El marco regulatorio en Estados Unidos permite a cualquier ciudadano poseer armas, excepto convictos y enfermos mentales. De ese modo y con la reafirmación cultural del concepto de heroísmo, personificado en soldados y vaqueros diestros en el uso de armamento de alto poder, el belicismo es casi una expresión del más alto patriotismo.

Muy distinta es la situación en Guatemala, cuyas cifras de muertos por proyectil de arma de fuego son proporcionalmente mayores que las de Estados Unidos. En este país, el control de armas es más que precario y gran parte de las que circulan por las calles es ilegal, sin licencia ni registro.

Incluso se supone que muchas de las armas legales –aparte de las pertenecientes a las fuerzas de seguridad- se encuentra en manos de organizaciones criminales. Otras están en poder de empresas particulares de servicios de seguridad cuyos elementos son, por lo general, individuos mal pagados y carentes de entrenamiento

En este tema del control de armas hay, como puede deducirse, intereses cruzados. Unos políticos y otros económicos. La discusión, tanto en Estados Unidos como en Guatemala, no terminará en acuerdos razonables mientras no prevalezca en los círculos de poder la idea de que el pueblo está primero y cada vida humana debe protegerse como lo ordenan la Constitución y la ética.

El sentido de la historia

No siempre es posible vivir en la ignorancia del pasado.

 La sociedad centroamericana parece haber puesto un “hasta aquí” a los conflictos armados sufridos durante décadas, en el momento de la firma de sus respectivos acuerdos de paz. Esos protocolos han dado una excusa a los sectores político y económico para poner punto final, pasar la página y comenzar su anhelada reconstrucción del sistema productivo y de la infraestructura destruidos por la guerra, pero han dejado de lado la búsqueda de la justicia, condición indispensable si se pretende acceder al desarrollo social.

Después de la firma de los Acuerdos de Paz quedaron muchos temas pendientes; innumerables casos no resueltos de personas desaparecidas o ejecutadas extrajudicialmente cuyo rastro se ha perdido entre documentos oficiales destruidos, renuencia de testigos, tráfico de influencias y escasa voluntad del Estado para investigar a fondo qué sucedió con esos miles de niñas, niños, adolescentes, mujeres y hombres cuya desaparición ha marcado la vida de familias y comunidades enteras.

El estamento político debe comprender que duelo no se cierra con un simple “archívese y cúmplase”.  La incertidumbre y frustración provocadas por el solo hecho de no saber a quién recurrir para dar seguimiento a una investigación y, muchas veces, incluso para abrir un caso, ha de representar un sólido valladar en la vida de un ser humano, siendo una situación mucho más desesperada aun para quienes ni siquiera pueden expresarse en el idioma oficial y carecen de los medios y habilidades para navegar en la espesa burocracia judicial.

Por ello, la insistencia de algunos grupos en cerrar el capítulo del conflicto armado interno se traduce como una manera muy superficial de desestimar el dolor de los deudos y restar todo valor a las vidas perdidas durante ese oscuro período de la historia nacional.

Para las nuevas generaciones, la recuperación de la memoria histórica es un tema pasado de moda. Ese amplio segmento poblacional constituido una juventud que solo conoce las dictaduras por referencias –cuando algo sabe- y sin ninguna vivencia personal, es el que hereda la responsabilidad de escarbar en los archivos y adoptar como suya una misión que tendría un impacto poderoso en su calidad de vida y en la de sus hijos.

Lo que estas generaciones no han llegado a comprender es que el modo de vida cargado de violencia y desconfianza, marcado por la corrupción y un constante temor a la actuación de las fuerzas de seguridad, proviene de esa historia cuyos detalles a veces les son totalmente desconocidos. Así como también les resultan extrañas la angustia y frustración de quienes todavía persiguen la huella perdida de sus seres queridos arrebatados por la guerra.

Vivir sin conocer el paradero de un hijo, una hija, un esposo, un padre o un hermano no es vivir. El peso del dolor de no saber solo lo puede comprender quien lo ha experimentado. Guatemala no ha cerrado sus heridas y no lo hará a menos que algún gobernante visionario, un líder comprometido con la verdad, comprenda que el futuro seguirá pendiente mientras no se cierren las heridas del pasado.

elquintopatio@gmail.com      

 

La escuela del miedo

Existe en la sociedad un estado de represión aprendido a la fuerza.

La historia de este país parece haber cuajado el miedo en el imaginario colectivo impidiendo la acción y limitando la libertad. La experiencia transmitida de padres a hijos apuesta por la no participación, calificando cualquier involucramiento en temas ajenos al ámbito estrictamente privado como una invitación al conflicto y a la amenaza.

Por ello no debería sorprender la pasividad de una sociedad acostumbrada a “no meterse en problemas”. Esta actitud resulta evidente incluso cuando las personas presencian un acto delictivo o un crimen de mayor impacto. El silencio parece ser la consigna y entonces, cuando se produce un brote de protesta popular, éste se convierte en un acto violatorio de un protocolo tácitamente establecido.

Es así como los actos de intimidación resultan tan efectivos, porque empoderan todavía más a quienes los ejecutan. Y resulta paradójico que el amor por la propia vida constituya al mismo tiempo el más peligroso mecanismo de amenaza. Callar ante la violencia y el abuso representa un retroceso, una cesión de territorio y la entrega forzosa de la libertad. El silencio oprime a las víctimas hasta el extremo de afectar su equilibrio emocional y, por ende, todo su entorno.

El hecho de que las denuncias por violencia intrafamiliar, violación y otros abusos sexuales hayan aumentado de manera radical en los últimos meses, es un fenómeno inusual en una sociedad callada ante la agresión y acostumbrada a temer a las represalias. Eso puede significar tres cosas: 1. El temor ha disminuido por la gran cobertura mediática que han recibido esos hechos; 2. Esos crímenes son cada vez más frecuentes y por tanto más visibles, o 3. Existe mayor confianza en el sistema de justicia.

Pero otros delitos tales como el tráfico de influencias, la corrupción y el abuso de poder se repiten a diario y al no atentar contra un individuo específico sino contra toda la ciudadanía en su conjunto, no parecen ser objeto de protesta pública ni persecución efectiva de ningún sector de la población que se considere afectado por ellos. Estos casos pasan por los titulares de prensa, son objeto de investigación y denuncia mediática para terminar en páginas interiores sin haber levantado movilización ciudadana de ninguna especie, más que comentarios más o menos airados a través de las redes sociales.

La capacidad de indignación, como bien mencionaba Mariela Castañón en su reportaje publicado hace unos días en La Hora, parece responder a un acelerado proceso de deshumanización derivado de la violencia y la frustración. Eso puede ser normal en un país institucionalmente débil como Guatemala, pero es precisamente ahí en donde reside la peor de las amenazas para su estado de Derecho y para la salud psicológica de la población. La paranoia y el delirio de persecución son hoy conductas aprendidas a fuerza de impunidad.

Lo que se debe tener muy en cuenta es que la frustración de la ciudadanía no se evapora en el aire. Al estar reprimida y sin vías de escape, se acumula para convertirse en el germen de conflictos mucho más severos que una jornada de protesta o un bloqueo de caminos. Por eso y por la salud de la democracia, es preciso expresarla.
Publicado en Prensa Libre el 27/10/2012

Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

(Sor Juana Inés De la Cruz)

A la niña en su día

Ante la vulnerabilidad de la niñez, es imperativo actuar.
El Día Internacional de la Niña fue instituido a partir de una realidad concreta: la situación de vulnerabilidad e inequidad de ese enorme contingente humano cuyos derechos y oportunidades de desarrollo son sistemáticamente relegados a segundo plano por razones de género. Muchos —y también muchas— arguyen que la discriminación positiva es tan perjudicial como aquella a la cual intenta atacar. Sin embargo, en el caso de la niña resulta casi imposible hablar de discriminación pura, ya que el marco cultural en el cual se inscribe su existencia ni siquiera le da el espacio inicial para constituirse en una persona con derechos.

Esto significa que la niña viene al mundo en desventaja desde su concepción. Por lo tanto, para establecer cierto equilibrio, es preciso y urgente adoptar medidas correctivas a una cultura patriarcal cuyos patrones han sido consolidados por la costumbre en el seno de las familias, en el ámbito laboral, en la sociedad y en las instituciones cuyas normas sancionan el “deber ser” según el cual la niña debe someterse a la autoridad masculina por el resto de su vida.

La negativa a aceptar esta realidad como verdadera proviene, por lo general, de los ámbitos urbanos. Sin embargo, en Guatemala uno de los cuadros más reveladores de esta frontera impenetrable que separa a la niña del desarrollo humano se encuentra en las poblaciones campesinas e indígenas, en las áreas marginales de las ciudades e incluso en muchos de los hogares de clases socioeconómicas más elevadas, en donde aún se practica una relación de privilegios y autoridades masculinas.

Thelma Aldana, desde la presidencia de la CSJ —una de las instancias tradicionalmente representadas y administradas casi exclusivamente por hombres— luchó para desvanecer prejuicios, romper paradigmas y dejar establecido un sistema capaz de brindar apoyo a la mujer y a la niñez de Guatemala. Hizo lo que jamás antes se vio en ese organismo del Estado: dejar sentadas las bases para una justicia con visión de equidad, crear los juzgados especializados en femicidio y violencia contra la mujer y propiciar un ambiente de seguridad para los jueces que les permita actuar libres de presiones. Su énfasis en la cobertura departamental, allá en donde tanta falta hace la presencia del Estado, es una muestra de su sólida visión de futuro.

Por lo tanto, la acertada decisión del sistema de Naciones Unidas viene a entroncar con un organismo Judicial más permeable a su propia transformación, capaz de aceptar que para las niñas y las mujeres la justicia con equidad es aún una meta por alcanzar.

Esperamos que el doctor Gabriel Medrano acepte y afronte con éxito ese importantísimo reto.A la niña en su día

El castigo ancestral


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Ser indígena y pobre es, para la sociedad ladina, un estigma imperdonable. 

En cada una de las manifestaciones de rechazo a las políticas de marginación impuestas por el poder político y económico contra amplios sectores de campesinos e indígenas, resurge ese racismo visceral de quienes se creen los únicos y legítimos dueños del territorio y poseedores de la verdad.

En esa visión estrecha y discriminatoria entran desde los insultos contra quienes ejercen su derecho a la protesta, como las decisiones unilaterales y absurdas de celebrar una fecha de trascendencia histórica para la cultura maya –como sucederá con el 13 Baktún- convirtiéndola en un espectáculo superficial y mundano, propio de la ignorancia de quienes tienen en sus manos el desarrollo del turismo en el país.

Los recientes acontecimientos de Totonicapán, la represión violenta en contra de campesinos indígenas con cauda de seis muertos y más de 30 heridos, seguidos por declaraciones engañosas y contradictorias de las autoridades responsables, no solo revelan la poca importancia que para la cúpula de poder tiene la vida humana, sino cuánto menosprecian a la ciudadanía si ni siquiera se cuidan de disimular sus inconsistencias y, menos aún, sus propósitos de establecer un gobierno eminentemente represivo.

Guatemala se precia de ser uno de los países con mayores avances tecnológicos en la región, algo así como la capital del desarrollo centroamericano. Pero su realidad muestra algo muy diferente. La escasa capacidad de diálogo y la nula voluntad política de construir una democracia asentada en el desarrollo humano, sumados a la resistencia a reforzar el marco jurídico para detener la corrupción y el tráfico de influencias, dejan en evidencia un proceso de involución cada vez más acelerado en el cual la vida y los derechos de la ciudadanía son relegados a un segundo plano.

No importa cuánto presuma el Estado de los esfuerzos por reducir los índices de mortalidad materna, desnutrición infantil o analfabetismo. Todas esas acciones serán cosméticas en tanto no se resuelvan los temas sustantivos como los derechos de los pueblos indígenas y su acceso a la tierra, las políticas públicas en educación, la atención prioritaria a las graves deficiencias del sector salud, la carencia de acceso a los servicios básicos y otras muchas que deterioran la calidad de vida de las grandes mayorías.

Aquí no se puede hablar de democracia si niñas de 10 años llegan a parir a los centros de salud y el sistema ni siquiera reporta estas violaciones. Y no lo hace por indiferencia, o porque así es la costumbre, o por pura desidia ya que si no se ha hecho antes, por algo será.

Entonces, si el Estado no acata los mandatos consignados en la Constitución de la República y la sociedad no tiene la palanca suficiente para exigírselo, es perfectamente lógico concluir que los sectores más rezagados en la pirámide social se encuentran totalmente desprotegidos. En ese multitudinario contingente, uno de los grupos más olvidados continuará siendo el de las mujeres y las niñas, porque el lejano círculo de los privilegiados, quienes poseen los recursos y el poder de decidir el destino de la nación, así lo ha decidido.
El castigo ancestral

Quiero decir…

Journée de l’Enfant

(Publié par El Quinto Patio le lundi 1 octobre, Prensa Libre)


La matinée de lundi s’est éveillée sous de beaux auspices. C’était la Journée de l’Enfant. Une fête destinée à rendre hommage à l’Enfant, à ce contingent de nouveaux êtres venus au monde dans des contextes différents, mais avec un imposant héritage : nos rêves, et la responsabilité de garder le cap du développement et de construire une société meilleure. Belle prose, n’est-ce pas ?

Mais hélas ce ne sont que des mots. La réalité est que les enfants guatémaltèques héritent d’injustices, d’iniquités et de violence. Ils sont tellement dépourvus de défenses que même l’appareil bureaucratique – si bien muni de moyens pour enrichir ses fonctionnaires, un gouvernement après l’autre – ne saurait tenir compte des besoins et des angoisses des enfants.

Dans le Guatemala de toujours, le viol des filles de tout âge a été une tradition renforcée par un machisme sans pitié, sous couvert de la misère de la grande majorité qui n’a pas les moyens de recourir à la justice. Un exemple : « Dans la propriété cotonnière La Pangola, l’administrateur avait l’habitude de violer les filles de ses employés. Il les voulait de sept à quatorze ans, pour les déflorer. Il les gardait dix jours dans sa cabane et puis les livrait à son chauffeur pour qu’il en use pendant quatre jours. Elles étaient ensuite renvoyées chez elles. Il en a été ainsi pendant des décennies. L’ouvrière qui accouchait savait déjà que lorsque sa fille atteindrait ses sept ans, elle serait remise au patron, un vieux vicieux qui se faisait appeler “el ladino de Zacapa” (ladino, mot qui désigne l’homme d’origine ou d’apparence européenne). Il les aimait avec des vêtements à peine cousus afin de pouvoir les leur arracher facilement et les voulait vierges car les pleurs des enfants l’excitaient. Une réalité parmi tant d’autres d’abus non commis par des militaires mais qui n’en sont pas moins eux aussi des crimes contre l’humanité.» (Commentaire de Ilka Oliva).


Il n’y a pas que dans le monde rural que de tels crimes se produisent. Les institutions de l’Etat contribuent avec leur silence complice à détruire la vie de filles et de garçons en leur refusant leur soutien et leur protection. Le fait que l’alerte Alba-Kenneth ne soit pas appliquée de manière efficace par le Procureur Général de la Nation, qui est l’entité chargée par ordonnance constitutionnel de la protection de l’enfance, est un exemple de la corruption et de l’inefficacité qui ont atteint l’appareil de l’Etat. Et la justice ne fait pas mieux : des 980 plaintes déposées pour maltraitance à l’enfant, seulement 19 ont abouti à une condamnation.  

Les coupables de ces crimes se savent protégés par la très grande probabilité de ne pas avoir à en payer le prix. Ce sont des pères et des mères dont la vie a été aussi marquée par la violence et reproduisent le même schéma contres les plus vulnérables : leurs enfants. Ils sont aussi des hommes convaincus que violer un enfant, garçon ou fille, ou à un(e) adolescent(e) est leur droit naturel et aussi un exercice de pouvoir. N’imposant ni des limites ni des punitions, la société leur reconnaît tacitement ce pouvoir comme étant légitime.

Il n’est pas possible de permettre aux autorités de justifier cette inconcevable agression à l’enfance et à l’adolescence au nom du sous-développement et de la marginalité. L’Etat a l’obligation de protéger l’enfance et la jeunesse. En leur refusant son soutien l’Etat viole des dispositions constitutionnelles et des traités internationaux, perdant ainsi toute autorité morale et juridique. Mais cela, nous le savons tous. La question qui se pose donc est : sommes nous concernés ?

La Flor Amarilla de los Sepulcros (Humberto Ak’abal)

Aúllan coyotes y rompen la noche:

pelean con el viento.

“Es mala seña…”

Antes los tecolotes

cantaban de vez en cuando,

ahora cantan a cada rato.

“Es mal agüero…”

Un viento de muerte baja de la cumbre,

helado, muerde como chucho con

rabia…

y las flores se agachan, tienen miedo

y antes del mediodía se marchitan.

Si pudiéramos regresar a aquellos

tiempos

cuando la tierra cantaba con los

hombres.

Hoy los vástagos son cortados de tajo,

los gritos de los chiquitos

a nadie conmueven, a nadie importan:

el cielo abre su boca y traga

el grito que ahoga la muerte.

¿Por qué somos perseguidos los indios?

¿Qué te hemos hecho, Guatemala?

¿Por qué ese odio, esa sed de sangre…?

Nosotros no le debemos nada a la

muerte.

¿A dónde ir, por qué huir?

Si aquí se asentaron nuestros

antepasados,

aquí nacieron nuestros abuelos,

aquí nacieron nuestros padres,

aquí nacímos y aquí nacerán nuestros

hijos;

esta tierra es nuestra.

¿Por qué buscar refugio en otra parte?

¿Por qué hemos de ser peregrinos?

Pajaritos de los barrancos:

Güis-güil, Tuc-tuc, Chaper-pantuj,

vengan a llorar conmigo,

mi tristeza es grande

y la herida duele.

Nuestro cacaxte lleno de sufrimientos,

nos escondemos para que no se burlen

de nuestro llanto,

ahogamos nuestro lloro en los ríos.

¿Acaso es delito ser indio?

Desde hace 500 años viene esta

persecución.

Matan indios bajo cualquier pretexto:

han borrado pueblos y aldeas enteras.

Señor de los cielos,

Señor de la tierra:

¿En dónde estás cuando pasan estas cosas,

por qué consentís a los asesinos…?

Somos pobres pero trabajadores,

nuestro pecado es ser honrados.

Vivimos en la miseria y en la tristeza

y aún así, resistiendo desde nuestra

cultura.

¿De dónde vino esta maldición?

¿De dónde salió este remolino

con garras de animal grande,

con ojos que parecen barrancos sin

fondo,

que apaga vidas

para mantener la oscuridad del terror…?

Los animales de los montes se pelean

pero no se matan entre sí.

¡Que estallen los volcanes!

¡Que arrojen fuego!

¡Que tiemble, que se raje la tierra

y se trague todo, todo, todo..!

Aquí nadie quiere paz,

aquí hay hambre de muerte,

los hombres están ciegos,

las leyes están sordas,

los caminos están torcidos…

La noche no da muestras de acabar,

la muerte anda borracha hartándose

de sangre,

las sombras del crimen

extienden sus alas y tapan la luz,

murciélagos danzan entre llamas de

odio:

¡fuego negro!

¿Jawchí coj be wi? chi xe coj´iwi ri q´a mam,

chi xe co´jiwí ri q´a tat,

chi xoj alaxicwí…

La justicia no habla en lengua de indios,

la justicia no desciende a los pobres,

la justicia no usa caites,

la justicia no camina descalza

por caminos de tierra…

Gritos aquí,

gritos allá,

gritos por todos lados,

la prepotencia se impone: pela los

dientes; y nosotros aldeanos y puebleros

tragándonos

la saliva amarga de nuestra impotencia,

sin poder defendernos más que

con nuestros humildes pechos

desnudos.

Caminamos por calles,

caminos y callejones, con miedo:

¿quién va adelante, quién viene atrás,

qué fue ese ruido..?

cualquier sombra provoca sobresalto,

el aleteo de un zopilote asusta, nos hace temblar el alma.

Se han abierto los portones del mal

y los mandaderos de la muerte

andan de noche y de día

haciendo matazones…

Las cumbres están llenas de Coxguaj:

“flor amarilla de los sepulcros”

y la tarde amarilla

igual que la flor de muerto

muere detrás de la loma.

¡Sol!

volvete humo, tizná el cielo,

quemá la tierra,

estamos de duelo,

mi gente,

mi sangre,

mi pueblo…

El horizonte gris es triste.

Aquí se ha perdido la vergüenza,

fuego arde en los caminos,

pobreza, hambre y soledad

se arrastran sobre el polvo.

Los patojitos mastican miserias

y tragan sustos, corren sin saber hacia

dónde:

¡qué doloroso es ser huérfano!

En este país de analfabetas

no podemos presumir de ateos:

¿pero, entonces, en qué “dios”

creen esos que no respetan la vida

humana?

Somos muchos,

nuestra presencia no se puede negar,

callados pero no mudos:

las chirimías,

los tambores,

las marimbitas rurales,

las cofradías, los bailes de

enmascarados

en las fiestas de nuestros pueblos, existencia?

¿No son la muestra de nuestro amor

por la tranquilidad y la paz..?

En este país nos ven

sólo para fines egoístas:

los políticos se paran sobre nosotros,

los terratenientes nos explotan,

las religiones nos confunden,

y las oficinas de turismo nos exhiben…

Todo esto me desgarra el corazón.

Hermano,

tomémonos este vaso de agua clara,

cantemos aquel cantito del sanate,

démonos un abrazo, olvidá tu tristeza

apenas te puedo mirar entre mis

lágrimas

buscá hoy tu contento

porque mañana…

¡quién sabe..!

*Humberto Ak´abal, poeta guatemalteco

Las niñas-madres

Las niñas-madres